viernes, 31 de julio de 2020

2020.7.31- celebración a San Ignacio de Loyola



2020.7.31 - Hoy estamos celebrando la fiesta de San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús. Como bien sabemos, nuestra Parroquia ha sido encomendada desde el siglo pasado a la Compañía de Jesús. Vamos a aprovechar esta fiesta para reflexionar sobre algunas de las características de la espiritualidad ignaciana: Jesús como compañero de vida y de misión; el discernimiento como método de decisión; poner el amor más en las obras que en las palabras; la gratitud como motor de nuestro accionar.
Para Ignacio, Jesús es compañero de vida y compañero de misión. Según el diccionario, “La palabra compañero viene del latín y deriva del ‘comedere’ (comer) y ‘panis’ (pan) en relación de ‘comer del mismo pan’. Las palabras ‘acompañar’ y ‘compañía’ tienen esa misma raíz”. Para Ignacio, pues, Jesús es ante todo aquel con quien compartimos el mismo pan. Esto nos hace pensar en la mesa del compartir agradecido, en la eucaristía, en la que lo que se parte y se comparte es la propia vida fruto de la gratitud. Esa comunión de vida es la que lleva a la comunión de misión, y la comunión de misión es la que lleva a la comunión de vida. El horizonte de la misión es el reinado de Dios.
La brújula que debe de orientar la vida no es para Ignacio una serie de preceptos y mandatos, sino el discernimiento espiritual, la “osadía de dejarse llevar” por el Espíritu, que no sabemos de dónde viene ni a dónde va, pero que somos capaces de distinguir. Esta manera de plantear la vida implica tanto mucha libertad como mucha responsabilidad. El discernimiento es una manera de vivir en libertad de las normas y preceptos establecidos asumiendo al mismo tiempo personalmente toda la responsabilidad por nuestro actuar.
Para Ignacio el amor debe de ser puesto más en las obras que en las palabras y consiste en compartir (EE 230-231). El amor para Ignacio es algo eminentemente práctico, es un estilo de vida. El amor para Ignacio es un diálogo reverente que desemboca en el servicio, en el compartir, en la entrega libre y generosa.
Una de las frases en las que se trata de compendiar el carisma de Ignacio es “en todo amar y servir”. Citar solo esto tiene el problema de poderlo convertir en un nuevo mandato, en un nuevo imperativo categórico que corre el peligro de volverse un pesado yugo más. Por eso es tan importante citar también lo que le antecede. Así la frase completa reza: “pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad” (EE 233). Así, Ignacio pone la fuente del amor y del servicio en la gratitud.
¿Qué significa vivir estos rasgos de la espiritualidad ignaciana en medio de la crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando? Lo primero que significa es tomar conciencia que no estamos solas, que no estamos solos, que Jesús nos acompaña en nuestro caminar a través de esta crisis. Pero no solo nos acompaña, nos alimenta también, compartiendo el pan de su vida e invitándonos a hacer otro tanto con nuestras propias vidas. También nos invita a encontrarnos con la otra y el otro como compañeras y compañeros compartiendo mutuamente el pan de nuestras vidas. Y todo esto sabiéndonos y poniéndonos al servicio del reinado de Dios, de la experiencia de la mesa compartida en la que estilo de vida y misión se entrelazan íntimamente.
Vivir la espiritualidad ignaciana en medio de esta crisis significa aprender a pensar, a valorar, a discernir, sin tomar acríticamente todo aquello con que somos bombardeados 24 horas al día, siete días a la semana por los medios de comunicación social. Esto significa atreverse a cuestionar si la crisis la ha causado el Covid19 o la forma en que lo hemos estado tratando; atreverse a cuestionar la conveniencia de confinar en sus casas a personas sanas; atreverse a cuestionar la necesidad de imponer el uso de mascarillas a personas sanas fuera de ambientes altamente contagiosos como, por ejemplo, los hospitales; atreverse a cuestionar la eficacia y la conveniencia de seguir utilizando un tratamiento básico que no evita que muchas personas se compliquen.
Vivir la espiritualidad ignaciana en medio de esta crisis significa poner el amor en obras más que en palabras compartiendo lo que somos y tenemos con las personas contagiadas y/o heridas por la crisis. Esto significa acercarnos a las personas contagiadas y/o heridas, dialogar con ellas dándonos tiempo para escuchar sus historias, dejarnos conmover por su dolor y su necesidad, y tenderles la mano con generosidad en la medida de nuestras posibilidades.
Vivir la espiritualidad ignaciana en medio de esta crisis significa: que lo que inspire y anime nuestro actuar no sea el miedo al contagio que nos lleva a apartarnos y discriminar a las personas contagiadas recluyéndonos y paralizándonos en la aparente seguridad de nuestras casas; que lo que inspire y anime nuestro actuar tampoco sea el interés egoísta que busca lucrar con y de la crisis a costa de la vida de otras personas como parecieran estarlo haciendo muchos funcionarios públicos y empresas privadas; que lo que inspire y anime nuestro actuar no sea el deseo de venganza justificado por un sentimiento de victimismo; sino, que lo que inspire y anime nuestro actuar sea la gratitud. Y es que solo ella hace posible un amor que responde a Su amor, al amor de aquel que nos amó primero, que nos acompaña y parte y comparte su vida con nosotras y nosotros en una mesa en la que todas, todos y todo tienen su lugar.

jueves, 30 de julio de 2020

2020.7.30 - Reflexiones de las lecturas



2020.7.30 - En el evangelio de Mateo (Mt 13,47-53) que escuchamos, se nos relata la parábola de la red. Se nos dice que el reinado de Dios se parece a la red que recoge toda clase de peces. Luego se separan los buenos de los malos. Los buenos van a los canastos, los malos se tiran.
El reinado de Dios ciertamente es como una red en la que todas, todos y todo tienen lugar. Y es que el Dios de ese reinado es el “que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45). Una mujer sirofenicia le enseña a Jesús que en el reinado de Dios no hay extranjeros (Mc 7,24-31).
En el contexto de esta crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo podemos tener la tentación de excluir a dos tipos de personas: a las contagiadas y a las ladronas públicas.
Aunque el número de contagios sigue aumentando exponencialmente, y aunque las personas contagiadas son cada vez más cercanas a nosotras y nosotros, la tentación de la discriminación de las personas contagiadas sigue siendo muy fuerte. Creemos que ellas no pertenecen, y por eso las excluimos: no las visitamos, nos apartamos de ellas cuando se acercan, nos negamos a llevarlas en nuestros carros al hospital, a veces incluso las llamamos para insultarlas. Dominadas y dominados por el miedo huimos de ellas y si se nos tratan de acercar las atacamos para defendernos. El miedo nos hace olvidar que la persona contagiada es tan humana como nosotras y nosotros, y nos impide dejarnos conmover por su necesidad. Sin embargo, en estos tiempos en los que tenemos nuestros templos cerrados, sin la posibilidad de visitar al Santísimo y de comulgar, la persona contagiada es la presencia más cercana de Jesús sacramentado en esta crisis. Y acercarnos a ella, dialogar con ella, dejarnos conmover por su situación, y tenderle la mano es una de las maneras privilegiadas de comulgar con Jesús en esta crisis.
Excluir a los funcionarios públicos que han utilizado esta crisis para robar descaradamente como en el caso de los hospitales móviles, por ejemplo, condenándolos y deseándoles el peor de los destinos es otra tentación frecuente en medio de esta crisis. Ellos, con todo, también pertenecen al reinado de Dios. Porque como dice Jesús: “No he venido a invitar justos, sino pecadores” (Mc 2,17). Por eso Jesús jamás excluye, sino que llama a la conversión dándole así un lugar a todas, a todos y a todo en el reinado de Dios. Ahora, esto de ninguna manera tiene que ver con el conformismo. Esta actitud es más bien fruto de atrevernos a ocupar el lugar que nos toca, y entonces hacer posible que las y los otros ocupen el lugar que les toca. Esta actitud de acogida es la única que hace posible el arrepentimiento y la conversión, ya no por miedo al castigo ni por interés en un premio, sino por amor. Algo de esto es lo que han hecho en Olanchito, donde están construyendo un Centro Covid-19 con fondos propios de la población y una inversión de apenas L.2.5 millones de lempiras.
Con la parábola de la red tal vez Jesús nos esté invitando a organizarnos como vecinas y vecinos para tenderles la mano a las personas contagiadas y/o golpeadas por la crisis, y a ocupar nuestro lugar como ciudadanos para poner fin al abuso sistemático de muchos funcionarios públicos poniéndolos a ellos en su lugar como servidores del pueblo. De esta crisis nos vamos a salvar en red, como pueblo, y no precisamente quedándonos paralizados en casa, sino saliendo y haciendo lo que solo nosotras y nosotros podemos y debemos de hacer.

