Homilía 29.04.2020: miércoles de la tercera semana de
Pascua
Queridas
hermanas y hermanos. El acontecimiento de la resurrección del Señor desata
circunstancias contradictorias para quienes creen en Jesús como Señor e Hijo de
Dios y se comprometen a su vez con el anuncio de la Buena Noticia del Evangelio
que nunca estará a favor de los poderosos y opresores, sino que por el
contrario desenmascara las intenciones y acciones fraudulentas de quienes se
mueven en las tinieblas.
El relato de los
Hechos de los Apóstoles nos narra la persecución que han vivido desde las
primeras comunidades cristianas las y los seguidores de Jesús. Esta violencia
contra el Evangelio que denuncia las injusticias y maldades del mundo ha
servido a su vez para la expansión de esta Buena Noticia. Ya lo decía
Tertuliano en el segundo siglo de nuestra era: “La sangre de los mártires es
semilla de cristianos”. Así lo vivieron y lo asumieron con entrega mujeres y
hombres que a pesar de huir por las persecuciones fueron anunciando el
Evangelio a todos los pueblos de forma determinada y con plena convicción de la
vida que encontraban en el Señor Jesús resucitado en medio de ellos.
Asumir ese
Evangelio de Jesús involucra la fe plena en la vida junto con Él. Esa es la
voluntad del Padre, que tengamos vida y vida en abundancia. Para eso Jesús se
nos da como el pan que da vida y como la vida que calma nuestra sed. Vivimos
momentos de ansiedad, de zozobra, de angustia para muchas personas. Y en medio
de esta situación Jesús nos recuerda que quien se mantiene fiel a él permanece
en Él y Jesús también permanecerá junto a nosotros y nosotras. Pero ese
permanecer en él involucra una acción comprometida con el Evangelio como lo
vivieron y sufrieron los primeros discípulos y discípulas. No encerrados en sus
miedos, sino expulsados a las periferias, pero a su vez anunciando lo que ellos
habían visto y oído como una experiencia que se iba haciendo vida de generación
en generación.
También nosotras
y nosotros estamos llamados a anunciar este evangelio en medio de las
circunstancias de adversidad que vivimos. Jesús es pan que da vida, pero es un
pan que se parte y se comparte entre los hermanos y hermanas. De forma que
también estamos llamados hoy en día a saber partir y compartir nuestro pan. Cuando
una persona vive centrada en su ombligo, nos dice un autor, entonces su mundo
se reduce a su egoísmo individualista, incapaz de mirar más allá de sus
narices, y es fácil en circunstancias adversas sentir miedo, angustia, ansiedad
y perder la calma, porque su mundo personal se está viendo amenazado. Eso nos
puede pasar en esta pandemia. Pero para los primeros cristianos y cristianas
que vivieron la adversidad de la persecución, la vida se extendía mucho más
allá de sus fronteras personales y geográficas, por eso pudieron convertirse en
evangelizadores, anunciando a los pueblos vecinos la experiencia de vida que
brotaba de su encuentro con el acontecimiento del Señor resucitado.
Salir de
nosotras y nosotros mismos nos descentra y coloca en el centro de nuestras
vidas el carácter comunitario que nos hace conscientes de que somos seres en
constante relación con los demás y con el ambiente. Quizás en este tiempo como
nunca antes hemos podido caer en la cuenta de ello. Estamos tan relacionados
que un virus que se gestó en el otro lado del mundo nos está afectando a
nosotras y nosotros en mayor medida aún que aquellos países en donde se
originó. Y a partir de aquí descubrimos que esa realidad ha sido tal por la
irresponsabilidad con la que se ha manejado y se sigue haciendo, de los recursos
de los Estados que debiendo estar al servicio de la población en general, han
sido utilizados para el enriquecimiento ilícito de unos pocos en el poder. Y a
partir de esa situación actual ahora la violencia institucionalizada sigue
persiguiendo con violencia el Evangelio que nos invita a compartir en comunidad
y a saber aprovechar los recursos para el beneficio de todas y todos, sin
distingo partidista, ni de clases sociales.
El Evangelio
genera vida, mientras que el egoísmo individualista propicia la muerte. Estamos
a tiempo para ser pan partido y compartido, y en medio de las medidas de
seguridad sanitarias vigentes no nos olvidemos de aquellos que están sufriendo
más violentamente esta crisis porque han sido los olvidados y excluidos del
sistema capitalista.
Seamos pan de
vida, ayudemos a calmar el hambre y la sed de muchas hermanas y hermanos, cada
una-uno desde las posibilidades que tengo a mi alcance y no nos cansemos de
preguntarnos ¿quién es mi prójimo?, ¿quién es el que está necesitado de mí? Salgamos
de nuestro egoísmo para propiciar juntas y juntos la vida que Dios quiere en
nosotros.
Que el Señor
resucitado nos dé la gracia que nos viene de él. Amén.
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