jueves, 30 de abril de 2020

Homilía 30.04.2020: Jn. 6,51 “Yo soy el Pan de Vida, el que da la Vida Eterna”

Un sagrario en mi interior, Señor Jn 6,51-58 Corpus Christi ...

   Estamos meditando estos días de la 3ª semana de Pascua en el cap. 6 de S. Jn. el discurso del Pan de Vida, el centro de la Fe Cristiana.  El domingo reflexionamos sobre el mensaje de Emaús, hoy S.Jn. nos invita a profundizar en esta gran maravilla que es la Eucaristía.  La primera lectura, de Hechos nos habla del Bautismo y la de S. Jn. sobre el Pan de Vida, los dos Sacramentos esenciales de nuestra Fe en el Señor resucitado.
                El cap. 6 comienza con el relato de la Multiplicación de los Panes y de ahí S. Jn. nos va guiando para llevarnos a atisbar un poco de esta magnífica realidad: lo que el Señor llega a hacer para hacernos participar de su propia Vida.  Todos tenemos la experiencia de que para vivir es necesario comer cada día. Sin comida no podemos vivir físicamente. El hambre es algo terrible, que nos hace pregustar el fin de la vida, la muerte. Los israelitas lo habían experimentado en el desierto, y la gente pobre a veces también pasa momentos de hambruna, como ahora en esta pandemia algunos lo empiezan a sentir. Por conseguir la comida básica a veces hay que renunciar a un montón de cosas importantes y necesarias. Para Jesús, hombre como nosotros, también era así. Al comer digerimos los alimentos, los consumimos, los incorporamos en nuestro cuerpo y eso nos permite vivir biológicamente.     
                Pero él viene a decirnos que el pan material, aun siendo muy necesario, no es suficiente para vivir una vida humana de verdad. “No sólo de pan vive el hombre”. Los animales, con la comida física tienen suficiente para desarrollar todo lo que pueden ser. Nosotros necesitamos algo mucho más importante. Y Él viene a ofrecérnoslo. Pero recibirlo no es posible sin comprometer en ello nuestra persona, nuestro ser libre y responsable, sin decidirnos a seguir su camino de entrega, de servicio, de amor efectivo. Y para ello instituye la Eucaristía.  La Eucaristía es entrega libre y responsable a personas libres y responsables. Es una realidad de amor y libertad que sólo es posible cuando existen esas condiciones de ambas partes. De parte de Él nunca falta la disposición, de nuestra parte, muchas veces es muy deficiente. Participar en la Eucaristía es necesario para participar de la Vida verdadera. Él nos dice: “el que no come mi Cuerpo y no bebe mi Sangre, no vive de verdad”, vive como adormecido, sin desarrollar las capacidades de humanización, de plenitud, de felicidad, que Él ha puesto en nuestro corazón. No podrá ser feliz, se perderá esa posibilidad.  Y tanto le importamos a Él, tanto nos quiere, que ha arriesgado y entregado su vida en la Cruz por nosotros, para despertarnos de nuestra oscuridad, nuestro “dormir despiertos”.
                Por eso, el que desprecia el camino de Jesús, el que se deja deslumbrar por los “ídolos” de este mundo: la codicia, el poder, el placer egoísta y por ello sigue los caminos de la ambición criminal, la violencia, la corrupción, el odio y las venganzas,  “no sabe lo que hace”. Buscando la felicidad y la vida placentera y fácil, se aleja cada vez más de ella.  Por eso es tan importante caminar en Comunidad, en Iglesia, para no dejarnos engañar por esos caminos falsos que llevan a la perdición, a la muerte.
                Al celebrar la Eucaristía vivenciamos esa presencia del Señor que se entrega y vence de la muerte y entramos a compartir esa Vida Nueva. Ayudarnos a descubrir este increíble tesoro es el propósito de cada Eucaristía que celebramos. Cada Eucaristía es un paso más a abrirnos a esa Luz que poco a poco se nos va descubriendo. Si no lo descubrimos de un solo, es porque somos demasiado “carnales” y todavía no nos hemos abierto suficientemente a esa sensibilidad. Como ocurre a quien no ha despertado la sensibilidad para la música o el arte, que aunque le muestren una maravilla, no se da cuenta, no puede disfrutarla, porque “tiene ojos y no ve, tiene oídos y no oye”.
                La Eucaristía es una “Acción de Gracias” que se celebra en comunidad. Sin comunidad no hay Eucaristía. No es un espectáculo que “hace el cura” ante un montón de gente y dónde dicen que ocurren cosas incomprensibles. Es necesaria la presencia y la participación de un grupo de personas que haya despertado cierta sensibilidad a estas realidades. Y cada Eucaristía que celebramos nos va afinando esa sensibilidad para poder captar y disfrutar de esa maravilla. Y nos impulsa a crecer en ella y disfrutar más de esa realidad. Y al participar de esa Vida divina, nos nacen de dentro esos frutos del Espíritu que iluminan y embellecen nuestra vida: la bondad, la paz, la fortaleza, la sabiduría, la alegría, la paciencia, el amor, … y todo ello en libertad y tan necesarios para la vida como verdaderos seres humanos, como hermanos. “Conocemos que hemos pasado de la muerte a la Vida porque amamos a los hermanos” y a todos y a todo y de veras, no falsa o aparentemente, nos dice S.Jn.
                 Por causa del coronavirus no estamos celebrando Eucaristías presenciales en las ermitas e iglesias. Ojalá esta cuarentena vaya cediendo, para que pronto podamos volver a la normalidad. Pero, por mientras, intensifiquemos nuestra vida espiritual en las familias y en nuestras casas, practicando la “comunión espiritual”, el rezo del Santo Rosario, la lectura y meditación de la Palabra, la solidaridad y la atención a los demás y otras devociones, para seguir creciendo en la Fe y en el Espíritu. El Señor dispone de muchas formas de comunicarnos su Vida, y Él quiere y sabe hacerlo. Dispongámonos de nuestra parte para seguir recibiendo su Gracia y sus bendiciones. Que su Madre, la Virgen María, nos siga acompañando y ayudando a ello.   Amén
               

miércoles, 29 de abril de 2020


Homilía 29.04.2020: miércoles de la tercera semana de Pascua
Catholic.net - Señor, danos siempre el pan de vida
Queridas hermanas y hermanos. El acontecimiento de la resurrección del Señor desata circunstancias contradictorias para quienes creen en Jesús como Señor e Hijo de Dios y se comprometen a su vez con el anuncio de la Buena Noticia del Evangelio que nunca estará a favor de los poderosos y opresores, sino que por el contrario desenmascara las intenciones y acciones fraudulentas de quienes se mueven en las tinieblas.

