2020.7.31 - Hoy estamos celebrando la fiesta de San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús. Como bien sabemos, nuestra Parroquia ha sido encomendada desde el siglo pasado a la Compañía de Jesús. Vamos a aprovechar esta fiesta para reflexionar sobre algunas de las características de la espiritualidad ignaciana: Jesús como compañero de vida y de misión; el discernimiento como método de decisión; poner el amor más en las obras que en las palabras; la gratitud como motor de nuestro accionar.
Para Ignacio, Jesús es compañero de vida y compañero de misión. Según el diccionario, “La palabra compañero viene del latín y deriva del ‘comedere’ (comer) y ‘panis’ (pan) en relación de ‘comer del mismo pan’. Las palabras ‘acompañar’ y ‘compañía’ tienen esa misma raíz”. Para Ignacio, pues, Jesús es ante todo aquel con quien compartimos el mismo pan. Esto nos hace pensar en la mesa del compartir agradecido, en la eucaristía, en la que lo que se parte y se comparte es la propia vida fruto de la gratitud. Esa comunión de vida es la que lleva a la comunión de misión, y la comunión de misión es la que lleva a la comunión de vida. El horizonte de la misión es el reinado de Dios.
La brújula que debe de orientar la vida no es para Ignacio una serie de preceptos y mandatos, sino el discernimiento espiritual, la “osadía de dejarse llevar” por el Espíritu, que no sabemos de dónde viene ni a dónde va, pero que somos capaces de distinguir. Esta manera de plantear la vida implica tanto mucha libertad como mucha responsabilidad. El discernimiento es una manera de vivir en libertad de las normas y preceptos establecidos asumiendo al mismo tiempo personalmente toda la responsabilidad por nuestro actuar.
Para Ignacio el amor debe de ser puesto más en las obras que en las palabras y consiste en compartir (EE 230-231). El amor para Ignacio es algo eminentemente práctico, es un estilo de vida. El amor para Ignacio es un diálogo reverente que desemboca en el servicio, en el compartir, en la entrega libre y generosa.
Una de las frases en las que se trata de compendiar el carisma de Ignacio es “en todo amar y servir”. Citar solo esto tiene el problema de poderlo convertir en un nuevo mandato, en un nuevo imperativo categórico que corre el peligro de volverse un pesado yugo más. Por eso es tan importante citar también lo que le antecede. Así la frase completa reza: “pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad” (EE 233). Así, Ignacio pone la fuente del amor y del servicio en la gratitud.
¿Qué significa vivir estos rasgos de la espiritualidad ignaciana en medio de la crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando? Lo primero que significa es tomar conciencia que no estamos solas, que no estamos solos, que Jesús nos acompaña en nuestro caminar a través de esta crisis. Pero no solo nos acompaña, nos alimenta también, compartiendo el pan de su vida e invitándonos a hacer otro tanto con nuestras propias vidas. También nos invita a encontrarnos con la otra y el otro como compañeras y compañeros compartiendo mutuamente el pan de nuestras vidas. Y todo esto sabiéndonos y poniéndonos al servicio del reinado de Dios, de la experiencia de la mesa compartida en la que estilo de vida y misión se entrelazan íntimamente.
Vivir la espiritualidad ignaciana en medio de esta crisis significa aprender a pensar, a valorar, a discernir, sin tomar acríticamente todo aquello con que somos bombardeados 24 horas al día, siete días a la semana por los medios de comunicación social. Esto significa atreverse a cuestionar si la crisis la ha causado el Covid19 o la forma en que lo hemos estado tratando; atreverse a cuestionar la conveniencia de confinar en sus casas a personas sanas; atreverse a cuestionar la necesidad de imponer el uso de mascarillas a personas sanas fuera de ambientes altamente contagiosos como, por ejemplo, los hospitales; atreverse a cuestionar la eficacia y la conveniencia de seguir utilizando un tratamiento básico que no evita que muchas personas se compliquen.
Vivir la espiritualidad ignaciana en medio de esta crisis significa poner el amor en obras más que en palabras compartiendo lo que somos y tenemos con las personas contagiadas y/o heridas por la crisis. Esto significa acercarnos a las personas contagiadas y/o heridas, dialogar con ellas dándonos tiempo para escuchar sus historias, dejarnos conmover por su dolor y su necesidad, y tenderles la mano con generosidad en la medida de nuestras posibilidades.
Vivir la espiritualidad ignaciana en medio de esta crisis significa: que lo que inspire y anime nuestro actuar no sea el miedo al contagio que nos lleva a apartarnos y discriminar a las personas contagiadas recluyéndonos y paralizándonos en la aparente seguridad de nuestras casas; que lo que inspire y anime nuestro actuar tampoco sea el interés egoísta que busca lucrar con y de la crisis a costa de la vida de otras personas como parecieran estarlo haciendo muchos funcionarios públicos y empresas privadas; que lo que inspire y anime nuestro actuar no sea el deseo de venganza justificado por un sentimiento de victimismo; sino, que lo que inspire y anime nuestro actuar sea la gratitud. Y es que solo ella hace posible un amor que responde a Su amor, al amor de aquel que nos amó primero, que nos acompaña y parte y comparte su vida con nosotras y nosotros en una mesa en la que todas, todos y todo tienen su lugar.

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