miércoles, 30 de septiembre de 2020

2020.9.30 - En el pasaje de hoy se repite el llamado original a tres nuevos discípulos como al principio del evangelio cuando Jesús llama a Pedro, Santiago y Juan

2020.9.30 - El evangelio de Lucas (Lc 9,57-62) que escuchamos contiene tres relatos de llamadas. Son llamadas posteriores a la de los 12, e inmediatamente anteriores a la de los 72. Pareciera, pues, que no habría bastado con haber llamado a los 12, entre otras cosas, porque siguen recurriendo a la violencia como medio para solucionar los problemas que se presentan, como cuando Santiago y Juan le piden a Jesús que un rayo aniquile a la aldea de samaritanos que no los quiso recibir en el pasaje inmediatamente anterior (Lc 9,51-55). El relato inmediatamente posterior al que hemos leído hoy es el de la llamada de los 72. En el pasaje de hoy se repite el llamado original a tres nuevos discípulos como al principio del evangelio cuando Jesús llama a Pedro, Santiago y Juan (Lc 5,8-11).

En el primer relato de llamada de hoy alguien le dice a Jesús que lo va seguir a donde quiera que vaya. Jesús le responde que las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero que el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Este pasaje recuerda aquél otro en el que Pedro le dice a Jesús: “Pues mira, nosotros ya lo hemos dejado todo y te hemos seguido. En vista de eso, ¿qué nos va a tocar?” (Mt 19,27). Jesús le responde a Pedro que van a recibir cien veces más casas, hermanos y hermanas, madre, hijos y tierras, y la vida eterna, y añade entre persecuciones (Mc 10,30). Pareciera, pues, que Jesús estuviera diciendo que quien busca premios y recompensas con él, ha errado el camino. Él lo que ofrece es su compañía.

En el segundo relato, Jesús llama a uno a que lo siga. Éste le pide ir primero a enterrar a su padre. Jesús le dice que deje que los muertos entierren a sus muertos, y que él vaya a anunciar el reinado de Dios que hace nuevas todas las cosas. Pareciera que en este relato Jesús estuviera invitando al que llama a abrirse a la buena noticia del evangelio, que no depende de una tradición anterior, sino del amor actual de Dios. Tal vez, es a lo que se refiere Pablo cuando afirma que hoy es el día de la gracia, que hoy es el tiempo de la salvación (2Cor 6,2). Y es también a lo que se refiere Jesús cuando dice que nadie echa vino nuevo en envases de cuero viejos, porque el vino haría reventar los envases y se echarían a perder el vino y los envases. ¡A vino nuevo, envases nuevos! (Mc 2,22). El Dios que anuncia Jesús hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5).

En el tercer relato, otro le dice que lo va a seguir, pero que primero tiene que despedirse de su familia. Jesús le dice que el que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reinado de Dios. Pareciera que a la familia a la que se hace referencia aquí es a la de origen. Parangonando la cita del Génesis sobre el matrimonio (Gn 2,24) podríamos decir que, así como quien no está dispuesto a dejar padre y madre para unirse a su mujer no está listo para el matrimonio, tampoco lo está para ser enviado como compañero de Jesús. Y esto entre otras cosas, porque si la familia se definía a partir de la figura paterna, en la familia de Jesús no hay padres, aparte de Dios (Mt 23,9).

Estos nuevos relatos de llamadas parecieran indicarnos, entonces, que Jesús aprendió en el camino. Así deja claro que quienes lo acompañen no deben esperar premios ni recompensas por hacerlo. También invita a dejar lo pasado abriéndose a la novedad de un Dios que es amor y solo amor a cuya luz se hacen nuevas todas las cosas. E invita, por último, a dejar la familia de origen para poder formar parte de una familia nueva en donde no hay más padres que Dios, y en la que por tanto no hay sino hijas y hermanos, compañeras y compañeros de Jesús.

martes, 29 de septiembre de 2020

2020.9.29 - La percepción de la compañía de Jesús parece bien reflejada en el comentario: “Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y pecadores”

2020.9.29 - Hoy estamos celebrando la fiesta de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Ángel en hebreo significa enviado, los arcángeles son envidados de Dios y sus nombres apuntan a tres aspectos diversos de la presencia de Dios: Miguel, ¿quién como Dios?, una admiración que desemboca en profunda gratitud; Gabriel, la fuerza de Dios; y Rafael, la sanación de Dios. Así, pues, como que los arcángeles, cuya fiesta celebramos hoy, ponen de manifiesto tres aspectos de la experiencia de Dios: una admiración que desemboca en gratitud, la fuerza de la presencia de Dios, y el efecto sanador de su presencia.

Tanto la primera lectura del libro de Daniel (Dn 7,9-10.13-14) como la del evangelio de Juan (Jn 1,47-51) que escuchamos hoy tienen como denominador común hablar de un personaje misterioso: el hijo del hombre. Daniel lo describe como alguien que recibe la soberanía, la gloria y el reino, al que sirven todos los pueblos, cuyo poder es eterno y cuyo reino es por siempre perdurable. El relato de Juan es mucho más modesto: el hijo del hombre es aquél sobre el que se abre el cielo y sobre quién suben y bajan los ángeles de Dios.

Pareciera que el único nombre que Jesús utilizó para referirse a sí mismo fue el de “hijo del hombre”. Los evangelios nos explican qué significa este nombre. De José, de quien los evangelios afirman que tiene ascendencia davídica se nos dice que quiso repudiar a María porque ésta quedó embarazada antes de vivir con él (Mt 1,18-19). De la ascendencia de María no se nos dice nada. Es una jovencita campesina de una aldea de mala fama, Nazaret (Jn 1,46). Por su ascendencia, pues, Jesús es un hombre común y corriente. El signo que los ángeles les dan a los pastores para reconocer a Jesús, es el de un niño envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre, sobre una canoa (Lc 2,12). No había habido lugar en la posada. Más corriente no pudo haber sido el nacimiento de Jesús. La percepción de la compañía de Jesús parece bien reflejada en el comentario: “Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y pecadores” (Mt 11,19). Nuevamente, los amigos de Jesús no pudieron haber sido más corrientes. Y si vemos su muerte, Jesús no muere ni siquiera como un hombre corriente, sino como un maldito (Dt 21,23), al cual Dios no baja de la cruz (Mc 15,32).

Sobre este hombre vulgar y corriente se nos dice que suben y bajan los ángeles de Dios desde un cielo abierto. Es lo que pasa también en su bautismo cuando se rasga el cielo, el Espíritu Santo baja sobre él y se escucha una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, en ti he puesto mi favor” (Mc 1,10-11). Y es lo que se repite en la transfiguración cuando una voz desde la nube afirma: “Éste es mi Hijo, el amado: escúchenlo” (Mc 9,7). Por último, es lo que afirma el centurión al ver morir a Jesús, esta vez desde la tierra y al pie de la cruz: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

La buena noticia de los evangelios es que el hijo del hombre es el Hijo de Dios, y que, por tanto, todas y todos, comenzando por la gente común y corriente somos hijas e hijos de Dios, y esto, independientemente de nuestra ascendencia, de nuestra vida y de nuestra muerte. Y la única razón para ser sus hijas e hijos está en el amor de Dios, en que somos sus hijas e hijos amados. Cuando logramos reconocer, sentir, experimentar esto, no podemos menos que maravillarnos de Dios, exclamando: “¿Quién como Él?” con el corazón colmado de gratitud. Y entonces experimentamos al mismo tiempo su fuerza, la fuerza de su amor al descubrir que “ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas espirituales, ya sean del cielo o de los abismos, ni ninguna otra criatura podrán apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,38-39). Y, entonces, sentimos cómo su amor acogido con gratitud sana nuestro interior de cualquier abandono, rechazo, desprecio, herida, al experimentarnos como hijas e hijos bien amados de Dios a quien nos atrevemos a llamar, en comunión con todos y cada uno de los seres humanos, “Padre Nuestro”. Y, es entonces que somos capaces de realizar plenamente nuestra vocación, al responder con amor a su amor entregándonos libre y generosamente.

2020.9.28 - Hacerse el más pequeño, el servidor de todos.

2020.9.28 - Hacerse el más pequeño, el servidor de todos. Ése es el más grande, nos dice Jesús, porque asume en su vida el modo propio de proceder de Jesús, que siendo rico se hizo pobre, siendo Dios se hizo hombre y esclavo de la humanidad, por amor, que se la pasó haciendo el bien y sirviendo a cuantos necesitaron de él. 

Jesús propone a los niños como quienes logran un estilo de vida muy parecido al suyo y como tal, como forma de proceder para nuestras relaciones cotidianas, haciendo de ellos y de quienes saben asumir en sus vidas tales actitudes, los más grandes a sus ojos. En las niñas y niños podemos encontrar cualidades humanas tan importantes que con el paso del tiempo olvidamos y dejamos de practicar. Su mirada es transparente, reflejo de la ternura y la sencillez del corazón humano que permite expresar lo que somos en realidad, sin máscaras ni falsedades, sino siendo ante todo tal como somos. En las niñas y niños encontramos fragilidad humana, que permite descubrirse necesitados de los demás, en relación continua y necesaria de cercanía y de afecto, como elementos necesarios e importantes en la vida del ser humano, pero también necesidad de protección ante la agresión con la que pueden ser violentados. 

Las niñas y niños muestran, como nadie, la capacidad humana de interrelacionarse con los demás, sin importar la raza, el color o las diferencias sociales, únicamente reconociendo en la otra persona a un ser igual en humanidad y en dignidad. 

Con todas esas cualidades, Jesús nos propone un cambio en nuestras vidas capaz de transformarnos y transformar la sociedad en la que vivimos. Su propuesta es para reorientar nuestras prácticas cotidianas desde relaciones sanas y liberadoras, donde lo que debe primar es el reconocimiento de la otra persona como un ser humano, en igualdad de dignidad y en posibilidad de lograr un complemento que nos ayude a vivir más plenamente nuestra humanidad y nuestro ser de hijas e hijos de un Dios que ante todo es amor incondicional y sin límites. 