miércoles, 29 de julio de 2020


2020.7.29 - Santa Marta
El evangelio de hoy nos relata el conocido pasaje de Jesús en casa de Marta y María, las dos hermanas de Lázaro. Muchas con las interpretaciones que se han hecho sobre el papel de estas dos mujeres, la mayoría tildando a Marta de equivocada en sus afanes por el llamado de atención de Jesús: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria…” veámosla con detenimiento.
Si bien, Jesús es consciente de la necesidad de atender las situaciones de la vida cotidiana, pretende llamar la atención de Marta que, frente a él, lo deja de lado para afanarse por otras cosas que en su momento también son necesarias y podrá darles su atención, pero que ahora no son tan importantes como descubrir la presencia del Señor en su casa y escuchar su Palabra.
El evangelio nos da a entender la importancia que tiene Jesús en medio de nuestra vida, porque en él se nos ha revelado todo el amor de Dios para con la humanidad, y por eso, no podemos dejar de lado la escucha de su Palabra y la puesta en práctica en nuestra vida cotidiana, porque solo de esa manera nuestras acciones cotidianas estarán inspiradas y guidas por ese amor que proviene de Dios y que se hace carne en Jesús. 
San Juan nos invita en la primera lectura que escuchamos a amarnos los unos a los otros, porque el amor proviene de Dios y solo quien ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor. Una invitación muy concreta y actual en medio de esta crisis sanitaria, económica y social. Un amor que responde a otro amor. 
Frente a esa invitación podríamos preguntarnos si nuestros afanes diarios, el miedo que nos ha confinado al encerramiento y al aislamiento, son acciones propias del amor que nos revela Dios en su Hijo Jesús. San Juan nos dice que el amor verdadero está en que Dios nos amó primero, es decir, nos “primereó” en el amor, como señala el Papa Francisco, y entregó su Hijo para salvarnos. Es un amor que se ha mostrado desde la cercanía amorosa de Dios con la humanidad en Jesús, que se acercó a los que sufrían, que comía con los pecadores, sanaba a los enfermos y a los pobres les anunciaba el reinado de Dios. 
De forma tal, que quienes queremos responder a este amor primero de Dios debemos acercarnos a los demás tal como Él se acercó a nosotras y nosotros asumiendo nuestras necesidades como suyas y amándonos desde la cercanía y la cotidianidad que mostró María a los pies de Jesús en casa de Marta. Porque “a Dios nadie lo ha visto nunca, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor en nosotros es perfecto.”
Así pues, estamos invitados-invitadas a responder con amor, al amor que Dios nos da, y ese amor puesto en obras de solidaridad, de cercanía, de inclusión, de comunidad, de compartir. Ese es el signo evidente de que permanecemos en Dios, si y solo si, con nuestras obras hacia los demás permanecemos en el amor.

martes, 28 de julio de 2020

2020.7.28 - En el evangelio de Mateo (Mt 13,36-43) que escuchamos, Jesús explica la parábola del trigo y de la cizaña alegóricamente, explicando el sentido de cada uno de los elementos de la parábola.



2020.7.28 - En el evangelio de Mateo (Mt 13,36-43) que escuchamos, Jesús explica la parábola del trigo y de la cizaña alegóricamente, explicando el sentido de cada uno de los elementos de la parábola.
El Dios que se refleja en esta explicación alegórica de la parábola es un Dios justiciero, que separa a buenos de malos, que premia a los buenos y castiga a los malos. ¿Es el Dios que se nos revela en Jesús así? El Dios que se nos revela en Jesús es un Dios que tiene una pasión por las y los perdidos: “No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2,17). Y es que el Dios en el que cree Jesús es el Dios “que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobres justos e injustos” (Mt 5,45). Porque el Dios en el que cree Jesús es un Dios inclusivo e incluyente, Jesús comparte con Judas la última cena a sabiendas de que lo iba a traicionar (Mc 14,18). El perdón solo es posible si en lugar de eliminar al ofensor se carga con su ofensa renunciando a la venganza (Mt 5,38-42).
¿Cómo interpretar la parábola del trigo y de la cizaña y su explicación en el contexto de la crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando? Vamos a tomar el ejemplo de los hospitales móviles. Resulta que los dos hospitales móviles que llegaron a Honduras fueron completados con módulos y equipos usados y en mal estado, y que se desconoce el paradero de los otros cinco hospitales móviles. Nos encontramos ante una mega estafa que ha costado unos U$32 millones al pueblo hondureño, suponiendo la existencia de los otros cinco hospitales cuyo paradero se desconoce. Ante este saqueo descarado podríamos tener la tentación de arrojar al horno encendido, donde habrá llanto y desesperación, a los responsables de la compra, a sus cómplices, y a sus patronos. Con todo, esta alternativa que parece muy radical, no ofrece una buena solución. Porque como hemos experimentado, una y otra vez, los sustitutos, vuelven a hacer lo mismo. Dicho de otra manera, el saqueo del Estado hondureño a manos de sus funcionarios públicos, tiene una larga historia en el pasado, se sigue perpetuando en el presente, y no tiene visos de cambiar en el futuro.
Si no queremos que esta historia se siga repitiendo tenemos que asumir nuestro lugar y nuestra responsabilidad todas y cada uno de nosotros, solo así podrán hacer las y los demás otro tanto. Solo asumiendo mi lugar va el otro a ocupar el lugar que le toca. Y para esto es imprescindible organizarnos a nivel local para atender a las personas contagiadas por el Covid19 y a las personas afectadas por la manera de organizar la economía en nuestro país. Pero para eso, vamos a tenernos que liberar del miedo y de la desconfianza, los virus que más daño nos hacen en Honduras. Y en concreto eso significa, practicar las medidas de higiene básicas para evitar el contagio, pero sin convertir al contagio en el peor de nuestros enemigos. Así, Jesús nos dice: “No teman a los que solo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno” (Mt 10,28). Es importante evitar contagiarnos, pero más importante es ser samaritanos, esto es, acercarnos a la persona contagiada y/o necesitada, dialogar con ella, dejarnos conmover y tenderle la mano sirviéndola en sus necesidades según nuestras posibilidades. Si renunciamos a esto por evitar el contagio, ¿no nos pareceríamos a quienes saquean al Estado con la intención de asegurar su vida sin importarles la vida de las y los demás? Pero el Dios que se nos revela en Jesús es el que tiene nuestras vidas en sus manos, el que no está dispuesto a que se pierda nada ni nadie, y por eso hace posible que entreguemos nuestras vidas sin miedo a perderlas.

2020.7.27 - En el evangelio de Mateo (Mt 13,31-35) que acabamos de escuchar Jesús nos relata dos parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura.


2020.7.27 - En el evangelio de Mateo (Mt 13,31-35) que acabamos de escuchar Jesús nos relata dos parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura. Nos dice que el reinado de Dios se parece a ellas.
Ya Ezequiel (Ez 17,22-24) había hecho una comparación parecida. Solo que ahí lo que se siembra no es una semilla de mostaza sino la copa de un cedro: “Echará ramas, dará fruto y llegará a ser un cedro magnífico; anidarán en él todos los pájaros a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves” (Ez 17,23). Y termina la parábola Ezequiel diciendo: “Y sabrán los árboles silvestres que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, seco el árbol verde y reverdezco el árbol seco. Yo, el Señor, lo digo y lo hago” (Ez 17,24). En este contexto llama la atención que Jesús no hable de un cedro magnífico para exponer cómo es el reinado de Dios, sino de una semilla y de un arbusto de mostaza. El Dios que aparece en el relato de Ezequiel es uno que humilla desde la grandeza, en cambio el Dios que aparece en la parábola de Jesús es un Dios humilde que no humilla a nadie, y que desde su humildad acoge a todas y a todos. Además, la mostaza era considerada como una plaga para los cultivos.
Esto nos lleva a la segunda parábola, la de la levadura. En el tiempo de Jesús no había levadura como ahora que se puede comprar en una pulpería. En su tiempo lo que se usaba como levadura era un pedazo de pan “nacido” que las mujeres guardaban en un rincón de la casa. Era algo descompuesto, despreciable.
El reinado de Dios propuesto por Jesús no tiene nada que ver con grandeza ni dominio. Y esto vale para sus orígenes, pero también para su desarrollo. No es que nace pequeñito y después se hace una realidad apabullante. El reinado de Dios nace pequeño y no pierde nunca su humildad. Así, el reinado de Dios nunca es algo que se impone, sino que siempre y solo algo que se propone. Pero, además, la manera en que Dios reina es sirviendo, en la parábola de la semilla de mostaza ofreciendo cobijo, acogiendo, en la de la levadura, fermentando, haciendo que la masa crezca y se esponje. Ese es el Dios de Jesús, y esa es su manera de reinar: es un Dios humilde que sirve.
¿Qué significa esto en medio de esta crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando? Los poderes de este mundo nos han hecho creer por medio de los medios de comunicación social que el Covid19 es un virus muy contagioso y muy mortal, que no hay tratamiento eficaz para enfrentarlo, que nuestra única esperanza está en una vacuna que están desarrollando, y que, mientras tanto, tenemos que protegernos las unas de los otros, porque cualquiera nos puede contagiar. Repitiéndonos esto día y noche, día tras día, a lo largo de cuatro meses lo que han logrado los poderes de este mundo es infectarnos con el virus del miedo. Es verdad que el Covid19 es un virus que puede causar la muerte, como la pueden causar otros muchos virus y bacterias si no son tratados bien y a tiempo. Así, por ejemplo, si alguien tiene vómito y diarrea y lo único con lo que se trata es con acetaminofén es muy probable que la persona se complique y muera. Ahora, si se le da el antibiótico adecuado a los dos días esa persona ya se encuentra bien y en vías de recuperación. El tratamiento que propone la Dra. María Eugenia Barrientos y que hemos estado facilitando desde la Parroquia a base de antiinflamatorios y antigripales evita que las personas se compliquen al evitar la inflamación que produce el virus desde un inicio y reduce la tasa de contagio al reducir las secreciones y con ellas, la tos y los estornudos. Las “gripes”, pues, no tienen por qué ser mortales, si las tratamos a tiempo y bien. Hay un tratamiento sencillo y eficaz para enfrentarlas.
Ahora, lo que realmente nos está matando es el virus del miedo. Hoy en la mañanita me escribió una mujer de una aldea pidiéndome que la llevara al hospital. Al preguntarle si no había carros en la comunidad me dijo que sí, pero que nadie quería hacerle el viaje. Antes de salir a recogerla me escribió que un hermano suyo se había animado a llevarla al hospital. Ese es el virus que más daño nos está haciendo. Ahora, éste, como el primero también tiene tratamiento. Lo primero es superar el miedo al contagio confiando en un tratamiento sencillo y eficaz como el propuesto por la Dra. Barrientos. Eso nos va a permitir acercarnos, escucharnos, dejarnos conmover por nuestras historias y tendernos las manos, haciendo lo que nosotras y nosotros, y solo nosotras y nosotros podemos y debemos hacer. Así, cuando vencemos el miedo, nos convertimos en los granitos de mostaza y en la levadura del reinado de Dios de los que nos habla Jesús en las parábolas de hoy.