El relato de los Hechos de los Apóstoles nos narra la persecución que han vivido desde las primeras comunidades cristianas las y los seguidores de Jesús. Esta violencia contra el Evangelio que denuncia las injusticias y maldades del mundo ha servido a su vez para la expansión de esta Buena Noticia. Ya lo decía Tertuliano en el segundo siglo de nuestra era: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Así lo vivieron y lo asumieron con entrega mujeres y hombres que a pesar de huir por las persecuciones fueron anunciando el Evangelio a todos los pueblos de forma determinada y con plena convicción de la vida que encontraban en el Señor Jesús resucitado en medio de ellos.
Asumir ese Evangelio de Jesús involucra la fe plena en la vida junto con Él. Esa es la voluntad del Padre, que tengamos vida y vida en abundancia. Para eso Jesús se nos da como el pan que da vida y como la vida que calma nuestra sed. Vivimos momentos de ansiedad, de zozobra, de angustia para muchas personas. Y en medio de esta situación Jesús nos recuerda que quien se mantiene fiel a él permanece en Él y Jesús también permanecerá junto a nosotros y nosotras. Pero ese permanecer en él involucra una acción comprometida con el Evangelio como lo vivieron y sufrieron los primeros discípulos y discípulas. No encerrados en sus miedos, sino expulsados a las periferias, pero a su vez anunciando lo que ellos habían visto y oído como una experiencia que se iba haciendo vida de generación en generación.

También nosotras y nosotros estamos llamados a anunciar este evangelio en medio de las circunstancias de adversidad que vivimos. Jesús es pan que da vida, pero es un pan que se parte y se comparte entre los hermanos y hermanas. De forma que también estamos llamados hoy en día a saber partir y compartir nuestro pan. Cuando una persona vive centrada en su ombligo, nos dice un autor, entonces su mundo se reduce a su egoísmo individualista, incapaz de mirar más allá de sus narices, y es fácil en circunstancias adversas sentir miedo, angustia, ansiedad y perder la calma, porque su mundo personal se está viendo amenazado. Eso nos puede pasar en esta pandemia. Pero para los primeros cristianos y cristianas que vivieron la adversidad de la persecución, la vida se extendía mucho más allá de sus fronteras personales y geográficas, por eso pudieron convertirse en evangelizadores, anunciando a los pueblos vecinos la experiencia de vida que brotaba de su encuentro con el acontecimiento del Señor resucitado.

Salir de nosotras y nosotros mismos nos descentra y coloca en el centro de nuestras vidas el carácter comunitario que nos hace conscientes de que somos seres en constante relación con los demás y con el ambiente. Quizás en este tiempo como nunca antes hemos podido caer en la cuenta de ello. Estamos tan relacionados que un virus que se gestó en el otro lado del mundo nos está afectando a nosotras y nosotros en mayor medida aún que aquellos países en donde se originó. Y a partir de aquí descubrimos que esa realidad ha sido tal por la irresponsabilidad con la que se ha manejado y se sigue haciendo, de los recursos de los Estados que debiendo estar al servicio de la población en general, han sido utilizados para el enriquecimiento ilícito de unos pocos en el poder. Y a partir de esa situación actual ahora la violencia institucionalizada sigue persiguiendo con violencia el Evangelio que nos invita a compartir en comunidad y a saber aprovechar los recursos para el beneficio de todas y todos, sin distingo partidista, ni de clases sociales.

El Evangelio genera vida, mientras que el egoísmo individualista propicia la muerte. Estamos a tiempo para ser pan partido y compartido, y en medio de las medidas de seguridad sanitarias vigentes no nos olvidemos de aquellos que están sufriendo más violentamente esta crisis porque han sido los olvidados y excluidos del sistema capitalista.

Seamos pan de vida, ayudemos a calmar el hambre y la sed de muchas hermanas y hermanos, cada una-uno desde las posibilidades que tengo a mi alcance y no nos cansemos de preguntarnos ¿quién es mi prójimo?, ¿quién es el que está necesitado de mí? Salgamos de nuestro egoísmo para propiciar juntas y juntos la vida que Dios quiere en nosotros.

Que el Señor resucitado nos dé la gracia que nos viene de él. Amén.

martes, 28 de abril de 2020


Homilía 28.04.2020: Jn 6, 30-35
Yoro
Catholic.net - Señor, danos siempre el pan de vida
  En el evangelio de Juan que hemos escuchado se nos relata cómo a Jesús le piden señales. Jesús indica que es el Padre quien da la verdadera señal – el pan que baja del cielo y da vida al mundo –, para luego afirmar que él es el pan de vida.
 
  En medio de la crisis sanitaria y económica que estamos viviendo con su consiguiente cuarentena desde hace 44 día podemos caer en la tentación de pedirle a Jesús señales de su presencia, de su poder, por no decir, de su amor. “Si nos amas de verdad”, podemos estar tentadas y tentados de decirle, “líbranos del COVID19”. Con todo, si le hiciéramos esta petición a Dios caeríamos en varias trampas. La primera: creer que el gran mal del mundo es el COVID19, olvidándonos de la corrupción generalizada pública y privada y de la impunidad que la acompaña, del recurso a la violencia como medio para enfrentar problemas, del narcotráfico que todo lo permea, de un egoísmo descarado que nos impide ver más allá de la punta de nuestros intereses muchas veces mezquinos, de la destrucción paulatina de la familia, de la quema y tala despiadadas de los bosques, del envenenamiento de la tierra y de las fuentes de agua con el uso indiscriminado de agro tóxicos, del recalentamiento global, de un consumismo desaforado, del tratamiento de inmensos grupos de seres humanos como poblaciones descartables y prescindibles, entre otros. Una segunda trampa sería delegar en Dios la responsabilidad de nuestra sanación, lo que nos desempoderaría y nos desmovilizaría, impidiéndonos asumir nuestra responsabilidad por esta crisis y por su cura.

