martes, 30 de junio de 2020

2020.6.30 - En el evangelio de Mateo (Mt 8,23-27) se nos relata como los discípulos despiertan a Jesús asustados en medio de una tormenta. Jesús les hace caer en la cuenta de su miedo y los invita a tener fe. Sobreviene la calma.


La tormenta que experimentaron los discípulos en la barca nos remite a la crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo. Como ellos, también nosotras y nosotros tenemos miedo. Tenemos miedo a contagiarnos, y esto porque creemos falsamente que contagiarnos es morirnos. Las estadísticas que nos presentan día a día sobre el aumento de los contagios aumentan nuestro miedo. Les tenemos miedo a las personas contagiadas, y por eso las sometemos a una brutal discriminación social. Le tenemos miedo a los hospitales, porque creemos que ahí nos van a contagiar. Les tenemos miedo a las brigadas médicas, escondemos a nuestras hijas e hijos, y, a veces, hasta los insultamos, amenazamos y les cerramos el paso. Nos tenemos miedo las unas a los otros porque vemos en las y los otros fuentes de contagio potenciales. Nos sentimos indefensas e indefensos frente al Covid19, y además, aisladas, recluidos en nuestras casas, inhabilitadas muchas veces para trabajar, obsesionados por no contagiarnos. Nos da miedo la falta de recursos económicos provocada por el desempleo y el descenso de las remesas familiares. Para colmo de males, la política de distanciamiento social no ha hecho sino reforzar y profundizar una desconfianza cultivada durante años por las altas tasas de criminalidad, corrupción e impunidad. Y aunque reconocemos la corrupción descarada que ha campeado durante esta crisis, y los efectos desastrosos del manejo que se ha hecho de ella, tenemos miedo a ensayar caminos alternativos a los propuestos oficialmente sometiéndonos muchas veces por el miedo mismo a las mismas personas que nos han estado secuestrando ya antes y durante esta crisis.
En este contexto, Jesús nos invita a recuperar la confianza, a tener fe. El Covid19 es una gripe, seria porque puede causar la muerte, pero que tratada a tiempo y con ibuprofeno y antigripal como propone la Dra. María Eugenia Barrientos no causa mayores complicaciones. Jesús nos invita a no perder nuestra humanidad en esta crisis, a ver en la persona contagiada a una hija de Dios necesitada de que le tendamos nuestra mano, tanto apoyándola con alimentos como haciéndole sentir que pertenece, que como hija de Dios es nuestra hermana y que no la vamos a dejar sola, que no la vamos a abandonar, que no la vamos a excluir, que es una de las nuestras y que puede contar con nosotras y nosotros. Así el contagio puede convertirse en una bella oportunidad para ir reconstruyendo la confianza entre nosotras y nosotros, al permitirnos acercarnos, escucharnos, dejarnos conmover y tendernos y estrecharnos las manos, a permitirnos irnos volviendo a hacer prójimas y prójimos unas de otros. Jesús nos invita a perder el miedo aprendiendo a cuidarnos y a cuidar a las y los demás con medidas tan sencillas como: lavarnos las manos; evitar estar tocándonos la cara y metiéndonos los dedos en la boca, nariz y ojos; estornudar y toser tapándonos la boca y nariz con el pliego interno del codo; tratarnos y guardarnos en casa si tenemos síntomas de gripe. Jesús nos invita a recuperar la confianza en nosotras y nosotros mismos, haciéndonos cargo de nuestras propias vidas y cuidando de las ajenas y de nuestra casa común, recuperando la vida familiar, fomentando la solidaridad entre vecinas y vecinos, sirviéndonos en nuestras necesidades, compartiendo en la medida de nuestras posibilidades lo que somos y tenemos, entregándonos libre y generosamente a las tareas que van surgiendo, y todo esto, desde ahora, desde abajo, desde nosotras y nosotros mismos.
Recuperar la paz está en nuestras manos si confiamos que Jesús está en nuestra barca y nos acompaña, que nunca dejamos de estar en las manos amorosas de nuestro Padre-Madre, y que nos ha entregado su Espíritu porque sentimos discreta pero certeramente que desde lo más hondo nuestro se va despertando un amor que responde al Suyo. Así, recuperemos la calma y hagamos que la travesía a través de esta crisis sanitaria, social y económica se convierta en una oportunidad para que se manifieste la gloria de Dios.

lunes, 29 de junio de 2020

2020.6.29 - Homilía. Mt.16,18 Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Cristo fundó una Iglesia | Apologética Católica

               
    Celebramos hoy la fiesta de San Pedro y San Pablo, los dos apóstoles que son el fundamento de la Iglesia. Jesús vino para restaurar el Reinado de Dios en el mundo, que había sido trastornado por el pecado, el mal con el que la familia humana había arruinado la creación. Y para ello quiso necesitar de colaboradores que llevaran a cabo su obra. Y los escogió entre gente común y corriente: un pescador de Galilea y un fariseo de Tarso. Y los puso al frente de la Comunidad de sus seguidores, de la Iglesia.
    Pedro y Pablo son, ante todo, servidores de la Comunidad a ejemplo de Jesús, que no vino a dominar sino a servir. En un servicio que es fundamental: la roca firme que mantiene unida la construcción de la Iglesia. Pedro el primer obispo de Roma, la cabeza de la Iglesia. Pablo el apóstol de los pueblos no judíos, que elaboró las bases teológicas de la catolicidad universal. Jesús pone, al frente de la Iglesia a hombres comunes, no a ángeles, manifestando así la confianza que tiene en nosotros, las personas. Pedro, un hombre de trabajo, no un sacerdote, no un doctor de la ley. Un hombre de carácter, decidido, dispuesto a dar la vida por Jesús, pero también con sus debilidades y flaquezas, que en un momento clave le traicionará. Pero Jesús confía en él después de que Pedro experimenta su fragilidad. Y lo ratifica como Pastor de la Iglesia, para que cuide a sus ovejas, a su rebaño, a la Comunidad. Le comunica el don de gobierno, para que la guíe y la mantenga unida en medio de las dificultades y contrariedades.
    La Iglesia católica es la Comunidad de quienes hemos aceptado el camino del Señor y lo reconocemos como el camino de la Vida. Elegidos por el Señor para seguir el camino de la Fe y experimentar en las debilidades y flaquezas la misericordia del Señor, que de grandes pecadores hace grandes santos. Ser elegido no significa ser privilegiado entre los demás, con poderes y fuerzas especiales para dominar a otros, sino haber experimentado la misericordia del Señor, que de las tinieblas nos saca a la luz, de la tristeza a la alegría, del sufrimiento a la paz, de la muerte a la vida. Ser cristiano supone decidirse a seguir el camino de Jesús experimentando que los problemas y contrariedades de la vida no son desgracias o castigos de Dios a los pecadores, sino caminos para experimentar el amor de Dios y ocasiones de sensibilizarse al dolor de los que sufren y trabajar por ponerles remedio y crecer en amor y misericordia por los demás. De crecer en lo profundo de nuestro corazón haciéndonos misericordiosos como Él lo es y capaces de amar como Él nos ama. Y así hacernos semejantes a Jesús, hermanos unos de otros y verdaderos hijos de Dios, que es puro Amor y misericordia por todos nosotros.
    Al poner a Pedro como roca firme de la Iglesia, Jesús nos hace una promesa: Las fuerzas del mal, nunca la podrán vencer. No por que vaya a ser una institución fuerte y poderosa a los ojos del mundo. Sino porque en ella se mostrará la fuerza salvadora del Señor, la fuerza del Amor, más fuerte que todas las fuerzas del mal y más estable y duradera que todas las fuerzas del mundo.  La Iglesia Católica es la única fundada por Cristo. Existen otras muchas confesiones y sectas fuera de la Iglesia Católica, todas fundadas por hombres, ninguna por el Señor en persona. El Papa, sucesor de Pedro, es puesto por el Señor como obispo de Roma y con la misión de mantener unidas a todas la Iglesias, y de cuidar a los cristianos. Y de orientar a toda la Comunidad eclesial por los caminos de la Fe y la Verdad, para que podamos ser Luz del mundo, como el Señor tanto desea.  
    Ser elegidos por el Señor no significa un privilegio para superar a los demás o tener ciertas prerrogativas, no es favoritismo. Es más bien una misión, un envío a experimentar la fuerza de la Gracia y el Amor del Señor para enfrentar las contrariedades y sufrimientos de la vida. Es decir, va unido a la cruz. Tanto Pedro como Pablo tuvieron que pasar grandes dificultades, pero ahí experimentaron la fuerza y la providencia del Señor, que siempre vela por nosotros. La primera lectura nos relata la liberación milagrosa de Pedro cuando estaba preso en la cárcel para ser ejecutado. Y que sirvió para fortalecerle en la Fe, y no sólo a él, sino a toda la Iglesia. Pablo habla también de las grandes tribulaciones y sufrimientos por los que tuvo que pasar y de cómo en todos ellos salió fortalecido. Las dificultades y contrariedades de la vida son necesarias para crecer en la Fe. Lo fueron para Pedro y Pablo y lo son también para nosotros. Cuando se miran a la luz de la Fe y acompañados en la Comunidad, no son una desgracia, como parecen, sino lo contrario, una oportunidad para crecer en gracia, en sabiduría, en humildad, en humanidad.
    Pidámosle al Señor esta gracia en la crisis que estamos viviendo, para que así podamos ser luz y paz para tantos que en este tiempo se sienten temerosos y aterrorizados. Que nuestra esperanza, basada en la Fe que nos anima nos ayude a todos a salir adelante. Que nuestra Madre María, junto con Pedro y Pablo nos hagan sentir su compañía y su presencia protectora y vivificadora. Amén