2020.7.26 Homilia Mt.13,44 El Reino de Dios es como un tesoro escondido.

200726 Homil. Mt.13,44 El Reino de Dios es como un tesoro escondido.



Meditamos hoy las 3 últimas parábolas del cap. 13 de Mt.: El tesoro escondido, la perla preciosa, y la red. Las tres responden a una pregunta muy importante para nuestra vida: ¿Vale la pena seguir el camino que nos propone Jesús?  Las dos primeras son muy parecidas: nos hablan de algo muy valioso, pero que está escondido, no está a la vista de todos. El Reino es algo así, no es algo evidente, que todos pueden ver, está como oculto. 

no tal vez lo encuentra en el trabajo normal, el campesino trabajando la tierra. Trabajando para ganarse la vida, pero haciéndolo a conciencia, escarbando hondo, bien hecho, de repente encuentra algo que ni había pensado en ello y halla algo muy valioso donde otros que sólo trabajaban superficialmente nada hallaban. Lo vuelve a esconder, como que nada hubiera hallado, como los demás, y lleno de alegría vende todo lo que tiene y compra ese campo, que quizá, como tierra de cultivo, no es muy valioso. Parece una locura, arriesgar todo por algo que aparenta poco. Pero que en realidad es muy valioso, aunque los otros no lo ven así. Y porque lo siente así, lo hace con gran alegría, cree que lo que hace no es una locura sino algo muy sabio y correcto. Lo encuentra casualmente, pero haciendo bien su trabajo diario. El comerciante en perlas es un poco distinto, él buscaba algo muy valioso y un buen día, lo encuentra, da los pasos necesarios para obtenerlo, y lleno de alegría lo consigue.

Reino de Dios es lo más valioso que podemos conseguir en la vida y como que se nos presentan dos posibilidades de encontrarlo: en el trabajo ordinario, pero bien hecho, con sentido y responsabilidad o bien buscándolo conscientemente, como el comerciante. Lo que es común a ambos es que hay que hacer un trabajo bien hecho, una búsqueda seria. Quien sólo se queda en lo superficial, en lo aparente, en lo fácil, no encuentra nada. Pero para el que lo encuentra, es motivo de gran alegría. Esto es clave, porque la alegría es lo que nos facilita desprendernos de todo lo que no lleva al Reino, de posponer todo lo demás, de vender todo con tal de conseguir lo que de verdad vale, la felicidad verdadera. Es lo que hizo Jesús y nos invita a seguirlo. Y es algo que todos podemos conseguir, si lo seguimos. Nadie queda excluido; ese tesoro se nos ofrece a todos y lo más inteligente es aceptar dejarse guiar por el Señor. Jesús no nos promete comodidades y facilidades, más bien nos dice que habrá dificultades y tribulaciones, pero nos asegura que, el que lo sigue, no fracasará, salvará su vida. Y ya, desde ahora, empezará a sentir la alegría de que el Reino ya está comenzando.

El Reino nos es algo material o sensible que podamos comprar y poseer, sino es vivir un estilo de vida al modo de Jesús. Viviendo los valores de la fraternidad, la solidaridad con los necesitados, la generosidad, la gratitud, el servicio, la responsabilidad. Y dejando de lado aquellas cosas que nos impiden avanzar: la codicia, el individualismo, el afán por la vida cómoda y caprichosa, el deseo de dominar y superar a los demás…. Por eso requiere sacrificios y renuncias y, sobre todo, entregarse al servicio de los demás por amor y con generosidad. Optar por el camino de Jesús es el tesoro que Él quiere darnos a todos. Y vale la pena hacerlo, ya que el resultado es inmensamente más valioso que los sacrificios que comporta. “El que sacrifica su vida por Mi y por el Evangelio, la salvará, el que no se arriesgue, la arruinará”.

Los tiempos de crisis, como el que estamos viviendo, son tiempos en que se nos invita a la reflexión, a examinar qué sentido estamos dando a nuestra vida: si la queremos orientar hacia nuestra plenitud, hacia la felicidad verdadera, o si nos dejamos llevar por los caminos de la superficialidad, la insensatez, la ruina.  Jesús, por lo mucho que nos quiere, a todos nos está invitando por los caminos de la vida, sin importar lo que antes hayamos vivido. Los errores pasados los olvida, los perdona. Lo que quiere es que nos convirtamos a los caminos que nos traerán paz y vida y prosperidad verdadera, los caminos del Reino. Por eso merece la pena seguir estos caminos, porque además sabemos que al final de nuestras vidas, todo lo que hemos hecho por amor a los demás, se salvará y se disfrutará para siempre y todo lo malo, perecerá sin remedio en el fuego aniquilador.

Seguir el camino de Jesús, además, pone en orden todo nuestro espíritu, nuestra vida, nuestro cuerpo. Y hace que nuestro sistema inmunológico corporal se desarrolle óptimamente y nos provea de las defensas necesarias para resistir con eficacia los ataques de toda clase de virus e infecciones. A la larga es la mejor defensa. Y el Señor nos la ofrece a todos, y gratuitamente, por el amor que nos tiene. Escuchemos sus orientaciones y dejémonos guiar por Él, que nos ha creado por puro amor, nos conoce bien, y quiere lo mejor para cada uno de nosotros. Pidamos al Señor la sabiduría que pidió Salomón, para que así encontremos el tesoro que quiere darnos. Que la Virgen María, nuestra Madre nos acompañe en este caminar.    Amén



      

   

