Homilía.
Mt.5, 17 – 19 - Décima semana tiempo ordinario, 10 de Junio
En el
Evangelio de Mateo que hemos venido reflexionando esta semana, Jesús nos
propone su proyecto de vida, el Reino de su Padre que parte desde las cosas
sencillas de la vida, pero que permiten construir una sociedad inclusiva, en
justicia, promotora de paz, con sencillez de corazón, de forma tal que quienes
asuman el reto de vivirla se conviertan en el sabor de la vida, es decir, que
sean capaces de dar sentido pleno a la existencia propia y la de los demás, y
además serán luz que ilumine el caminar de todas las personas y de la vida
comunitaria.
Hoy Jesús
nos dice que su misión es dar cumplimiento de esa Ley que brota de Dios y que
se fundamenta en el amor sin medida que invita a preservar la vida propia y la
de los demás, porque somos presencia de Dios, imagen y semejanza suya. Quién no
cumpla con ese mandamiento de preservar la vida en toda su extensión, no es
digno del Reino de los Cielos, porque su estilo de vida, su forma de proceder
es contraria al estilo de vida de Jesús.
De ahí que
coloca frente a nosotras y nosotros una elección vital, como señala en el
Deuteronomio: “Elige la vida, y vivirás”, o si decidimos elegir la muerte,
hemos de morir también. En dicha elección encontramos la libertad que Dios nos
ha regalado desde el principio y que es rector de nuestra vida y nuestra
convivencia, por tanto, como cristianas y cristianos debemos asumir un
compromiso profundo con la vida que brota desde Dios y que se expresa en
justicia, paz, solidaridad, cuidado propio y de los demás y cercanía con quienes
nos necesitan.
La
cuarentena vivida en este tiempo nos debe llevar a mirar el presente que
tenemos y el futuro que deseamos desde esa elección: ¿queremos continuar dando
muerte a la vida, ambiental, humana, o queremos elegir la vida desde el cuidado
propio, de los demás y de la creación?
Algunos
parecieran elegir salidas superfluas frente a esta crisis y pretenden continuar
rengueando de las dos piernas, como nos señala el profeta Elías, sin decidirse
por un cambio profundo y radical de los estilos de vida nocivos. Creen que por
mucho gritar van a ser escuchados, como si Dios estuviera lejos de nosotras y
nosotros, o como si fuera sordo, y más aún, como si nosotras y nosotros no
tuviéramos ninguna responsabilidad frente a la vida y las elecciones que asumimos
cada día. Quienes obran así seguirán alejadas y alejados de Dios y del proyecto
del Reino, con una economía abierta, sin pensar en estrategias que realmente
ayuden a la población a lograr salir adelante, manipulando cifras que muestran
una realidad ciega y errada, y manteniendo a la población entretenida con
píldoras tranquilizantes y paliativa, pero que no atacan el fondo del problema.
En cambio,
asumir la vida que viene de Dios involucra buscar caminos que ayuden a superar
esta crisis desde las raíces, partiendo de la honestidad, con tratamientos
adecuados, como el propuesto por la Dra. María Barrientos de El Salvador, a
base de ibuprofeno y antigripal, sencillo y accesible a todos y sobre todo que
evita la gravedad del virus y su propagación entre la gente. Segundo, no estar
manipulando los recursos solicitados ante los organismos internacionales y
usados para el enriquecimiento y beneficio de unos pocos, mientras las grandes
mayorías pobres siguen sufriendo más pobreza, hambre y desatención frente al virus.
Y a nivel personal asumir el cuidado necesario para evitar más contagios de los
cercanos y de los demás miembros de la comunidad.
De esta
manera haremos del Señor nuestro Dios y de la vida el mandamiento central en
nuestra cotidianidad y en nuestra fe. Sabremos descubrir la cercanía de Dios en
nosotros y nosotras y seremos capaces de construir la sociedad que deseamos
donde haya cabida para todas y todos desde el respeto a las diferencias, la
solidaridad y la fraternidad.
Pidamos al
Señor su gracia para saber elegir en medio de esta crisis la vida que nos viene
de Él. Amén.
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