  En este sentido nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, nuestra entrega cotidianos y constantes van a ser imprescindibles para salir delante de esta crisis. Si no nos cuidamos a nosotras y a nosotros mismos, a las y los demás y a nuestra casa común, si no trabajamos productivamente y si no compartimos los frutos de nuestro trabajo no hay salvación divina que valga, porque nosotras y nosotros somos las manos, los pies, los ojos, el corazón y las entrañas de Dios, y esto, porque somos sus hijas e hijos, con todos los derechos, pero también con todas las responsabilidades.

  El pan que baja del cielo y da vida al mundo es el amor encarnado de Dios, la creación entera como manifestación de su provisión y amor. Este pan ha estado ahí desde la creación del mundo, pero si no se reconoce ni agradece no es fecundo ni es aprovechado. Mientras no pasemos de la ingratitud a la gratitud no vamos a contar con los recursos internos, ni externos para hacer frente a esta crisis.

  Y, además, sin gratitud jamás vamos a poder servir desinteresadamente, ni vamos a poder compartir lo que somos y tenemos, ya no digamos entregarnos libre y generosamente. Sin gratitud no habrá el depósito de gratuidad imprescindible para poder enfrentar esta crisis.

  Y, es que Jesús nos muestra el camino a seguir: ser pan de vida, hacernos pan que alimente a otras y otros. La gratitud nos va a permitir experimentar lo bendecidas y bendecidos que somos para entonces podernos servir, para entonces podernos compartir, para entonces podernos entregar.

  Y, entonces, habremos pasado de la muerte a la vida en la vida, a una vida que nada ni nadie nos podrá quitar, porque nada ni nadie nos podrá quitar lo que hayamos entregado gratuitamente.

  Y, entonces sí, esta será la señal que Dios nos hará posible dar en medio de esta crisis sanitaria y económica: la experiencia de un amor que responda al suyo, esto es, comenzando por la pareja, por la familia, y siguiendo por las y los vecinos, acercarnos unas a otros, escucharnos, dejarnos conmover y tendernos las manos para formar así, desde ahora, desde abajo, desde nosotras y nosotros mismos esa sociedad incluyente, acogedora y anudada por la solidaridad que nos ha sido prometida y con la que todas y todos soñamos.

lunes, 27 de abril de 2020

Homilía 27.04.2020: Jn.6, 29 Creer en Dios es creer en el Hombre Jesús

Pascua | Misioneras Auxiliares del Sagrado Corazón 
            Después de la multiplicación de los panes, las gentes querían proclamar rey a Jesús, nos dice Jn.6,15. Y Jesús se esconde y se lamenta de que la gente no ha entendido el mensaje. La gente intuyó que tenía presente al mesías que ellos esperaban. Alguien muy poderoso que arreglaba los problemas desde fuera, desde el poder, desde arriba. Alguien que se compadecía de los hambrientos y de los pobres y con su fuerza sobrehumana ponía remedio a cualquier necesidad, cualquier dificultad por grande que fuera. Y eso les entusiasmaba, pensaban: esto es lo que nosotros necesitamos, un Mesías que se compadece de nosotros y que como tiene poderes divinos nos remedia cualquier problema. Lo nombramos rey absoluto y él nos arregla todo: el hambre, la enfermedad, la opresión, las injusticias, el sufrimiento,…

            Sin embargo ese no era el pensar de Jesús. Es muy cierto que Jesús quiere de corazón que se remedie toda maldad que acosa a los hombres, a toda la humanidad. Él lo muestra en sus muchos milagros y señales. Su voluntad es clara y decidida.  Pero el camino para ello es el contrario de lo que la gente piensa y espera. La gente quiere un camino fácil, cómodo, sin cruz.  Pero el Camino del Hijo del Hombre, del Hombre Jesús es un Camino que comienza en Belén, entre los pastores, entre los marginados, los despreciados. Que pasa por Egipto, la carestía, la pobreza, la emigración, la humillación, la inseguridad. Que sigue por Nazareth, el trabajo sencillo, humilde, mal retribuido, la opresión, el desprecio. Un Camino de entrega y servicio a los demás que nadie aprecia. El Camino del Amor, de la entrega, del sacrificio, de la Cruz, de la Pasión. Un Camino que la gente ni quiere, ni quiere entender. Pero que es el único camino que de verdad sirve, que lleva al Reinado de la Paz, la Fraternidad, la Alegría, la Vida verdadera y eterna.

            Por eso Jesús se esconde y se lamenta: les enseño el Camino de tantos modos y con tantos ejemplos, pero su corazón y su mente siguen duros, no quieren entender, no quieren seguirme. En la Pasión hasta sus mismos discípulos, huyen y se dispersan.

            Ayer leímos el Evangelio de los de Emaús, que nos recordaba lo tristes y decepcionados que iban los
Discípulos. Y Jesús con inmensa paciencia les va abriendo la mente y el corazón para que comprendieran que ese camino no había sido una desgracia, una maldición, un triunfo del poder y el mal; sino que “era
necesario” pasar por todo ello para mostrar que precisamente ese era el camino de la Vida Verdadera y Eterna, el único camino para que creamos de veras que el Padre, es puro Amor y sólo Amor. Y para que creyendo entremos a la Vida Verdadera, la Vida Plena y Eterna. Los de Emaús lo fueran descubriendo poco a poco a lo largo del caminar, reflexionando y meditando las Escrituras que hablaban de la Pasión y la Cruz. Y al final del camino, al compartir el pan “se les abrieron los ojos” y el corazón y llenos de alegría y luz hicieron el camino de regreso a Jerusalén, que se les hizo fácil y ligero por la alegría que les iluminaba el corazón.

            La gran Buena Noticia que nos trae Jesús es que los problemas, sufrimientos y contrariedades de esta vida, no son una desgracia, una maldición, una mala suerte. Sino más bien un llamado de Dios a cambiar nuestra vida dominada por los ídolos del consumismo, de la codicia, del beneficio económico a como dé lugar, de la competencia sin importar aplastar a los sobrantes, a los débiles, a los de fuera.

