Estamos
comenzando el tiempo de Pascua, el más importante del año. En este tiempo se
nos invita a avanzar por el Camino para encontrarnos con Jesús vivo entre
nosotros y empezar a experimentar su vida en nuestra vida.
No
es algo fácil. Los primeros discípulos tardaron bastante en descubrir esa
presencia viva en ellos. Habían presenciado el terrible fracaso de la Cruz. Lo
habían visto destrozado y muerto y atravesado por la lanza del soldado. Lo
habían enterrado y tapado el sepulcro con una gran piedra. No cabía duda: Jesús
estaba muerto y bien muerto. Y ellos se
sentían abandonados y sin esperanza alguna. Las mujeres van a la sepultura como
se acostumbra cuando muere alguien muy querido, para recordarlo y arreglar un
poco el sitio y llorar y consolarse un poco mutuamente con sus recuerdos.
Y se encuentran de repente con
algo totalmente inesperado y sorprendente: Alguien les saluda y le dice: “No
tengan miedo. Avisen a los hermanos y vayan a Galilea. Allá lo verán”. Despareció el miedo y la tristeza y llenas de
una inmensa alegría corrieron a dar la gran noticia a los discípulos: ¡Jesús
vive!, ¡corramos a Galilea y lo veremos!.
Galilea
era el sitio donde Jesús había vivido, donde había sanado a tantos, donde había
abierto los ojos a ciegos, donde había curado a leprosos, donde había liberado
a muchos de sus dolencias, sus sufrimientos, su marginación, sus desgracias.
Donde había mostrado que Dios es Amor, especialmente por los pobres y
afligidos. Y donde los discípulos habían aprendido a vivir como hermanos, a
quererse de veras, a perdonarse, a sacrificarse unos por otros, a compartir con
alegría y agradecimiento todo lo que tenían.
Galilea
era el lugar donde se empezó a hacerse realidad el Reinado de Dios: el reinado
de la verdad, la justicia, la fraternidad, la vida para todos, la abundancia en
medio de la sencillez y la alegría. El sitio donde nadie se sentía marginado,
despreciado, oprimido. Donde todos se sentían acogidos y bienvenidos. Todos se sentían
invitados, queridos, respetados, amados. Donde se podía vivir feliz, rodeado de
hermanos, sin temor ni angustia de ninguna clase.
Pero para llegar a Galilea había
que caminar, ayudarse unos a otros, servirse unos a otros, sacrificarse unos
por otros. Jesús era y es el Camino, la Verdad y la Vida. Un camino que no es
cómodo, no es fácil, en el que hay piedras, hoyos, cuestas. Pero en el que se
vive la presencia del Señor, que conforta, que consuela, que ilumina, siempre a
través de los hermanos y con ellos.
La
Resurrección no es volver a esta vida mortal, llena de dolores, problemas,
injusticias y sufrimientos. Volver a esta vida física, con tantos dolores
enfermedades y muertes. Sino comenzar una vida nueva, al modo de los que
seguían a Jesús en Galilea. La Resurrección no es algo físico, biológico,
material. Para conocer a Jesús no hace falta estudiar mucho, documentarse
mucho, prepararse mucho. Lo único que hace falta es seguirle entre los
hermanos, los que sufren, los marginados. Como Él lo hizo: compartiendo,
sirviendo, amando. Y ahí empezamos a “ver al Señor, que vive entre nosotros”.
Nos convertimos en “Cuerpo de Cristo” aquí en esta tierra. Eso es la Fe cristiana. Y cuando uno lo hace,
poco a poco, va descubriendo que ahí está el Señor, que el Señor vive entre
nosotros, que Él es el que nos da la fuerza, la paz, la alegría, la sabiduría
para ir enfrentado los problemas y construir un mundo nuevo. Nadie es
descartado, despreciado. A todos se nos invita a desarrollar todas las buenas
cualidades, capacidades, “carismas” que Él nos da. Pero para ponerlas al
servicio de los hermanos, la familia de Dios.
Jesús
no nos ofrece una vida cómoda, fácil. Lo que nos ofrece es la vida que Él vivió
en Galilea, en Nazaret. Que a Él le llevó a la cruz. Y el que le siga también
se encontrará con la cruz. Pero sentirá su compañía que hará que la cruz se
haga llevadera, liviana. “Aprendan de mi, que soy manso y humilde de corazón, y
encontrarán alivio, paz, fortaleza y alegría” porque el Reinado de Dios ya ha comenzado.
Es tiempo de vivir la Resurrección y encontrarnos con Él en el camino de
Galilea.
Estamos
viviendo esta cuarentena del coronavirus. Una ocasión muy buena para descubrir
la presencia vivificante del Señor en nuestras vidas. Él nos está invitando a
tomar la cruz de cada día y a ayudar a los demás a llevar sus cruces. Ojalá que aprovechemos la ocasión. Que nuestra Madre que acompañó a Jesús hasta
el Calvario nos haga sentir su compañía y su protección en estos tiempos recios
y difíciles y así podamos sentir cómo el Señor vive entre nosotros, cómo su
Reinado ya ha comenzado.
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