Navidad
Yoro – 2020.12.25
Hoy es Navidad. Hoy celebramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el Salvador, el Emmanuel.
Dios es amor (1Jn 4,8) y solo amor. Y esto es Jesús quien nos lo ha explicado con su vida y muerte: “A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación” (Jn 1,18).
Jesús nos ha mostrado el amor de Dios. Así, en su concepción Dios se muestra como dialogante, le propone a María ser madre de Jesús, jamás se lo impone. Aquí Dios nos muestra que depende del “sí” de María para realizar su designio (Lc 1,38).
En el nacimiento, la señal que los ángeles les dan a los pastores para reconocer a Jesús, el salvador es que encontrarán “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Dios envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre. Dios en nuestras manos, dependiendo totalmente de María y José, de la acogida que le den.
Durante su vida Jesús muestra a Dios como un buen samaritano que se hace cercano, dialoga, se deja conmover, tiende la mano y se la deja estrechar (Lc 10,30-37; Mc 1,40-45).
La visión de la gloria para el evangelio de Juan es Jesús crucificado de cuyo costado atravesado brotan sangre y agua (Jn 19,34). El Dios, crucificado y traspasado, del que brotan sangre apasionada y agua de vida.
Podríamos continuar presentando más “misterios” de la vida de Jesús. Todos son íconos del amor de Dios. Eso es lo que Jesús nos muestra como Emmanuel, como Dios con nosotras y nosotros.
La obra de este Dios y de su amor es que es capaz de suscitar nuestro amor. La traducción del Nuevo Testamento de Juan Mateos muestra claramente este dinamismo: “La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor” (Jn 1,16). Y esto es la experiencia del Espíritu Santo, la experiencia de Su amor que despierta el nuestro, la experiencia de nuestro amor que responde al Suyo.
La manera de salvarnos de nuestros pecados que tiene el Dios que se nos revela en Jesús no es arrancándonoslos, sino colmándonos de su amor hasta que ya no hay lugar para ellos.
Así, Jesús, el Dios con nosotras y nosotros, es el camino al Dios en nosotras y nosotros, cuando colmadas y colmados de su amor se haya despertado el nuestro. Y entonces también nosotras y nosotros nos convertiremos en íconos del amor de Dios, también nosotros nos reconoceremos como hijas e hijos entrañablemente amados de Dios porque amaremos como Él (Jn 1,12-13; Jn 15,12).
Hoy a ese Dios vulnerable lo encontramos en nuestras hermanas y hermanos contagiadas, albergados, a la intemperie. Ahora, como entonces, Dios sigue estando envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre, y, ahora como entonces, necesita que le demos calor.
¡Feliz Navidad!