domingo, 26 de julio de 2020



2020.7.26 - En el evangelio de Mateo (Mt 13,44-52) que acabamos de escuchar se nos relatan tres parábolas: la del tesoro escondido, la del comerciante en busca de perlas finas, y la de la red que recoge toda clase de pescados.
Comencemos por la última parábola, la de la red que recoge toda clase de pescados. Ese pescador se parece al sembrador que riega su semilla al voleo, sobre toda clase de tierras (Mt 13,19). También se parece al Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobres justos e injustos (Mt 5,45). Pero la parábola no termina ahí. Se nos dice que se reúnen los buenos pescados en cestas y los malos se tiran. ¿Será que Dios es así? Jesús no parece haber actuado así. Indiscutiblemente llama a la conversión a la buena nueva del reinado de Dios (Mc 1,15). Pero durante su vida acogió a todas y todos, por eso le reprocharon ser amigo de publicanos y pecadores (Mt 11,19). ¿Es que nosotros haríamos algo distinto con nuestras hijas e hijos? ¿Separamos, acaso, entre hijas e hijos buenos y malos, acogemos solo a los buenos y rechazamos a los malos? ¿O más bien, las y los acogemos a todos, porque son nuestros hijos?
Las dos primeras parábolas, la del tesoro escondido y la del comerciante en busca de perlas finas nos hablan de lo que hacemos cuando encontramos algo, ya sea por accidente o como fruto de una búsqueda, que realmente vale la pena: relativizamos todo lo demás poniendo nuestro corazón en eso que vale la pena, llenas y llenos de alegría.
¿Qué significan estas parábolas en el contexto de la crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando? Si algo ha hecho evidente esta crisis es lo unidas y unidos que estamos todas y todos. Así, cuidándonos cuidamos a las y los demás. Y cuidando de las y los demás nos cuidamos a nosotras y nosotros mismos. Y esto que es verdad en el ámbito privado, es tanto más cierto en el ámbito público. Todas y todos estamos dentro de la misma red. En este sentido, frente a la reapertura de la economía anunciada para mañana lunes 27, es fundamental que dispongamos de un tratamiento público y eficaz para tratar el contagio, como, por ejemplo, el propuesto por la Dra. María Eugenia Barrientos a base de antiinflamatorios y antigripales. De lo que se trata, entonces, no es de descalificar a nadie, sino de pedirles a nuestras autoridades sanitarias que nos provean de un tratamiento público y eficaz para evitar que las personas contagiadas, que van a aumentar, se compliquen. Se trata, pues de darles su lugar, y en caso necesario, de ponerlas en su lugar como servidoras de la salud del pueblo. Pero para eso se necesita que también nosotras y nosotros ocupemos nuestro lugar y nos demos nuestro lugar. Y de eso es de lo que nos hablan las primeras dos parábolas del tesoro escondido y del comerciante en busca de perlas preciosas.
Y es que no podemos poner a nadie en su lugar si no ocupamos nosotras y nosotros el nuestro. El tesoro escondido y la perla preciosa no son cosas que están fuera de nosotras y nosotros para lo que haría falta mucho dinero para poderlas comprar. El tesoro escondido y la perla preciosa son una manera de vivir. Las cristianas y cristianos encontramos en Jesús la inspiración para ese modo de vivir. Es un modo de vivir marcado fundamentalmente por la gratitud, por el agradecimiento. Es un modo de vivir que reconoce todos los bienes recibidos, siendo el más valioso de todos, el de la vida, el de la vida compartida. Así, por ejemplo, se alegra de la invitación inesperada de una vecina a compartir un vaso de pinol o una taza de café con rosquillas. Es un modo de vivir liberado del miedo porque reconociendo tanto bien recibido deja de ver al mundo, a las personas y a Dios mismo como hostiles. Así, dejamos de ver a las demás personas solo como posibles fuentes de contagio de las que tenemos que distanciarnos lo más posible. Es un modo de vivir que nos permite acercarnos a las personas contagiadas y/o necesitadas, escucharlas y dialogar con ellas, dejarnos conmover por su situación, y tenderles nuestra mano con generosidad. Es un modo de vida que nos permite sentir el dolor propio y ajeno sin huir de él, sin querer exterminar al que identificamos como responsable de estarlo causando y sin dejarnos invadir por una parálisis desmovilizante. Es un estilo de vida que nos permite experimentarnos como hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, hermanas y hermanos de todo lo creado, que aprecian tanto el don de la vida, que la entregan libre y generosamente en un compartir agradecido.t

sábado, 25 de julio de 2020


2020.7.25 - Hoy estamos celebrando nuestra fiesta patronal, la fiesta de Santiago Apóstol. Los últimos nueve días hemos estado rezando el Rosario y la Novena del Camino de Santiago. En esta Novena hemos ido contemplando el camino que recorrió Santiago en compañía de Jesús, como compañero de él. Vamos ahora a contemplar el camino que hemos venido recorriendo como compañeras y compañeros de Jesús a lo largo de la crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando dejándonos ayudar por las estaciones recorridas por Santiago en su propio camino.
El domingo, 15 de marzo fue el último día que celebramos eucaristías públicas ya solo con la presencia de 50 personas. El lunes, 16 de marzo comenzó la cuarentena nacional. En aquellos días fuimos testigos de endeudamientos masivos por parte del Estado, de promesas de subsidios económicos y de bolsas de comida, y de aumento y mejora de la capacidad hospitalaria del país para poder hacerle frente a la crisis que se avecinaba. Por parte del Estado se nos invitaba a quedarnos en casa confiando en sus buenos oficios.
Como Parroquia sentimos entonces dos llamados: a acompañarnos en esta crisis y a compartir desde la gratitud con las y los hermanos necesitados. Esto lo hicimos a través de nuevos programas en Radio Loyola: la eucaristía diaria; el programa de Técnicas de afrontamiento que quería ofrecer consejos para poder hacer frente a esta crisis; la lectura del libro de José Antonio Pagola, Jesús Aproximación histórica, que buscaba hacer presente la vida de Jesús para sentirnos acompañadas y acompañados por él en medio de esta crisis; la lectura de diversos libros que buscaban cultivar nuestra espiritualidad para poderle hacer frente a esta crisis con Espíritu. También organizamos en esos primeros días una campaña de recogida y distribución de alimentos, que nos permitió llevar una bolsa de comida a muchas familias gracias al compartir agradecido que se dio.
A medida que fue pasando el tiempo se fueron dando los primeros contagios en nuestra Parroquia. Aquí sentimos nuevamente dos llamados más: proveer un tratamiento sencillo, accesible y eficaz para tratar a las personas contagiadas por el Covid19, y hacer frente a la discriminación de la que eran objeto las personas contagiadas. El lineamiento médico por el que optamos fue el propuesto por la Dra. María Eugenia Barrientos a base de antiinflamatorios y antigripales. Primero fue ibuprofeno de 400 mg, luego ante la imposibilidad de conseguir un ibuprofeno de 400 mg de calidad en el mercado, naproxeno de 220 mg. Como a Santiago este tratamiento nos ha permitido ser testigos de la salvación de muchas vidas que se veían amenazadas por la “gripe”, sintiendo una notable mejoría normalmente al tercer día de haber iniciado el tratamiento, y, sobre todo, evitando complicaciones posteriores de la gripe. El relato de la sanación del leproso por parte de Jesús (Mc 1,40-45) nos inspiró a acercarnos a las personas contagiadas y/o necesitadas, a escucharlas, a dejarnos conmover y a tenderles la mano sirviéndolas en sus necesidades según nuestras posibilidades. También retomamos nuestra escuela de formación integral con Joaquín y Ana como protagonistas de unos hechos de vida en los que se han abordado los temas del tratamiento de la Dra. Barrientos y el de la discriminación.
Como la cuarentena se prolongaba animamos a la siembra de huertos familiares sobre todo en Yoro, asociada con la repartición de semillas y bolsas de comida. Esto lo hemos hecho en colaboración con San Yves.
Como Santiago también hemos sentido la tentación de pedir que baje fuego del cielo. Esto lo hemos experimentado cuando a lo largo de esta crisis se ha ido descubriendo la corrupción de funcionarios públicos encargados de hacer frente a la crisis. El caso más evidente ha sido el de los hospitales móviles, por los que se pagó una comisión del 69% de su valor a un intermediario. Además, vienen con vaporizadores usados y en mal estado. Los hospitales siguen teniendo problemas de abastecimiento y el personal que atiende en ellos se encuentra reducido por el contagio. La distribución masiva de alimentos no se ha dado como se había prometido.
Como Santiago también hemos sido testigos de la agonía de muchas hermanas y hermanos nuestros por la pérdida de sus seres queridos y por la imposibilidad de despedirse de ellos como era costumbre.
Hoy a 136 días del inicio de la cuarentena, con 37,559 contagios y 1,061 muertes oficiales por Covid19 nos preguntamos como Santiago por el tiempo y las señales, sobre todo, de cara a la anunciada reapertura de la economía a partir del lunes, 27 de julio. Lo que se ha evidenciado con claridad en este tiempo es que la crisis no la ha provocado el Covid19 sino la manera de tratarlo. Por eso, en primer lugar, se trata de proveer masivamente a la población de un tratamiento eficaz, y esto no se va a dar, mientras no se incluyan antiinflamatorios ya en el tratamiento básico. En este sentido es irresponsable aducir falta de fundamento científico para un tratamiento como el propuesto por la Dra. Barrientos a base de antiinflamatorios y antigripales frente a la eficacia que ha mostrado para tratar a tantas personas con síntomas de Covid19. Ya los antiguos latinos decían: contra facta non valent argumenta, esto es, contra los hechos no valen los argumentos. En segundo lugar, se trata de que los funcionarios públicos realicen la misión para la que fueron electos, ponerse al servicio de su pueblo en esta crisis comenzando por fortalecer el sistema de salud, en lugar de seguir actuando como dictadores y abusando de su autoridad, con la codicia, la corrupción y la impunidad como sus banderas. En tercer lugar, se trata de que nos organicemos a nivel local, como comunidades de vecinas y vecinos, acercándonos a las personas contagiadas y/o necesitadas, escuchándolas, dejándonos conmover, y tendiéndoles la mano para servirlas en sus necesidades desde nuestras posibilidades. En cuarto lugar, es fundamental que en medio de esta crisis no dejemos de dar gracias; y esto, porque solo la gratitud nos va a permitir reconocer todos los bienes con los que hemos sido bendecidas y bendecidos; porque solo la gratitud nos va a permitir experimentar el amor de ese Dios a quien sentimos como Padre-Madre amoroso que nos hermana a todas, a todos y a todo; porque solo la gratitud va a hacer posible que despierte en nosotras y nosotros un amor que responda al suyo. Y entonces, vamos a poder ir experimentando desde ahora, desde aquí y desde nosotras y nosotros mismos ese reinado de Dios del que Santiago y Jesús fueron testigos.