domingo, 28 de junio de 2020

200628 Mt.10,39 Quien sacrifique su vida por mí, la salvará                                            


    En el capítulo 10 de Mt., después de animar a sus seguidores a no dejarse dominar por el miedo, Jesús nos indica el camino de la vida verdadera, el camino de la entrega y el sacrificio por amor. Y nos asegura que el que lo siga, disfrutará de esa vida para siempre.  Jesús nunca nos promete una vida cómoda, fácil, sin problemas, sino lo contrario, nos indica que el seguirlo a Él será motivo de contradicciones y dificultades.
    En el v. 37 nos dice: “Quien ame a su padre, a su madre o a sus hijos más que a mí, no es digno de mí”. El amor a la propia familia es uno de los valores más elevados que podemos tener. En toda la Biblia aparece así y Jesús mismo nos lo propone. Para muchos es el valor supremo. Por amor a los seres más queridos, los padres, los esposos, los hijos, siempre y en todas las culturas, se han hecho y se hacen grandes sacrificios, grandes trabajos, grandes proyectos. ¡Cuántos sacrificios no hacen las madres y los padres por sus hijos!, ¡cuántos trabajos, cuántos esfuerzos! ¡Cuánto amor se muestra en ello! Pero ese amor puede ser ocasión de cerrarnos en nuestro propio grupo, nuestra familia. Y cuando eso ocurre, se corrompe y nos impide humanizarnos en profundidad.
       Por eso Jesús nos dice que, aun siendo el amor a la familia, algo valiosísimo, hay algo más importante todavía, que es el amor a Dios y a su Reino, que relativiza ese valor y nos abre a una perspectiva mayor. Y nos lo manifiesta a lo largo del Evangelio: Cuándo de 12 años se quedó en el templo e hizo pasar a María y a José un trago amargo de angustia y desconcierto; cuando en Caná le dice a su Madre: “Mujer, ¿qué podemos hacer nosotros?”; cuando sus familiares y María fueron a buscarle para traerlo a la casa como loco y Él les dijo: “¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que escuchan la Palabra y la siguen”. Y otros pasajes más. El amor a Dios y su Reino no es contradictorio con el amor a la familia, sino lo que lo une a su verdadera raíz. Lo protege de cerrarse en sí mismo, de corromperse y reducirse a un interés de clan o de grupo cerrado.
    El amor a la propia vida es el valor supremo que todos intentamos defender y proteger cueste lo que cueste. Todos consideramos que defender la vida física nos autoriza incluso a matar a otros. Es el principio de la legítima defensa, recogida en todas las legislaciones. Y todos buscamos defenderla a como dé lugar. En la vida moderna los seguros son un campo importantísimo de la economía. Las compañías de seguros nos ofrecen seguros para todo: de enfermedad, de accidentes, de robos, de incendios, de vejez, de vida, etc. Pero que son una gran mentira: ofrecen, pero, de verdad, no aseguran nada. Ningún seguro de enfermedad nos puede asegurar la salud, ninguno puede evitar los accidentes, ninguno puede evitar la vejez, ninguno puede evitar la muerte. Lo más que pueden hacer es darnos algo de dinero, si ocurre el imprevisto, pero nada más. 
    Jesús nos invita a seguirle para guiarnos a la Vida verdadera. Nos invita y sí nos asegura que quien acepte la invitación y lo siga, la conseguirá en plenitud y para siempre. Él, dejándose guiar por el Padre, lo consiguió en la Resurrección, pero pasando primero por la pasión y la Cruz. Es decir, sacrificando radicalmente toda su vida por amor a nosotros. Mostrando así la verdad de su Amor, que es el amor de Dios por nosotros. Y por eso nos dice con total seguridad: “Quien sacrifique su propia vida por Mí y por el Evangelio, ese la salvará y para siempre”.
    Todos quisiéramos alcanzar una vida plena, totalmente feliz, pero sin sacrificio, a lo cómodo, por el camino más fácil. La cultura moderna nos ofrece cantidad de facilidades, de comodidades, de analgésicos y vacunas para evitar toda clase de dolores. Pero nos miente, nos engaña ofreciendo lo que no puede dar. Jesús sí lo ofrece y lo hace con verdad: Él lo vivió en plenitud y, por el amor que nos tiene, nos invita a seguirlo, para que lleguemos donde Él llegó. 
    El camino de Jesús no es camino fácil, pero Él nos dice “carguen con mi yugo, que mi yugo es liviano y mi carga llevadera”. Cargar el yugo de Jesús supone caminar a la par de Él, como Él lo hizo, poniéndose a la par de los humildes, los pobres, los marginados. Dejando de lado nuestra arrogancia, nuestro interés personal inmediato, y sacrificando nuestros privilegios y comodidades, compartiendo nuestros bienes. Vivir como hermanos de modo efectivo, poniendo en juego nuestras posibilidades de aliviar el dolor y el sufrimiento de los marginados. Dejando de lado nuestra comodidad, nuestros caprichos, nuestras exclusividades. Pero hacerlo, no por un orgullo de superar a otros, sino por servir mejor, trabajando para que nuestro esfuerzo ayude a aliviar las dolencias y sufrimientos de los otros. Compartir de corazón sabiendo agradecer lo que los otros hacen por uno.
    Dios quiere aliviar el dolor, el sufrimiento, la enfermedad de todos y el camino que ayuda para ello es el de Jesús que, por amor a nosotros, se hizo pobre para enriquecernos a todos con su pobreza. Él necesita de nosotros. Vivirlo en comunidad, en la Iglesia, lo hace más llevadero, más efectivo, más humano y soportable para todos. Y ello es fuente de paz, de vida, de alegría. Esa es la Buena Noticia que nos trae Jesús y la invitación a que siguiéndolo sintamos cómo el Reinado de Dios ya se está realizando entre nosotros.
    La crisis que estamos pasando es una ocasión de profundizar en nuestra Fe, sacrificándonos por las personas con las que convivimos y también por los más lejanos, mostrando así que lo que nos mueve es el amor de Dios por cada persona. Que María, que lo vivió a cabalidad, nos haga sentir su presencia y su amor maternal y así demos pasos avanzando con sabiduría y valentía hacia ese mundo nuevo de Paz y de Vida que ya ha comenzado en Jesús. Amén.

sábado, 27 de junio de 2020

2020.6.27- La lectura del libro de las Lamentaciones (Lam 2,2.10.14.18-19) que acabamos de escuchar describe la situación dolorosa en la que se encuentra el pueblo luego de la destrucción del templo y la deportación de buena parte de la población. 