            Ojalá se nos abran los ojos y el corazón para que en medio de la pandemia que nos ha llegado descubramos esa luz que el Señor nos está enviando. No es pequeño el reto. Nos llega a todos, en todos los países, sin importar fronteras ni culturas, ni pobreza ni riqueza.  Y a todos se nos pide que colaboremos seriamente, no vale encerrarse en sus propios mezquinos intereses. Hay que cerrarse más en casa, para no contaminarse y contaminar a otros. Pero no en el propio egoísmo, sino al contrario, abrir el corazón al bien de los otros, a servir de veras, por amor, no sólo hacer lo que nos manden por contrato, sino de modo creativo y generoso.  Todos hemos de colaborar con nuestro trabajo responsable, nuestras ideas, nuestras iniciativas, siguiendo las sugerencias e indicaciones que nos ofrece la medicina y la ciencia.

            Como seguidores del Señor, sabemos que Él todo lo ha creado con Amor, con Sabiduría, que la Creación es una maravilla llena de sentido, de belleza, de bondad. Que todo es bueno porque Él así lo ha querido y lo quiere. Y que nos lo entrega a nosotros para que vivamos como hermanos, como hijos suyos queridísimos. Pero que no podemos tratarla a capricho, a lo que queramos, sin tener en cuenta a los demás, buscando sólo el propio interés. Eso nos destruiría a todos.  Los que creemos en el Señor, sabemos esto y también que Él vive y nos acompaña en nuestro caminar y ha vencido de todo mal y todos los ídolos. Y todos y cada uno tenemos algo que aportar en este caminar, nadie es sobrante, inútil. Es necesario que todos colaboremos. Siempre habrá gente que no quiera colaborar, que siga sus ídolos privados. Y eso retrasa la solución a las crisis. Pero llegará un tiempo en que todo mal será vencido. El Señor ha triunfado de la muerte y nos asegura que todo aquel que viva unido a Él, también vencerá. Que Él nos ilumine y avive nuestra Fe, nuestra confianza, nuestro corazón y así avancemos a nuestra meta definitiva y lo hagamos realidad cuanto antes. Que nuestra Madre María, Auxilio de los Cristianos nos siga acompañando y mostrando su amor maternal.  Amén.

domingo, 26 de abril de 2020


Homilía 26.04.2020: 3er. domingo de Pascua
Yoro

PARREMEDIOS BIBLIA: abril 2014

  La primera lectura de los Hechos de los apóstoles nos narra la predicación de Pedro en el día de Pentecostés: proclama que Dios resucitó a Jesús, que ellos son testigos y que han recibido el Espíritu Santo de él.

  La primera carta de Pedro reflexiona sobre el cambio de vida experimentado por aquellos que le han dado su adhesión a Jesús al reconocer su entrega libre y generosa, su amor leal.

  El evangelio de Lucas nos habla del episodio de los discípulos de Emaús quienes se encuentran con Jesús en el camino, en las escrituras, y en el partir y compartir el pan.
  Tal vez este relato nos ayude a que se nos abran también a nosotras y nosotros los ojos para que podamos reconocer a Jesús en nuestro camino en estas crisis sanitaria y económica que estamos viviendo.

  Los discípulos van de regreso de Jerusalén a su aldea de Emaús. Van frustrados y tristes por el camino. También nosotras y nosotros hemos experimentado muchos sentimientos y hemos recorrido varias estaciones en este camino de 42 días de cuarentena: negación, cólera, negociación, depresión, aceptación (Elizabeth Kubler-Ross).

  Comenzamos creyendo que estas crisis nunca nos iban a afectar. De China a Honduras hay un largo camino. Seguro se detendrían en el camino. Pero estas crisis, como muchos de nuestros migrantes, no conocieron fronteras y poco a poco están traspasando las nuestras. Esto posiblemente nos llenó de mucha cólera e ira. Despotricamos, no sin razón, contra políticos y gobiernos que nos han dejado en una situación tan vulnerable frente a estas crisis sanitaria y económica cuyas consecuencias vamos experimentando cada día con más fuerza y cuya gestión sigue estando plagada de autoritarismo, corrupción e impunidad. En algún momento tal vez nos descubrimos negociando con Dios, pidiéndole que por lo menos mi familia y yo podamos salir bien libradas de estas crisis. Pero el virus no hace acepción de personas. Eso tal vez nos llevó a una cierta depresión, a sentimientos de angustia, ansiedad, estrés. Nos sentimos atrapadas y atrapados en un espacio que empezamos a experimentar como cárcel al tiempo que nos sentíamos como reos de muerte en espera del día de la ejecución. Y los peor de todo, Dios no aparece por ninguna parte, como que si se hubiera olvidado de nosotras y nosotros, como si nos hubiera dejado de su mano.

  En medio de esa situación tal vez descubrimos que no estamos solas y solos, que son muchas las personas que están afectadas por estas crisis sanitaria y económica. Tal vez empezamos a hablar o a chatear con algunas personas. A lo mejor sacamos nuestras Biblias y retomamos su lectura. Tal vez nos damos algunos tiempos para orar, para conversar con Dios, aunque no sea sino para reclamarle su ausencia.

sábado, 25 de abril de 2020


Algunas prácticas para enfrentar las crisis sanitaria y económica actuales
Yoro – 2020.04.22

  Me parece que hay tres prácticas clave para enfrentar las crisis sanitaria y económica generadas por el COVID19. Estas son: 1) el cuidado; 2) el trabajo productivo; 3) las comunidades de compartir agradecido.

