domingo, 28 de junio de 2020

200628 Mt.10,39 Quien sacrifique su vida por mí, la salvará                                            


    En el capítulo 10 de Mt., después de animar a sus seguidores a no dejarse dominar por el miedo, Jesús nos indica el camino de la vida verdadera, el camino de la entrega y el sacrificio por amor. Y nos asegura que el que lo siga, disfrutará de esa vida para siempre.  Jesús nunca nos promete una vida cómoda, fácil, sin problemas, sino lo contrario, nos indica que el seguirlo a Él será motivo de contradicciones y dificultades.
    En el v. 37 nos dice: “Quien ame a su padre, a su madre o a sus hijos más que a mí, no es digno de mí”. El amor a la propia familia es uno de los valores más elevados que podemos tener. En toda la Biblia aparece así y Jesús mismo nos lo propone. Para muchos es el valor supremo. Por amor a los seres más queridos, los padres, los esposos, los hijos, siempre y en todas las culturas, se han hecho y se hacen grandes sacrificios, grandes trabajos, grandes proyectos. ¡Cuántos sacrificios no hacen las madres y los padres por sus hijos!, ¡cuántos trabajos, cuántos esfuerzos! ¡Cuánto amor se muestra en ello! Pero ese amor puede ser ocasión de cerrarnos en nuestro propio grupo, nuestra familia. Y cuando eso ocurre, se corrompe y nos impide humanizarnos en profundidad.
       Por eso Jesús nos dice que, aun siendo el amor a la familia, algo valiosísimo, hay algo más importante todavía, que es el amor a Dios y a su Reino, que relativiza ese valor y nos abre a una perspectiva mayor. Y nos lo manifiesta a lo largo del Evangelio: Cuándo de 12 años se quedó en el templo e hizo pasar a María y a José un trago amargo de angustia y desconcierto; cuando en Caná le dice a su Madre: “Mujer, ¿qué podemos hacer nosotros?”; cuando sus familiares y María fueron a buscarle para traerlo a la casa como loco y Él les dijo: “¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que escuchan la Palabra y la siguen”. Y otros pasajes más. El amor a Dios y su Reino no es contradictorio con el amor a la familia, sino lo que lo une a su verdadera raíz. Lo protege de cerrarse en sí mismo, de corromperse y reducirse a un interés de clan o de grupo cerrado.
    El amor a la propia vida es el valor supremo que todos intentamos defender y proteger cueste lo que cueste. Todos consideramos que defender la vida física nos autoriza incluso a matar a otros. Es el principio de la legítima defensa, recogida en todas las legislaciones. Y todos buscamos defenderla a como dé lugar. En la vida moderna los seguros son un campo importantísimo de la economía. Las compañías de seguros nos ofrecen seguros para todo: de enfermedad, de accidentes, de robos, de incendios, de vejez, de vida, etc. Pero que son una gran mentira: ofrecen, pero, de verdad, no aseguran nada. Ningún seguro de enfermedad nos puede asegurar la salud, ninguno puede evitar los accidentes, ninguno puede evitar la vejez, ninguno puede evitar la muerte. Lo más que pueden hacer es darnos algo de dinero, si ocurre el imprevisto, pero nada más. 
    Jesús nos invita a seguirle para guiarnos a la Vida verdadera. Nos invita y sí nos asegura que quien acepte la invitación y lo siga, la conseguirá en plenitud y para siempre. Él, dejándose guiar por el Padre, lo consiguió en la Resurrección, pero pasando primero por la pasión y la Cruz. Es decir, sacrificando radicalmente toda su vida por amor a nosotros. Mostrando así la verdad de su Amor, que es el amor de Dios por nosotros. Y por eso nos dice con total seguridad: “Quien sacrifique su propia vida por Mí y por el Evangelio, ese la salvará y para siempre”.
    Todos quisiéramos alcanzar una vida plena, totalmente feliz, pero sin sacrificio, a lo cómodo, por el camino más fácil. La cultura moderna nos ofrece cantidad de facilidades, de comodidades, de analgésicos y vacunas para evitar toda clase de dolores. Pero nos miente, nos engaña ofreciendo lo que no puede dar. Jesús sí lo ofrece y lo hace con verdad: Él lo vivió en plenitud y, por el amor que nos tiene, nos invita a seguirlo, para que lleguemos donde Él llegó. 
    El camino de Jesús no es camino fácil, pero Él nos dice “carguen con mi yugo, que mi yugo es liviano y mi carga llevadera”. Cargar el yugo de Jesús supone caminar a la par de Él, como Él lo hizo, poniéndose a la par de los humildes, los pobres, los marginados. Dejando de lado nuestra arrogancia, nuestro interés personal inmediato, y sacrificando nuestros privilegios y comodidades, compartiendo nuestros bienes. Vivir como hermanos de modo efectivo, poniendo en juego nuestras posibilidades de aliviar el dolor y el sufrimiento de los marginados. Dejando de lado nuestra comodidad, nuestros caprichos, nuestras exclusividades. Pero hacerlo, no por un orgullo de superar a otros, sino por servir mejor, trabajando para que nuestro esfuerzo ayude a aliviar las dolencias y sufrimientos de los otros. Compartir de corazón sabiendo agradecer lo que los otros hacen por uno.
    Dios quiere aliviar el dolor, el sufrimiento, la enfermedad de todos y el camino que ayuda para ello es el de Jesús que, por amor a nosotros, se hizo pobre para enriquecernos a todos con su pobreza. Él necesita de nosotros. Vivirlo en comunidad, en la Iglesia, lo hace más llevadero, más efectivo, más humano y soportable para todos. Y ello es fuente de paz, de vida, de alegría. Esa es la Buena Noticia que nos trae Jesús y la invitación a que siguiéndolo sintamos cómo el Reinado de Dios ya se está realizando entre nosotros.
    La crisis que estamos pasando es una ocasión de profundizar en nuestra Fe, sacrificándonos por las personas con las que convivimos y también por los más lejanos, mostrando así que lo que nos mueve es el amor de Dios por cada persona. Que María, que lo vivió a cabalidad, nos haga sentir su presencia y su amor maternal y así demos pasos avanzando con sabiduría y valentía hacia ese mundo nuevo de Paz y de Vida que ya ha comenzado en Jesús. Amén.

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