En el Salmo (74) que da lugar al clamor del pueblo el salmista termina pidiendo a Dios que el humilde no salga defraudado, que los pobres y afligidos alaben su nombre.
El evangelio de Mateo que escuchamos (Mt 8,5-17) nos narra dos relatos de sanación. En el primero se pone de relieve la confianza excepcional del oficial romano que solicita la sanación para un criado suyo. En el segundo, llama la atención la sencillez de la forma en que Jesús cura a la suegra de Pedro.
El contexto en el que leemos estas lecturas está marcado por varios rasgos. Se habla de que estamos entrando a la fase 5 de la crisis sanitaria caracterizada por el desbordamiento de los hospitales a causa de los casos. Este desbordamiento se encuentra relacionado con la ausencia de los hospitales móviles comprados por el Gobierno de Honduras y por los indicios cada vez más claros de corrupción relacionados con su adquisición. Desde el 9 de junio, un día después de la reapertura de la economía los casos positivos diarios de Covid19 han aumentado sensiblemente. El día de ayer hubo 45 fallecimientos atribuidos al virus. El miedo y la desconfianza parecen estarse propagando entre la población con dos manifestaciones distintas pero complementarias: el encierro dentro de la casa, de mascarillas, anteojos, guantes y otros marcados por el terror al contagio; y la temeridad que ignora todo tipo de medidas de precaución marcada por la negación del contagio.
Al tenor del libro de Lamentaciones podemos señalar la deplorable situación del sistema de salud pública en el país, la falta de recursos que aqueja a los hospitales, la falta de trajes de bioseguridad para su personal, los altos números de personal hospitalario contagiado, cosas todas que claman al cielo cuando el Gobierno ha endeudado millonariamente al país so pretexto de hacerle frente a esta crisis. Pareciera que las medidas adoptadas por el Gobierno tanto para prevenir como para tratar los contagios no están dando los resultados esperados. Pareciera que hay un crecimiento proporcional entre el número de contagios y la intensidad de la discriminación de las personas contagiadas. Mientras tanto pareciera que la crisis económica generada por el desempleo, la reducción de las remesas familiares, las limitaciones para generar ingresos por las restricciones sanitarias, no hace sino profundizarse. Y aunque el Covid19 nos afecta a todas y todos, lo hace de forma desigual, afectando se manera más severa a los más pobres y vulnerables.
En esta situación es que nos identificamos con el clamor del salmo: “que el humilde no salga defraudado, y los pobres y afligidos alaben tu nombre”.
En medio de esta situación de crisis profunda sin aparente salida el evangelio de hoy nos ilumina un camino posible para transitar por ella. Del relato de sanación del criado del oficial romano llama la atención la fe, la confianza de este último. Al contrario de lo esperado, le indica a Jesús que no es necesario que vaya a su casa, que confía en su palabra. La salida a esta crisis sanitaria, económica y social pasa por la fe, por la confianza en Dios, sí, pero reflejada en la confianza entre nosotras y nosotros, entre vecinas y vecinos haciéndonos prójimas y prójimos de las personas contagiadas y/o necesitadas económicamente. Esta crisis nos da la oportunidad de crear comunidades de acoger y compartir agradecidos.
El relato de la sanación de la suegra de Pedro nos muestra que lo que nos va a permitir superar esta crisis no son acciones espectaculares, sino acciones sencillas, cotidianas, realizables por cualquiera. Lo que nos va a permitir enfrentar esta crisis con éxito va a ser hacernos prójimas y prójimos de las personas contagiadas y/o necesitadas en nuestro vecindario, esto es, hacernos cercanas y cercanos, dialogar, dejarnos conmover y tendernos la mano en la medida de nuestras posibilidades. Lo que el evangelio nos muestra es que la solución a esta crisis está en nuestras manos, que se puede realizar desde ahora, desde abajo, desde nosotras y nosotros mismos. Nos invita a confiar en la experiencia de la Dra. Barrientos y en el tratamiento que propone a base de ibuprofeno y de antigripal, un tratamiento, sencillo, accesible y eficaz. Nos invita a reconstruir el tejido social aprendiendo a cuidarnos y a cuidar de las y los otros movidos por la compasión. Nos invita a ahijarnos de nuestro Padre-Madre común hermanándonos unas de otros. Nos invita a participar en la misión de Jesús como compañeras y compañeros más allá de los estrechos límites de nuestras iglesias. Nos invita a abrirnos a la experiencia del Espíritu que despierta en nosotras y nosotros un amor que responde al suyo lleno de gratitud.

viernes, 26 de junio de 2020

2020.6.26 - Homilia Mt.8,3 Si quiero; queda sano                                                       


    El Evangelio de hoy nos relata la actividad de Jesús después de la proclamación de las Bienaventuranzas. Cómo el anuncio de la llegada del Reinado de Dios ya empieza a cumplirse. Y en algo muy concreto y que a todos nos afecta: La salud del alma y del cuerpo. Hoy es el relato de la sanación de un leproso.
    Muchos judíos consideraban la lepra como un castigo de Dios por los pecados cometidos. Una enfermedad que, siendo casi incurable en aquel tiempo, suponía como una maldición de Dios y el apartamiento de toda relación con el pueblo de Dios. Para los judíos la enfermedad era un desorden en las funciones biológicas del cuerpo, provocado por la desobediencia a la Ley de Dios, un apartarse del camino que mostraba la Ley. Y muchos pensaban que, una enfermedad tan grave como la lepra, suponía unas faltas graves en el cumplimiento de la Ley. Por eso el leproso era una persona excluida de toda vida social, incluso de la propia familia. Tenía que alejarse de los poblados y aislarse de todo contacto social. Un leproso era un muerto viviente y viviente a medias. 
    Dice el Evangelio que, después de la proclamación de las Bienaventuranzas, muchos empezaron a seguir a Jesús y entre ellos, un leproso, que se le acercó, se hincó ante Él y le suplicó: “Señor, si tú quieres, puedes sanarme”. Y Jesús extendió su mano, lo tocó y le dijo: Sí quiero, queda sano. Y al momento se sanó. Tanto Jesús, como el leproso, contravienen la ley de la exclusión. Y es que la Fe del leproso y el amor de Jesús, pasan por encima de toda Ley. Jesús no desprecia la Ley, sabe que la Ley tiene su sentido, pero que hay que enmarcarla en la relación del amor de Dios con el hombre. Nos dice “La ley fue dada para el bien del hombre, no para esclavizarlo” “No he venido a suprimir la ley, sino para llevarla a su pleno significado, su pleno cumplimiento”
    Por eso, después de la sanación, le dice al hombre: “Ve al templo, lleva la ofrenda de agradecimiento prescrita, y preséntate al sacerdote para que constate tu sanación”. La salud es un gran regalo de Dios, algo por lo que hemos de agradecer a Dios constantemente. Y ¡cómo nos olvidamos de ello! Muchos sólo nos acordamos de pedirla, cuando nos enfermamos. Entonces aprendemos a valorarla. Por eso una cierta enfermedad, de vez en cuando, nos viene muy bien.
    Jesús no manda al leproso que se presente al sacerdote para mostrarle su poder, sino para que el sacerdote haga constar que el hombre está sano y pueda ser readmitido en la comunidad. El sacerdote tenía esa misión, la de dar constancia de cuándo una persona podía ser legalmente readmitido en la comunidad, volver a formar parte del pueblo de Dios. Jesús no busca hacer proselitismo con sus milagros, sino que prefiere pasar inadvertido. Por eso Jesús le dice también: Mira, no se lo digas a nadie.  Sí quiere la reintegración social y religiosa de todo marginado, pero sin sacar provecho personal ninguno, evitando todo protagonismo social.
    Yo creo que esta es una gran enseñanza para la situación crítica en que estamos inmersos. Primero, que nos acerquemos con cariño, respeto y atención a los enfermos de “gripe” que tenemos cerca, o a los posibles enfermos, que no discriminemos a nadie, ni les hagamos sentir rechazo alguno. Pero haciéndolo con las medidas de prevención de contagios necesarias, higiene, mascarillas, etc. Es necesario guardar ciertas distancias, pero superarlas con palabras amables, cariñosas, y actitudes serviciales y generosas.
    Segundo, cuidar de no contagiar a otros guardando las medidas preventivas necesarias: lavarse con agua y jabón con frecuencia, al toser volver la cara hacia el codo, no a la mano; evitando aglomeración de gente, etc.
    Tercero, cuando aparecen algunos síntomas por varios días, tomar enseguida el tratamiento a base de ibuprofeno y antigripales que parece que se está extendiendo mucho con buenos resultados.
    Cuarto, evitar dejarse aterrorizar por las noticias trágicas que se difunden continuamente. Recordar que estamos en las manos del Señor, que nos quiere con gran amor y ternura y nunca nos desampara. Para ello ayuda mucho reavivar nuestra vida espiritual con las devociones que más nos motiven a sentirnos amados y cuidados por la divina Providencia y por nuestra Madre María Santísima y los santos que más nos inspiren. Sentirse en paz y amor con el Señor reaviva todas las fuerzas positivas que el Señor nos da y fortalece nuestro sistema inmunológico y nuestras defensas contra toda clase de enfermedades. 
    Y recordemos que hay siempre hay alguien peor que el coronavirus, que es el mal espíritu, el espíritu de la codicia, la envidia, el resentimiento, la venganza, la arrogancia, etc. Contra él hemos de luchar con más fuerza, con la ayuda del Señor, que nunca nos falta, si le seguimos y nos dejamos guiar por Él.   
    Jesús quiere nuestra  salud y nuestra vida, nos enseña el camino para que disfrutemos de ella como verdaderos hermanos, sigámosle con decisión y recordemos que, si Dios cuida de todos los pájaros y animales del mundo, y hasta de los cabellos de nuestra cabeza y ni uno se pierde sin su permiso, ¡cuánto más cuidará de nosotros, que somos sus hijos, y por los que dio su vida en la Cruz!  Que nuestra Madre María nos siga acompañando en nuestro camino. Amén.