  Desde el 16 de marzo estamos en cuarentena. Según algunas personas el pico de la pandemia en Honduras va a estar entre mayo y julio. Tal vez en septiembre haya pasado el primer pico. Es obvio que no podemos estar confinados en nuestras casas hasta septiembre, si no por otra razón, porque nos moriríamos de hambre. Esto significa que con todo lo necesario que pueda resultar el confinamiento para ralentizar el avance del virus, no es una estrategia viable a largo plazo. La alternativa al confinamiento en nuestra situación me parece que es el cuidado: el cuidado propio, el cuidado ajeno y el cuidado de nuestra casa común. El cuidado propio pasa por seguir los protocolos básicos de higiene: lavado de manos con agua y jabón, o en su defecto, con gel hidro alcohólico; enjuagues bucales con sal; desinfección de superficies y pisos con una solución de agua con cloro (dos tapitas de cloro por litro de agua); uso de mascarilla al salir de la casa, entre otras. Cuidándonos a nosotras y a nosotros mismos, vamos a estar cuidando simultáneamente a las y los demás. Pero, además, esto implica una atención especial a las y los niños, a las personas mayores, a las personas enfermas y a las personas con algún tipo de capacidad especial. El cuidado de la casa común pasa por el uso adecuado del agua, la protección de las fuentes de agua, el cuidado de los bosques (abandonando la práctica corriente de quemarlos, y la práctica extractivista de cortarlos), el cuidado de la tierra (reduciendo la cantidad de basura que producimos y clasificándola; reduciendo el uso de agro tóxicos; reduciendo la emisión de gases tóxicos, por ejemplo).

  El cuidado nos va a permitir salir del confinamiento estricto, a otro más flexible que haga posible el trabajo productivo. El trabajo productivo es fundamental, porque no hay “ayuda” que pueda cubrir nuestras necesidades hasta septiembre. Quienes puedan volver a sus trabajos anteriores deberán hacerlo. Quienes no, podrían hacer distintos tipos de trabajo: el cultivo de productos de primera necesidad y/o de huertos familiares; la elaboración de mascarillas; la atención de enfermos; u otro tipo de trabajo productivo que todavía está por inventarse. Me parece que no es sano estar atenido a una bolsa de comida, es más, me parece que hacerlo enferma, desempodera y desmoviliza.
  Por último, el cultivo de comunidades de compartir agradecido va a permitir optimizar la distribución de los frutos del trabajo no en función de la codicia sino de la gratitud. No se trata de venderlo todo, como nos relatan los Hechos de los apóstoles (2,45; 4,34-37), sino de compartir de lo que se tiene, como la colecta organizada por Pablo (2Cor 8,12-15), fruto de la gratitud (2Cor 9,11). En este sentido se podría animar la creación de mercados solidarios, el intercambio de alimentos por servicios, entre otros.

  Una actitud básica para poder enfrentar esta crisis me parece que es la gratitud (Lc 17,11-19; Mc 14,22-26; Ef 1,3). El desafío es pasar de la ingratitud y el maltrato a la gratitud y el cuidado, que nos llevarán a su vez a la entrega libre y generosa (en un trabajo apasionado, por ejemplo) y al compartir agradecido empezando a formar desde ahora, desde abajo y desde nosotras y nosotros y en medio de estas crisis sanitaria y económica esa sociedad con la que soñamos.

Homilía 25.04.2020: Mc. 16,16  “El que crea y se bautice, se salvará

Reflexión del Evangelio según san Marcos 16:15-20 | OpusMisericordiae
                Celebramos hoy la fiesta de San Marcos. El Evangelio de San Marcos es el primero que se puso por escrito, unos 25 años después de la Resurrección y recoge especialmente las catequesis y predicaciones de Pedro. Mc. no conoció personalmente a Jesús pero fiel compañero de Pedro y recogió fielmente sus enseñanzas dirigidas a la Iglesia que se iba extendiendo entre los paganos, los no judíos. Estos últimos versículos de San Marcos son un resumen de la evangelización. Y nos presentan a Jesucristo actuando y salvando a todo aquel que se deja guiar por Él.

                Jesús envía a los discípulos a anunciar la Buena Noticia de que Él, el que murió en la Cruz, venció a la muerte y sigue viviendo y acompañando con todo su poder a todos los que aceptan seguirlo. Y nos dice: “el que crea y se bautice, se salvará; pero el que se resista a creer, él mismo se perderá”. Jesús no viene a condenar a nadie, tanto nos quiere que entregó su Vida por cada uno de nosotros, pero el que no cree y no le sigue, él mismo se pierde.

                Creer es seguir el Camino de Jesús, el Camino que nos lleva a acercarnos a los hermanos, especialmente a los que más sufren y más nos necesitan, para ayudarles a caminar juntos, caminando a la par con ellos. Es el Camino del servicio por amor, del compartir lo que somos y tenemos, con generosidad y alegría. De desarrollar lo mejor de nosotros mismos, para servir mejor. De luchar y trabajar con ahínco y fortaleza contra lo que hace sufrir y esclaviza a tantos hermanos.

                Bautizarse es entrar en la Familia de Dios, la Comunidad de los que al creer en su Amor intentamos vivir como hermanos, aun reconociéndonos frágiles y débiles. La Comunidad de los que nos reconocemos pecadores y ruines, pero amados por Dios y por eso nos llenamos de gratitud y alegría al experimentar ese amor gratuito y no merecido. La Comunidad en la que queremos compartir lo que somos y tenemos, con la esperanza de ir venciendo todo lo que nos hace sufrir y dificulta nuestra vida y nuestro crecimiento. La Comunidad en la que todos queremos trabajar y luchar contra todo aquello que menoscaba nuestra dignidad de hijos de Dios.

                Y Mc. nos recuerda que en los que crean se manifestarán algunas señales indicadoras de la acción del Espíritu en nosotros:

                1. “Arrojarán los malos espíritus”. ¿Cuáles son los malos espíritus?  La envidia, la soberbia, la codicia, la mentira, la pereza, la venganza, la violencia, el orgullo, etc. Esos malos espíritus que envenenan nuestra convivencia, nuestro vivir comunitario y nos enferman y nos amargan la vida…   El que cree en el Amor de Dios, se llena de su luz y eso ahuyenta todos los malos espíritus. Donde hay luz, las tinieblas no pueden entrar. Los malos espíritus actúan en la oscuridad, pero donde entra la Luz del Espíritu todos los malos espíritus salen de huida, son ahuyentados.

