
Jesús en el Evangelio de hoy nos invita a vivir nuestra vida de fe con un convencimiento profundo y verdadero de forma que nuestras prácticas externas sean expresión de ello. Como el mismo Jesús dice en otro pasaje, no basta con decir Señor, Señor, sino hacer la voluntad de su Padre que está en los cielos. Es por eso que hoy nos aborda el tema de vivir desde la justicia, una justicia que hemos oído ayer que alcanza para todas y todos de parte de Dios que es nuestro Padre y Creador y por tanto nos invita a actuar de la misma manera con quienes están cerca de nosotras y nosotros.
Esa justicia práctica nos anima a que nuestras acciones sean coherentes con nuestra vida, por eso detalla tres prácticas importantes de la vida cristiana: la limosna, la oración y el ayuno, y las mismas están estrechamente unidas entre sí.
La primera invitación se dirige a compartir lo que tenemos y somos, nuestra limosna. El pasaje de la ofrenda de la viuda pobre nos enseña que la limosna no es dar de lo que nos sobra, sino lo que tenemos para vivir. Frente a esta realidad que estamos viviendo pensemos en el tiempo que compartimos con los demás, en la vida de cada día que podemos compartir y que a veces no lo hacemos; o frente a las necesidades de las personas nos quedamos retraídos y alejados de todo aquello que pueda comprometernos con los demás. De igual forma en nuestros recursos, cuando damos algo lo hacemos asegurando lo nuestro primero, es muy difícil desprenderse de aquello que tenemos para vivir, como señala Jesús de la viuda con su ofrenda. De igual forma podríamos compartir vida con quienes están decaídos y temerosos en estos momentos, compartir nuestra fe y nuestra esperanza desde la práctica de un tratamiento sencillo que se nos propone para combatir los síntomas de gripe que se puedan presentar a base de ibuprofeno y un antigripal, y de esa manera saber que ante el temor de enfermarnos hay posibilidad de medicarnos a tiempo y afirmar la vida sobre la muerte.
Frente a la oración, Jesús nos invita a orar en el silencio, en lo escondido cara a cara con Dios y con nuestra realidad humana, de esa manera podremos entonces reflexionar profundamente sin necesidad de aparentar, sino ser transparentes frente a Dios. Y Dios que ve en lo secreto lo premiará, non porque busquemos un premio con nuestra oración, sino porque la oración sincera y profunda se convierte en fuente de vida para nosotras y nosotros mismos. Nuestra oración debe partir de la realidad que vivimos, desde la crisis actual, los retos, las diversas situaciones cotidianas, pero también desde los signos y expresiones de vida y de la presencia del Señor en medio de nuestras vidas. Esa es la oración agradable a Dios.
Por último, Jesús nos invita al ayuno, no para que otros se enteren de ello, sino desde un compromiso profundo con nosotras y nosotros mismos y con nuestro entorno. El ayuno en este tiempo nos debe llevar a reflexionar sobre la vida que llevamos, las cosas superfluas en que gastamos y que no necesitamos y a partir de esta crisis saber vivir con aquello que sea realmente necesario, y saber compartir con los demás nuestros recursos. Cuanta destrucción del medio ambiente es producto del despilfarro de los recursos que hacemos. Cuánta contaminación se ha logrado disminuir este tiempo a partir de la cuarentena que nos ha obligado a detenernos. Deberíamos aprender a administrar los recursos a nuestro alcance para no destruirlos, sino renovarlos, para no acapararlos, sino compartirlos, para no desecharlos, sino reutilizarlos. Y poner así al servicio de todas y todos nuestras capacidades.
Que el mismo Espíritu que ha animado a tantas mujeres y hombres en la historia a hacer el bien y a construir la vida, nos siga animando a nosotras y nosotros cada día para luchar juntas y juntos por salir adelante de esta crisis. Amén.
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