miércoles, 1 de julio de 2020

2020.7.1 - El evangelio de hoy nos muestra una escena contradictoria. 


Jesús hace el bien a unas personas, el texto nos dice que se trata de dos endemoniados, es decir, dos personas atormentadas, cuyas vidas se desarrollan lejos del proyecto de Dios que quiere la vida en plenitud para toda persona, y por ese bien que Jesús hace es rechazado por toda una comunidad, al punto de pedirle que se vaya de ellos. Pareciera que para esta comunidad es mejor mantenerse en las condiciones de inhumanidad que vivía con el tormento que les producían los endemoniados, que la nueva vida de paz tanto para ellos como para aquellas personas. Más aún, pareciera que para ellos eran más importantes los cerdos que las dos personas a quienes Jesús había devuelto la salud y con ello la posibilidad de volver a la vida en comunidad. 
Las nuevas circunstancias que se han ido gestando a partir de esta crisis nos dan también la oportunidad de optar entre continuar con nuestras viejas actitudes y comportamientos desordenados o decidirnos por nuevos estilos de vida acompañados de nuevas prácticas que promuevan la inclusión de las mayorías en el desarrollo y que fomenten el cuidado del medio ambiente. La realidad que vemos a diario en nuestras calles y en el país, mediante las políticas aplicadas, muestran que hay poco o nada de intención en cambiar esas viejas actitudes, de querer continuar en lo mismo y por tanto, mantenerse alejados del proyecto de vida que Dios quiere para el ser humano, concretado en la praxis del bien hecho por Jesús de Nazaret. 
De igual forma, parece que para la actual sociedad es más importante la economía y las ganancias que se pueden sacar de esta crisis, que las personas que están siendo afectadas, empobrecidas, enfermas, excluidas y marginadas a partir de la mala praxis aplicada. Ni siquiera se ha apostado por un tratamiento sencillo y accesible a la población, sino que lo que se ha promovido ha sido atemorizar a la población y mantenerla entretenida, como dice el evangelio, “con las migajas que caen de las mesas de sus amos”. Ese camino no nos llevará a salir delante de esta crisis. 
El profeta Amós en la primera lectura denuncia los ritos y celebraciones vacías que el pueblo ofrecía a Dios, mientras sus prácticas cotidianas estaban lejos del bien a los necesitados, y por eso invita a practicar el bien en todo momento y a rechazar el mal, porque solo así tendrán vida plena. Más aún, ese bien del que habla el profeta se concreta en la práctica de la justicia desde los tribunales y en la vida cotidiana, solo así, nos dice, será agradable a Dios nuestra vida y todas nuestras ofrendas. 
Sin embargo, frente a la actual crisis encontramos la inconformidad de la gente con las medidas tomadas por los gobiernos, las cuales lejos de frenar y preservar los contagios han provocado muchos más. La apertura “inteligente” de la economía en pleno incremento de la curva de contagios han multiplicado los mismos y ahora, algunos dicen que se pretende cerrar nuevamente para contener lo incontenible. Claramente se deja ver que no hay ni ha habido tal inteligencia en la apertura hecha en plena epidemia y que tampoco se prevén buenas decisiones en el futuro cercano con nuevas restricciones y más medidas atemorizantes. El camino de salida a esta crisis es primero que todo actuar con justicia y eso involucra dar respuesta a la población sobre los hospitales móviles desaparecidos y tantos otros millones destinados para enfrentar la crisis y que no se saben en dónde han ido a parar, puesto que los hospitales siguen sin equipos e implementos necesarios para atender la población, la gente sigue con hambre porque a muchos nunca les llegó la ayuda en alimentos prometida. Segundo, es necesario dejar de medicar a los enfermos con tratamientos paliativos, impuestos por organismos internacionales, incapaces de medicar lo que el virus provoca, y empezar a poner al alcance de la población un tratamiento sencillo y accesible a base de ibuprofeno y antigripal, como el propuesto por la Dra. María Barrientos, el cual ha dado muy buenos resultados en muchos pacientes recuperados. Por último, nuestra praxis cotidiana y cristiana tiene que ir de la mano del modo de proceder de Jesús que se acercó a los necesitados y los sanó, ayudándoles a incorporarse a la vida en comunidad. No es con discriminación y violencia que vamos a lograr reconstruir el tejido social, ya bastante deteriorado, sino siendo solidarios, cercanos y prójimos de quienes nos necesitan. Entonces fluirá la justicia como el agua y la bondad como un torrente inagotable. Y nuestra vida será agradable a Dios.

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