jueves, 25 de junio de 2020

200625 Mt.7,25 La casa edificada sobre roca                                        



    En todo el Evangelio, Jesús se presenta como el Hijo, el Hijo del Hombre. Ser hijo siempre hace referencia al padre. Y supone un crecimiento, un desarrollo de cualidades y posibilidades que recibe uno en el momento en que es engendrado y que piden ser desarrolladas progresivamente. La vida es todo ese proceso de crecimiento en el que las posibilidades se van realizando o también se van perdiendo. Todas las personas seguimos ese camino en el que podemos vivificarnos como persona o podemos fracasar, arruinar esa posibilidad. Los animales también nacen en un momento dado, se desarrollan y mueren al final. La enorme diferencia es que, en los animales, ese proceso es inconsciente, no se dan cuenta, son guiados por el instinto programado en ellos. Las personas sí somos capaces de ser conscientes de ello, darnos cuenta, y elegir libremente lo que queremos ser. Y somos capaces de lograr una vida en plenitud o también de arruinar definitivamente nuestra propia vida.
    Jesús fue plenamente hombre y ha venido, por el amor que nos tiene, a abrir nuestra mente para que no fracasemos, sino que logremos esa vida en plenitud. Para que cada uno de nosotros también nos sintamos hijos y lleguemos a nuestra realización y felicidad plena haciéndonos verdaderamente hijos de Dios. Y para ello, se encarnó en este mundo nuestro, mostrándonos el camino e invitándonos a seguirlo para que nosotros lleguemos también a nuestra meta que da luz y sentido a nuestro caminar. Y ese camino comienza en sentirnos hijos, creaturas de Dios, y engendrados por amor con esa finalidad magnífica. Ello nos da una dignidad infinitamente mayor que la de todas las demás creaturas del universo.
    Sentirnos hijos queridos por Dios es la base firme de todo nuestro ser y da luz y sentido a nuestra vida. Todos llevamos dentro esa luz y ese deseo, pero muchas veces no nos damos cuenta y pensamos que somos como un animalito más entre la inmensidad de seres vivos que existen en el mundo. Los animales se dejan guiar por sus instintos, programados desde el principio de su existir. No son libres para dar un sentido a sus vidas. Las personas sí lo somos, aunque también sujetos a un montón de limitaciones y circunstancias, que cierto que restringen nuestras posibilidades, pero que nunca nos quitan nuestra dignidad ni nuestra libertad para llegar a ser hijos de Dios en plenitud. Sentirnos conscientes de ello y actuar en consecuencia, es la base firme para construir una vida feliz de verdad.
    En este caminar, Satanás continuamente nos tienta, sugiriéndonos que no somos hijos de Dios, que Él no nos quiere. Que estamos esclavizados por un destino ciego, que nuestra vida, si no conseguimos el éxito, es un fracaso. Que busquemos nuestro propio destino dejándonos dirigir por los ídolos de este mundo, los que ofrecen éxito, fuerza, poder y triunfo sobre la gente. Ese deseo de éxito que supone superar a los demás a como dé lugar. Y que es la raíz de todas las guerras, peleas, injusticias, divisiones y maldades entre los humanos.
    Jesús nos enseña el camino seguro a la vida verdadera. El camino que comienza con la humildad de sentirnos hijos, creaturas de Dios. Hijos queridos, cada uno de nosotros, engendrados por Dios, con la colaboración de nuestros padres biológicos, e invitados por Él a compartir su plenitud. Todos distintos, todos con cualidades y posibilidades diferentes, pero todos importantes, todos con la misma dignidad de hijos de Dios y de hermanos unos de otros. Y guiados y cuidados con gran amor, para avanzar hacia nuestra meta.
    La vida nos está haciendo pasar por esta crisis actual en la que estamos experimentando nuestra tremenda fragilidad y nuestra total dependencia de unos por otros. Y Dios nos está invitando a mirar para adelante, a darnos cuenta de que los caminos del individualismo, del cerrarse en los propios intereses mezquinos, de la arrogancia y la soberbia, llevan a la muerte, al fracaso. En cambio, el camino de la Fe en Jesús, realizado en la práctica de la misericordia y el amor, ofrece vida verdadera y es la luz que ilumina nuestro caminar.
    Como cristianos hemos sido elegidos por el Señor para ser luz del mundo, no como un privilegio, sino como una misión, para mostrar con nuestra vida de servicio humilde y eficaz, que todo tiene sentido, no a nuestro capricho, sino guiados y fortalecidos por su Espíritu. Por ello es tan importante, especialmente en estos tiempos, el cultivo de nuestra vida espiritual, escuchando y meditando su Palabra, orando y practicando la misericordia con los prójimos, para descubrir, en los retos que se nos presentan, los llamados que el Señor nos hace, y respondiendo con generosidad y confianza, sentir su presencia amorosa y su ayuda eficaz y poderosa. Intensificar nuestra vida espiritual comunica paz y serenidad y fortalece además nuestro sistema inmunológico defendiéndonos así de muchas infecciones y trastornos de cuerpo y alma, como mostró Jesús en su vida mortal. Y avanzar así hacia su Reinado definitivo de Verdad y de Vida, de Justicia y de Paz, de Luz y Alegría.  Que nuestra Madre María, que supo escuchar de corazón y responder con valentía y generosidad magníficas, nos siga acompañando en nuestro caminar, haciéndonos sentir su presencia y ayuda maternal.  Amén. 
       

miércoles, 24 de junio de 2020

2020.6.24  - Nacimiento de San Juan Bautista

Vidas Santas: Natividad de San Juan Bautista


Hermanas y hermanos, celebramos hoy la fiesta del nacimiento de san Juan, el bautista, y la festividad de las y los santos nos invitan a asumir en nuestras vidas un compromiso como ellas y ellos lo vivieron en seguimiento del estilo de vida de Jesús de Nazaret, de lo contrario nuestra celebración se podría quedar en una fiesta más, en un año más. Más aún este año ha tomado un matiz distinto frente a la crisis que estamos viviendo y la cual nos exige asumir en nuestras vidas el mensaje que hemos escuchado en las lecturas de hoy.
El evangelio resalta el nacimiento de un niño en circunstancias especiales, una mujer y un hombre de avanzada edad y estériles reciben a su hijo primogénito, que será el precursor del Mesías Salvador del pueblo de Israel. Eso causa gran admiración entre toda la gente. Dios siempre actuando desde lo sencillo de la vida, desde lo más humano posible como lo es el nacimiento de un niño con la capacidad de hacer el bien y convertirse en buena noticia para los demás. Eso mismo se nos invita a nosotras y nosotros, ser buena noticia para quienes estén cercanos.
Ser precursor del Mesías conlleva hacerse testigo de su buena noticia de salvación, por lo cual Juan tuvo que asumir esa profunda tarea. Y para ser testigo de algo es necesario tener un conocimiento profundo tanto teórico, como práctico de aquello que se va a testificar.
Por eso, tanto el profeta Isaías como san Pablo nos describen esa misión. Isaías dice que ser testigo es asumir la llamada que Dios nos ha hecho desde el vientre materno a comunicar la buena noticia del amor y la vida que provienen de Dios, una tarea que no es fácil, pues en muchas ocasiones chocará contra intereses mezquinos y egoístas de quienes solo buscan su propio interés y entonces, tendremos que ser como espada afilada o flecha punzante porque nuestra forma de proceder no será del agrado de algunos. Eso sucedió también con el Bautista hasta el punto que lo asesinaron.
Pero en medio de cualquier dificultad el Señor nos dice que somos valiosos a sus ojos y que él es nuestra fortaleza, y esto nos debe animar ante las adversidades que se nos presenten.
Dios nos invita a ser luz de todas las naciones, es decir, a poner nuestros conocimientos y vida al servicio de los demás. Y en este tiempo eso significa iluminar el entendimiento de muchas personas a cerca de esta enfermedad. Primero, que se trata de un virus de gripe, una gripe seria, y como tal debemos tratarla a tiempo para evitar complicaciones. Segundo, que hay a nuestro alcance un tratamiento sencillo a base de ibuprofeno de 400 mg y antigripal, el cual ha sido efectivo en muchos pacientes y está siendo efectivo en muchos en nuestra parroquia, que ante síntomas de gripe u otros parecidos se están tratando y evitando complicaciones y disminuir el contagio. Tercero, que las cosas buenas, sencillas y al alcance de los siempre son tachados de malos y por eso se ha empezado a perseguir a la dra. Barrientos en El Salvador por dar a conocer a mucho este tratamiento tan fácil. Sin lugar a dudas ella se ha convertido en luz para las naciones en medio de esta crisis y nosotras y nosotros debemos seguir su ejemplo y dar a conocer esto a quien lo necesite.
San Pablo nos dice que Juan supo reconocer que él no era el Mesías y supo anunciar a Jesús en medio de nosotros y denunciar los desórdenes de su tiempo, por eso fue asesinado. Qué podemos decir nosotros cuando las noticias presentan con escándalo el despilfarro de los recursos destinados para enfrentar esta crisis y que han sido descaradamente robados por quienes están a cargo de su administración dejando a la población totalmente expuesta a la vulnerabilidad y a la falta del equipo necesario para tratar a quienes lo necesitan.
Frente a todas esas realidades el ejemplo de san Juan el Bautista nos invita a dar a conocer a todas las personas las buenas noticias en medio del miedo que existe a contagiarse, no importa si tienes gripe o covid-19, lo importante es tratarse a tiempo; segundo, nos invita a seguir el ejemplo de Jesús de socorrer al necesitado y animar a quien lo necesite, no discriminar ni señalar a nadie, porque con la medida con que midas serás medido. Tercero, acoger, siendo solidarios y cuidándose para cuidar de los demás. De esa manera seremos precursores en la buena noticia para enfrentar esta crisis y haremos presente a Dios en medio de todas y todos. Amén.