                2. “Las serpientes y los venenos no les podrán hacer daño”. Las serpientes tienen el veneno en la boca, en los dientes. Así hay personas que tienen veneno en sus bocas: las mentiras, las calumnias, los falsos testimonios, los chismes, las traiciones, las medias verdades,… Jesús lo experimentó hasta la saciedad en la Pasión.  Pero todo ese veneno no entró en su corazón, no lo destruyó, sino que ahí experimentó la fuerza del Espíritu y lo manifestó diciendo: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”   Jesús no nos dice que no vayamos a encontrarnos en nuestro caminar con víboras y alacranes, sino que nos asegura que, si estamos fundados en su Amor, todo eso no envenenará nuestro corazón, nuestra vida, no nos destruirá, así como en Él se manifestó.

                3. “Pondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán”.  Poner las manos no es solamente hacer un gesto de bendición. Es más bien poner las manos a trabajar, movilizarse, actuar. Poner las manos a un asunto es ocuparse seriamente por él. Hacer todo lo que podamos por enfrentar un problema, una dificultad.  El que ama a un hermano lucha y se esfuerza por ayudarlo, por hacer todo lo que puede por el bien de él. Se sacrifica y se olvida de lo propio por ayudar al que lo necesita.

viernes, 24 de abril de 2020

Homilía 23.04.2020: Jn.3,35 “El que cree en el Hijo tiene vida eterna”

El que cree en el Hijo tiene vida eterna | Movimiento Familiar ...

              En este jueves de la 2ª. Sem. de Pascua, seguimos meditando el Cap.3 de S.Jn., la plática que Jesús tuvo con Nicodemo en la que se nos ayuda a profundizar en los caminos de la Fe.  Jesús nos dice “el que cree en el Hijo tiene vida eterna”.  Creer en Jesús no es sólo tener unas ideas acerca de Jesús o sobre sus enseñanzas. Es mucho más que eso: supone un seguimiento en la vida, un compromiso que nace de ver a las personas como las ve el Padre, con cariño, con amor, pero viendo la totalidad de su ser y comportarse con ellas y con las cosas de la vida como Jesús lo hacía.

              Jesús veía en cada persona una creatura de Dios, un ser que Dios ha creado con ternura, con amor, con sabiduría. Y lo ha creado con un propósito: que llegue a ser plenamente feliz, que llegue a desarrollar todas las posibilidades que Él ha puesto en su corazón desde su nacimiento. Que Él ha reconocido como hijo de un modo especial desde el Bautismo. Esas posibilidades que han de desarrollarse en él para que se sienta y llegue a ser en plenitud amor y misericordia como lo es el Padre. Cada uno de nosotros somos una maravilla querida y creada por Dios personalmente, nos recuerda el Sal. 139. Somos algo muy importante para Dios. Pero podemos arruinar el plan de Dios en cada uno de nosotros si nos apartamos por caminos falsos. Como decía la lectura de ayer: el que no cree ya se ha perdido. No llegará a entrar en el Reino de Dios. Dios no quiere condenar a nadie, pero el que desprecia sus caminos, él mismo se pierde, ya que no hay otro camino: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. A Dios le duele que nos perdamos por el gran amor que nos tiene. Y si tomamos caminos falsos, Dios sufre tremendamente por el gran amor que nos tiene.

           Jesús ha venido a abrirnos los ojos y que vayamos descubriendo lo que en verdad somos. Porque al considerar tantas limitaciones y debilidades como experimentamos en esta vida mortal, no nos creemos que de verdad seamos importantes para Dios. Y nos conformamos con “ir pasando por la vida” medio adormecidos. El “mundo” intenta adormecernos más todavía repitiéndonos machaconamente que si no tenemos bienes materiales, riquezas, prestigio, éxito, nunca seremos nada. Jesús pasó aquella “cuarentena” en retiro en el desierto en total precariedad, pobreza y soledad. Y precisamente allí acabó sintiéndose verdaderamente Hijo de Dios. Creer en Jesús es seguir ese camino de entrega, de servicio, de confianza y de trabajo que Él siguió, para que así lleguemos a sentirnos de verdad, hijos en el Hijo.

                Los discípulos, después de la Resurrección, comprendieron que el camino de Jesús, el camino de la entrega, el servicio, el sacrificio, el amor es el camino que de verdad lleva a la vida. Y eso hizo desparecer en ellos el temor, la mezquindad, el egoísmo.  Y a vivir con sabiduría y alegría, los nuevos caminos, como muestra el libo de los Hechos que estamos leyendo estos días.

                En esta cuarentena en que nos ha metido el coronavirus estamos sintiendo nuestra fragilidad, nuestra debilidad. Pero también es una buena ocasión de desarrollar nuestra sensibilidad fraternal, nuestra creatividad, nuestra responsabilidad por los hermanos y por todas las personas con las que convivimos. El Señor nos está invitando a corregir nuestros fallos, nuestros caprichos, nuestros egoísmos tan acrecidos en este mundo en que vivimos. Confiemos en Él y pongámonos a la tarea de construir la fraternidad y el mundo nuevo que vivieron con alegría los primeros cristianos y todos aquellos que viven según el camino que el Señor nos enseña.  Él está vivo en medios de nosotros y a todos nos invita a seguirle, pues nos dice: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el final de la historia”.

                Estos tiempos difíciles por los que el Señor nos esta haciendo pasar, son también tiempos de Gracia, de Bendición, de avanzar hacia el Reinado de Dios.  De insistir más en la oración, la escucha atenta de la Palabra, en responder con confianza y generosidad a las invitaciones que el Señor nos está haciendo a través de los hermanos. Que su Madre Santísima María y nuestro Patrón Santiago, nos sigan acompañando, protegiendo y fortaleciendo para que tengamos unas Felices Pascuas.

Homilía 24.04.2020: Jn 6,1-15
 Evangelio según san Juan (6,1-15), del domingo, 29 de julio de ...
  El evangelio de Juan que hemos escuchado nos habla de una comida compartida que alcanza para una muchedumbre. El dinero, comprar panes y pescados para todos no es una alternativa. Andrés le dice a Jesús que hay un muchacho que está dispuesto a compartir cinco panes y dos pescados. Jesús manda a la gente a sentarse sobre la hierba verde. Luego toma los cinco panes y los dos pescados, da gracias y los reparte. Alcanza y sobra. Eran unas cinco mil personas.

