2020.06.15 Homilía. Mt.5, 44 Yo les digo:
Amarán a sus enemigos
Continuamos
con la meditación del mensaje de las Bienaventuranzas que leímos los días
pasados, donde Jesús nos propone el camino para vivir la felicidad plena. Y hoy
se nos habla de su actitud ante el mal y la injusticia. Lo normal es que cuando
uno sufre una injusticia, uno se resiente y desea la venganza por el mal que le
han hecho. O por lo menos que le compensen por el daño sufrido. Y mejor, un
poco más. Y uno lucha y trabaja por conseguirlo, y hasta que lo consigue, el
odio y el resentimiento dominan su corazón. Uno busca tomarse la justicia por
su mano.
El
AT. en el Deuteronomio, pone un límite a la revancha: La ley del Ojo por ojo
pide no hacer más daño que el que uno ha recibido. Eso se considera justo. Las
leyes modernas suelen seguir el mismo principio: el delincuente debe pagar la
pena correspondiente al daño infligido al otro. Siempre se mira para atrás, al
mal cometido y al castigo correspondiente. Por ese camino el mal siempre genera
otro mal, frecuentemente mayor. Y por ese camino el mal no termina, sino que
cada vez se hace más grande. Los judíos lo experimentaron en su historia: El
odio y resentimiento contra los romanos llevó a la ruina del pueblo judío años
después.
Jesús
propone otro camino: el de la no violencia, el de no resistir al mal, sino a
vencerlo haciendo el bien. Arrancar el odio y la venganza de nuestro corazón y
hacer el bien al que nos hace mal. Ese camino parece una locura al mundo común.
Aparenta un conformismo estéril que propicia el crecimiento del mal. Pero eso
no es lo que dice Jesús. Él nos dice, no solo no resistirse al mal, sino más aún,
hacer el bien al que nos hace algún mal. Jesús mira para adelante, para el
futuro, mira hacia el Reinado de Dios que ya está comenzando.
Jesús
no lo propone como un mandamiento, sino como una invitación a experimentarlo.
Él lo practicó durante toda su vida. Y fue descubriendo, por ese camino, que el
Padre nunca abandona a sus hijos que lo siguen. Ese camino a Él lo llevó a la
Cruz, pero por ahí llegó a la Vida plena, a la Resurrección. Ser cristiano es
seguir ese camino y así ir experimentando poco a poco el Amor y la Misericordia
del Señor.
El
amor al enemigo no es la resignación pasiva ante cualquier mal o injusticia que
le hagan a uno, sino negarse a responder con odio o venganza, y sí con
sabiduría y valentía, buscando el bien del agresor: hacer el bien. Jesús, en la
Pasión, decía: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. El que hace un
mal a otro, en realidad se lo está haciendo a sí mismo, aunque no se da cuenta.
El mal espíritu se lo impide. Jesús
viene a abrirnos los ojos y el corazón para que nos demos cuenta y dejemos de
hacer el mal. Ese es el camino de la paz, que triunfa y destruye el poder del
mal en el mundo.
Ante
la crisis del coronavirus, la tendencia del “mundo” es a encerrarse cada quien
con lo suyo, acaparar lo que uno pueda y desentenderse de los demás. El miedo
también nos empuja a ello. Pero Jesús nos dice lo contrario: en tiempo de
crisis el camino es pensar más en los demás, pensar en su bien y actuar en
consecuencia. Compartir lo que somos y tenemos, ayudar en lo que podemos.
Practicar las experiencias positivas que vamos teniendo, como los tratamientos
que está practicando en la parroquia mucha gente con buen resultado, como el
ibuprofeno y los antigripales. Y hacerlo, como en realidad es, como una luz en
la oscuridad, que ahuyenta el miedo, serena los ánimos y despierta esperanza.
El miedo nos quita defensas, nos hace más vulnerables, nos desanima. La
confianza en Dios y en la verdad nos fortalece, nos hace más resistentes ante
la enfermedad, y sobre todo nos hace más hermanos, más unidos, más responsables
y nos asegura el triunfo. Los cristianos somos luz del mundo, cuando nos
dejamos guiar por el Espíritu que el Señor nunca deja de comunicárnoslo si se
lo pedimos y nos abrimos a Él.
Seguir
a Jesús ciertamente es un riesgo. Él no nos promete una vida cómoda, fácil. A
Él lo persiguieron y lo mataron clavándole en una cruz. Pero triunfó de la
muerte resucitando. Y nos promete que el que lo siga, seguro que llegará donde
Él llegó. Por eso podemos mirar esta crisis con paz, con sabiduría, sin
angustiarnos ni dejarnos aterrorizar. Pero pidiendo a Él la luz, la valentía,
el ánimo que necesitamos. Él nos dice “pidan y recibirán”, “busquen y
hallarán”. Hay mucho que trabajar, mucho que hacer. Él quiere ayudarnos,
dejémonos guiar por Él. Y que su Madre María, que a Él lo acompañó desde Belén
hasta el calvario, también nos acompañe a nosotros. Amén
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