Tal estilo de vida nos ha de llevar a descubrir que lo más importante no es si alguien está con nosotras o en contra de nosotros, sino que lo realmente importante es que nuestras acciones y la forma como nos relacionamos nos humanicen y humanicen a los demás, desde el amor que podamos experimentar y compartir con los próximos y prójimas. De esa manera, seremos realmente hijas e hijos de Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos y pecadores. Es decir, que no tiene reparo en amar a quienes ha creado por amor.

Para Job esa experiencia de cercanía amorosa de Dios es lo que le hace mantener su convicción y su fe por encima de las pérdidas materiales y las dificultades que se le presentan, sabiendo mantener ante todo su humanidad y reconociendo su fragilidad y necesidad de Dios y de los demás. 

Estamos invitadas e invitados a vivir desde este estilo de vida, desde esa forma de proceder. Estar atentos a las niñas y niñas, a sus actitudes y aprender de su trato para con los demás. Pero también, tenemos la tarea de protegerles de la violencia contra ellos, por la pobreza que encontramos en las niñas y niños de las calles, reparando hoyos provocados por el robo de los recursos destinados a la construcción de buenas carreteras; o desde las niñas y niños que viven en nuestro basurero, buscando qué comer, porque nuestras autoridades y nuestro silencio cómplice y acostumbrado, no han hecho nada para que ellas y ellos tengan una vida digna de seres humanos. 

Estamos invitadas e invitados a buscar mayor humanidad y menos privilegios; ser servidoras y servidores unos de otras, y dejar de buscar servirse de los demás y a costa de su humanidad.

domingo, 27 de septiembre de 2020

2020.9.27 - Jesús cuenta una parábola de dos hijos a los que el padre les pide que vayan a trabajar. El primero dice que no, y luego va.

2020.9.27 - En el evangelio de Mateo (Mt 21,28-32) que acabamos de escuchar Jesús cuenta una parábola de dos hijos a los que el padre les pide que vayan a trabajar. El primero dice que no, y luego va. El segundo dice que sí, pero no va. Jesús les pregunta a los sumos sacerdotes y autoridades qué hijo cumplió la voluntad del padre. Le responden que el primero. Jesús les dice que los recaudadores de impuestos y las prostitutas, dos grupos muy despreciados y discriminados por ellos y el resto de la sociedad les llevan la delantera para entrar en el reinado de Dios. Y esto, porque los recaudadores y prostitutas le creyeron a Juan el Bautista y se arrepintieron, mientras que ellos ni se arrepintieron ni creyeron.

La lectura del libro del profeta Ezequiel (Ez 18, 25-28) también habla de arrepentimiento del pecador, que salva su vida arrepintiéndose.

Una cosa que llama la atención de la parábola es que ambos son hijos, el que obedece y el que no, e independientemente de obedecer o no, siguen siendo hijos. Y esto, por una sencilla razón, porque ser hijos no depende de lo que hagan, sino de la sangre que corre por sus venas. La gran tentación es creer que unos somos hijos y otros no. Por eso, cuando Jesús afirma que los publicanos y prostitutas llevan la delantera en el reinado de Dios, lo que está diciendo es que todos somos hijas e hijos, que ninguno estamos excluidos, y que por tanto, quien excluye no ha experimentado el amor del Dios que nos ama no por ser buenos, sino por ser sus hijas e hijos entrañablemente amadas y amados, y entonces, se imposibilita de disfrutar de la fiesta del amor de Dios que como Padre amoroso celebra para sus hijas e hijos bien amados. La vida es la gran oportunidad de reconocer y acoger el amor de Dios. Por eso, nunca es demasiado tarde para hacerlo. Más bien, si somos sinceras y honestos, tenemos que unirnos a Agustín reconociendo: “Tarde te amé”. Y es que, al experimentar el amor de Dios por nosotras y nosotros, experimentamos simultáneamente el amor de Dios por todas, por todos y por todo. Nada queda excluido de su amor.

¿Qué significa esto hoy que por primera vez estamos celebrando nuevamente una eucaristía pública en nuestro templo parroquial que había permanecido cerrado durante más de seis meses?

Una primera cosa que me llamó la atención en las pláticas con los diversos grupos que hemos tenido en estos días para reabrir el templo fue que muchas fuimos las personas a las que nos dio la gripe, nos hayamos hecho la prueba o no, y hayamos dado positivo o no. La gripe, pues, parece que nos pegó parejo.

Una segunda cosa que me llamó la atención es que la mayoría vivimos nuestras gripes en secreto, sin querer que las y los vecinos se enteraran. Y esto que pareciera contradictorio, puesto que cuando estamos enfermos es cuando más podemos necesitar la ayuda de los vecinos, tiene una explicación muy sencilla. Vivimos nuestras gripes en secreto porque teníamos miedo de ser discriminadas por las otras personas supuestamente sanas. Pero como nos mostró el tiempo, muchas acabamos enfermándonos a lo largo de estos seis meses.

La tercera cosa que me llamó la atención fue la efectividad que tuvo la estrategia de sembrar miedo realizada por los medios de comunicación social llevándonos a encerrarnos en nuestras casas y a distanciarnos de las y los demás. Los así llamados poderes de este mundo se dedicaron a sembrar miedo en nuestros corazones 24 horas al día, siete días a la semana haciéndonos creer que el Covid19 era irremediablemente mortal y altamente contagioso.

Así, una cuarta cosa que me ha llamado la atención es que, aunque algunas personas han muerto por el Covid19, la enorme mayoría hemos hecho la experiencia de que tratándonos a tiempo y bien, por ejemplo, con el tratamiento a base de ibuprofeno y de antigripales propuesto por la Dra. María Eugenia Barrientos, logramos superar nuestras gripes, como hemos logrado superar muchas otras adversidades en la vida.

Una quinta cosa que me ha llamado la atención es la bondad de compartir una comida, porque esto es algo que obviamente no podemos hacer llevando una mascarilla. La comida compartida nos hace recobrar la confianza al experimentar ese amor cotidiano y sencillo implícito en este acto tan profundamente humano.

La invitación que percibo que Dios nos está haciendo ahora después de estos seis meses sin celebraciones públicas de la eucaristía es que sigamos haciendo lo que hicimos durante estos seis meses y que fue lo que nos permitió sobrevivirlos: dejarnos conmover, acercarnos unas a otros haciendo a un lado la desconfianza sembrada por el miedo al contagio, escucharnos y decir nuestra palabra, y tendernos las manos y dejárnoslas estrechar, reconociendo que si nos hubiésemos atenido a lo dicho y actuado por muchas de nuestras autoridades públicas, tal vez no estaríamos hoy aquí celebrando esta eucaristía. Este compartir agradecido, esta “cena que recrea y enamora” que celebramos en cada eucaristía nos va a permitir superar el miedo al contagio y nos va a prevenir de caer en la tentación de la discriminar a las personas contagiadas y a aquellas otras que se han portado negligentemente en estos seis meses, reconociendo que tan hijas son ellas como nosotras y que el poder capaz de mover montañas está en nuestras manos cuando sintiéndonos hijas e hijos amados somos capaces de superar la desconfianza, de acercarnos, de dialogar, de dejarnos conmover, y de tenernos las manos y estrechárnoslas como respuesta al amor del Dios que confesamos como Padre Nuestro.

sábado, 26 de septiembre de 2020

2020.9.26 - Hacer cosas espectaculares está reservado a unos pocos, de no ser así dejaría de ser espectacular.

2020.9.26 - En el evangelio de Lucas (Lc 9,43-45) que escuchamos se nos dice que Jesús responde a la admiración de la gente anunciando su entrega y que este anuncio no era entendido por sus discípulos.

Jesús utiliza en este pasaje el único título que usa para referirse a sí mismo: “hijo del hombre” que equivale a tanto como hijo de vecino, un hombre cualquiera, un hombre común y corriente, un hombre del montón. Así, Jesús no cae en la trampa de la admiración. Haga lo que haga, nunca pierde la conciencia de ser un hombre común, un hombre cualquiera. Y va todavía un paso más allá al afirmar que lo típico suyo no es lo espectacular, que siempre segrega, sino la entrega, algo abierto a todas y todos.

Hacer cosas espectaculares está reservado a unos pocos, de no ser así dejaría de ser espectacular. La entrega, en cambio, es una posibilidad abierta a todas y todos. Pero, además, la entrega a la que se refiere Jesús es una entrega pasiva, afirma que va a ser entregado. Esto, realmente, es todavía más común. Ejemplos de entregas pasivas son la traición y el abandono.

Ahora, cometeríamos un grave error si creyéramos que la entrega de Jesús es puramente pasiva. La entrega pasiva de Jesús proviene de una entrega activa. Así lo afirma expresamente cuando dice que nadie le quita la vida, que él la entrega libremente (Jn 10,18).

Aunque a Jesús lo entregan todo, esto es, lo entregan a la muerte, es Jesús mismo quien se entrega todo. ¿Y qué es necesario para poderlo entregar todo como Jesús? Reconocer que lo hemos recibido todo. Esta parece ser una experiencia cristiana honda, expresada por Pablo. Así llega a afirmar que no hay nada que no hayamos recibido (1Cor 4,7). Lo que le permite a Jesús una entrega así es, pues, la experiencia de reconocer que todo lo que es y tiene lo ha recibido. Este es el origen de la gratitud profunda que caracteriza a Jesús, y que posibilita a la vez su entrega gratuita, libre y generosa. Porque el Dios que experimenta Jesús es un Dios generoso, magnánimo, que lo entrega y se nos entrega todo. Jesús, pues, es capaz de entregarlo todo porque reconoce que lo ha recibido todo, y lo agradece.