martes, 23 de junio de 2020

2020.6.23 En el evangelio de Mateo (Mt 7,6.12-14)
Catholic.net - Trata a los demás como quieres que ellos te traten


En el evangelio de Mateo (Mt 7,6.12-14) Jesús señala que los destinatarios de la buena noticia pueden volverse en contra de quienes la anuncian. También hace una síntesis del principio que debe de guiar a la comunidad: tratar a los demás como queremos que nos traten. Por último, nos invita a atrevernos a tomar decisiones personales, aunque sean contra corriente.
La decisión de re abrir la economía en el contexto de un crecimiento exponencial de la curva de contagios de Covid19 ha tenido como consecuencia que la curva de contagios sea todavía mayor. Así se ha decidido no seguir adelante con la reapertura de Tegucigalpa. Los hospitales de Tegucigalpa y San Pedro, se nos dice, están desbordados. Las personas tienen mucho miedo de reconocer un posible contagio por el temor a la discriminación social.
En este contexto cobra mucha importancia la invitación de Jesús de tratar a las otras personas como queremos que nos traten. La posibilidad del contagio es cada vez mayor porque la curva de contagios lejos de aplanarse o de decrecer sigue aumentando. ¿Cómo nos gustaría que nos trataran si nos contagiáramos? ¿Nos gustaría que nos discriminaran, que nos estigmatizaran, que nos rechazaran? ¿O nos gustaría que nos acogieran con cariño y nos trataran con delicadeza? Que el sistema hospitalario ya está colapsando significa que vamos a tener que ser nosotras y nosotros mismos los que nos vamos a tener que atender. ¿Cómo queremos hacerlo? Voy a compartir una experiencia personal. El primer día que salí de mi cuarentena de 20 días pasé por varias comunidades repartiendo los tratamientos propuestos por la Dra. María Eugenia Barrientos a base de ibuprofeno de 400 mg y de un antigripal. Recuerdo que en una casa el delegado me recibió detrás de la cerca. Sentí el miedo que tenía. Luego visité otra casa. La catequista salió a mi encuentro, me abrazó, me invitó a pasar adelante y me sentó a su mesa. Mi cuerpo ya estaba sano, pero el gesto de esta catequista me curó el alma. Cuando días después fui a una comunidad y la delegada de la casa que iba a visitar me dijo desde lejos que no me acercara, no me fue difícil seguirme acercando, darle un abrazo y entrar en su casa. Yo sabía el bien que ese gesto me había hecho y quería compartirlo. El manejo de esta crisis está en nuestras manos. ¿Vamos a rechazarnos o vamos a acogernos y servirnos en nuestras necesidades?
En el contexto de la crisis sanitaria, económica y social que estamos viviendo podemos creer que el Covid19 nos tiene de rodillas. Me parece que eso no es cierto. Lo que nos tiene de rodillas es el miedo que sentimos. Es el miedo a contagiarnos, el miedo a morir, el miedo a la discriminación lo que nos tiene de rodillas. Vista esta situación desde el evangelio de hoy tal vez podemos reconocer en este miedo la puerta y la calle anchas. Si nos dejamos llevar por el miedo, con sus principales manifestaciones, el ataque, la huida o la parálisis es muy probable que no tomemos las mejores decisiones para enfrentar y salir adelante de esta crisis. El camino para superar esta crisis, la puerta y la calle estrechas de las que habla Jesús pasan por hacernos cercanas y cercanos unas con otros, en especial con las personas contagiadas y/o golpeadas por la falta de ingresos, escuchar su clamor, dejarnos conmover, tender la mano y dejárnosla estrechar. El gobierno y sus instituciones, además de gozar de muy poca confianza están desbordados. La responsabilidad, entonces, recae sobre nosotras y nosotros como personas y comunidades. ¿Nos vamos a atrever a dejar la carretera del miedo para entrar por el sendero – la derechura – de la compasión?
Hoy a las 10 de la mañana la Junta de vigilancia médica de El Salvador ha citado a la Dra. María Eugenia Barrientos para examinar su manera de tratar a los pacientes con síntomas de Covid19. Pareciera, como nos dice también el evangelio de hoy, que no han visto con buenos ojos la buena noticia del tratamiento que propone a base de ibuprofeno de 400 mg y de antigripal. Como compañeras y compañeros de Jesús esto no nos extraña. Más bien, la vemos como bienaventurada por ser perseguida por su fidelidad a un tratamiento que ha descubierto y experimentado como beneficioso para más de 800 personas a las que ha tratado con síntomas de Covid19, y que, además, es sencillo y accesible. Nos unimos a ella en oración, y damos testimonio de la acogida que su tratamiento ha tenido en nuestra Parroquia y del bien que nos ha hecho, comenzando por mí mismo.

lunes, 22 de junio de 2020


2020.6.22  Homilía. Mt.7,1 No juzguen y no serán juzgados.   


 Sergio E. Valdez Sauad: Mateo 7,1-5.
                                 
                Después del mensaje de las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a profundizar en las implicaciones de la vida cristiana, la vida como Él la vivió. Algo muy común en el mundo es lo de considerar a las personas como buenas o malas según la propia perspectiva: los buenos son los que piensan como yo y los malos son los contrarios. Creernos capacitados para juzgar a los demás según los propios criterios. Tener buen criterio para discernir lo bueno de la malo es señal de madurez humana y camino de civilización y de cultura. Y es necesario para actuar y ayudar a que la humanidad avance por caminos de justicia, de paz, de prosperidad. Jesús fue un hombre que vivió toda su vida sirviendo y luchando por la verdad, la vida y la paz. Siempre fue muy crítico para descubrir y denunciar el mal en cualquier situación o circunstancia en que lo hallara.
                Pero Jesús nos advierte que hacernos jueces de las demás personas, condenando a los “malos”, no es el camino para construir el Reino. Solo Dios es bueno. Todos los humanos somos seres limitados y nuestra justicia también lo es. Todos somos creaturas de Dios y todos tenemos algo de Dios, algo muy bueno, y llamados a ser como Él, a vivir una vida eterna y feliz. Pero Dios nos creó libres, es decir, limitados y capaces de negarnos a crecer en el bien. Todos tenemos mucho de bueno porque Dios nos crea a todos con amor y sabiduría, somos una maravilla nos revela el Sal. 139. Pero podemos dejarnos guiar por el mal espíritu. Y para que no nos dejemos engañar, Jesús vino a mostrarnos el camino y nos lo muestra con su propia vida.
                Condenar a otros supone ponernos en el lugar de Dios, es una gran soberbia. Porque nuestra visión siempre es limitada, sólo vemos algunos aspectos externos del comportamiento de los otros. Hemos de juzgar y rechazar el mal, en nosotros mismos y en los demás, pero no tenemos perspectiva para condenar a las personas, porque no conocemos su interior, sus motivaciones profundas. Jesús nos dice “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Y es una gran verdad, porque en lo profundo de cada persona, aun las más malvadas, hay siempre algo de bueno, creación de Dios. Y el que hace el mal, no sabe que el mayor perjudicado es él mismo.
                Por eso el camino cristiano, el camino hacia la verdad y la paz, es el de ayudar a todos a abrir los ojos, al modo de Jesús: descubrir el mal cargando con las consecuencias que ese mal produce en las personas y en la comunidad. Sin condenar a nadie, pero revelando las terribles consecuencias que ese mal produce en uno y en toda la familia humana. Cargando con las cruces de la vida. Dios nos ha elegido a los cristianos para que seamos luz del mundo. Lo cual no es un privilegio, sino una misión. Es una invitación que supone seguir voluntariamente el camino que Jesús nos enseña, animados por una gran promesa: el que lo siga empezará, ya desde ahora, a sentir la fuerza del Espíritu que le hará vivir en paz y alegría, aun en medio de contrariedades y dificultades.
                Todos los santos han tenido que enfrentar grandes problemas y sufrimientos, pero en ello han sentido la presencia consoladora e iluminadora del Espíritu. Las cruces de la vida se les han iluminado con la luz del Espíritu y eso les ha llevado a vivirlas con paz, con fortaleza, con sabiduría, con alegría. Esa es la Buena Noticia: el camino está abierto y es asequible a todos. El Reinado de Dios ya ha comenzado. Todos podemos hacer esa experiencia. Pero solo la haremos si nos arriesgamos a seguir a Jesús. Por eso, las dificultades y penalidades de la vida, para quien cree en Cristo, no son una desgracia, una mala suerte, un castigo, sino una oportunidad de crecer, de ampliar nuestra perspectiva, de avanzar hacia el Reino.
                Estamos inmersos en esta crisis del coronavirus. Muchos la ven como una gran desgracia, una amenaza que les asusta y les aterroriza. Jesús nos decía en el evangelio de ayer: No tengan miedo, no se angustien. Pero pongan atención: El problema tiene remedio. Y el remedio no está en cerrarnos y olvidarnos de los demás, sino al contrario, en abrirnos y apoyarnos unos a otros y practicar la solidaridad, el trabajo inteligente y solidario, el servicio de unos a otros y especialmente a los más débiles. Construir un mundo nuevo.
                El miedo es siempre mal consejero. Nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos, al egoísmo. La confianza en Dios nos serena, nos da paz, nos abre la inteligencia para avanzar por caminos de verdad y de vida. Y nos va descubriendo los pequeños pasos que podemos dar para enfrentar el problema. En muchos sitios, mucha gente está encontrando que un remedio accesible como es el ibuprofeno y los antigripales, si se utilizan en los primeros días de la infección, resultan eficaces para contener el avance de la infección y remediar el mal. Es una luz para todos.
                Y algo que yo creo que nos ayuda enormemente es el avivar nuestra vida espiritual. Sentirse en las manos de Dios, sentirse amado y cuidado en los detalles de la vida diaria, sentir que Dios cuida de nosotros y que “hasta los cabellos de nuestra cabeza no se pierden si el Señor no lo permite”. Eso da una gran paz y fortalece nuestro sistema inmunológico que crea en nosotros defensas eficaces contra todo tipo de infecciones y maldades. El que sigue los caminos del Señor, se sana de multitud de enfermedades, como mostró Jesús en su tiempo, y en los tiempos actuales mucha gente sencilla lo sigue experimentando. Pongámonos pues en las manos del Señor y pidámosle a nuestra Madre María que nos siga enseñando el camino y nos acompañe por él.  Amén.


