2020.6.26 - Homilia Mt.8,3 Si quiero; queda sano
El Evangelio de hoy nos relata la actividad de Jesús después de la proclamación de las Bienaventuranzas. Cómo el anuncio de la llegada del Reinado de Dios ya empieza a cumplirse. Y en algo muy concreto y que a todos nos afecta: La salud del alma y del cuerpo. Hoy es el relato de la sanación de un leproso.
Muchos judíos consideraban la lepra como un castigo de Dios por los pecados cometidos. Una enfermedad que, siendo casi incurable en aquel tiempo, suponía como una maldición de Dios y el apartamiento de toda relación con el pueblo de Dios. Para los judíos la enfermedad era un desorden en las funciones biológicas del cuerpo, provocado por la desobediencia a la Ley de Dios, un apartarse del camino que mostraba la Ley. Y muchos pensaban que, una enfermedad tan grave como la lepra, suponía unas faltas graves en el cumplimiento de la Ley. Por eso el leproso era una persona excluida de toda vida social, incluso de la propia familia. Tenía que alejarse de los poblados y aislarse de todo contacto social. Un leproso era un muerto viviente y viviente a medias.
Dice el Evangelio que, después de la proclamación de las Bienaventuranzas, muchos empezaron a seguir a Jesús y entre ellos, un leproso, que se le acercó, se hincó ante Él y le suplicó: “Señor, si tú quieres, puedes sanarme”. Y Jesús extendió su mano, lo tocó y le dijo: Sí quiero, queda sano. Y al momento se sanó. Tanto Jesús, como el leproso, contravienen la ley de la exclusión. Y es que la Fe del leproso y el amor de Jesús, pasan por encima de toda Ley. Jesús no desprecia la Ley, sabe que la Ley tiene su sentido, pero que hay que enmarcarla en la relación del amor de Dios con el hombre. Nos dice “La ley fue dada para el bien del hombre, no para esclavizarlo” “No he venido a suprimir la ley, sino para llevarla a su pleno significado, su pleno cumplimiento”
Por eso, después de la sanación, le dice al hombre: “Ve al templo, lleva la ofrenda de agradecimiento prescrita, y preséntate al sacerdote para que constate tu sanación”. La salud es un gran regalo de Dios, algo por lo que hemos de agradecer a Dios constantemente. Y ¡cómo nos olvidamos de ello! Muchos sólo nos acordamos de pedirla, cuando nos enfermamos. Entonces aprendemos a valorarla. Por eso una cierta enfermedad, de vez en cuando, nos viene muy bien.
Jesús no manda al leproso que se presente al sacerdote para mostrarle su poder, sino para que el sacerdote haga constar que el hombre está sano y pueda ser readmitido en la comunidad. El sacerdote tenía esa misión, la de dar constancia de cuándo una persona podía ser legalmente readmitido en la comunidad, volver a formar parte del pueblo de Dios. Jesús no busca hacer proselitismo con sus milagros, sino que prefiere pasar inadvertido. Por eso Jesús le dice también: Mira, no se lo digas a nadie. Sí quiere la reintegración social y religiosa de todo marginado, pero sin sacar provecho personal ninguno, evitando todo protagonismo social.
Yo creo que esta es una gran enseñanza para la situación crítica en que estamos inmersos. Primero, que nos acerquemos con cariño, respeto y atención a los enfermos de “gripe” que tenemos cerca, o a los posibles enfermos, que no discriminemos a nadie, ni les hagamos sentir rechazo alguno. Pero haciéndolo con las medidas de prevención de contagios necesarias, higiene, mascarillas, etc. Es necesario guardar ciertas distancias, pero superarlas con palabras amables, cariñosas, y actitudes serviciales y generosas.
Segundo, cuidar de no contagiar a otros guardando las medidas preventivas necesarias: lavarse con agua y jabón con frecuencia, al toser volver la cara hacia el codo, no a la mano; evitando aglomeración de gente, etc.
Tercero, cuando aparecen algunos síntomas por varios días, tomar enseguida el tratamiento a base de ibuprofeno y antigripales que parece que se está extendiendo mucho con buenos resultados.
Cuarto, evitar dejarse aterrorizar por las noticias trágicas que se difunden continuamente. Recordar que estamos en las manos del Señor, que nos quiere con gran amor y ternura y nunca nos desampara. Para ello ayuda mucho reavivar nuestra vida espiritual con las devociones que más nos motiven a sentirnos amados y cuidados por la divina Providencia y por nuestra Madre María Santísima y los santos que más nos inspiren. Sentirse en paz y amor con el Señor reaviva todas las fuerzas positivas que el Señor nos da y fortalece nuestro sistema inmunológico y nuestras defensas contra toda clase de enfermedades.
Y recordemos que hay siempre hay alguien peor que el coronavirus, que es el mal espíritu, el espíritu de la codicia, la envidia, el resentimiento, la venganza, la arrogancia, etc. Contra él hemos de luchar con más fuerza, con la ayuda del Señor, que nunca nos falta, si le seguimos y nos dejamos guiar por Él.
Jesús quiere nuestra salud y nuestra vida, nos enseña el camino para que disfrutemos de ella como verdaderos hermanos, sigámosle con decisión y recordemos que, si Dios cuida de todos los pájaros y animales del mundo, y hasta de los cabellos de nuestra cabeza y ni uno se pierde sin su permiso, ¡cuánto más cuidará de nosotros, que somos sus hijos, y por los que dio su vida en la Cruz! Que nuestra Madre María nos siga acompañando en nuestro camino. Amén.

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