Una virtud que ha tenido la presencia del Covid19 en nuestras vidas es que ha “descubierto las ideas de muchos” (Lc 2,35), y no solo las ideas, sino también sus actitudes. Este es el caso de muchos funcionarios públicos que se han dedicado a medrar los fondos públicos con los que se debía hacer frente a los problemas causados por el Covid19, convirtiéndose ellos mismos en los protagonistas de los problemas que estamos experimentando actualmente haciendo gala de una negligencia incomparable en el manejo de la situación. Y esto en alianza con algunos así llamados empresarios que se han dedicado a lucrar sacando la máxima ganancia posible de todo lo que hemos estado viviendo. Y todo esto movidos por una codicia insaciable que tiene su origen en una falta de gratitud, en la incapacidad de reconocer y de agradecer tanto bien recibido.

Todo esto se convierte, entonces, en una enorme oportunidad, en la oportunidad de asumir nuestra responsabilidad como parejas, como padres y madres de nuestras hijas e hijos, como vecinas y vecinos, como trabajadoras y trabajadores, y hacer todo eso que solo nosotras y nosotros podemos hacer, y hacerlo no porque seamos especiales, sino todo lo contrario, porque nos reconocemos mujeres y varones corrientes y comunes, y como tales capaces de hacer lo que nos hace plenamente humanos, capaces de entregarnos libre y generosamente en la creación de las familias y de la sociedad con las que soñamos cuyo fundamento ha dejado de ser la codicia porque hemos aprendido a agradecer tanto bien recibido y entonces nos hemos convertido en mujeres y varones capaces de entregarnos libre y generosamente, a quienes nadie nos puede quitar la vida, porque hemos decido entregarla con gratitud.

jueves, 24 de septiembre de 2020

2020.9.24 - La gente oprimida y sufriente abría los ojos y empezaba a intuir que algo muy importante estaba comenzando.

2020.9.24 - Homilia Lc.9,9 Herodes sentía curiosidad de ver a Jesús.                


Ayer escuchábamos en el Evangelio, cómo Jesús enviaba a los Apóstoles a anunciar la llegada del Reino y cómo muchos enfermos se sanaban, llenos de alegría ante los prodigios que veían. El gran deseo y la esperanza de los pobres y afligidos comenzaba a realizarse. Pero el rey Herodes sólo sentía curiosidad por ver a Jesús y presenciar alguno de los prodigios que se decía realizaba. La gente oprimida y sufriente abría los ojos y empezaba a intuir que algo muy importante estaba comenzando. Algo que se sentía en signos palpables, que todos podían ver y comprobar, y que invitaban a convertirse, a cambiar de vida y empezar una vida nueva, libre de la opresión de la Ley y de todo el sistema la religión del A.T.

    Herodes se enteraba de las cosas que ocurrían pero sin ser capaz de descubrir el sentido profundo de esos acontecimientos. Él estaba demasiado ocupado con los asuntos del gobierno y de mantener su poder a toda costa como para pensar un poco en el llamado que también era para él.

Porque la Buena Noticia era para todos, él también incluido. El Evangelio lo es para todos, buenos y malos, pobres o ricos, judíos o romanos, pues todos somos creaturas de Dios. Y Él a todos nos ha creado por amor. Todos llevamos, en lo más profundo de nuestro ser, algo de Dios y por tanto algo muy valioso y amable. Pero también a cada uno nos pide una respuesta, que será personal y propia según la situación de cada uno. Y que siempre conduce a cambios radicales, a veces muy dolorosos, pero que llevan a la luz y la alegría más profunda. 

    Aun la gente más perversa y egoísta lleva en lo profundo de su ser algo de Dios. Pero ese algo puede permanecer oculto cuando nos dejamos dominar por la codicia, la envidia, la soberbia, el egoísmo y todos lo malos espíritus, que nos encierran con una coraza muy difícilmente traspasable. Es el caso de Herodes, instalado en su riqueza, su soberbia, sus lujos, su poder, e insensible al dolor y los sufrimientos de tantísima gente a su alrededor. El caso del joven rico, el del rico Epulón y de tantos otros. Herodes “sólo sentía curiosidad” ante los signos tan magníficos que acontecían a su alrededor. Pero esa curiosidad era insuficiente para abrir un poco su corazón y dejar entrar algún resplandor del amor del Señor. Ya Jesús lo decía, después de proclamar las Bienaventuranzas: “Hay de ustedes los ricos y poderosos, porque se han dejado ahogar en el lujo y el placer” y eso les ha podrido el corazón. A veces nos podemos acercar a las cosas de la religión sólo o principalmente por curiosidad, o porque hay cosas bonitas y agradables y atractivas en los cultos o festejos. Pero no aceptamos que nos toquen algo de lo que son nuestros intereses particulares. Entonces nos echamos para atrás.

    Los Apóstoles lo fueron dejando todo (o mucho) por seguir a Jesús. Y el Señor les promete el ciento por uno de lo que dejaron y además la Vida eterna. Y eso vale también para nosotros y para todos los que queramos seguir su camino. Pero hay mucha gente que sólo ve sus llamados con curiosidad, o a veces ni con ella y por ello siguen cerrados a la Luz y al Amor.

    Pidámosle al Señor que no permita que nos quedemos encerrados en nuestro corazón egoísta e insensible. Pidámosle que acercándonos a los que sufren, se ablanden nuestras entrañas, para que así descubramos los llamados que nos está haciendo a través de ellos, y respondiendo con generosidad y alegría, colaboremos en acercar la venida de su Reino.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

2020.9.23 - Esa Palabra se hace vida en medio de la humanidad, encarnándose en Jesús de Nazaret, en su modo de proceder para con los pobres y necesitados.

2020.9.23 - Las lecturas de hoy colocan en el centro de la reflexión la Palabra que sale de la boca de Dios. Una Palabra que está junto a Dios desde el origen de la vida y que es Dios mismo. Que es creadora, como podemos contemplar en el libro del Génesis, mediante la cual se hicieron todas las cosas y dieron vida a todo ser. Esa Palabra siguió haciéndose presente en la historia humana, desafiando al ser humano a hacerla vida en sus acciones cotidianas, al punto de convertirlas en un estilo de vida. 

Esa Palabra se hace vida en medio de la humanidad, encarnándose en Jesús de Nazaret, en su modo de proceder para con los pobres y necesitados. Haciendo presente a Dios en medio de todas las circunstancias desde una cercanía nunca antes pensada ni vivida. Llegando hasta las últimas consecuencias del amor hecho carne y entregado en total generosidad por la humanidad. 

Así, la Palabra pasa a ser una realidad palpable en nuestra historia. Se convierte en modelo de vida frente a los desórdenes egoístas que puedan pretender anular la vida. Nos desafía a asumir ese estilo de vida cercano a los empobrecidos, a los enfermos, a los marginados, a los excluidos, como el modo nuestro de proceder, viviendo con alegría desde la entrega generosa y fraterna. 

Es una Palabra que nos impulsa a salir al encuentro de los necesitados, convirtiéndose en Buena Noticia que busca ante todo la salvación del ser humano, dignificándole y amándole tal como es. Nos reta a ser misioneras, testigos de una Palabra hecha amor sin límites, expresada desde la cercanía amorosa que se humaniza. 

Nos invita a una vida en total libertad, la libertad de quienes nos sentimos hijas e hijos de Dios, y que, por tanto, buscamos asumir en nuestras vidas el proyecto de su reinado en medio nuestro. Nos libera de todo aquello que nos ata y no nos permite poder realizarnos en plenitud de vida, lo que deforma la imagen de Dios en nosotras y nosotros, y en los demás. 

Frente a esa Palabra, el libro de los Proverbios nos exhorta a vivir cada día con dos máximas importantes. Lo primero, es poder vivir desde la transparencia del barro que se muestra tal como es y se deja moldear por ese estilo de vida que se nos propone en la Palabra hecha carne. Es decir, asumir una vida desde la verdad y la entereza de lo que somos y hacemos. Tal como Jesús alaba de Natael, este es un hombre en quien no hay doblez (Cfr. Jn 1,47). 

Lamentablemente, hoy encontramos todo lo contrario en los modelos sociales; promueven y viven desde la falsedad y la mentira en sus vidas. Los medios de comunicación y el sistema promueven la superficialidad y la vida detrás de máscaras que esconden lo que son, o el sinsentido que viven. 

Además, los Proverbios nos invitan a la vida desde la libertad que da el esfuerzo cotidiano, con lo necesario de las cosas materiales. Sin ambicionar ni vivir acumulando, sino siendo capaces de disfrutar de todo lo que recibimos de Dios en esta vida, sabiendo agradecerle a él por todos los bienes recibidos. 

Encontramos en la sociedad todo lo contrario, los robos descarados llevados a cabo en esta crisis, de los fondos destinados para el bienestar de los más necesitados. La impunidad que propicia el sistema para quienes viven descaradamente esa corrupción. Pareciendo hacer posible y fácil un modelo de vida totalmente contrario a la invitación que nos hace la Palabra que proviene de Dios en Jesús de Nazaret. 

Por eso, esa Palabra encarnada en Jesús de Nazaret nos urge en comprometernos con un cambio radical, que asuma la vida en plenitud desde las relaciones y prácticas de la vida sencilla y abierta al compartir generoso, fruto del ser agradecidos, y de una experiencia de amor profundamente agradecido con el Dios que nos ama de tal manera que hizo carne su Palabra para hablarnos cara a cara y dejar que nosotras y nosotros pudiéramos hablarle de igual manera en las hermanas y hermanos, próximos, prójimos.

martes, 22 de septiembre de 2020

2020.9.22 - Jesús no pueden acercarse a él por la multitud. Se lo hacen saber.

2020.9.22 - La lectura del evangelio de Lucas (Lc 8,19-21) que escuchamos hoy nos relata cómo la madre y los hermanos de Jesús no pueden acercarse a él por la multitud. Se lo hacen saber. Pero él contesta que su madre y sus hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.