domingo, 21 de junio de 2020

En el evangelio de Mateo (Mt 10,26-33) Jesús nos invita tres veces a no tener miedo. Las razones varían: porque no hay nada escondido que no llegue a saberse; porque somos más que nuestro cuerpo; porque estamos en las manos de Dios, en su providencia. Encontramos entonces tres invitaciones: a ser testigos de la verdad con libertad (Jn 8,32); a entregar la vida libre y generosamente (Jn 10,18); a confiar en que nada ni nadie nos pueden separar del amor de Dios (Rm 8,38-39).
Este evangelio cobra especial importancia en el contexto de la crisis sanitaria, económica y social desatada por la forma de enfrentar el Covid19. Ayer se reportaron 1,048 nuevos casos positivos de Covid19. Esto, al tiempo que supone un incremento significativo del número máximo de casos positivos por día anterior de 643 el 17 de junio, deja entrever una tendencia a un crecimiento exponencial todavía mucho mayor de la curva de contagios del tenido hasta ahora. Pareciera que nos estamos dirigiendo hacia un contagio masivo con Covid19.
Esto supone varias cosas. Lo primero: que lo prioritario en estos momentos no es evitar el contagio, que parece ya haberse disparado y ser inevitable, sino tratarlo, y esto de una manera sencilla, eficaz y accesible a todas y todos. Lo segundo: que deja de tener sentido estigmatizar y discriminar a las personas contagiadas, porque tarde o temprano, muchas y muchos de nosotros nos contagiaremos.
Si el escenario anterior nos causaba mucho temor, el nuevo amenaza con causarnos terror y pánico. En este contexto es que la invitación repetida del evangelio a no tener miedo cobra especial importancia. La verdad, cuando es dicha con amor, siempre libera. Lo que no se asume no se redime, decía san Ireneo de Lyon en el siglo II. Asumir la realidad de un contagio masivo nos va a permitir hacerle frente consciente y deliberadamente, buscando las mejores estrategias para tratarlo.
La causa última del miedo es normalmente la muerte. A lo largo de la evolución hemos desarrollado tres respuestas a este miedo: el ataque, la huida y la parálisis. En el momento actual ninguna de estas tres respuestas pareciera ser adecuada. El combate del Covid19 con cercos epidemiológicos no parece haber evitado su propagación. La huída con la consiguiente reclusión en las casas, tampoco parece haber tenido el efecto esperado. Darnos por vencidas, por vencidos y tirar la toalla en una parálisis inmovilizadora es suicida. El evangelio nos invita a entregarnos libre y generosamente sirviéndonos en nuestras necesidades, compartiendo lo que somos y tenemos. El evangelio nos invita a hacernos prójimas y prójimos, haciéndonos cercanos, escuchándonos, dejándonos conmover y tendiéndonos la mano. Así, lo que toca en estos momentos es aprender a tratar al Covid19 y aprender a acoger a las personas contagiadas para que dejen de negar su contagio y de huir por temor a la discriminación social.
Lo que va a hacer posible todo lo anterior va a ser la experiencia de la providencia de Dios, la experiencia de encontrarnos en sus manos, la experiencia de su amor, de un amor del cual nada ni nadie nos pueden separar. Y para esto es fundamental la gratitud, aprender a dar gracias, a ser agradecidas y agradecidos. Cuando damos gracias, muchas veces lo hacemos por todo lo bueno que hemos recibido y vivido. Pero, y por lo malo, ¿se puede dar gracias por lo malo? La providencia de Dios, su amor se encuentra presente en todas, en todos, y en todo. Solo es aprender a descubrirlo dando gracias por lo “bueno” y por lo “malo”, por lo que nos gusta y por lo que nos disgusta. Entonces vamos a poder ir experimentando la anchura y largura, la altura y profundidad del amor de Dios (Ef 3,18-19), entonces, vamos a ser capaces de experimentar un amor que responde al suyo, y entonces vamos a perder el temor, porque en el amor no hay temor (1Jn 4,18).
Animadas y animados por este amor agradecido que responde a Su amor vamos a poder superar el temor y enfrentar el contagio masivo que se avecina. Por eso como Parroquia estamos distribuyendo por las comunidades y aldeas el tratamiento que propone la Dra. María Eugenia Barrientos, de El Salvador, a base de ibuprofeno de 400 mg y de un antigripal. Este es un tratamiento sencillo, accesible y eficaz para hacer frente al Covid19. Por eso también estamos organizando la creación de huertos familiares y la distribución de bolsas de comida. Y por eso como Parroquia, ya antes de la cuarentena, pero con mucha mayor razón ahora en que nuestros templos se encuentran cerrados, hemos animado a fortalecer las iglesias domésticas, las iglesias familiares, presididas por las personas que están al frente de ellas. Tareas fundamentales son aprender a agradecer en familia por todas, por todos y por todo, y aprender a hacernos prójimas como familias, de otras familias necesitadas, compartiendo con ellas nuestros bienes y nuestro tiempo con paz y tranquilidad, liberadas del temor al contagio.

sábado, 20 de junio de 2020

Hermanos y hermanas les comparto la reflexión de las lecturas del día de hoy                                  200. 6. 20 Homil. Lc.2,49 ¿Por qué se angustiaban buscándome?                             

