En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 7,1-5.8-12.14.16) que escuchamos la promesa de salvación se le hace a David. Dios le promete por medio de Natán que le va a edificar una dinastía. En el evangelio de Lucas (Lc 1,26-38) la promesa parece ser para el pueblo de Israel: el niño que va a nacer recibirá el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob. En la Carta a los romanos (Rm 16-25-27) Pablo habla de la revelación del misterio para todas naciones. Así, queda claro que la salvación ofrecida por Dios es cada vez más universal.
¿En qué consiste esta “salvación”? Encontramos una respuesta en el anuncio del nacimiento de Jesús comparándolo con el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista. El nacimiento del Bautista se le hace a un varón, mayor, sacerdote, en el templo, en la capital Jerusalén, ejerciendo su función sacerdotal, desposado con una mujer de linaje sacerdotal. En cambio, el anuncio del nacimiento de Jesús se le hace a una mujer, jovencita, realizadora de oficios domésticos, en su casa, en un pueblo de mala fama nunca mencionado en el Antiguo Testamento, realizando sus oficios domésticos.
Una primera conclusión a la que podemos llegar es que, si la salvación ha de ser tal, ha de ser incluyente. La salvación que nos ofrece el Dios que se nos revela en Jesús es incluyente. Una salvación excluyente dejaría de ser salvación.
Dicho esto, podemos preguntarnos en qué consiste más concretamente la “salvación”. La escena de Gabriel con María lo ilustra bellamente. En primer lugar, se trata de un diálogo. Dios propone, jamás impone. La propuesta que le hace a María es ser madre de Jesús. María responde aceptando la propuesta de Gabriel. Así engendra, por obra del Espíritu Santo, al hijo de Dios.
La “salvación” consiste en el caso de María, en decirle sí a su embarazo, en reconocer en el fruto de sus entrañas, al Hijo de Dios. La “salvación” consiste, pues, en responder con amor al amor de Dios fruto de un diálogo, la “salvación” consiste en una entrega libre y generosa con la que se corresponde a la entrega de quien nos amó primero.
Esta “salvación” está abierta a todas y todos. Solo hace falta que reconozcamos y agradezcamos todos los dones con los que Dios constantemente nos colma para que “enteramente reconociendo tanto bien recibido, podamos en todo amar y servir”.
En esta Navidad que estamos prontos a celebrar, y que está marcada por el Covid19, Eta y Iota esto significa escuchar la necesidad de nuestras hermanas y hermanos contagiados y damnificados, confiando en la confianza que Dios ha depositado en nosotras y nosotros, sus hijas e hijos entrañablemente amados, y entonces acercarnos, dialogar, dejarnos conmover, tendernos las manos y dejárnoslas estrechar, construyendo desde nosotras y nosotros, desde aquí y desde ahora, la sociedad que nos ha sido prometida y con la que soñamos.

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