Varias cosas llaman la atención de este evangelio. Una primera es que a Jesús lo buscan su madre y sus hermanos, ¿y su padre? Esto nos hace pensar en tantas personas que crecen sin el calor de sus papás, muchas veces por muerte, pero las más de las veces por falta de responsabilidad de los propios padres, como si la responsabilidad de haber engendrado a las hijas e hijos y de criarlas fuera solo de las madres. Son muchas las hijas e hijos que crecen solo con sus madres porque sus padres nunca se hicieron cargo, o porque después de separarse de sus madres dejaron de responsabilizarse de ellos. Pero a veces, muchas niñas y niños ni siquiera crecen con sus madres, sino con abuelos o familiares, porque las madres tienen que trabajar para proveer para ellos.

Muchas veces cuando se le pregunta a una de estas niñas o niños por su papá responde que no tiene. Eso, sin embargo, no es verdad. Porque todas y todos tenemos un padre y una madre, por muy irresponsables que hayan sido, por mucho que nos hayan rechazado. Ninguna madre concibe por sí misma. Siempre hay un padre, sea éste como sea. Pero, además, la hija o el hijo lleva a su padre y a su madre dentro, lo lleva en cada célula de su cuerpo, lo lleva en su ADN, en la estructura biológica de su ser. La buena noticia, entonces, es que no hay nadie que no tenga un padre ni una madre, y que además no lo pueden abandonar porque los lleva en lo íntimo suyo, en su ADN. Además, tampoco hay hijas e hijos ilegítimos, porque todos tienen un padre y una madre legítimos. Así, por ejemplo, si alguien no conoció a su padre o a su madre y desea hacerlo, la persona no tiene, sino que mirarse a sí misma: ella es el vivo retrato de su padre y de su madre. Y aunque nunca haya tenido el calor de alguno de ellos o de ambos, tiene sobrados motivos para estarles agradecidos: le dieron lo más valioso que tiene, el don de la vida. Pero, además, es fundamental darles gracias, porque solo así podremos tomar y aprovechar las provisiones que ellos nos dan y que necesitamos para recorrer nuestros caminos y vivir nuestras vidas con plenitud.

El evangelio nos habla, por otro lado, de la comunidad de Jesús como una familia. Y esto, por una muy sencilla razón. La experiencia de Dios que tiene Jesús es de un Padre del que él se siente hijo entrañablemente amado, y por ello enviado a hacer otro tanto con todas las demás personas a quienes descubre como hijas e hijos también entrañablemente amados de Dios, y, por tanto, como sus hermanas y hermanos. Nadie queda por fuera de la familia de Jesús, porque quien entra a ella experimenta a Dios como Padre Nuestro, como Padre amoroso de todo lo creado experimentándose simultáneamente hermanado con todo lo creado. Y, entonces, así como no hay persona alguna que no tenga padre, tampoco hay creatura que sea huérfana de Dios. Así, la comunidad de Jesús, además de no dejar a nadie por fuera, incluye a todas las personas con la misma dignidad, con el mismo valor, con el de hijas e hijos entrañablemente amados de Dios. Esto, pues, es el contenido de la palabra de Dios que se pone en práctica viviendo la filiación con Dios y la hermandad con todo lo creado.

Ahora, aunque el evangelio no lo tematiza expresamente, las relaciones de filiación y hermandad no son las únicas, ni en algún momento, las más importantes en una familia. Porque la hija y el hijo que han agradecido y tomado la vida que les dieron sus padres los dejan para formar ellos su propia familia como lo expresa el Génesis: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y pasan a ser una sola carne” (Gn 2,24). Así, pues la otra relación fundamental en una familia es la de pareja, la de ser compañeros, la de partir y compartir el pan de la vida. La comunidad de Jesús da entonces también la oportunidad de vivir como compañeras y compañeros de Jesús y de las y los demás, y esto, sobre todo, de cara a la misión. Compañeras y compañeros que por sentirse entrañablemente amados se vuelven amantes, y esto, nuevamente, también a la manera de Jesús: traspasadas y traspasados desde dentro por ese amor. ¿Será acaso esto aquello a lo que apunta Juan cuando dice: “a pesar de que ya somos hijos de Dios, no se ha manifestado todavía lo que seremos” (1Jn 3,2)?

lunes, 21 de septiembre de 2020

2020.9.21 - Los cobradores de impuestos eran, en tiempos de Jesús, gente depreciada, tenidas por traidores y colaboradores de los romanos invasores, gente maldita ante Dios y ante el pueblo, pero temida, porque siempre andaban con resguardo militar.

 2020.9.21 - Homilia Mt,9,12 No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos.    

    Celebramos hoy la fiesta de S. Mateo, el cobrador de impuestos. Los cobradores de impuestos eran, en tiempos de Jesús, gente depreciada, tenidas por traidores y colaboradores de los romanos invasores, gente maldita ante Dios y ante el pueblo, pero temida, porque siempre andaban con resguardo militar. Eran profundamente marginados.  Y Jesús, siguiendo su pauta de buscar a los despreciados y marginados por la religión judía, lo llama para ser uno de los apóstoles. Mateo responde con generosidad: Se levanta, deja todo y le sigue. Y lo hace con gran alegría y hasta organiza un banquete con sus amigos para celebrarlo, al que, por supuesto, invita a Jesús y sus discípulos. 

    Esto sorprende mucho a los fariseos que ven en este gesto, algo totalmente contrario a las leyes de pureza legal de los judíos devotos. La comida fraternal con gente que abiertamente desprecia los preceptos y costumbres religiosas de Israel se considera como un grave pecado contra Dios y contra el pueblo: fraternizar con los enemigos de la religión. Y Jesús lo hace a sabiendas del escándalo que produce. Pero lo hace para darnos una enseñanza e invitarnos a abrir los ojos y descubrir el amor del Dios verdadero. Y cita a Os.6,6: “Más quiero la misericordia que no todos los cultos y sacrificios”. 

    Dios es Amor y sólo Amor y lo que más desea es hacernos partícipes de ese amor. Ese amor que sufre cuando ve que nos cerramos a él. Porque nuestra vida está en que descubramos ese amor que Él nos tiene y que nos dejemos guiar por Él, para crecer como verdaderos hijos de Dios. Y Jesús ha venido para ayudarnos a abrir los ojos y a que, descubriéndolo, nos hagamos partícipes de esa vida. Toda la religión se basa en ello y cuando en vez de descubrirlo nos lo oculta, resulta algo falso que hay que eliminar.

    Nosotros ocultamos al Dios-Amor cuando lo presentamos como un Dios justiciero y castigador de los malos y rebeldes; lo presentamos como un ídolo, que desde su trono de poder, amenaza y castiga a los que faltan a la ley y premia y bendice sólo a los que la observan y cumplen exactamente. Esa era la imagen de Dios que muchos fariseos tenían en su cabeza y que intentaban imponer a los demás. Y Jesús se revela contra ello, para mostrar así el rostro del verdadero Dios, que es Amor y solo Amor.

    Mucha gente rechazamos una imagen de Dios que sea ante todo poder y fuerza y que impone unas leyes a su capricho y castiga terriblemente a los que las desprecian y faltan a ellas. Jesús también lo hace, por ser una imagen falsa de Dios. Quien tiene una imagen así, está ciego y enfermo. Y por eso, Él viene, ante todo, a abrirnos los ojos y a descubrirnos el rostro verdadero de Dios y a sanar así a los enfermos. En tiempos de Jesús había mucha enfermedad y los judíos la consideraban como castigo de Dios por nuestros pecados. Por eso el remedio consistía en arrepentirse, para que Dios le perdonara, y al enfermo se le consideraba un pecador necesitado de arrepentimiento y penitencia. 

    Jesús es consciente que las enfermedades son un desorden que contradice la sabiduría y el amor con que Dios ha creado todo cuanto existe, es decir su raíz es el pecado. Y por eso, lo primero que hace es expulsar los malos espíritus, Satanás que todo lo pervierte y contamina. Y cuando los malos espíritus salen, las personas se sanan.  Pero para Jesús, los enfermos son, ante todo, víctimas del mal espíritu, no sólo pecadores. Sí necesitan conversión, pero, ante todo, liberarse de esa imagen falsa de Dios, de ese ídolo que está en sus corazones. Y eso ocurre cuando uno descubre el amor y la misericordia del verdadero Dios. Para Dios, nadie está nunca perdido irremediablemente, nadie está excluido de su misericordia. Pero sí todos necesitamos de conversión permanentemente y así el mal espíritu no podrá apartarnos del camino de la vida y la paz.

    Por eso Jesús anuncia continuamente la Misericordia y el Amor del Padre y no se cansa de invitarnos a la conversión, porque siempre quiere nuestro mayor bien. Y sus discípulos hemos de seguir ese camino: no el de querer imponer el orden y la ley por la fuerza, como intentaban los fariseos, sino el de mostrar la misericordia y la compasión por el pecador, el débil, el enfermo y el descarriado, revelando el verdadero rostro de Dios. Esa es también la misión de todo cristiano. 

    Jesús muestra siempre su preferencia por los excluidos y marginados por la ley, porque no quiere que nadie se pierda. Por eso se acercaba a los enfermos, los leprosos, los pobres, los publicanos, las prostitutas, y las personas que, según la ley, estaban perdidas irremediablemente, aquellas que ellos consideraban como malditas de Dios. Pero que, según Jesús, son los que descubren los pecados del mundo y son una invitación continua a la conversión de todos, “cargando con las consecuencias de los pecados de todos”, los crucificados de la historia, como Jesús. Y que Jesús llama “benditos”, “felices” porque de ellos es el Reino de los Cielos.

    Que le Señor y su Santísima Madre, los verdaderos “pobres con Espíritu” nos sigan ayudando a avanzar por los caminos que ellos siguieron durante toda su vida en este mundo. Y que la crisis que estamos pasando nos ayude a sentirnos más hermanos unos de otros y comportarnos como verdadera familia de Dios.  Amén.

domingo, 20 de septiembre de 2020

2020.9.20 - El dueño les responde que no les está haciendo ninguna injusticia ya que les está pagando lo acordado.