    Ayer celebramos la fiesta del Corazón de Jesús. Hoy celebramos el Corazón de María. Si ayer las lecturas nos hablaban que Dios es Amor y solo amor por nosotros, hoy nos hablan de María, la mujer que se dejó inundar del amor de Dios, que se hace amor humano, igual al amor de Dios en nosotros. Y ello a través de una vida sencilla y pobre como fue la vida de María.
    El corazón es el centro de nuestra vida. Del corazón salen todos los buenos y malos deseos que configuran nuestra vida, nuestros proyectos, nuestras esperanzas, y sobre todo nuestra capacidad de sentir y amar a los demás. Dice el evangelio que María guardaba todo en su corazón. María era pobre de corazón agradecido. En ella se cumple la promesa de la primera Bienaventuranza: Felices los pobres de corazón agradecido. Toda su vida era un canto de alabanza al Señor, porque en todo lo sencillo y común de cada día veía una gracia de Dios. Un motivo para agradecer a Dios. Y a todo respondía con un sí de corazón. Por eso se sentía feliz, viniera la que viniera, sabiendo que Dios, en toda circunstancia, siempre hace lo mejor para cada uno de nosotros, por que Dios es Amor y sólo Amor por cada una de sus creaturas. María vivía la verdad en toda su vida.
    Pero María, humana como todos nosotros, también se sorprende ante acontecimientos inesperados. Conocía muy bien a Jesús y no le cabía en la mente que Jesús les hubiera desobedecido o les hubiera hecho sufrir por capricho o por descuido. Y pregunta a Jesús: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?. Mira que tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos”.  Y Él responde: “Y ¿por qué se angustiaban al buscarme?, ¿acaso no me han enseñado ustedes mismos que yo debo estar ante todo en las cosas de mi Padre?”. Pero ellos no comprendieron la respuesta.
    Isaías nos dice que “Los caminos de Dios no son nuestros caminos”. No son como nosotros quisiéramos que fueran. Nos desbordan por todas partes. ¡Hay tantas cosas que no podemos encajar en nuestro modo de pensar!  Y una, muy importante, es el misterio del sufrimiento de los inocentes. Y Jesús hace pasar a María y a José por esa prueba. No por descuido o por negligencia. Sino por lo contrario, para ampliarles la mente y hacerles crecer en la Fe y en el Amor, para ensancharles el corazón, para hacérselo semejante al suyo.
    Todos nosotros también hemos de pasar por pruebas semejantes, que, miradas desde la Fe, nos hacen avanzar en los caminos de Dios, en los caminos del Amor y la Misericordia. Para ir modelando nuestro corazón y haciéndolo más semejante al suyo y así hacernos más capaces del amor y la felicidad que nos promete. 
    Los acontecimientos actuales están siendo para todo el mundo algo totalmente inesperado.  ¡Quién iba a pensar hace un año que un bichito microscópico y tan insignificante como es el coronavirus pudiera trastornar toda la vida, la economía, la política, la salud y todo el orden mundial!  Y lo que nadie pensaba, ha ocurrido. Esto está haciendo tambalear nuestras arrogancias, nuestro orgullo, nuestra confianza ciega en la ciencia moderna, en la medicina, en nuestro poder, en nuestra soberbia,… Y nos está mostrando la fragilidad de nuestras certezas y seguridades. Está siendo una cura de humildad para todos. Haciéndonos ver cómo todos formamos parte de una sola familia humana. Todos dependemos de todos. Y necesitamos organizar nuestra vida de un modo diferente. Jesús nos enseña el camino, el camino de la solidaridad verdadera, la humildad, el servicio fraternal, el respeto a la naturaleza y sus leyes que el Señor nos da. El Papa Francisco nos decía hace 5 años en la “Laudato si” que no podemos seguir irrespetando el mundo en que vivimos, que la ciencia debe dejarse orientar por el Espíritu, por la Fe. La ciencia sin la Fe es ciega. Se han traspasado ciertos límites y parece que la crisis del coronavirus puede ser consecuencia de ello. Es tiempo de convertirnos y cambiar nuestros caminos. La crisis nos invita a hacerlo.
    Pero el Señor nos recuerda que toda la Historia está en sus manos, que nos dejemos guiar por su Espíritu. María, en su corazón limpio y libre de todo mal, confía en el Señor y sigue adelante. Y es así nuestro modelo y nuestra luz. Nunca se deja contaminar por la desconfianza, por el desánimo, por la oscuridad y sigue adelante confiando en el Señor, que la sigue guiando, confortando y acompañando en su vida pobre y sencilla. Aunque a veces no entiende, como dice S. Lucas, pero confía en que llegará a entender, como le promete el Señor, y un día llegará a la plenitud de la luz, como ocurrió en la Resurrección. Nosotros tenemos también ahora una pequeña luz. Parece que el sencillo tratamiento a base de Ibuprofeno y antigripal que estamos promoviendo en la parroquia, está siendo eficaz para curar el mal cuando se hace en los primeros días. Es una esperanza fundada en la experiencia médica. Pero sobre todo, hemos de confiar en el Señor, que nos dice “No teman, Yo he vencido al mundo” y a todo el mal. La confianza en el Señor, que se fortalece en la oración y en las prácticas de misericordia, refuerza nuestro sistema inmunológico y reaviva nuestras defensas. Pongámonos en las manos del Señor y de su Madre, María y sigamos con paz y confianza el camino que nos muestran sabiendo seguro que no quedaremos defraudados.           Amén.

viernes, 19 de junio de 2020

2020.6.19 Hoy estamos celebrando la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. El evangelio de Mateo (Mt 11,25-30) que escuchamos nos retrata con dos pinceladas el corazón de Jesús: agradecido y sencillo.

Lectio Divina: Corazón de Jesús (A) | EL SITIO WEB OFICIAL DE LOS CARMELITAS


Jesús aparece en el evangelio dando gracias porque la gente sencilla descubre la presencia de Dios con facilidad. Jesús fue un hombre agradecido. Pareciera que esto lo aprendió de María, su madre, como queda reflejado en el cántico de alabanza, de gratitud que proclamó en compañía de Isabel (Lc 1,46-55). En el relato de la curación de los 10 leprosos Jesús bienaventura al samaritano que regresó a dar gracias (Lc 17,11-19). Jesús parece que siempre daba gracias en las comidas, ya fuera esta la de la comida abundante fruto del compartir agradecido (Mc 6,33-46), o la de la última cena (Mc 14,22-26), o la fracción del pan con los discípulos de Emaús (Lc 24,30). En la última cena Jesús agradece expresamente incluso la copa de su pasión (Lc 22,17).
Jesús fue un hombre sencillo. Nada sabemos de su ascendencia biológica más que el nombre de sus padres, José y María, provenientes de una aldea insignificante, que nunca es mencionada en las escrituras del pueblo judío. Pareciera que el único título que utilizó para referirse a sí mismo fue “hijo del hombre” lo que equivale a hijo de vecino. Se rodeó de gente marginada y marginal con la que le encantaba compartir la mesa y la vida, lo que le ganó la calificación de comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores (Lc 7,34). Murió fuera de la ciudad la muerte de un maldito (Dt 21,23), solo y abandonado.
En el evangelio de hoy se nos invita a acogernos a ese Jesús agradecido y sencillo. ¿Qué significa eso en este tiempo de crisis sanitaria, económica y social supuestamente ocasionada por el Covid19? En las visitas a las comunidades y aldeas de la Parroquia percibo mucho miedo y una enorme desconfianza. El miedo y la desconfianza se manifiestan de varias maneras. A veces el miedo y la desconfianza nos llevan a negar los síntomas de un posible contagio, y por consiguiente a tratarnos. Esta negación se debe en parte a la creencia de que si estamos contagiados nos vamos a morir irremediablemente. Otra manifestación del miedo y de la desconfianza es la agresividad frente a las personas contagiadas. A veces se ha amenazado de muerte a las personas contagiadas si llegan a salir. Si alguien le pide a una persona que está estornudando y tosiendo sin cubrirse la boca ni la nariz que se las cubra se le descalifica diciéndole si ella también es de las que anda con miedo y desconfianza. Hay personas que insultan y amenazan con acusar de hostigamiento al personal médico que las monitorea cuando han dado positivo a una prueba. El miedo y la desconfianza además son alimentadas por políticas públicas desconcertantes. Luego de pasar tres meses recalcando que nos debemos quedar en casa para evitar un contagio se decide reabrir la economía con la curva de contagios creciendo exponencialmente llegando hace dos días a 643 nuevos contagios oficiales en un solo día. Las noticias dicen que Tegucigalpa se puede convertir en el próximo epicentro de contagio de Centroamérica. Además, pareciera no contarse con un tratamiento sencillo, eficaz y accesible a las personas para hacerle frente al contagio.
En este contexto una médico, mujer y salvadoreña, la Dra. María Eugenia Barrientos propone un lineamiento médico para el tratamiento del Covid19 a base de ibuprofeno y antigripal, medicamentos baratos, accesibles y eficaces en su experiencia con más de 800 pacientes con síntomas de Covid19. Algunos de los vídeos que ha hecho han sido eliminados de Youtube. En Guatemala el gobierno le prohibió tener una entrevista por Facebook Live el sábado pasado organizada por el Colegio de farmacéuticos y químicos de Guatemala. Se dice que su propuesta es anecdótica y que no está fundamentada en evidencia. A mi entender, la única evidencia clara en el tratamiento del Covid19 es que no existe un tratamiento oficial eficaz. Por eso en lo que hay que basarse a falta de evidencia es en experiencia, y la Dra. Barrientos parece tener una amplia experiencia en el tratamiento con éxito de pacientes con Covid19.
Me pregunto si Jesús hoy no daría gracias porque a una médico, mujer, salvadoreña como nosotras y nosotros le ha sido revelado un tratamiento sencillo, eficaz y accesible para las personas con Covid19.
¿Será que también nosotras y nosotros vamos a poder reconocer y agradecer el tratamiento propuesto por la Dra. Barrientos de manera que podamos ir superando el miedo y la desconfianza, e ir retomando nuestras actividades diarias con paz confiando en que si sentimos síntomas de gripe podemos tratarnos de manera sencilla y eficaz?
¡Feliz fiesta del Sagrado Corazón de Jesús!

jueves, 18 de junio de 2020

2020.6.18 Mt.6,9 Ustedes oren así                                                             
 Jesús se fue al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios."  Evangelio de hoy

                Ayer, Jesús nos hablaba de las tres prácticas de piedad de la vida del cristiano, la base de nuestra vida espiritual: el sacrificio o ayuno, la oración, y la limosna, el compartir. Hoy nos enseña cómo orar. Y nos dejó esa oración tan maravillosa como es el Padrenuestro, que resume la vida del cristiano. El Padrenuestro comienza con una invocación fundamental, la actitud básica del comienzo; después vienen 3 deseos o peticiones referentes a Dios y después 4 peticiones referentes a nosotros y nuestro convivir.