jueves, 23 de julio de 2020



2020.7.23 - Hermanas y hermanos, las lecturas de hoy resaltan dos aspectos. Por un lado, un reproche y denuncia por la dureza de corazón del ser humano frente a Dios, expresado en su conducta desviada del proyecto de salvación trazado por Dios para la humanidad. Por el otro, encontramos expresa como promesa de vida en abundancia.
El profeta Jeremías relata proféticamente cómo Dios ha buscado guiar los caminos de la humanidad desde la cercanía a su amor, en un proyecto que se concreta en la vida cotidiana y en las relaciones de solidaridad y generosidad entre todas y todos. Pero, la humanidad le ha dado la espalda a Dios y en su lugar han colocado los falsos dioses, como el dinero y el poder. Con escándalo y horror denuncia Jeremías que doble ha sido la falta de su pueblo: primero, abandonar a Dios que es la fuente de vida, y segundo hacerse cisternas agrietadas que no retienen el agua. Tal comparación puede ser claramente constatada hoy en día en medio de esta crisis, cuando las realidades humanas han salido al descubierto con total descaro y profunda tristeza.
San Irineo de Lyon decía que “la gloria de Dios está en que el ser humano viva”. Y san Óscar Romero retomando la frase afirma que “la gloria de Dios está en que el pobre viva”. Sin embargo, frente a la sociedad actual el Papa Francisco ha denunciado reiteradamente que la sociedad de hoy en día ha quitado del centro al ser humano y ha coocado en su lugar al dinero, este se ha convertido en el ídolo ante el cual se sacrifica la escandaloza pobreza de las mayorías en nuestros países. Son millones los que se han gastado en esta crisis sanitaria, económica y social, en donde la mayor parte de esos recursos han quedado en manos de unos pocos que con descaro se han adueñado de lo que pertenece al pueblo. De forma que frente a esta crisis vemos cómo la sociedad ha ido abandonando al Dios de la vida que nos invita a la compasión para con las victimas del sistema y de la exclusión, y se han hecho cisternas agrietadas con su dinero sucio y mal habido, pero como denuncia Jeremías esas riquezas no son capaces de retener el agua de la vida, que solo provienen de Dios.
Jesús señala que esa gente tiene ojos, pero no ven, y tiene oídos, pero no oyen, porque la ceguera producto del afán de riquezas mal habidas no les permite ver el sufrimiento de las mayoorias pobres, ni escuchar el clamor del pueblo que sufre, como no les ha importado a quienes, teniendo a su alcance recursos para pelear esta crisis, han hecho poco o nada. Es un pueblo que ha endurecido su corazón que no quiere convertirse ni que Dios le salve. Para ellas y ellos, su dinero y su poder es su salvación.
Ante todo esto, Dios nos comunica su amor y su misericordia, así lo hemos proclamado en el Salmo 35, “Dios es Señor y fuente de vida”, cuya misericordia con nosotras y nosotros no la podemos medir y quienes se acercan a esa misericordia disfrutan de ella y la viven para compartirla.
De forma que, de la misma manera como la dureza del corazón de unos les ha llevado a su individualismo egoísta, concretado en expresiones y situaciones de injusticia social, violencia y corrupción, también la experiencia del amor inconmensurable y misericordioso de Dios debe concretarse en nuestra vida cotidiana mediante la práctica de esa misericordia con los pobres, los excluidos, que en este caso particular son las y los enfermos de la gripe. Porque todo cuanto hacemos o dejemos de hacer por aquellos que nos necesitan, lo hacemos o dejamos de hacer por el Señor mismo.
Y quien ha experimentado ese amor y esa misericordia de Dios no puede quedarse cruzado de brazos ante la necesidad de sus hermanas y hermanos. Es un amor que debe ser comunicado a las y los demás, y es ese amor que debe movernos al encuentro de nuestras hermanas y hermanos que en ese momento necesitan de nuestra ayuda, compañía y cercanía amorosa, como Dios la tiene con cada una-uno de nosotros.
Que nuestros ojos no se cieguen y nuestros oídos no se cierren ante el clamor de nuestras hermanas y hermanos más necesitados en medio de esta crisis. Amén.

miércoles, 22 de julio de 2020

2020.7.22 - Jn.20,14 Y María vio a Jesús, de pie, resucitado.  

Celebramos hoy la fiesta de Sta. María Magdalena, la primer testigo de la Resurrección de Jesús. S. Mc. nos dice que María Magdalena fue la primera persona que sintió la presencia viva y vivificadora de Jesús después de su muerte y sepultura. También S. Jn., según acabamos de escuchar. Pero sentir esa presencia no fue algo sin dificultad. Le costó darse cuenta de ello. ¿Por qué?  Es que la resurrección no es un simple volver a esta vida mortal sensible, sino entrar en una vida nueva, de la que todavía no podemos tener experiencia, pero que es más real y verdadera que esta vida actual.
    María había recorrido un largo camino espiritual. Mc. nos dice que había estado poseída nada menos que por siete demonios. Quiere decir que habría tenido una vida muy turbulenta, no sabemos cómo, pero seguro que nada tranquila. Una mujer poseída por siete demonios debía ser alguien muy terrible. Pero se había acercado a Jesús y se había visto acogida y totalmente liberada de esa situación. Y ello había despertado en ella un amor y un agradecimiento profundísimo hacia Jesús. Sentir una tal liberación hizo nacer en ella un amor encendido y puro por Jesús. Ese amor que le dio la fuerza necesaria para acompañarle en la pasión y hasta el pie de la cruz, junto con María, la Madre, y María Salomé, las tres Marías. Y que la guio hasta la sepultura donde sintió un dolor y amargura tremendos, pero que, al ver a Jesús, ese dolor y tristeza se transformaron en alegría y gozo inimaginables. María creyó en Jesús de corazón, por eso le acompañó en los sufrimientos y después en la alegría de la vida gloriosa. Ella experimentó esa transformación y corrió a comunicárselo, primero a los apóstoles, que apenas la creyeron, y luego a otros que tampoco se lo creyeron. Pero eso no la desanimó, sino que continuó compartiéndola con todos los que quisieron escucharle.
    María Magdalena es el modelo del apóstol: primero reconoce su situación de pecado y se acerca a Jesús. Se convierte, empieza a seguirle y se siente acogida y perdonada, liberada de corazón. Por el seguimiento comparte grandes sufrimientos y ahí experimenta la alegría de la vida nueva que nace en ella. Y esa alegría desborda en ella y la induce a compartirla con los que sufren y todavía están tristes y desanimados, que poco a poco empiezan a creer, se les abren los ojos de la Fe y empiezan a sentir esa misma alegría y fortaleza. Y a vivir la vida nueva que empieza a crecer y dar frutos en ellos.
    Y María Magdalena es un modelo también para nosotros en estos tiempos de prueba. Esta crisis no es una desgracia, una maldición o un castigo de Dios por nuestros pecados, sino un llamado del Señor a dejar los caminos falsos del mundo: la codicia, el individualismo, el afán desmedido de placer, las venganzas, la violencia, etc.  Y volvernos, convertirnos al Señor, es decir, al servicio humilde y sencillo a los que tenemos a nuestro alrededor, al perdón, a la misericordia con los que sufren. Y en ese camino, poco a poco iremos viendo al Señor, que no cesa de invitarnos a seguir ese camino, para que podamos disfrutar de su presencia, su compañía, su protección en medio de los peligros y llenarnos así de alegría de corazón.
    La Madre Teresa de Calcuta, que hace pocos años fue declarada Santa, vivió gran parte de su vida atendiendo a enfermos terminales, muchos de ellos con graves enfermedades contagiosas. En ellos veía al Señor y ponía tanto amor y misericordia en atenderles que muchos se sentían tan confortados que mejoraban intensamente, otros morían en paz y consuelo. Y el amor que ardía en su corazón la defendía de infecciones. Apenas se enfermaba. Descansó en el Señor ya muy anciana y no por ninguna enfermedad infecciosa sino por que el corazón le falló, ya de agotamiento por el inmenso trabajo de servicio a los enfermos que realizó hasta el final. Es un testimonio de que el amor a los despreciados comunica vida y paz y defiende y fortalece a los que se entregan a él. Teresa de Calcuta apenas usaba medicinas caras, solo algunas sencillas y asequibles a los pobres. María Magdalena, muchos años antes, también experimentó ese amor, que el Señor comunica a todos los que se dejan guiar por Él.
     En la crisis actual, creo que el Señor nos se cansa de invitarnos a que sigamos esos caminos del amor y el servicio sencillo a los enfermos y a todos los que lo necesitan. Es mucho lo que podemos hacer si confiamos en el Señor y en los remedios sencillos y asequibles que se nos ofrecen. Creo que en la parroquia estamos teniendo una bonita experiencia. Mucha gente ha sentido un gran alivio y ha evitado muchas complicaciones, experimentando que los virus de las varias clases de gripe que nos afligen, tienen remedio, si se tratan a tiempo y bien y que no hay que esperar a que vengan a ofrecernos vacunas costosísimas e inasequibles para gente pobre. Por eso es importante no dejarnos atemorizar, convertirnos al Señor que nos ama a todos y nos enseña el camino de la vida y de la paz. Sigámosle con confianza, con decisión y alegría. Que la Virgen María, nuestra Madre amorosa, Santa María Magdalena y el Apóstol Santiago nos hagan sentir su intercesión y que sigamos con valentía el ejemplo de sus vidas.  Amén 

