jueves, 24 de diciembre de 2020

2020.12.25 - Hoy es Navidad. Hoy celebramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el Salvador, el Emmanuel.

                       

Navidad

Yoro – 2020.12.25


    Hoy es Navidad. Hoy celebramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el Salvador, el Emmanuel.

    Dios es amor (1Jn 4,8) y solo amor. Y esto es Jesús quien nos lo ha explicado con su vida y muerte: “A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación” (Jn 1,18).

    Jesús nos ha mostrado el amor de Dios. Así, en su concepción Dios se muestra como dialogante, le propone a María ser madre de Jesús, jamás se lo impone. Aquí Dios nos muestra que depende del “sí” de María para realizar su designio (Lc 1,38).

    En el nacimiento, la señal que los ángeles les dan a los pastores para reconocer a Jesús, el salvador es que encontrarán “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Dios envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre. Dios en nuestras manos, dependiendo totalmente de María y José, de la acogida que le den.

    Durante su vida Jesús muestra a Dios como un buen samaritano que se hace cercano, dialoga, se deja conmover, tiende la mano y se la deja estrechar (Lc 10,30-37; Mc 1,40-45).

    La visión de la gloria para el evangelio de Juan es Jesús crucificado de cuyo costado atravesado brotan sangre y agua (Jn 19,34). El Dios, crucificado y traspasado, del que brotan sangre apasionada y agua de vida.

    Podríamos continuar presentando más “misterios” de la vida de Jesús. Todos son íconos del amor de Dios. Eso es lo que Jesús nos muestra como Emmanuel, como Dios con nosotras y nosotros.

    La obra de este Dios y de su amor es que es capaz de suscitar nuestro amor. La traducción del Nuevo Testamento de Juan Mateos muestra claramente este dinamismo: “La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor” (Jn 1,16). Y esto es la experiencia del Espíritu Santo, la experiencia de Su amor que despierta el nuestro, la experiencia de nuestro amor que responde al Suyo.

    La manera de salvarnos de nuestros pecados que tiene el Dios que se nos revela en Jesús no es arrancándonoslos, sino colmándonos de su amor hasta que ya no hay lugar para ellos.

    Así, Jesús, el Dios con nosotras y nosotros, es el camino al Dios en nosotras y nosotros, cuando colmadas y colmados de su amor se haya despertado el nuestro. Y entonces también nosotras y nosotros nos convertiremos en íconos del amor de Dios, también nosotros nos reconoceremos como hijas e hijos entrañablemente amados de Dios porque amaremos como Él (Jn 1,12-13; Jn 15,12).

    Hoy a ese Dios vulnerable lo encontramos en nuestras hermanas y hermanos contagiadas, albergados, a la intemperie. Ahora, como entonces, Dios sigue estando envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre, y, ahora como entonces, necesita que le demos calor.


    ¡Feliz Navidad!

domingo, 20 de diciembre de 2020

2020.12.20 - La promesa parece ser para el pueblo de Israel: el niño que va a nacer recibirá el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob.

 


2020.12.20 - Hoy estamos celebrando el 4º domingo de adviento. Las lecturas de este domingo nos permiten por un lado apreciar cómo la salvación que ofrece el Dios que se nos revela en Jesús es cada vez más universal, al tiempo que nos muestra en qué consiste dicha salvación.

En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 7,1-5.8-12.14.16) que escuchamos la promesa de salvación se le hace a David. Dios le promete por medio de Natán que le va a edificar una dinastía. En el evangelio de Lucas (Lc 1,26-38) la promesa parece ser para el pueblo de Israel: el niño que va a nacer recibirá el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob. En la Carta a los romanos (Rm 16-25-27) Pablo habla de la revelación del misterio para todas naciones. Así, queda claro que la salvación ofrecida por Dios es cada vez más universal.

¿En qué consiste esta “salvación”? Encontramos una respuesta en el anuncio del nacimiento de Jesús comparándolo con el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista. El nacimiento del Bautista se le hace a un varón, mayor, sacerdote, en el templo, en la capital Jerusalén, ejerciendo su función sacerdotal, desposado con una mujer de linaje sacerdotal. En cambio, el anuncio del nacimiento de Jesús se le hace a una mujer, jovencita, realizadora de oficios domésticos, en su casa, en un pueblo de mala fama nunca mencionado en el Antiguo Testamento, realizando sus oficios domésticos.

Una primera conclusión a la que podemos llegar es que, si la salvación ha de ser tal, ha de ser incluyente. La salvación que nos ofrece el Dios que se nos revela en Jesús es incluyente. Una salvación excluyente dejaría de ser salvación.