2020.9.20 - En el evangelio de Mateo (Mt 20,1-16) que escuchamos se nos relata una parábola en la que se dice que el reino de los cielos es semejante a un propietario que sale a contratar trabajadores para su viña a diferentes horas del día. Al atardecer le pide al administrador que comenzando por los últimos les pague a todos. A todos les dio un denario. Los primeros protestan porque les paga lo mismo que a los últimos. El dueño les responde que no les está haciendo ninguna injusticia ya que les está pagando lo acordado. Además afirma que él puede hacer con lo suyo lo que quiera, y que los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

¿Qué nos dice esta parábola sobre el reinado de Dios y sobre el Dios de ese reinado?  Lo primero que se nos dice es que el reinado de Dios tiene un carácter esencialmente igualitario. Esto no significa que en la comunidad de Jesús no haya diferencias. Hay miles de diferencias, cada miembro de la comunidad es único e irrepetible. Lo que significa es que las diferencias en la comunidad de Jesús nunca son fuente de privilegios. Pablo lo comprendió perfectamente cuando afirma que ya no vale judío ni griego, esclavo ni libre, varón o mujer (Gal 3,28). La comunidad de Jesús no es uniforme, todo lo contrario, es tremendamente pluriforme, pero todas y todos tienen el mismo valor. Por ser igualitaria, la comunidad de Jesús es también esencialmente incluyente. Nadie queda por fuera. Así el propietario contrata trabajadores también en la última hora. No quiere que nadie quede fuera.

Lo segundo que nos dice esta parábola sobre el Dios de ese reinado, sobre el Dios que convoca a la comunidad de Jesús es que la iniciativa la tiene él, no nosotras ni nosotros. En este sentido se nos dicen varias cosas. Primero, que Dios es amor (1Jn 4,16) y solo amor. Por eso es que hace salir su sol sobre buenas y malos, y hace caer su lluvia sobre justos e injustas (Mt 5,45). Segundo, que la inicitava la tiene él, porque el amor no consiste en que nosotras ni nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero (1Jn 4,10). Por eso en la parábola, es el propietario el que sale a buscar los trabajadores. Tercero, el amor de Dios es como el de un Padre por sus hijas e hijos. Por eso Jesús enseña a llamar a Dios Padre, pero Padre Nuestro (Mt 6,9), de manera que entre nosotras y nosotros todas y todos somos hermanas y hermanos.

Lo tercero que nos dice esta parábola es sobre la manera de responder a este reinado y a su Dios. La gratitud sentida y experimentada es la que hace posible responder con amor a su amor (Jn 1,16). Por eso, Jesús alaba a la prostituta que le regó sus pies con lágrimas, que se los secó con sus cabellos, que se los besó con sus labios y que se los ungió con perfume (Lc 7,44-47). Así, quien se fija en el denario, y en el trabajo realizado todavía no ha experimentado gratitud, ni el amor de Dios.

Es verdad, como dice Isaías (Is55,6-9) en el texto que leímos hoy, que los caminos de Dios no son nuestros caminos, porque así como dista el cielo de la tierra, así distan sus caminos de los nuestros, y sus pensamientos de nuestros pensamientos. La comunidad de Jesús es una comunidad radicalmente igualitaria en medio de la pluraridad, porque la diferencia no es fuente de privilegios. Por eso mismo, además, la comunidad de Jesús es incluyente, todas y todos son bienvenidos. Y esto por la sencilla razón de que no existen méritos, porque la iniciativa siempre es de nuestro Dios, limitándose lo nuestro siempre solo a una respuesta agradecida. Y por eso, quien siente envidia o se siente tratado injustamente, todavía no ha experimentado gratitud, ni se ha abierto al amor del Dios de Jesús, nuestro Padre.

Así, quiénes han experimentado gratitud, quiénes han exprimentado el amor de Dios, no pueden sino confesar con Agustín: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”

En la comunidad de Jesús todas y todos hemos llegado tarde, pero ha valido la pena, porque aunque tarde estamos aprendiendo a responder con amor al suyo.

sábado, 19 de septiembre de 2020

2020.9.19 - Jesús nos habla hoy del Reino usando una parábola, la del sembrador.

 2020.9.19 Homilia Lc.8,10 Dichosos ustedes porque ven y oyen y entienden.     


Jesús nos habla hoy del Reino usando una parábola, la del sembrador. En Palestina, en aquellos tiempos, el grano básico, era el trigo. Y el trigo se acostumbraba a sembrarse a voleo, es decir, agarrando con la mano un puñito de grano y esparciéndolo sobre la tierra labrada y húmeda, quedando el grano sin enterrar. En dos o tres días echaba raicillas y empezaba a crecer.

    Y Jesús nos dice que la Palabra de Dios es como algo parecido: entra por los oídos, no a la fuerza, sino con suavidad, si uno escucha y pone atención. Y despacito penetra hasta el corazón, donde poco a poco va arraigando si encuentra un corazón disponible. Dios no impone su Palabra con bulla y ruido, con parlantes y estridencias, con gritos y amenazas, sino de un modo humilde y sencillo. Siempre es una invitación, una sugerencia amorosa, no una imposición violenta. Y requiere que el que la recibe esté dispuesto a escuchar y responder. Es necesario tener los oídos abiertos y el corazón bien dispuesto, como la tierra labrada y húmeda, preparada por la lluvia que la pone blanda y acogedora, donde la semilla rápidamente puede germinar. No se puede sembrar en tierra reseca, árida; sería perder la simiente inútilmente. 

    El oído abierto significa que no esté aturdido por los ruidos de la propaganda, los gritos que intentan llevarnos por caminos diferentes de nuestro bien. Por amenazas o promesas falsas, engañosas, que infunden en nosotros miedo y terror. La propaganda siempre busca que decidamos y actuemos siguiendo otros intereses ajenos a nuestro bien, ocultos por el ruido físico ensordecedor. Pero también los ruidos que nacen en nosotros causados por los malos espíritus de la envidia, el resentimiento, la codicia, la venganza, etc. Sólo el humilde, que se siente limitado y necesitado del apoyo y la ayuda de otros tiene el oído abierto para poner atención a las sugerencias que le hacen. Sólo el que es consciente de las propias limitaciones y debilidades se da cuenta también de que, junto a ello, Dios también ha dispuesto de cosas muy valiosas en cada uno de nosotros.

    Una persona orgullosa, que oculta sus limitaciones y debilidades, no puede escuchar ni poner atención a las sugerencias que le vienen de Dios a través de los hermanos y de las circunstancias de la vida. Y se arriesga a dejarse manipular por intereses ocultos que le llevan a su propia ruina. Y cerrado en sí mismo, no desarrolla los carismas y dones que el Señor pone en él, para hacerlos fructificar en el servicio a los demás. Satanás lo tiene fácil con esas personas. Son fáciles de engañar y dejarse enredar en su soberbia que les conduce a su ruina.

    Jesús habla de ver y oír para entender. Quien tiene los oídos y los ojos abiertos, descubre el amor de Dios en las personas y cosas que le rodean, entre las que vive. Siente las invitaciones que el Señor no deja de sugerirle para responder con generosidad y decisión y descubre cómo, a través de ellas, va creciendo en espíritu y verdad y recorre caminos de luz y de alegría. Por eso el gran esfuerzo y creatividad de Jesús para abrirnos los ojos y los oídos para que entendamos cómo Dios nos quiere y cómo su Amor y Providencia llenan la tierra. Los “milagros” que Jesús más frecuentemente hacía eran abrir los ojos a los ciegos y los oídos a los sordos, para que todos veamos y oigamos y avancemos por los caminos de la Paz y la Vida.

    Jesús usaba mucho de parábolas y comparaciones para ayudarnos a descubrir cómo el Padre es Amor y solo Amor. Las parábolas y comparaciones son un instrumento maravilloso para que su Espíritu nos ilumine y poco a poco nos abramos a su amor y su misericordia. Algunos sí se abren y empiezan a ver y oir, mientras otros se cierran. Y a Jesús le duele en el corazón encontrar esa cerrazón en tantos que, cerrados en sus mentes, aunque tienen oídos, no oyen, y aunque tienen ojos, no ven, ni entienden y se cierran así al Amor de Dios, que a todos nos ha creado por amor, que nos quiere a todos sin exclusión alguna y que a todos quiere llevarnos a nuestra plena felicidad, a que lleguemos así a la plenitud de su Reinado. Por eso Jesús inventa tantas parábolas y comparaciones para facilitarnos abrir ojos y oídos. Sin forzarnos, sin obligarnos y con gran respeto y delicadeza. Y le duele tanto la cerrazón de muchos, a veces gente muy religiosa.  La revelación plena y definitiva del Amor de Jesús por nosotros es la entrega en la Cruz por todos y cada uno de nosotros. Ante la Cruz, algunos abren sus ojos, como los soldados que le mataron y muchos discípulos que le seguían; otros los cierran, como muchos fariseos y gente muy religiosa. En nosotros está el abrir o cerrar los ojos y los oídos. Que el Señor y nuestra Madre, María Santísima nos sigan ayudando a avanzar por el camino y que también nosotros ayudemos a tantos hermanos nuestros a abrir los ojos y los oídos para descubrir el inmenso amor de Dios por cada uno de nosotros y nos vayamos acercando más y más a su Reino.   Amén.

viernes, 18 de septiembre de 2020

2020.9.18 - María Magdalena, Juana y Susana –, por otro. De éstas últimas, se nos dice que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de enfermedades.


2020.9.18 - En el evangelio de Lucas (Lc 8,1-3) que leímos hoy se nos habla de dos grupos de seguidores de Jesús: los 12 por un lado, y un grupo de mujeres, de las que se menciona a tres con nombre – María Magdalena, Juana y Susana –, por otro. De éstas últimas, se nos dice que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de enfermedades.