martes, 21 de julio de 2020



2020.7.21 - En el evangelio de Mateo (Mt 12,46-50) que escuchamos hoy se nos relata como María y otros hermanos buscan a Jesús. Jesús afirma que su madre y sus hermanos son quienes cumplen la voluntad de Dios.
¿Qué significa cumplir la voluntad de Dios en medio de esta crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo? La raíz de esta crisis está en la manera oficial en que se ha tratado a las personas contagiadas por el Covid19. Se nos ha hecho creer que no existe un tratamiento sencillo, accesible y eficaz para las personas contagiadas por Covid19. La esperanza se ha desplazado hacia una vacuna que inmunizaría del Covid19 y que las grandes potencias están en una carrera desesperada por desarrollar. 
El lineamiento médico a base de antiinflamatorios y antigripales propuesto por la Dra. María Eugenia Barrientos ofrece un esquema de manejo sencillo, accesible y eficaz para que las personas contagiadas por el Covid19 no se compliquen. Sin embargo, muchas veces desde la oficialidad en lugar de reconocer su eficacia, se trata de desacreditarlo aduciendo su falta de fundamento científico cuando la única evidencia que hay es la ineficacia de muchos tratamientos oficiales, a juzgar por el número de muertos que se multiplican cada día más, y esto también en países que se autodenominan “desarrollados”.
Cumplir la voluntad de Dios en esta crisis es proponer un lineamiento médico sencillo, accesible y eficaz para tratar a las personas contagiadas por Covid19, sea éste el de la Dra. Barrientos u otro, tanto o más efectivo, en caso lo hubiera.
Cumplir la voluntad de Dios en esta crisis también tiene que ver con el cuidado, ajeno y propio. El cuidado ajeno pasa por procurar el sustento diario para la familia que el estado, a pesar de haberse endeudado masivamente bajo ese pretexto, no provee. Algunos, probablemente una pequeña minoría, podrán hacer eso quedándose en casa. La enorme mayoría tendrá que salir de casa para asegurar dicho sustento. En la medida en que haya un tratamiento sencillo, accesible y eficaz, contagiarse con Covid19 dejaría de ser un problema. Cuidarse significaría empezar a tratarse en los primeros dos días de presentar los síntomas – dolor de cabeza, decaimiento, malestar en la garganta – y guardarse en casa mientras dichos síntomas se hagan presentes.
Cumplir la voluntad de Dios en esta crisis significa hacerse prójima o prójimo de la persona contagiada y/o necesitada. Esto significa más concretamente acercarse a la persona contagiada y/o necesitada, hacerse cercana, cercano a ella. Esto supone romper el miedo al contagio, algo que nuevamente será fácil de lograr, en la medida en que se provea de un tratamiento sencillo, accesible y eficaz. Luego de acercarse es necesario escuchar a la persona contagiada y/o necesitada, dialogar con ella. Ahora, siendo estos dos primeros pasos indispensables, no será hasta que nos dejemos conmover que seremos capaces de tender la mano según nuestras posibilidades sirviendo y atendiendo a las personas en su necesidad. Cumplir la voluntad de Dios significa hacerse solidaria, solidario, desplazando y derrocando la discriminación que se ha ido entronizando como manera de tratar a las personas contagiadas. Cumplir la voluntad de Dios significa tratarnos como hermanas y hermanos.
Cumplir la voluntad de Dios en esta crisis significa reconocer tanto bien recibido, agradecerlo, para que la gratitud suscite nuestro amor como respuesta al amor con el que hemos sido amadas y amados primero (1Jn 4,10). Entonces podremos amar con la libertad de las hijas e hijos de Dios liberando nuestro potencial. Porque siendo hermanas y hermanos de Jesús, hijas e hijos de Dios, todavía no se ha revelado lo que seremos (1Jn 3,2).

lunes, 20 de julio de 2020




2020.7.19 - En el evangelio de Mateo (Mt 13, 24-43) que escuchamos se nos relatan tres parábolas - la del trigo y la cizaña, la de la semilla de mostaza, y la de la levadura - y se ofrece una explicación de la parábola del trigo y de la cizaña.
Con estas parábolas Mateo pretende responder a dos preguntas básicas: ¿qué hacer con quienes no acogen la buena nueva del reinado de Dios? y ¿qué esperanza tiene el reinado de Dios si es proclamado por una comunidad tan pequeña como la iglesia naciente?
Este evangelio lo escuchamos en el contexto de la crisis sanitaria, económica y social que estamos atravesando. Lo que está ocasionando esta crisis, contrariamente a lo que se pudiera creer, no es el Covid19 sino la manera de tratarlo. Si bien es cierto que el Covid19 es un virus que puede causar la muerte y que ha causado la muerte de miles de personas en el mundo entero, y que es un virus muy contagioso, también es cierto que tratado a tiempo y bien - por ejemplo, a base de antiinflamatorios y anti gripales como propone la Dra. María Eugenia Barrientos - se reducen su letalidad y su capacidad de contagio muy significativamente. Y de esto soy testigo cada vez que escucho los relatos constantes de la gente que lo ha empleado diciendo cómo este tratamiento ha evitado que sus “gripes” se compliquen.
Este tratamiento propuesto por la Dra. Barrientos se ha ido extendiendo casi como una plaga, así como la mostaza que en la antigüedad era considerada una plaga para los cultivos. Este tratamiento fue propuesto por una mujer, no por un varón; por una médico general, no por una especialista; desde El Salvador, el Pulgarcito de América, no desde el centro del poder de los grandes países ni de las organizaciones mundiales. Así ya, por ejemplo, el ibuprofeno de 400 mg como uno de los antiinflamatorios propuestos por la Dra Barrientos, forma parte del esquema de manejo de uno de los hospitales privados más prestigiosos de Guatemala, y desde la semana pasada, también del kit básico oficial del ministerio de salud de la misma Guatemala.
  Aunque en Honduras un antiinflamatorio todavía no forma parte del tratamiento básico oficial para el Covid19, existe una escasez de ibuprofeno de 400 mg en el mercado. Esto pareciera indicar que está habiendo una gran demanda popular del producto. Tanto así que la nueva versión del tratamiento que propone la Parroquia ya no tiene ibuprofeno de 400 mg sino naproxeno de 220 mg porque nos fue imposible conseguir ibuprofeno de 400 mg de calidad.
Agradecemos que aunque tal vez desde el sector oficial se nos vea como cizaña al proponer un tratamiento diverso del oficial para la “gripe” que nos está aquejando no se nos haya mandado cortar como cizaña. Cuando hayamos superado esta crisis estaremos en mejor disposición para valorar la efectividad, pertinencia y relevancia de los diversos esquemas de manejo para la “gripe”.
Como bien sabemos, nuestros templos han permanecido cerrados desde el 16 de marzo cuando comenzó la cuarentena. Esto ha significado un descenso muy significativo en los ingresos de la Parroquia que como sabemos vive de nuestras limosnas. En este sentido queremos invitarlos a que en la medida de sus posibilidades y como fruto de nuestra gratitud hagamos llegar nuestras ofrendas a la Parroquia para que podamos asegurar su mantenimiento y, sobre todo, en estos momentos, para que podamos seguir subsidiando los tratamientos que ofrecemos muy por debajo de su costo real, ya no digamos del del mercado minorista.
Hoy, 19 de julio, no queremos dejar pasar la oportunidad para orar por el pueblo de Nicaragua que hace 41 años vivió el derrocamiento de una dictadura para encontrarse ahora bajo otra dictadura también familiar, como la anterior. Y es que tal vez el mensaje de la parábola del trigo y de la cizaña es que en el reinado de Dios, todas, todos y todo tenemos un lugar, nadie queda excluido tampoco los otrora o actuales dictadores. Y si se les disputa el lugar que quieren ocupar, abusando de su autoridad, no se les disputa el que tengan un lugar, sobre todo, aquel del que Jesús fue testigo cuando afirmó: “Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre” (Mt 10,45).
2020.7.20 - Homilia Mt.12,41 Aquí hay alguien más grande que Jonás. 