  El evangelio de hoy nos da una clave para enfrentar las crisis sanitaria y económica desatadas por el COVID19 en las que nos estamos adentrando. El texto está en clave de éxodo, de salida. El éxodo fue lo que le permitió a Israel salir de la esclavitud, conformarse como pueblo y entrar en la tierra prometida. Estas crisis nos están dando la oportunidad de dejar un modo de vida que originó esta crisis y migrar a otra forma de vida más hermana.

  El gran valor del mundo en el que vivíamos era el dinero. Se trataba de hacer dinero a cualquier precio. De ahí la concentración cada vez más grande y desmesurada de la riqueza en cada vez menos manos, el surgimiento y proliferación del narcotráfico, la violencia, la corrupción estatal y privada acompañada de la impunidad, la quema y depredación de los bosques, la contaminación de la tierra y de las fuentes de agua con agro tóxicos, el recalentamiento global, entre otros. La consigna era: “El que roba una gallina es un ladrón, el que roba 15 millones es un genio”.

  Estas crisis sanitaria y económica que estamos viviendo nos muestran que este camino lleva a la muerte a millones de personas. Jesús en el evangelio de hoy nos propone una manera alternativa de organizar la sociedad ya no sobre el dinero sino sobre el compartir agradecido.

  200 denarios, el equivalente a unos ocho meses de salario, no alcanzarían para que a cada quien le tocara un pedazo. Era una suma desproporcionada para el grupo de Jesús. La alternativa la ofrece un muchacho que en su ingenuidad le ofrece a Jesús los cinco panes y los dos pescados que llevaba su familia. Me imagino la cara que le habrán puesto sus papás al darse cuenta de lo que había hecho y de lo que significaba: se iban a quedar sin comer.

  Jesús hace que la gente se siente en la hierba verde como hombres y mujeres libres, dignas y valiosos. Jesús le devuelve su poder a la gente.

  Jesús pudo haber tomado aquellos cinco panes y dos pescados y haberse ido con ellos a un lugar solitario a comerlos con sus discípulos. Pero Jesús, lejos de hacer eso, los toma y da gracias. Al hacerlo Jesús reconoce que son un don, un regalo de Dios, dejan de ser propiedad privada.

  Jesús empezó a repartir aquellos cinco panes y dos pescados. La gente, motivada por el gesto de Jesús empezó a hacer lo mismo con sus panes y pescados. Sintiéndose libres, dignas, valiosos y empoderadas imitaron el gesto de Jesús. Compartieron lo que tenían. No solo quedaron satisfechos, sino que incluso sobró.

  La gente queda fascinada y quieren tomar a Jesús y convertirlo en su rey. Jesús se retira. La solución no es entregarle el poder a nadie, eso solo lleva a caciquismos, a regímenes autoritarios y totalitarios, sino compartir el poder que se tiene.

  El compartir que propone Jesús no es fruto de una imposición. Tampoco se debe al miedo proveniente de una amenaza, ni a la promesa de un premio. El compartir que propone Jesús es fruto de la gratitud, del agradecimiento, del reconocimiento, de la experiencia del amor de Dios, de su bondad, de su generosidad, de su fidelidad, de su lealtad.

  Que podamos aprovechar estas crisis sanitaria y económica para pasar de la ingratitud a la gratitud y así, entonces, ir construyendo desde ahora, desde abajo y desde nosotras y nosotros mismos esa sociedad nueva con la que soñamos formada por comunidades de compartir agradecido.

miércoles, 22 de abril de 2020

Homilía 22.04.2020: Miércoles de la segunda semana de Pascua.

Lectio Divina: Lectio Divina: Miércoles, 30 de Abril, 2014 ...

El mensaje central de todo el Evangelio, de la Buena Noticia de salvación, lo encontramos en los primeros versículos del texto que hemos escuchado hoy. San Juan lo resume así: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Esa es la razón por la cual Dios se humaniza en la persona de Jesús, es un acto de total amor y entrega, para darnos una vida nueva, plena.

Así lo confirma el texto de los Hechos de los Apóstoles en el mensaje del ángel, mandó a los apóstoles a enseñar todo lo referente a esa nueva vida que nos ha venido de Dios en Jesús. Es una buena noticia que se gesta en circunstancias contradictorias, porque no todos aceptan ese mensaje de salvación que involucra acceder a esa nueva vida mediante una nueva forma de proceder, un nuevo estilo de vida.

San Juan nos dice que quien recibe y acepta esa vida nueva obra el bien conforme a la verdad que procede de Dios, de forma que no solo se trata de decir “sí acepto al Señor” o “Jesús es mi Señor”, es necesario asumir un compromiso traducido en una nueva vida, que cambie nuestra forma de proceder por una que también propicie la vida desde un actuar con verdad y no con mentiras, de proclamar una verdad de fe y actuar conforme a eso que creo. Se trata de una vida que traduce el amor más en obras que en palabras. Ese estilo de vida se convierte a su vez en una luz que ilumina nuestra vida y ante cualquier circunstancia sabemos esperar en Dios, pero con acciones concretas que muestren la fe que tenemos.

La cuarentena y la crisis que estamos viviendo no puede ser una mejor oportunidad para gestar esa nueva vida que nos anuncia Jesús. Y ante esta realidad se nos presentan dos posibilidades: obrar el mal y entonces seremos hijas e hijos de las tinieblas, o decidirnos a obrar el bien conforme a la verdad y entonces seremos iluminados por la luz que proviene de Dios, es decir una vida plena y verdadera.

Hasta el momento la sociedad capitalista promotora del egoísmo individualista ha venido haciendo el mal y es esa forma de proceder la que nos ha llevado a la actual crisis sanitaria, pero más aún a una profunda crisis humana, que se deja ver en el incremento de la violencia, la corrupción institucionalizada, el hambre creciente de las mayorías pobres, las enormes desigualdades de nuestro mundo, pero sobre todo en la destrucción y contaminación del ambiente que nos rodea. Nuestros patrones de consumo han sido el derroche y el descarte, acumulando toneladas de basura a nivel mundial, provocando que esa misma contaminación se convierta en amenaza del ser humano.

