miércoles, 15 de julio de 2020

2020.7.13 - Homilia Mt.10,42 El que dé un vaso de agua por amor, tendrá su premio.


    El cap. 10 de Mt. habla mucho de las persecuciones y dificultades que encontrarán los discípulos, los que se arriesguen a seguir el camino de Jesús, el camino de la entrega y el servicio por amor, como Él lo vivió: El camino de la gratuidad, servir por amor y no por interés. Y nos dice que ese es el camino de la vida verdaderamente humana. Así llegó Él a su plenitud. Y nos invita a seguirlo. 
    El mundo funciona por el juego de intereses: uno presta un servicio a otro para conseguir algo del otro. Doy para que me des. Pago algo para comprar un bien, algo que me sirva. El instinto biológico nos señala siempre lo que nos va a servir para mantener la vida física. El instinto es una ley de la naturaleza para que todos los seres vivos mantengan su vida y la de su especie. Y es algo inscrito por Dios en su ser. Nosotros, los humanos, también estamos sometidos a lo que nuestros instintos nos señalan. Pero si nos guiamos solamente por eso, nuestra vida será como la de los demás animales: no la superará. Y Dios nos ha creado para algo mucho mayor que eso, para que seamos semejantes a Él, es decir, libres, responsables y felices como Él.
    Por eso Jesús no vivió así: sirvió y se entregó no por conseguir algo para Él, sino por puro amor por cada uno de nosotros. Y nos invita a seguir ese camino, para que en nosotros crezca y se desarrolle su Espíritu que nos impulsa a amar y a servir. Porque el amor se manifiesta en las obras que uno hace. Obras materiales, concretas, pero motivadas por el deseo del bien del otro, no por el interés propio. Es decir, gratuitamente. El amor se manifiesta en la gratuidad. Donde hay algún interés propio no hay amor verdadero. Y aunque sean pequeños detalles, tienen gran valor, un valor eterno, si se hacen por amor. Por eso Jesús nos dice que aún un pequeño gesto como dar un vaso de agua por amor, no quedará sin recompensa, y recompensa eterna. Y nos invita a ser inteligentes, a aprovechar nuestra vida llenándola de gestos de amor por los demás. Eso es lo que hace nuestra vida realmente valiosa, nos hace semejantes a Él y a Dios. Y el que continuamente tiene pequeños gestos de amor por los demás, cuando se presente alguna ocasión de hacer algo grande por otro, lo hará con lucidez y alegría, como Jesús.
    Al contrario, el que sólo se deja guiar por sus instintos biológicos, por sus gustos y caprichos inmediatos, tal vez pueda conseguir acumular muchas cosas, pero al final, todo se quedará en nada, se convertirá en humo: El que sólo busca asegurar su vida biológica, la perderá. La vida moderna ofrece cantidad de “seguros” para todo: de vida, de vejez, de accidentes, de enfermedad, de incendios, de robos, de todo. Siempre pagando previamente las correspondientes cuotas. Pero es la gran mentira. No hay seguro capaz de evitarnos la enfermedad, los accidentes, la vejez, los incendios, etc. Lo más que hacen es darnos algo del dinero, que previamente hemos pagado, pero nada más. Ningún “seguro” puede asegurarnos la felicidad verdadera, porque todo ello termina con la muerte física.
    Jesús si nos asegura que podemos alcanzar la felicidad verdadera, la vida plena y para siempre, para toda la eternidad. Y nos invita a seguir su camino, como el que Él siguió y que le llevó al triunfo definitivo. Y nos lo ofrece a todos. Y nos advierte que no hay otro camino, que las otras ofertas que nos presenta el mal espíritu, son grandes mentiras. Por el camino de dejarnos llevar por la codicia, el orgullo, la mentira, el fraude, el camino fácil del placer y el capricho, sólo llegaremos a fracasar en la vida: nunca alcanzaremos la felicidad verdadera y duradera.
    Los instintos vitales, no son malos. Dios también ha dispuesto que formen parte importante de nuestra vida humana. Pero es necesario poner orden en todos ellos, para que no nos arruinen la vida. Y ese orden lo podemos conseguir si nos dejamos iluminar por el espíritu que Él nos comunica, que nos enseña cuándo algo es bueno para nosotros o no lo es. Para que actuemos con sabiduría y hagamos lo bueno y dejemos de lado lo que no conviene. Hay cosas que son atractivas a nuestros sentidos, pero no son convenientes para nuestra vida humana. El instinto da prioridad a lo que satisface nuestros sentidos de modo inmediato. Pero a veces, eso no es lo más conveniente. Cuando hay escasez de comida, el instinto nos pide, primero satisfacer mi hambre y después ver por los demás. El amor nos dice, al revés, primero, ver por el que más necesidad tenga, luego, repartir a los demás, yo incluido. 
    En la situación que estamos viviendo, el instinto nos empuja a cuidar lo primero, mi seguridad, y que cada quien vele por sí mismo. Al contrario, el espíritu nos invita a velar por los demás, especialmente los más débiles y los que más nos necesiten. Y el Señor nos promete recompensa a los que se sacrifiquen por los demás. Yo creo que esa recompensa comienza ya ahora. Además de la alegría que ya da, el hacer algo por otra persona, la buena disposición interna en uno facilita el buen funcionamiento del propio sistema inmunológico y con ello las defensas contra todo tipo de infecciones. Y, al contrario, el cerrarse uno en sí mismo y en el propio interés mezquino, bloquea las propias defensas y le hace a uno más sensible a las enfermedades. El Señor nos invita a abrirnos al bien de los hermanos, a animar y servir lo que podamos y así humanizar más nuestras vidas. Que nuestra Madre, María nos siga acompañando en nuestro caminar.   Amén   
   

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