    Los maestros de la Ley y los fariseos le pedían a Jesús una señal prodigiosa para poder creer en Él. Jesús estaba dando continuamente señales del amor de Dios por toda la humanidad y la creación, pero ellos no lo veían. Aferrados a la Ley y las tradiciones religiosas judías, eran incapaces de descubrir en los acontecimientos y las cosas esas señales. Dios está manifestando a diario, en la vida común y corriente que todo procede de su amor, que todo está organizado con sabiduría y todo ordenado para el bien y la vida de todos y cada uno de nosotros, sin excluir a nadie. Pero para poder captar esa realidad es necesario tener un corazón humilde y capaz de agradecer. Quien sólo piensa en leyes y derechos se cierra en sí mismo, se le endurece el corazón y se vuelve insensible a las necesidades de los demás.
    El mundo en que vivimos está organizado ante todo por las leyes que regulan los derechos y deberes de cada uno. Los fariseos se sentían muy orgullosos de la Ley, la Ley de Dios, que ellos procuraban cumplir literal y escrupulosamente. Y se sentían muy seguros de sus derechos, de ser el pueblo elegido de Dios, con el derecho a ser salvados los primeros. Pero ello les llevaba a despreciar a todos aquellos que no sabían o no podían cumplir las leyes como ellos lo hacían. Se cerraban al amor y la misericordia. Y no se daban cuenta que esto es lo más importante. Las leyes y preceptos son buenas si sirven para ello. Si no, son inútiles, y hasta perjudiciales porque falsifican su razón de ser. Nos hacemos hijos de Dios, semejantes a Él, si avanzamos en el amor y la misericordia. Si no es así, en realidad estamos retrocediendo y desperdiciando nuestra vida, arruinándola.
    Toda la vida de Jesús es un prodigio de amor y misericordia por todos y especialmente por los más marginados y despreciados, los “sobrantes” del mundo. Él no vino a obligarnos a seguir su camino, no vino a imponer más leyes y preceptos, o a castigar a los que no los cumplen, sino a invitarnos a seguirle. Y a mostrarnos que el que lo sigue, empieza a encontrar, ya desde ahora, esa paz y felicidad que todos deseamos. Y lo hizo poniéndose a la par de los despreciados y marginados por las leyes de su tiempo. Eso no lo podían aceptar los fariseos de aquel tiempo. Ni tampoco los de ahora. Los que se sienten seguros de sus derechos no saben agradecer y el corazón se va endureciendo y volviéndose insensible a la vida de los demás. Jesús no nos obliga a seguirle, solo nos invita, porque hacer las cosas por obligación quita la libertad y sin libertad no puede haber amor verdadero ni felicidad auténtica. Y Jesús nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida”. Y nos advierte: no hay otro camino. Quiere decir que otras ofertas de felicidad, como la búsqueda del poder, el dinero, el placer inmediato, son falsos caminos, no llevan a la felicidad que prometen, sino a la tristeza interior, la oscuridad, la amargura, la muerte.
    El Evangelio nos habla de la señal de Jonás, el profeta que estuvo perdido en el mar durante 3 días. Símbolo de los 3 días que Jesús estuvo en el sepulcro. Nos recuerda que el camino de la vida verdadera necesariamente pasa por la cruz, por el sufrimiento. Los fariseos pretendían entrar en la gloria por sus derechos legales, por haber cumplido la Ley, pero sin pasar por la cruz, por el sacrificio. Y Jesús nos dice que eso no es posible, es engaño, es mentira.  La verdad del amor se manifiesta en el sacrificio por la persona amada. Sin sacrificio, es mentira, es amor falso. Todos quisiéramos alcanzar la verdadera felicidad, pero sin sacrificio. Pero Jesús nos dice: eso es imposible, es un camino falso, ya que, en realidad, a lo que lleva es al fracaso y a la muerte.
    La vida moderna está montada sobre las leyes de la competitividad, la competencia por alcanzar en la sociedad los puestos de más prestigio, de más poder, de superar a otros. Y eso a como dé lugar, por las buenas, o por las malas o por el camino más fácil. Y el que tiene suerte y lo consigue, se le dice que es un triunfador, que consiguió el éxito. Jesús nos dice: no se dejen engañar, eso es la gran mentira, ese camino lleva a toda clase de corrupción, a la amargura y a la perdición total. Sólo el camino de Jesús nos lleva a la felicidad verdadera, a la paz, a la vida plena.
    Muchos buscan en la religión el modo de prosperar en el mundo, en los negocios, en trepar social y económicamente. Como los fariseos. Pero Jesús no promete nada de eso, sino más bien lo contrario: la felicidad solo es verdadera y auténtica si se busca por el camino del servicio a los hermanos y el sacrificio por amor a los que más lo necesitan.  Pidamos al Señor que nos siga acompañando en tantas ocasiones como se nos ofrecen, a diario, de hacer algo por los demás, de llevar algo de esperanza, de confianza y de ayuda efectiva a los que nos necesitan. Que la Virgen María y Santiago, fieles seguidores de Jesús, nos ayuden a seguir sus caminos, para que así lo podamos hacer con fortaleza, paz, sabiduría y alegría.       Amén. 

sábado, 18 de julio de 2020

2020.7.18 - Homilia Mt.12,19 Miren a mi Siervo en quien manifestaré todo mi Amor. 


El Cap. 12 de Mt. nos relata cómo los maestros de la Ley se van endureciendo en contra de Jesús, lo rechazan. Jesús viene a revelarnos el amor del Padre por todos nosotros, ese amor que acoge a todos, y de un modo especial a los marginados y despreciados de la humanidad y que conduce a eliminar todos los privilegios sociales y religiosos. Los fariseos y maestros de la Ley, que tienen puesta su seguridad en el cumplimiento literal de la Ley, se sienten atacados, pues Jesús pone el bien de los marginados y pobres por encima de la Ley. La Ley es buena siempre que ayude a evitar las violencias y abusos de los poderosos, pero cuando sirve para defender privilegios y desigualdades, pierde su sentido. Ese era el caso en tiempos de Jesús y sigue siéndolo ahora. Y los que basan su poder y privilegios en leyes injustas, se sienten atacados y piensan en eliminar a Jesús. Pero Jesús no se echa para atrás, sino que busca manifestar cada vez más claramente el amor del Padre. Y lo hace por medio de sanaciones y curaciones de gentes pobres y humilladas, esperando que ello ablande el corazón de todos. Pero eso produce poco efecto. 
    Entonces Mt. nos recuerda los poemas del Siervo de Yahvé en Is. Hoy el primero, en Is. 42: Miren a mi siervo, a quien sostengo. En él manifestaré todo mi amor, todo mi Espíritu, para que haga brillar la justicia sobre todos los pueblos. Y no lo hará con gritos y clamores, sino por el camino del servicio y el sacrificio y la entrega, mostrando así mi amor por todos. Jesús siguió ese camino hasta
la muerte. “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Ese es el camino del cristiano. Pero en ese camino contamos con la fuerza del Espíritu, que ilumina toda nuestra vida y hace que las cargas se hagan livianas y llevaderas, y hasta fáciles de llevar con alegría. Esa es la Buena Noticia que nos anuncia Jesús.
    Estamos viviendo una crisis muy seria, que está poniendo en graves dificultades a muchos hermanos. Las crisis, miradas con ojos de Fe, son un llamado de Dios a la conversión, a reflexionar para descubrir que en muchos aspectos andábamos por caminos perdidos. Y el Señor nos está invitando a dejar de lado esos caminos que nos ofrece el mundo: los caminos del consumismo, del individualismo, de la búsqueda neurótica del placer, del poder y la opulencia. Y a seguir su camino, del servicio, la entrega y la austeridad. El camino del amor y la misericordia.
    ¿Cuántas ocasiones se nos están ofreciendo de hacernos más serviciales unos por otros, de pensar y hacer algo por los demás, de dejar de lado nuestros caprichos y mezquindades?  De hacernos más responsables unos por otros, de ayudar y compartir con más generosidad y alegría. Es tiempo de vivir con corazón generoso y agradecido en la familia, en el barrio, en la aldea. De darnos cuenta cuánta insensatez y falta de sentido hay en el consumismo y en la superficialidad que tanto promueve la vida moderna. Y de ayudarnos a descubrir cuánta belleza y paz puede haber en una vida sencilla y austera, una vida de servicio y disponibilidad hacia las personas con las que convivimos, con las que podemos construir una comunidad más fraternal y solidaria.
    Un servicio importante que todos podemos aportar es el de no dejarnos aterrorizar por el miedo. Recordar que el Coronavirus es una forma de gripe, que descubierta y tratada a tiempo, tiene remedio. Y no tan difícil y bastante asequible, como el tratamiento que propone la Dra. Barrientos de El Salvador. Y que si se trata a los pocos días de empezar a sentir los síntomas, en pocos días puede superarse, sin dejar daños serios en el enfermo. Por eso en la parroquia estamos promoviéndolo, para ayudar a la gente y evitar complicaciones graves. Aunque siempre es necesario
mantener ciertas precauciones, como la de evitar aglomeraciones de gente, especialmente en locales cerrados, y el uso de mascarilla cuando se está con personas que han podido estar expuestas a contagio.
    Y algo que siempre ayuda es intensificar nuestras vivencias espirituales, meditando la Palabra de Dios, rezando el Rosario, escuchando la Santa Misa, y también dedicando más tiempo a la Oración. Con todo ello equilibramos nuestro espíritu, nos liberamos de “malos espíritus”, favorecemos las buenas relaciones con todos los hermanos, y reforzamos nuestro sistema inmunológico, que nos hace más fuertes y resistentes a toda clase de virus y microbios.
    Que el Señor nos conceda sentir su presencia sanadora y consoladora, para que dejándonos guiar por Él, crezcamos en el amor y la misericordia, y así contribuyamos a formar una verdadera familia de hermanos. Que María y nuestro Santo Patrón Santiago nos sigan ayudando a avanzar por estos caminos de Paz y Bien para todos.   Amén  