Por contraste, llama la atención que de los 12 no se dice que hayan sido librados de malos espíritus ni curados de enfermedades. ¿Será porque no lo habrán necesitado? Pareciera que no, porque los evangelios dan testimonio de su posesión por diversos espíritus malignos: de búsqueda de privilegios (Mc 10,35-41), de competencia (Mc 9,34), de violencia (Lc 9,51-56), de interés egoísta (Mt 19,27), de miedo e infidelidad (Mc 14,50).

De las mujeres, en cambio, que fueron liberadas y curadas no se nos relatan este tipo de hechos, sino más bien todo lo contrario. En lugar de preguntarle a Jesús qué les va a dar por haberlo dejado todo y seguido (Mt 19,27), se nos dice que las mujeres los ayudaban con sus propios bienes. Los 12 dejaron sus bienes, las mujeres los comparten, y además, no andan buscando recompensas. Mientras los 12 abandonan a Jesús y huyen durante su prendimiento (Mc 14,50), las mujeres acompañan a Jesús al pie de la cruz (Mc 15,40-41). Y, tal vez, lo más llamativo de todo: es una mujer la primera testigo de la resurrección de Jesús (Jn 20,11-18).

Las mujeres otrora pecadoras pareciera que jugaron un papel fundamental en la comunidad de Jesús. ¿Y ahora?, pareciera que también, pero como entonces, también ahora desde la marginalidad. Las mujeres que dan lugar en su vida a otra vida, en su cuerpo a otro cuerpo, respetando y honrando la diferencia. La cercanía de las mujeres a otras mujeres que se da en la cocina, haciendo tortillas, colando café, sirviendo y lavando los platos. La acogida de una mujer que invita a comer a su casa y sirve a la mesa. La mujer que hace que la comida alcance para todos, y que siempre le guarda su ración al hijo que no ha llegado. La mujer que le lleva al marido otra mudada para que no vaya sudado sino bien “guajiado” a la celebración. La mujer que visita al compañero preso, cuando muchos amigos le han vuelto la espalda. La mujer que está al lado de su hija enferma cuando puede hacer algo por ella, y cuando no. Y todo esto, ayer como hoy, desde la marginalidad, sin hacer bulla, pasando casi desapercibidas por los supuestos “protagonistas” de este mundo y de la iglesia.

Jesús pareciera estarnos invitando a convertirnos al evangelio en clave de mujer, desde la marginalidad, la gratitud, la entrega generosa, el servicio silencioso, la compasión movida por entrañas de misericordia, la cálida acogida, la delicadeza en el trato, la terca esperanza, la compañía fiel, el amor obstinado.

Es verdad, Jesús está vivo, ha resucitado, las mujeres, desde la marginalidad, siguen siendo testigos privilegiadas de que una vida como la de Jesús – y las suyas – vale la pena, pero además que, para Jesús – como para ellas –, toda vida vale la pena. Dicho de otra forma, las mujeres nos siguen mostrando que una vida que vale la pena es una vida entregada como la de Jesús, al tiempo que nos muestran que, nuestras vidas valen la pena, porque fue por ellas que Jesús entregó la suya.

jueves, 17 de septiembre de 2020

2020.9.17 - En el pasaje que hemos escuchado, un fariseo, muy listo, quiere cazar a Jesús con una trampa muy sutil: Le invita a comer, no como gesto de deferencia y amistad, sino para ver de desprestigiarle públicamente.

2020.9.17 Homilia Lc.7,47  A quien ama de verdad, todo se le perdona.       

Los fariseos siempre consideraban la Ley como la base de toda su relación con Dios. La Ley decía claramente lo que había que hacer y cumplir para poder exigir a Dios su salvación, el premio por cumplirla. Estaban cerrados a que pudiera haber algo por encima de la Ley. Y no podían soportar lo que Jesús anunciaba: que Dios es Amor y sólo Amor y que el amor está por encima de toda Ley. Y que todas las leyes sólo sirven si nos ayudan a crecer en el amor verdadero. Por eso siempre estaban al acecho, intentando desprestigiar a Jesús.

    En el pasaje que hemos escuchado, un fariseo, muy listo, quiere cazar a Jesús con una trampa muy sutil: Le invita a comer, no como gesto de deferencia y amistad, sino para ver de desprestigiarle públicamente. Y utiliza para ello a una mujer “de mala vida”. Probablemente la ha permitido entrar en su casa con toda la mala intención de engañar a Jesús. Un fariseo de prestigio, nunca permitiría que una mujer “de mala vida” entrara en su casa a la vista de todos. Pero en esta ocasión, buscó el modo de hacerlo y la mujer entró. Y se puso a mostrar, con gran respeto, pero con detalles muy significativos, el sincero amor que sentía por Jesús. Y el fariseo se escandaliza: Si este hombre fuera un profeta, no aceptaría que esta mujer lo tocara. 

    Entonces Jesús le hace ver la falta de detalles que el fariseo ha tenido con Él, que contrasta con el comportamiento de la mujer: Hipocresía frente a sinceridad y verdad. Lo que el Señor desea de nosotros es que descubramos cómo Él nos quiere, qué profundo e incondicional es su amor por cada uno de nosotros. Para despertar la respuesta del amor en nosotros. Amor que responde a un amor mucho más grande. La trampa que el fariseo le ha puesto a Jesús, Él la convierte en una revelación del amor que Dios nos tiene a nosotros, para que crezca en nosotros un amor semejante. Para hacernos semejantes a Él. Esto es algo que una mentalidad legalista, como la del fariseo, no puede comprender, algo que rechaza radicalmente. El que clasifica a las personas como buenas o malas, como cumplidoras y pecadoras, no puede aceptar que Dios nos ama a todos y que su mayor deseo y voluntad es el bien y sólo el bien de todos y cada uno de nosotros. 

    Todos sentimos la tendencia a acercarnos a la gente que nos cae bien, que responden como nosotros lo esperamos. Y a excluir a aquellos que piensan distinto o son distintos de nosotros. A favorecer a nuestros amigos y a defendernos de nuestros enemigos. A defender nuestros intereses personales o de grupo y a luchar contra los que pueden perjudicarnos. Todas las leyes sirven para ello. Para regular derechos y deberes y exigir a cada quien sus responsabilidades, castigar a quien no cumple y favorecer al que las cumple. Las leyes son necesarias para mantener cierto orden entre la gente y evitar abusos intolerables. Los fariseos así lo sentían y lo consideraban como el mayor bien posible para todos. Y trataban con gran dureza a los excluidos por la ley. Pero también miraban su relación con Dios en el mismo marco de la justicia legal: al pecador le corresponde el castigo y al cumplidor el premio. Pero Jesús nos revela que ese camino, cuando se absolutiza, se convierte en impedimento para encontrarnos con Dios, para hacernos hijos de Dios. Y para hacernos familia de Dios, hermanos unos de otros. Y nos impide llegar a ser verdaderamente felices.

    El amor verdadero es inseparable del perdón y supera todo pecado. A Dios no le hacemos daño cuando pecamos. No se ofende ni se enoja si nos dejamos llevar por el mal. Pero le duele en el corazón por el daño y sufrimiento que nos causamos unos a otros, que somos sus hijos. Como Él es Amor y sólo Amor, quiere hacernos como Él. Y si nos negamos a responder a su amor, frustramos sus planes y sus deseos, arruinando nuestras propias vidas y haciendo sufrir a todos los demás. Por eso Él se llena de alegría cuando un pecador abre los ojos y se convierte y olvida y perdona todas sus faltas y pecados. Donde nace y crece el amor, desaparecen todos los pecados y crece la vida verdadera y la felicidad para todos.

    En la vida todos nos encontramos con momentos de dolor y sufrimiento. Y cada uno de ellos es una invitación a enfrentarlos, no como una desgracia o un castigo de un Dios justiciero y vengador, que no existe, sino como una llamada a descubrir sus raíces que están en nuestro corazón cegado por la codicia y el egoísmo. Y a luchar con todas nuestras fuerzas para arrancar esas raíces y permitir que crezca en cada uno de nosotros la verdad, la luz, la vida y la paz. Es tarea de toda la vida. El Señor nos guía con el Espíritu derramado en nuestros corazones. Pidámosle que nos ilumine con su Luz, para que no nos cerremos en los criterios de nuestra justicia legalista y farisaica, sino que nos abramos a responder a los llamados de su amor y su misericordia.  Pidámosle nos conceda responder con generosidad a sus invitaciones como respondió María, para que así crezca en nosotros su Gracia y su Luz. Que nuestra Madre nos haga sentir esa luz que ilumine nuestras vidas y nos abra a la Vida y la felicidad verdaderas.  Amén.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

2020.9.16 - La propuesta de Jesús desde el Dios que es amor, misericordioso, incondicional, eterno, personal y compasivo resultó totalmente escandalosa para los instalados de la época en el poder religioso-político.

2020.9.16 - La propuesta de Jesús desde el Dios que es amor, misericordioso, incondicional, eterno, personal y compasivo resultó totalmente escandalosa para los instalados de la época en el poder religioso-político. Un Dios que nos ama como un Padre, con entrañas misericordiosas de Madre, que llama dichosos a los pobres, porque se hace uno de ellos; que come con pecadores públicos y pone en primer lugar a las mujeres, los niños y niñas, y las prostitutas, ciertamente trastoca toda la estructura conceptual elaborada en torno al Dios totalmente inaccesible e inalcanzable. 

Jesús viene a revelarnos la locura de Dios desde la cercanía con nuestra humanidad y el amor que pone cuando se acerca a los enfermos para sanarlos, cuando habla a los endemoniados para liberarlos, cuando levanta al desvalido para incorporarlo a la comunidad, cuando cura las heridas de los marginados y excluidos para devolverles su dignidad humana, cuando sale en busca de la oveja perdida para traerla al redil junto al Buen Pastor. Todo esto es posible en él, solo desde el amor que vive en su cercanía con Dios su Padre y con sus hermanas y hermanos. 