Es por eso que estamos ante una gran oportunidad. El virus nos ha llevado a estar más conscientes de nuestra vida y de los que viven conmigo, mis familiares y amigos, nos ha llevado a priorizar qué es lo verdaderamente importante en la vida: disfrutar del tiempo con aquellos que amo y también hacerme consciente de mi espacio, de mi medio ambiente. Nos ha llevado a descubrir con mucha claridad nuestra vulnerabilidad y la necesidad de salir juntos adelante. En contra del egoísmo individualista que promueve el capitalismo, la crisis nos muestra como único camino para salir adelante la solidaridad, la hermandad, la comunicación efectiva, la vida sencilla y sobre todo el ser agradecidas y agradecidos por cada instante de vida que tenemos.

Sin embargo, encontramos todavía a muchos que prefieren las obras de las tinieblas; que sin importar exponerse y exponer a los otros no asumen los cuidados sanitarios que requerimos. Que siguen pretendiendo acaparar para sí mismos los recursos destinados a las grandes mayorías que siguen sufriendo hambre y miseria. Más aún, miramos aquellos que siguen destruyendo sin medida alguna nuestros bosques con prácticas destructoras y contaminantes del medio ambiente. Y ni hablar de quienes, en medio de estas circunstancias, siguen usando la fuerza y la violencia como camino de superación de la crisis. Todas esas obras nos conducen a la destrucción de la vida y no nos ayudarán a superar esta crisis.

El Señor resucitado, en medio de esta profunda crisis nos hace un llamado a asumir un compromiso con nuestra vida y la de las-los demás, porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salvara por él. Esa salvación solo es posible en la medida en que asumamos un cambio en nuestros patrones de conducta, con un estilo de vida totalmente saludable.
Pidamos al Señor que nos de la gracia para asumir esa vida nueva en nosotras y nosotros, como un compromiso de cada día. Amén. 

martes, 21 de abril de 2020


Homilía 21.04.2020: Evangelio Jn 3,7-15

Catholic.net - Cristianos con el corazón de hijos
El evangelio de Juan que acabamos de escuchar comienza invitando a nacer de nuevo. Y termina diciendo que el que le dé su adhesión al hijo del hombre levantado tendrá vida definitiva.

  Para interpretar este texto vamos a darle una mirada al contexto en el que lo estamos leyendo. Nos encontramos desde hace más de cuatro semanas fundamentalmente confinados en nuestros hogares para protegernos de la amenaza real de un virus que va acercándose poco a poco y que no estamos preparados para enfrentar. La necesidad creciente de muchas familias, especialmente en los centros urbanos, que viven del diario y que se están viendo en dificultades cada vez más grandes para satisfacer sus necesidades alimenticias básicas. El descenso en un 42% de las remesas enviadas desde EEUU. El cierre de maquilas y el consiguiente retorno de muchas personas a sus comunidades de origen. La quema de nuestros bosques en estos días. Es algo que se nos impone por el humo que respiramos y el horizonte gris-marrón que vemos. Miles de familias que esperan la repartición de una bolsa de comida que muchas veces no llega, o que llega tarde, y que es a todas luces insuficiente para satisfacer sus necesidades en una cuarentena tan prolongada.

  En este contexto nacer de nuevo significa aprender a cuidar. A cuidar de nosotras y nosotros mismos siguiendo las medidas de protección indicadas para esta crisis: lavado frecuente de manos con agua y jabón; uso de mascarilla al salir de casa; desinfección de superficies con agua con cloro (dos tapitas de cloro por litro de agua); hacer enjuagues con sal tres veces al día, evitar el consumo de azúcar que es caldo de cultivo para el virus. Y cuidando de nosotras y nosotros mismos con estas prácticas también cuidamos a las y los demás, los más cercanos y los más lejanos. Y, también tenemos que cuidar de nuestra casa común. Es un sinsentido pedirle a Dios que nos cuide del virus mientras quemamos masivamente nuestros bosques y los talamos inmisericordemente, sin decir nada, del envenenamiento progresivo de la tierra y de nosotras y nosotros mismos – porque al final también somos tierra-barro – con el uso indiscriminado de agro tóxicos, cada uno más venenoso y mortal que el otro.

  En este contexto nacer de nuevo significa apostar a que lo que nos va a sacar adelante va a ser un trabajo arduo, una entrega apasionada. No va a haber bolsa de víveres que nos saque adelante de esta crisis, será nuestro trabajo productivo y comprometido.

  En este contexto nacer de nuevo significa cambiar más que el modo de producción el modo de distribución de los bienes que generamos. Es un reto a la hermandad, a compartir lo que somos y tenemos con las familias más necesitadas, sin hacer acepción de personas ni excluir a nadie. La formación de comunidades de compartir agradecido será decisiva para salir adelante.

  Ahora podemos preguntarnos qué nos va a permitir nacer de nuevo. A eso apunta el final del evangelio. Lo que nos va a permitir nacer de nuevo va a ser dejarnos bautizar por la sangre y agua que brotan del costado atravesado de Jesús. Eso es lo que confiere la vida definitiva. ¿Y cómo se hace eso? Reconociendo en el crucificado al resucitado que nos entrega su Espíritu que es el que nos permite nacer de nuevo cuando somos bautizadas y bautizados, cuando somos sumergidas y sumergidos en su pasión (sangre y agua que brotan del costado traspasado). Y esto se realiza estando al pie de la cruz de Jesús y de las personas que sufren sumergiéndonos en su pasión, cuidándonos a nosotras y nosotros mismos y a los demás, cuidando de nuestra casa común, trabajando ardua y apasionadamente en la tarea que nos ha sido encomendada, y compartiendo con las y los demás los bienes fruto de nuestro trabajo. En esta experiencia vamos a ir perdiendo el miedo, nos vamos a ir haciendo cada vez más agradecidas y agradecidos y vamos a ir experimentando una alegría que el mundo no nos puede dar, y por ende, tampoco quitar. Y así, libres del miedo, llenas y llenos de gratitud y colmadas y colmados de alegría vamos a poder ir experimentando un amor que responda al del crucificado – resucitado en el que consiste la vida definitiva.