                Comienza con la palabra “Padre”, la palabra básica para referirnos a Dios. Él se nos revela, ante todo, como Padre. Es decir, aquel que es el origen y la fuente de toda nuestra existencia. Todos y cada uno de nosotros, somos creaturas de Dios. Él nos ha creado personalmente a cada uno de nosotros, ciertamente sirviéndose de nuestros padres biológicos, pero somos cada uno creación única de Dios. Y nos ha creado por puro amor. Ha querido y quiere lo mejor para cada uno. Y ha puesto en nuestro ser el germen de cada una de las cualidades personales de cada uno. Todos somos distintos. No hay dos personas idénticas en todo el mundo. Y nos crea con toda su sabiduría, su ternura, su amor, su poder. Y nos crea para que seamos felices. Somos una maravilla dice el Sal. 139. Y eso todos y cada uno de nosotros.

                Padre Nuestro, Padre de todos. Nos crea como familia. No somos piezas independientes de un cuerpo social, sino que hemos sido creados para que alcancemos nuestra plenitud como hermanos de una sola familia en la que todos somos importantes. Todos tenemos la misma dignidad de hijos de Dios. Nadie es sobrante, nadie es descartable, nos dice el Papa Francisco. Todos tenemos mucho que aportar a la familia y mucho que recibir de ella. Todos dependemos unos de otros. Quien desprecia a un hermano, se desprecia a sí mismo. En estos tiempos de crisis lo experimentamos más en carne propia: Cómo nos necesitamos unos a otros.

                Que estás en los Cielos. El Reino de los Cielos es esa realidad en la que todos viviremos felices, en la que ya no habrá muerte, ni sufrimiento, ni enfermedad, ni hambre, ni injusticia, ni violencia ni maldad de ninguna clase, sino vida en abundancia, paz, amor y alegría para todos. Esa realidad que todos deseamos de corazón, pero que hay que construir entre todos porque será el fruto de la vida y la creatividad de todos. Esa realidad por la que trabajamos, como el Señor nos enseña poniendo en juego las cualidades que el Señor nos da para el bien y la felicidad de todos. Esa realidad que ya ha comenzado, como nos enseña Jesús. Y que iremos alcanzando en la medida que sigamos su Camino.
                Después vienen 3 deseos o peticiones imprescindibles: Santificado, glorificado, sea tu Nombre. La Gloria de Dios es la Vida en plenitud de toda la Humanidad. El mayor deseo del Padre es que sus hijos seamos totalmente felices, que lleguemos a participar de su Vida eterna, que desarrollemos todo lo mejor que hay en nosotros. Y eso es el Reino, el Cielo, la plenitud, la meta hacia la que avanzamos y poco a poco se va acercando. Nuestra vida no se orienta al fracaso, sino al triunfo, a la plenitud de vida final. Y para avanzar tenemos la luz que es Jesús, que nos ilumina para que hagamos la voluntad del Padre. La Luz que brilla en las tinieblas, para que no nos perdamos, para que no nos extraviemos por caminos de muerte y perdición. Jesús es la Luz en la oscuridad, la Luz que ilumina toda nuestra existencia, nuestros trabajos, nuestras luchas, nuestros sacrificios.

                Y luego vienen las 4 peticiones orientadas a nuestras necesidades y el modo de convivir en el Camino del Reino: Danos hoy nuestro pan de cada día: El pan necesario para nuestra vida biológica, para alimentar nuestro cuerpo. El pan que hemos de conseguir con el trabajo de todos, con el trabajo inteligente y organizado de todos los humanos. El trabajo que es una necesidad y un derecho de todos. El trabajo que transforma y pone toda la naturaleza al servicio del bien de toda la Humanidad.  Y más necesario todavía el pan que da la vida verdadera, la vida en el espíritu, el arte, la cultura, la espiritualidad, que nos llevan a vivir como personas, como hijos de Dios.

                Perdona nuestras ofensas. El perdón es algo que nace como una gracia de Dios de sentir que somos creaturas limitadas. Que nace de sentirnos necesitados de perdón porque todos tenemos fallos y hacemos cosas malas, a veces sin darnos cuenta, a veces por mala voluntad. Los choques que tenemos con los hermanos nos hacen ver lo limitados que somos y los necesitados que somos del perdón de los demás. Si no nos reconocemos pecadores no podemos avanzar en la vida espiritual. Quien no reconoce sus fallos, nunca los corrige y sigue en la oscuridad.

                Y por fin le pedimos al Padre que no nos deje caer en las tentaciones, en las pruebas. Para experimentar el amor y la vida es necesario pasar por pruebas. Y necesitamos la ayuda del Padre y los hermanos para no caer en ellas. Y con ello le pedimos al Padre que nos libre del Maligno, de Satanás, que no permita que nos engañe y nos pierda.

                Pidamos al Señor, que nos ayude a avanzar en el camino de la vida y a su Madre, María que lo acompañó desde Belén hasta la Cruz, que también nos acompañe y nos enseñe a orar, para que siempre digamos “Hágase tu Voluntad” y así caminar en el camino del Reino, de la vida y de la paz.  Amén.  

miércoles, 17 de junio de 2020

Miércoles 17 de Junio. Tiempo ordinario


miscosasyyo: LECTIO: MATEO 6,1-6.16-18

Jesús en el Evangelio de hoy nos invita a vivir nuestra vida de fe con un convencimiento profundo y verdadero de forma que nuestras prácticas externas sean expresión de ello. Como el mismo Jesús dice en otro pasaje, no basta con decir Señor, Señor, sino hacer la voluntad de su Padre que está en los cielos. Es por eso que hoy nos aborda el tema de vivir desde la justicia, una justicia que hemos oído ayer que alcanza para todas y todos de parte de Dios que es nuestro Padre y Creador y por tanto nos invita a actuar de la misma manera con quienes están cerca de nosotras y nosotros.
Esa justicia práctica nos anima a que nuestras acciones sean coherentes con nuestra vida, por eso detalla tres prácticas importantes de la vida cristiana: la limosna, la oración y el ayuno, y las mismas están estrechamente unidas entre sí.
La primera invitación se dirige a compartir lo que tenemos y somos, nuestra limosna. El pasaje de la ofrenda de la viuda pobre nos enseña que la limosna no es dar de lo que nos sobra, sino lo que tenemos para vivir. Frente a esta realidad que estamos viviendo pensemos en el tiempo que compartimos con los demás, en la vida de cada día que podemos compartir y que a veces no lo hacemos; o frente a las necesidades de las personas nos quedamos retraídos y alejados de todo aquello que pueda comprometernos con los demás. De igual forma en nuestros recursos, cuando damos algo lo hacemos asegurando lo nuestro primero, es muy difícil desprenderse de aquello que tenemos para vivir, como señala Jesús de la viuda con su ofrenda. De igual forma podríamos compartir vida con quienes están decaídos y temerosos en estos momentos, compartir nuestra fe y nuestra esperanza desde la práctica de un tratamiento sencillo que se nos propone para combatir los síntomas de gripe que se puedan presentar a base de ibuprofeno y un antigripal, y de esa manera saber que ante el temor de enfermarnos hay posibilidad de medicarnos a tiempo y afirmar la vida sobre la muerte.
Frente a la oración, Jesús nos invita a orar en el silencio, en lo escondido cara a cara con Dios y con nuestra realidad humana, de esa manera podremos entonces reflexionar profundamente sin necesidad de aparentar, sino ser transparentes frente a Dios. Y Dios que ve en lo secreto lo premiará, non porque busquemos un premio con nuestra oración, sino porque la oración sincera y profunda se convierte en fuente de vida para nosotras y nosotros mismos. Nuestra oración debe partir de la realidad que vivimos, desde la crisis actual, los retos, las diversas situaciones cotidianas, pero también desde los signos y expresiones de vida y de la presencia del Señor en medio de nuestras vidas. Esa es la oración agradable a Dios.
Por último, Jesús nos invita al ayuno, no para que otros se enteren de ello, sino desde un compromiso profundo con nosotras y nosotros mismos y con nuestro entorno. El ayuno en este tiempo nos debe llevar a reflexionar sobre la vida que llevamos, las cosas superfluas en que gastamos y que no necesitamos y a partir de esta crisis saber vivir con aquello que sea realmente necesario, y saber compartir con los demás nuestros recursos. Cuanta destrucción del medio ambiente es producto del despilfarro de los recursos que hacemos. Cuánta contaminación se ha logrado disminuir este tiempo a partir de la cuarentena que nos ha obligado a detenernos. Deberíamos aprender a administrar los recursos a nuestro alcance para no destruirlos, sino renovarlos, para no acapararlos, sino compartirlos, para no desecharlos, sino reutilizarlos. Y poner así al servicio de todas y todos nuestras capacidades.
Que el mismo Espíritu que ha animado a tantas mujeres y hombres en la historia a hacer el bien y a construir la vida, nos siga animando a nosotras y nosotros cada día para luchar juntas y juntos por salir adelante de esta crisis. Amén.