Su estilo de vida se convierte en propuesta para quienes buscan descubrir la verdadera imagen de Dios, pues quien le ve a él también ve a Dios y quien le acoge a él también acoge a Dios. De forma que es camino para quienes quieren encontrarse con el Dios verdadero, asumiendo esa forma de proceder propia de Jesús para con los demás. Es un estilo de vida que solo son capaces de reconocerlo quienes “tienen la sabiduría de Dios”, es decir, para quienes son capaces de descubrir a Dios desde la humanidad plena de Jesús que revela esa cercanía escandalosa que llega hasta el culmen de la cruz. 

San Pablo define ese camino abierto con Jesús desde su cántico al amor sin límites, dándonos a entender como única forma de permanecer en la vida plena desde el amor que podamos expresarnos en nuestra humanidad. Un amor que no tiene límites y que por tanto debe ser lo que marca la existencia humana, lo que imprime vida a nuestras acciones cotidianas. Porque de lo contrario, todo lo que hagamos sin amor no sirve de nada y queda vacío. 

Este amor de Jesús se concreta desde el servicio que se pueda brindar a los demás sin egoísmo ni envidia, sabiendo hacerse servidores por amor; no presume de sí mismo ni se vanagloria de sus cualidades, sino que reconoce todo como un don de Dios y por tanto, llamados a ponerlo al servicio de quien lo necesite; no es grosero ni egoísta, no ese irrita ni guarda rencor, busca la paz que brota del corazón agradecido y profundamente amado, por eso es capaz ante todo de perdonar y acoger a los hermanos de vuelta a la casa paterna; es un amor que se consolidad desde la verdad y la justicia entre las hermanas y hermanos, y por eso, es capaz de disculparlo todo, pero también de rechazar toda falsa piedad y conformismo que lleve a tolerar la injusticia y la violencia, desde el silencio cómplice. Es un amor que lo espera todo, lo disculpa todo, lo cree todo y que lo ama todo. Es un amor que proviene de la cercanía con Dios desde nuestra humanidad, porque es capaz de descubrirlo revelado desde la humanidad de quienes viven a su alrededor, sus prójimos, próximos. 

Este es el camino que nos invita Jesús a asumir y seguir en nuestras vidas, capaz de construir comunidades de fe, esperanza y amor, pero por encima de todo, son las que brotan del amor que se parte y se comparte en la vida cotidiana; que nos hace salir del miedo y del encerramiento; que traspasa las barreras del virus y desde esa ayuda mutua con todas y todos logra la cercanía y la convivencia pacífica, y también alegría del encuentro. Se convierte en reto cotidiano para todas las cristianas y cristianos que queremos ser verdaderos seguidores y seguidoras, discípulas y discípulos amados del Dios humanado en Jesús de Nazaret.

martes, 15 de septiembre de 2020

2020.9.15 - María, la madre de Jesús y de María Magdalena al pie de la cruz, y cómo Jesús las invita a formar una comunidad, una nueva familia, la suya.


2020.9.15 - Hoy la Iglesia nos propone celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores. En Centroamérica celebramos hoy el día de la independencia. La liturgia propone el texto de la carta a los Hebreos (Hb 5,7-9) en el que se nos dice que Jesús aprendió a obedecer padeciendo. El evangelio de Juan (Jn 19,25-27) nos narra la presencia de María, la madre de Jesús y de María Magdalena al pie de la cruz, y cómo Jesús las invita a formar una comunidad, una nueva familia, la suya.

A pesar de estar Palestina en tiempos de Jesús ocupada por los romanos, la propuesta de liberación de Jesús parece estar centrada en la experiencia de una comunidad alternativa cuyo gran símbolo es la eucaristía, la mesa abierta, la comida compartida, la entrega agradecida, “la cena que recrea y enamora”. La comunidad que propone Jesús es una comunidad abierta a todas y todos. Una comunidad inclusiva. Una comunidad sentada en torno a una mesa redonda, donde no hay cabeceras porque todas y todos son igualmente importantes.

La comunidad que propone Jesús es la que se reúne en torno a una comida compartida. Todas y todos aportan lo que tienen y toman de lo aportado por las y los demás. Es una mesa donde hay abundancia porque nadie guarda para sí lo suyo, sino que lo comparte. Y cuando se comparte, no solo alcanza, sino que sobra.

La comunidad que propone Jesús tiene como su fundamento la entrega agradecida. Así, lo que se comparte no solo es la comida, sino la vida misma, se comparte lo que se es y se tiene. Y esto no por miedo a algún castigo, ni por interés de una recompensa, sino por pura gratitud, por haber reconocido tanto bien recibido. No se puede entregar lo que no se tiene, y por eso, solo quien agradece todo, con nombre y apellido, puede entregarlo todo, también con nombre y apellido.

La comunidad que propone Jesús es la de “la cena que recrea y enamora” como la llama san Juan de la Cruz. Es una comunidad que nos re-crea, que nos renueva y que crea vínculos de amor entre sus participantes.

Supongamos por un momento como proponen algunos exegetas que el discípulo amado es María Magdalena, la compañera amada. Suponiendo que esto fuera así, la comunidad que propone Jesús es una comunidad en la que la iniciativa parecieran tenerla las mujeres porque ellas fueron las que lo acompañaron al pie de la cruz y en sepulcro, convirtiéndose entonces también en las primeras testigos de su resurrección.

Esta experiencia de comunidad es la que Jesús propone como puerta de entrada a la vivencia del reinado de Dios. Hoy, 199 años después de la independencia de España, la propuesta hecha por Jesús hace 2,000 años sigue teniendo toda la vigencia de entonces. La crisis que estamos viviendo hoy no se debe de ninguna manera a la presencia del Covid19 en nuestras vidas, sino a la manera de tratarlo desde políticas nacionales y mundiales basadas en el miedo y generadoras de desconfianza, aislamiento, reclusión, desmovilización, discriminación, de insolidaridad que ponen toda la esperanza en una millonaria vacuna. Independizarnos hoy significa liberarnos del miedo que nos han infundido quienes nos han tenido secuestradas y aislados en nuestras propias casas inspirando desconfianza de las demás personas y separándonos de ellas, e induciéndonos a confiar solo en nuestros mismos secuestradores y en la vacuna que nos proponen. Y el camino para lograr dicha independencia, ayer como hoy, sigue siendo la creación de comunidades como las que creó Jesús, comunidades eucarísticas, incluyentes, de compartir agradecido, de entrega generosa, de iniciativa femenina. Esto es, pues, comunidades donde nos sanemos con tratamientos sencillos y eficaces y donde nos acerquemos las unas a los otros, dialoguemos, nos dejemos conmover, nos tendamos la mano y nos la dejemos estrechar construyendo desde nosotras y nosotros mismos, desde nuestras familias y vecindades, y desde ahora, la sociedad independiente con la que soñamos. Y todo esto en compañía de María, Nuestra Señora de los Dolores, pero también de la Esperanza, y de la otra María, la compañera amada de Jesús.

lunes, 14 de septiembre de 2020

2020.9.14 - Es interesante recordar que los judíos consideraban a los romanos como enemigos, que habían invadido Israel, lo tenían dominado, y lo explotaban cobrando impuestos.

2020.9.14 - Homilia Lc.7,5 Es un hombre bueno y quiere a nuestro pueblo.           

   El cap. 7 de Lc. nos narra el pasaje del jefe militar romano de Cafarnaún. Y Jesús nos lo propone como ejemplo de un hombre de Fe. Es interesante recordar que los judíos consideraban a los romanos como enemigos, que habían invadido Israel, lo tenían dominado, y lo explotaban cobrando impuestos. Además, eran paganos, no conocían la Biblia ni les importaba y despreciaban los mandamientos y preceptos sagrados. Los judíos despreciaban a los romanos y a veces organizaban guerrillas para intentar liberarse de ellos. Y los romanos, a su vez, despreciaban a los judíos y los trataban de modo duro y cruel. Y mantenían su dominación por medio de su ejército, que con frecuencia aplicaba la pena de muerte y hasta la crucifixión ante cualquier rebeldía o desobediencia. Judíos y romanos se odiaban y despreciaban mutuamente.

    Pero Lc. nos muestra que entre los romanos también podía haber gente buena. De hecho, de este hombre, que era jefe militar, nos dice que era un hombre bueno y que quería al pueblo, que trataba bien a sus servidores y se preocupaba por ellos. Y no sólo eso, sino que hasta había ayudado a construir la sinagoga. Y tenía amigos entre los judíos sinceros. Son signos de fe verdadera. Y aunque oficialmente era pagano, Jesús lo elogia como hombre de Fe auténtica y nos lo propone como ejemplo. Es un modo muy claro de decirnos  que la Fe verdadera se muestra especialmente en el comportamiento hacia los débiles y los oprimidos.

    Dios es Amor, y sólo Amor, y el que ama conoce a Dios, dice S. Jn. Este hombre seguramente no conocía mucho de la Biblia ni de los múltiples preceptos de la Ley, ni participaba de los cultos ni ritos judíos. Pero se interesaba por los pobres y marginados y desde su posición de autoridad y poder, actuaba con justicia y respeto por los demás, especialmente por el pueblo pobre y marginado. Y no pide un favor para sí mismo, sino para otro, para un hombre despreciado y marginado. Su interés por el sirviente enfermo así lo manifiesta. En su petición no hay egoísmo ninguno. Y ayudaba con sentido, eficacia y responsabilidad en favor del bien común. La autoridad y la ley son necesarias para mantener el orden y la paz, pero han de aplicarse con sentido de justicia y de amor por los más débiles y necesitados de ayuda y protección. Y este hombre así lo hacía. Por eso Jesús lo propone como ejemplo.  

    Además, este hombre, aunque romano y militar, sentía y actuaba con gran respeto hacia los judíos y sus leyes y costumbres. Por eso no se atreve a ir directamente a Jesús y busca el apoyo de judíos respetables para solicitar la ayuda de Jesús. Se siente necesitado de su ayuda, mostrando así su sincera humildad. Y se siente servidor del bien común contrastando con el modo de actuar de muchas autoridades y poderes públicos, que utilizan su posición para sacar provecho o beneficio personal, dejándose corromper por su codicia y sus intereses propios.  

