2020.7.22 - Jn.20,14 Y María vio a Jesús, de pie, resucitado.
Celebramos hoy la fiesta de Sta. María Magdalena, la primer testigo de la Resurrección de Jesús. S. Mc. nos dice que María Magdalena fue la primera persona que sintió la presencia viva y vivificadora de Jesús después de su muerte y sepultura. También S. Jn., según acabamos de escuchar. Pero sentir esa presencia no fue algo sin dificultad. Le costó darse cuenta de ello. ¿Por qué? Es que la resurrección no es un simple volver a esta vida mortal sensible, sino entrar en una vida nueva, de la que todavía no podemos tener experiencia, pero que es más real y verdadera que esta vida actual.
María había recorrido un largo camino espiritual. Mc. nos dice que había estado poseída nada menos que por siete demonios. Quiere decir que habría tenido una vida muy turbulenta, no sabemos cómo, pero seguro que nada tranquila. Una mujer poseída por siete demonios debía ser alguien muy terrible. Pero se había acercado a Jesús y se había visto acogida y totalmente liberada de esa situación. Y ello había despertado en ella un amor y un agradecimiento profundísimo hacia Jesús. Sentir una tal liberación hizo nacer en ella un amor encendido y puro por Jesús. Ese amor que le dio la fuerza necesaria para acompañarle en la pasión y hasta el pie de la cruz, junto con María, la Madre, y María Salomé, las tres Marías. Y que la guio hasta la sepultura donde sintió un dolor y amargura tremendos, pero que, al ver a Jesús, ese dolor y tristeza se transformaron en alegría y gozo inimaginables. María creyó en Jesús de corazón, por eso le acompañó en los sufrimientos y después en la alegría de la vida gloriosa. Ella experimentó esa transformación y corrió a comunicárselo, primero a los apóstoles, que apenas la creyeron, y luego a otros que tampoco se lo creyeron. Pero eso no la desanimó, sino que continuó compartiéndola con todos los que quisieron escucharle.
María Magdalena es el modelo del apóstol: primero reconoce su situación de pecado y se acerca a Jesús. Se convierte, empieza a seguirle y se siente acogida y perdonada, liberada de corazón. Por el seguimiento comparte grandes sufrimientos y ahí experimenta la alegría de la vida nueva que nace en ella. Y esa alegría desborda en ella y la induce a compartirla con los que sufren y todavía están tristes y desanimados, que poco a poco empiezan a creer, se les abren los ojos de la Fe y empiezan a sentir esa misma alegría y fortaleza. Y a vivir la vida nueva que empieza a crecer y dar frutos en ellos.
Y María Magdalena es un modelo también para nosotros en estos tiempos de prueba. Esta crisis no es una desgracia, una maldición o un castigo de Dios por nuestros pecados, sino un llamado del Señor a dejar los caminos falsos del mundo: la codicia, el individualismo, el afán desmedido de placer, las venganzas, la violencia, etc. Y volvernos, convertirnos al Señor, es decir, al servicio humilde y sencillo a los que tenemos a nuestro alrededor, al perdón, a la misericordia con los que sufren. Y en ese camino, poco a poco iremos viendo al Señor, que no cesa de invitarnos a seguir ese camino, para que podamos disfrutar de su presencia, su compañía, su protección en medio de los peligros y llenarnos así de alegría de corazón.
La Madre Teresa de Calcuta, que hace pocos años fue declarada Santa, vivió gran parte de su vida atendiendo a enfermos terminales, muchos de ellos con graves enfermedades contagiosas. En ellos veía al Señor y ponía tanto amor y misericordia en atenderles que muchos se sentían tan confortados que mejoraban intensamente, otros morían en paz y consuelo. Y el amor que ardía en su corazón la defendía de infecciones. Apenas se enfermaba. Descansó en el Señor ya muy anciana y no por ninguna enfermedad infecciosa sino por que el corazón le falló, ya de agotamiento por el inmenso trabajo de servicio a los enfermos que realizó hasta el final. Es un testimonio de que el amor a los despreciados comunica vida y paz y defiende y fortalece a los que se entregan a él. Teresa de Calcuta apenas usaba medicinas caras, solo algunas sencillas y asequibles a los pobres. María Magdalena, muchos años antes, también experimentó ese amor, que el Señor comunica a todos los que se dejan guiar por Él.
En la crisis actual, creo que el Señor nos se cansa de invitarnos a que sigamos esos caminos del amor y el servicio sencillo a los enfermos y a todos los que lo necesitan. Es mucho lo que podemos hacer si confiamos en el Señor y en los remedios sencillos y asequibles que se nos ofrecen. Creo que en la parroquia estamos teniendo una bonita experiencia. Mucha gente ha sentido un gran alivio y ha evitado muchas complicaciones, experimentando que los virus de las varias clases de gripe que nos afligen, tienen remedio, si se tratan a tiempo y bien y que no hay que esperar a que vengan a ofrecernos vacunas costosísimas e inasequibles para gente pobre. Por eso es importante no dejarnos atemorizar, convertirnos al Señor que nos ama a todos y nos enseña el camino de la vida y de la paz. Sigámosle con confianza, con decisión y alegría. Que la Virgen María, nuestra Madre amorosa, Santa María Magdalena y el Apóstol Santiago nos hagan sentir su intercesión y que sigamos con valentía el ejemplo de sus vidas. Amén

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