Dicho esto, podemos preguntarnos en qué consiste más concretamente la “salvación”. La escena de Gabriel con María lo ilustra bellamente. En primer lugar, se trata de un diálogo. Dios propone, jamás impone. La propuesta que le hace a María es ser madre de Jesús. María responde aceptando la propuesta de Gabriel. Así engendra, por obra del Espíritu Santo, al hijo de Dios.

La “salvación” consiste en el caso de María, en decirle sí a su embarazo, en reconocer en el fruto de sus entrañas, al Hijo de Dios. La “salvación” consiste, pues, en responder con amor al amor de Dios fruto de un diálogo, la “salvación” consiste en una entrega libre y generosa con la que se corresponde a la entrega de quien nos amó primero.

Esta “salvación” está abierta a todas y todos. Solo hace falta que reconozcamos y agradezcamos todos los dones con los que Dios constantemente nos colma para que “enteramente reconociendo tanto bien recibido, podamos en todo amar y servir”.

En esta Navidad que estamos prontos a celebrar, y que está marcada por el Covid19, Eta y Iota esto significa escuchar la necesidad de nuestras hermanas y hermanos contagiados y damnificados, confiando en la confianza que Dios ha depositado en nosotras y nosotros, sus hijas e hijos entrañablemente amados, y entonces acercarnos, dialogar, dejarnos conmover, tendernos las manos y dejárnoslas estrechar, construyendo desde nosotras y nosotros, desde aquí y desde ahora, la sociedad que nos ha sido prometida y con la que soñamos.

domingo, 6 de diciembre de 2020

2020.12.06 - Lo que afirma Juan Bautista que caracteriza a Jesús es que bautiza con Espíritu Santo.

2020.12.06 - En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 40,1-5.9-11) Dios llama a consolar a su pueblo porque el pueblo ya ha satisfecho por sus iniquidades, porque ya ha recibido castigo doble por todos sus pecados. Además, se invita a preparar el camino del Señor.

En la segunda carta de Pedro (2Pe 3,8-14) se nos habla del día del Señor tratando de explicar su aparente retraso y describiendo su llegada afirmando que desaparecerán los cielos consumidos por el fuego y se derretirán los elementos. De ahí surgirán un cielo nuevo y una tierra nueva.

En el evangelio de Marcos (Mc 1,1-8) se retoma el tema de la preparación del camino del Señor. Se presenta a Juan como preparando el camino a Jesús. Mientras que Juan bautiza con agua, Jesús lo hará con Espíritu Santo.

Cuando escuchamos la esperanza en una segunda venida de Jesús, la pregunta que surge espontánea es: ¿y no bastó con la primera? Además, pareciera que estará marcada por poder. Comencemos examinando esto segundo.

De Jesús se nos dice que nació en un establo, y la señal que los ángeles les dieron a los pastores para reconocerlo fue: “encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Si vemos a su muerte, murió como un maldito colgado de un madero (Dt 21,23). Durante su vida renunció a que lo proclamaran rey después de la comida compartida y abundante (Jn 6,15) y advierte expresamente a sus discípulos que entre ellos no ha de ser como entre los que gobiernan las naciones proponiendo el servicio como último a las y los últimos como nuevo modelo (Mc 10,43-45).

Jesús, pues, en su primera venida no llegó con “poder”. Si no lo hizo en la primera, pareciera poco probable que lo haga en la segunda. Lo que sí es claro, es que muchos no lo reconocieron en la primera venida como hijo de Dios porque él no pasaba de reconocerse como hijo del hombre, como un hijo de vecino.

Lo que afirma Juan Bautista que caracteriza a Jesús es que bautiza con Espíritu Santo. ¿Qué significa esto? Jesús es el dador del Espíritu. Según el evangelio de Juan, lo hace en la cruz, en su muerte, ahí entrega el Espíritu (Jn 19,30). La visión de la gloria posterior, cuando del costado traspasado de Jesús brotan sangre y agua (Jn 19,34) no hace sino confirmar esto. Y el Espíritu es la experiencia de un amor que nos permite responder con amor al amor de Dios (Jn 1,16). De ahí el mandamiento de Jesús de amarnos las unas a los otros como él nos ha amado (Jn 15,12). Ahora, por su propia naturaleza, el amor no es algo que se puede imponer ni exigir. El amor solo se puede dar, esperando que despierte amor en quien lo recibe.

Mientras sigamos esperando la llegada de Jesús con poder, no nos quedará más que seguir esperando, porque ese Jesús no ha venido y no tiene visos de venir. En cambio, si recocemos que ya vino porque hemos sentido cómo su amor ha despertado el nuestro ya no buscaremos seguirle preparando el camino, sino que lo acompañaremos en su camino.