viernes, 17 de julio de 2020



2020.7.17 - En el evangelio de Mateo (Mt 12,1-8) que escuchamos se nos relata cómo los discípulos de Jesús sintieron hambre un sábado, empezaron a arrancar espigas y a comer. Los fariseos interpretaron eso como una desobediencia a la ley. Jesús les responde recordando un pasaje de David en el que él y sus hombres sintieron hambre y comieron los panes y la ofrenda del templo, y recordando cómo los sacerdotes violan la ley sin incurrir en culpa cuando ofrecen su culto los sábados. Jesús termina citando un pasaje de Oseas en el que Dios pide misericordia, no sacrificios (Os 6,6).
En este pasaje Jesús invita a poner el amor, y no la ley, como criterio último de nuestro actuar. ¿Qué significa esto en medio de la crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo?
Indudablemente es importante hacer lo posible por evitar contagiarnos. Pero con un número creciente de personas contagiadas es fundamental hacernos cercanas a ellas, escuchar sus necesidades, dejarnos conmover y tenerles nuestras manos preguntándoles cómo se encuentran, llevándoles comida, haciéndoles mandados, sirviéndoles en sus necesidades. Negándonos a hacer esto estaríamos cumpliendo la ley, pero estaríamos perdiendo nuestra humanidad. Estaríamos poniendo a salvo nuestras vidas, pero a costa de las vidas de las personas contagiadas.
Igualmente, por muy importante que sea evitar los contagios es fundamental rebuscarnos la vida, trabajar para ganarnos con dignidad nuestro pan de cada día. Si hubiésemos puesto nuestra esperanza en las prometidas bolsas de comida con las que se justificaron endeudamientos masivos hace tiempo hubiéramos muerto de hambre. Así, son muchas las historias de compartir entre vecinas y vecinos. Siendo importante como es velar por el bien de nuestra familia, es tan importante, estar atentas y atentos a las necesidades de nuestras vecinas y vecinos porque las familias no son islas solas, sino granos de maíz en una mazorca. Si esperamos tener suficiente para empezar a compartir, nunca compartiremos. Lo que hace posible el compartir no es una supuesta abundancia, sino la gratitud, el agradecimiento por todas, por todos, y por todo.
Si es importante escuchar y poner atención a los lineamientos oficiales, esto no puede ser a costa de la renuncia a la valoración y juicio propios, a costa de la libertad de las hijas e hijos de Dios. Así desde la Parroquia estamos proponiendo un tratamiento para la “gripe” a base de antiinflamatorios y antigripales. Lo hacemos convencidos de la lógica médica de este tratamiento y animados por los efectos muy beneficiosos que reportan las personas que lo han tomado. Renunciar a esto por temor a represalias, sería renunciar a la libertad para la que nos liberó Jesús (Gal 5,1).
Ahora, ¿cómo distinguir el libertinaje de la libertad, el capricho del amor? En el libertinaje y el capricho lo que priva es mi vida, la vida de las y los míos, de las y los nuestros, y esto muchas veces a costa de la vida de las y los demás, de la vida de las y los otros. En la libertad y el amor, en cambio, lo que priva no es la propia vida a costa de otras vidas, sino la propia vida en comunión y al servicio de otras vidas. Lo que priva es la vida compartida y entregada. Y esto no por interés – a ver qué saco, a ver qué gano –, ni por miedo – ya sea al castigo, a la reprobación, o a la discriminación –, sino por pura gratitud, por un amor que responde a otro amor, al de aquel que nos amó primero (1Jn 4,10) y traspasa nuestro costado desde dentro (Jn 19,34).
Y es que el Dios que pide misericordia y no sacrificios es un Dios que es amor y solo amor.

jueves, 16 de julio de 2020

2020.7.16 - Homilia Mt.11,29 Tomen mi yugo sobre ustedes y encontrarán alivio.       


    Celebramos hoy la fiesta de la Virgen del Carmen, una fiesta muy popular en muchos lugares, entre otros de la ciudad donde yo nací, La Coruña, en Galicia de España. Mucha gente allí vivía de la pesca, en un mar peligroso, en el que muchos los años había algún fracaso de barcos hundidos con varios muertos y desaparecidos. Ganarse la vida con la pesca suponía riesgos grandes. La gente de mar, tradicionalmente, eran muy devotos de la Virgen del Carmen, pues decían haber sentido su protección en medio de grandes peligros.
    En el evangelio de hoy, Jesús nos invita a “cargar con su yugo” y a aprender de Él que es “paciente y humilde de corazón” y nos promete alivio para las fatigas de la vida. ¿Cómo puede ser que cargar con un yugo sea causa de alivio? Pero si nos fijamos, ¿para qué sirve un yugo? Para repartir la carga entre dos animales de trabajo, una mancuerna de bueyes. Con la ayuda del yugo los bueyes pueden hacer un gran trabajo en todo el día sin agotarse demasiado. Pero, para que ello resulte así, ambos animales han de estar bien coordinados entre ellos, bien amaestrados, caminar a la par y al mismo ritmo. Porque si no es así, si cada uno sigue su capricho, más que ayudarse el uno al otro, se molestan mutuamente, el trabajo no rinde y acaban agotados.
    Jesús ha venido a ayudarnos a llevar las cargas de la vida. Se ha puesto a la par de nosotros, sin privilegio alguno, compartiendo nuestras limitaciones, nuestros trabajos y penalidades. Y nos invita a aceptar su compañía, para que así, nuestro trabajo sea más llevadero y rinda más, dé más fruto, nos lo alivie y sea más eficiente para el bien de todos. En Jn.15, Jesús nos dice: “sin mí, no pueden hacer anda, pero si perseveran unidos a mí, darán mucho fruto de paz y de bien”.  Él no ha venido a hacernos la vida más pesada, sino, al contrario, a aliviarnos en nuestras luchas y dificultades. Y no por medio de milagros, de quitarnos las cargas de un solo, sino de iluminarnos el sentido de todo lo que ocurre, de fortalecernos, de evitarnos caer en el desánimo y en seguir caminos caprichosos, sin sentido, de enredarnos en cosas inútiles para la vida verdadera. Jesús mostró su amor por nosotros encarnándose en este mundo tan lleno de dificultades y sufrimientos, cargando con nuestras miserias y mostrando que, al que lo hace confiado en el amor del Padre, la tristeza se vuelve paz, la oscuridad, luz, la precariedad, abundancia, la muerte en vida verdadera. Lo experimentó durante toda su vida mortal y nos invita a que nosotros lo sigamos y también hagamos esa experiencia. Los que le siguieron así lo experimentaron y ahora nos invita a nosotros.
    María creyó  en ese amor de Dios, dijo “hágase en mi según tu voluntad”, se dejó guiar por el Espíritu que la llevó por caminos insospechados de dificultades y tribulaciones y su vida fue un canto continuo proclamando “mi alma glorifica al Señor mi Dios, gozase mi espíritu en mi Salvador, Él es mi alegría, es mi salvación, Él es todo para mi”  María, como Madre nuestra que es, nos invita a seguir su camino, para que también nosotros podamos vivir esa experiencia. Cuando rezamos el Santo Rosario, vamos recordando los misterios de la vida de Jesús, acompañados de quien mejor le conoció, su misma Madre. Y disponiéndonos también nosotros a aceptar ese camino, con las tribulaciones y dificultades que se nos presenten. La Virgen del Carmen se suele representar con el Rosario entre sus manos, como invitándonos a nosotros a seguir ese camino que es fuente de paz y de vida, de luz y de gracia, de salud y fortaleza, en medio de las tribulaciones de la vida. Ella viene en nuestra ayuda y nos invita a seguir a Jesús como ella lo hizo, no huyendo de las dificultades, sino enfrentándolas como hizo Jesús y sintiendo el alivio y el ánimo que el Señor quiere comunicarnos.
    En muchas ocasiones, como en Guadalupe, en Suyapa, en Fátima, en Lourdes, etc., la Virgen María se ha aparecido a gente sencilla, humilde, que estaba envuelta en graves dificultades. Y siempre para consolar, para fortalecer, para animar nuestra Fe, ayudándonos a no desesperarnos ante las dificultades que amenazan ahogarnos.   A no dejarnos dominar por el miedo, por la tristeza y la angustia. A seguir el camino de la conversión sincera que transforma parálisis en dinamismo, la oscuridad en luz, la angustia en paz, la muerte en vida. A avanzar por ese camino de Salvación y de Vida que requiere nuestro compromiso solidario con todos los hermanos y que muchas veces se ha manifestado en tantas señales, incluso físicas que han experimentado los que lo siguen. Que esta fiesta de la Virgen del Carmen nos ayude a seguir la invitación que nos hace María a seguir a Jesús en esto tiempos y experimentemos así su presencia sanadora y fortalecedora y nos llene de paz y bien como el Señor siempre lo hace. Amén.