    Y también muestra su atención y gentileza con Jesús. Sabiendo que para un judío devoto entrar en casa de un pagano significaba una falta a la Ley y un acto de impureza religiosa, el oficial le envía un recado a Jesús para evitarle esa molestia. Y muestra su sincera y profunda Fe diciéndole: Basta con que digas una sola palabra y mi servidor sanará. Es una petición llena de confianza, respeto y amor.

    La oración del oficial romano nos enseña cómo debe ser nuestra oración:

Ha de hacerse desde una vida buena, honesta y responsable, haciendo la voluntad de Dios.

Ha de estar libre de egoísmos, de buscar mi interés propio.

Debe hacerse en unión con otros, en comunidad de compartir agradecido.

Ha de ser humilde, sincera, sencilla.

Y llena de confianza en Dios, que es Amor y sólo Amor y que siempre lo que más desea es el bien de cada uno de nosotros.

Este hombre había oído hablar de Jesús, de lo que Jesús hacía y de lo que anunciaba. Alguien le habría hablado de ello. Y él había creído. ¡Es tan importante que unos a otros nos anunciemos a Jesús!

    Jesús nos decía “pidan y recibirán, busquen y hallarán, toquen a la puerta y les abrirán”. Y nos propone este ejemplo del oficial romano de Cafarnaún. Aprendamos de él para que así avancemos en nuestro conocimiento del inmenso Amor y Misericordia con que el Señor nos va guiando en nuestras vidas. Que María, que lo experimentó durante toda su vida, nos ayude a seguir su ejemplo. Amén.

domingo, 13 de septiembre de 2020

2020.9.13 - Ahora, ¿qué significa perdonar? Perdonar significa dos cosas, por lo menos.



2020.9.13 - El tema de la primera lectura (Ecle 27,33-28,9) y del evangelio (Mt 18,21-35) de hoy es el perdón. En el libro del Eclesiástico se nos dice que perdonando a quien nos ofende obtenemos perdón de Dios. Y sentencia: del vengativo se vengará el Señor. En el evangelio de Mateo, Pedro le pregunta a Jesús cuántas veces debe de perdonar, ¿hasta siete? Jesús le responde que 70 veces siete. Y luego cuenta una parábola de un hombre que, aunque le había sido perdonada una gran deuda fue incapaz de perdonar una deuda muy pequeña a otro compañero.

Ambas lecturas relacionan nuestra capacidad de perdonar con Dios, solo que de maneras muy diversas. La lectura del Eclesiástico dice que tenemos que perdonar si queremos ser perdonados por Dios. Y saca la consecuencia: del vengativo se venga Dios. Según Eclesiástico Dios nos trata como tratamos a las y los demás. El evangelio de Mateo en cambio, pone nuestra capacidad de perdonar a quienes nos ofenden en función de la experiencia del perdón de Dios. Ahora, en la parábola el rey, éste solo perdona una vez, la segunda vez lo entrega a los verdugos hasta que pague la deuda. Esto pareciera indicar que Dios perdonaría una vez, y que, si el hombre no hace lo mismo, Dios va a vengarse de él. Con todo, por el contexto, resulta claro que éste no es el caso, porque si Jesús invita a perdonar 70 veces siete, Dios no hace otra cosa. Así, el evangelio nos deja claras tres cosas: que la iniciativa del perdón la tiene siempre Dios, que Dios perdona siempre, y que eso nos hace capaces de hacer lo mismo. Dicho de manera negativa, quien no perdona no ha experimentado el perdón de Dios.

Ahora, ¿qué significa perdonar? Perdonar significa dos cosas, por lo menos. La primera, no negarle a nadie la pertenencia a la familia de Dios en virtud de sus actos. Pongamos un ejemplo. Un hijo, puede hacer cosas “buenas” y cosas “malas”, pero su pertenencia a la familia no depende de sus actos, sino de la sangre que corre por sus venas. Perdonar significa en este sentido reconocer que todas y todos pertenecen, independientemente de sus obras, a la familia de Dios, que todas y todos somos hijas e hijos de Dios, hermanas y hermanos unas de otros, hagamos lo que hagamos. O con palabras de Pablo, que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios revelado en Jesús (Rom 8,38-39).

Perdonar significa, en segundo lugar, desatarse. Y es que la ofensa, establece un vínculo entre la persona que ofende y la ofendida. De este vínculo nos habla Eclesiástico cuando menciona la cólera, el rencor, la venganza. Estas emociones no hacen sino vincular a la persona ofendida a la persona que la ofendió. Este tipo de vínculo es perjudicial para la persona ofendida. Eclesiástico lo relaciona con la salud. La cólera, el rencor, la venganza enferman a las personas que las padecen. A la raíz de muchas enfermedades frecuentemente hay experiencias de faltas de perdón. Así, cuando nos negamos a perdonar lo que estamos diciendo es que el vínculo con esa persona es fundamental en nuestra vida, que sin dicho vínculo no podemos vivir. Por eso, para lograrnos desatar es fundamental honrar a la persona que nos ofendió. Solo honrándola vamos a podernos desatar de ella. Y esto nos lleva de nuevo al primer punto, honrar significa reconocer que pertenece, que pertenecemos, que nos une un vínculo de amor, y esto, porque nuestro creador nos ama, porque él es amor y solo amor.

Así, la invitación que nos hace Jesús hoy es a reconocer que, hagamos lo que hagamos, pertenecemos, porque nuestra pertenencia no la determinamos nosotras ni nosotros mismos, sino Dios, y que, por tanto, nos hagan lo que nos hagan, también las personas que nos ofenden pertenecen, que pertenecemos, que estamos unidas y unidos por un vínculo de amor, y que por tanto, un vínculo de cólera, rencor y venganza no hace sino dañarnos, enfermarnos, empañar nuestra experiencia de ser hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, hermanas y hermanos unas de otros.

Gracias, Padre, por perdonarnos 70 veces siete, por mostrarnos que todas y todos pertenecemos, que nada ni nadie nos pueden separar de tu amor.

sábado, 12 de septiembre de 2020

2020.9.12 - Ser o no ser, ese es el dilema en la vida del ser humano, en el que se debaten las personas por lograr una congruencia que les permita autenticidad y plenitud en la existencia.

2020.9.12 - Ser o no ser, ese es el dilema en la vida del ser humano, en el que se debaten las personas por lograr una congruencia que les permita autenticidad y plenitud en la existencia. Sin embargo, no siempre se logra ni se vive de esa manera, provocando grandes vacíos en el ser humano y la ruptura con el proyecto de salvación de Dios, expresado en un estilo de vida alejado totalmente de la realidad.

Para Jesús está claro, o “se es” y entonces se vive tal cual, logrando dar un vuelco a la existencia y llenando todas las expresiones de la vida en abundancia que brota de Dios, del encuentro con la experiencia de su amor desbordante que nos lleva a querer compartirlo con los demás, y de esa manera dar frutos edificantes a nivel personal y comunitario. O, por el contrario, “no se es”, y la vida será una falsa ilusión, disfrazada de una máscara y con una existencia totalmente alienada de la cual no será posible sacar frutos que permanezcan y ni que den vida a nada.

La respuesta que podamos dar a cada situación depende de una opción totalmente en libertad desde la cual decidimos realizarnos plenamente en ese proyecto humanizante de Dios, vivido concretamente en la persona de Jesús de Nazaret y propuesto como estilo de vida para quienes deseen hacer vida en ellos su forma de proceder. Ellas y ellos serán como un árbol que da frutos buenos, habiendo una coherencia de vida entre lo que se dice y lo que se hace, porque de la abundancia del corazón hablará la boca. Jesús nos invita a reflexionar cuáles son nuestros diálogos, si nuestras palabras son expresión de lo bueno que hay en nuestro interior, sabiendo dar ánimo y consuelo a los necesitados en esta crisis, curando las heridas de quienes han sido dejados maltratados y marginados en las orillas de la exclusión, proponiendo caminos de liberación y desarrollo inclusivo y respetuoso de las diferencias. 

O por el contrario, son nuestras palabras el reflejo de una discrepancia interna, producto del rechazo que hacemos del proyecto de Dios y sobre todo de la falta de una experiencia primera del amor. Desanimando, rechazando, discriminando o violentando a quienes sufren a nuestro alrededor. 

Para lograr construir una vida profunda y coherente, Jesús nos invita a fundar unas bases sólidas desde la escucha de su Palabra que se hace vida en su ejemplo de amor y misericordia, escuchar y hacer lo que él nos dice. Eso permite dotar de sentido a la existencia y poder enfrentar de esa manera los embates y situaciones que puedan buscar socavar la fe y la esperanza en el ser humano. Además, nos sensibiliza ante el dolor humano, dejándonos conmover por ello y siendo capaces de acercarnos a quien nos necesite. 

De lo contrario, negarnos a la escucha de la Palabra y hacer caso omiso de ella sería seguir construyendo nuestras vidas y nuestra sociedad desde la falsedad de relaciones humanas vacías, fundadas en el miedo, en la desconfianza, en el irrespeto por la dignidad humana, en la destrucción de la vida desde todas sus expresiones, promoviendo los atropellos, la corrupción y la impunidad presentes hoy en día, permaneciendo en el silencio cómplice frente a todos los desórdenes. Una sociedad así caería fácilmente, como lo hemos visto en medio de esta crisis, cediendo a intereses egoístas que ponen el dinero por encima de la vida humana, negando la salud a seres humanos, manipulando cifras e información para fomentar el miedo generalizado, despilfarrando los recursos destinados para las grandes mayorías pobres, asumiendo una actitud indiferente ante todos esos atropellos.

“Cada árbol se conoce por sus frutos”. Miremos nuestra vida cotidiana y examinemos si nuestras obras dan gloria a Dios desde la cercanía que tenemos con él en nuestras hermanas y hermanos, o si nos alejan del Dios hecho humano en nuestros prójimas y prójimos.