domingo, 20 de marzo de 2022

2022 - 03 -20 -Estos dos años de Covid19 nos han confrontado con la realidad de la muerte. Esto nos ha llenado de miedo, de mucho miedo, y esto porque muchas veces vivimos como que si no fuéramos a morir.

 Homilía (Lc 13,1-9) 3 domingo de Cuaresma C

Yoro – 2022.03.20

Si en el relato de la creación se nos revela que Dios nos crea por amor, para que vivamos en plenitud y seamos felices, en el relato de la vocación de Moisés tomada del Éxodo (Ex 3,1-8.13-15) se nos recuerda que para poder ser felices y vivir en plenitud debemos liberarnos de la atadura de la opresión con que los poderes de este mundo nos quieren someter. La llamada que Dios le hace a Moisés nos las dirige también a cada una y cada uno de nosotros. La manera de liberar al mundo de la opresión es liberándonos nosotras y nosotros personalmente de ella.

La lectura de la primera carta a los Corintios (1Cor 1-6.10-12) nos recuerda sobre el trasfondo del salmo en el que repetimos que Dios es compasivo y misericordioso que no da lo mismo vivir de una o de otra manera. Que hay maneras que llevan a la vida plena y a la alegría verdadera, mientras que otras llevan a la muerte maquillada con mentiras.

El evangelio de Lucas (Lc 13,1-9) que escuchamos nos confronta con la realidad de la muerte: la muerte por el poder político, por un desastre social o por infecundidad.

Estos dos años de Covid19 nos han confrontado con la realidad de la muerte. Esto nos ha llenado de miedo, de mucho miedo, y esto porque muchas veces vivimos como que si no fuéramos a morir. Ahora si contemplamos la vida, tal y como es, reconocemos que la muerte es parte de ella, y que ineludiblemente moriremos, nos guste o no, queramos o no. Y entonces lo que se nos da a escoger es cómo queremos vivir, por qué tipo de vida vale la pena morir.

Con la muerte violenta nos amenazan los que nos exigen la extorsión, los que talan indiscriminadamente nuestros bosques, los que contaminan nuestros ríos con minas. Así en Yoro, hoy por hoy, manejar un taxi puede ser muy peligroso. Pero también nos amenazan la falta de agua que comunidades como la Guata padecen ya crónicamente, nos amenazan ríos contaminados como el Alao que hacen malparir a las vacas cuando toman de sus aguas y que dan picazón cuando nos bañamos en ellos. La infecundidad, nos recuerda el evangelio, también lleva a la muerte. Cuando el grano no da fruto porque no quiere morir (Jn 12,24.25).

Jesús no nos promete librarnos de la muerte – el primero que murió y además crucificado fue él –, sino liberarnos del miedo que le tenemos para que podamos vivir en plenitud, entregando la vida libre y generosamente con la certeza que una vida entregada así nada ni nadie nos la pueden quitar, por más que nos maten. Y tal vez eso significa convertirse hoy en Yoro, no dejarnos dominar por el miedo a la muerte con el que nos quieren someter. Ahora, este miedo, no se vence con una pistola a un lado del cinto y tres cargadores al otro lado, sino con el amor que brota de la gratitud. Hoy como nunca estamos necesitados de convertirnos, de liberarnos del miedo a la muerte para poder cuidar de nuestros bosques evitando que sean talados indiscriminadamente, para cuidar de nuestras montañas evitando que al quemar nuestras parcelas también nuestros bosques agarren fuego, para cuidar nuestras fuentes de ella evitando que sean contaminadas o destruidas, para cuidar nuestros ríos evitando que sean canales de muerte y enfermedad, para enfrentar con amor y firmeza a quienes nos quieren extorsionar.

No da lo mismo vivir de una o de otra manera. Hoy podemos elegir que la muerte nos encuentre de rodillas y sometidos, o erguidos y con las cabezas alzadas, entregándonos libre y generosamente.

domingo, 13 de marzo de 2022

2022 -03- 13 - 2º domingo de Cuaresma este pasaje se nos muestra una especie de radiografía de Jesús. Nos revela su realidad profunda.


Homilía 2º domingo de Cuaresma (Lc 9,28-36) La transfiguración

Yoro – 2022.03.13

En el evangelio el día de hoy se nos relata la así llamada transfiguración de Jesús (Lc 8,28-36). Jesús lleva a Pedro, Juan y Santiago a un monte a orar. El rostro de Jesús cambia y sus vestidos se vuelven de un blanco resplandeciente. Aparecen Moisés y Elías hablando del éxodo que Jesús iba a completar en Jerusalén. En lo que Moisés y Elías se alejan, Pedro le pide a Jesús hacer tres chozas: una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. Se forma una nube que los cubre y se escucha una voz: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Jesús está ya solo.

En este pasaje se nos muestra una especie de radiografía de Jesús. Nos revela su realidad profunda. El contexto es el de su ida a Jerusalén en donde va a experimentar el misterio pascual, su pasión, muerte y resurrección. Los poderes religiosos y políticos no toleran a Jesús y lo condenan a muerte crucificándolo.

Eso que pasó entonces sigue pasando ahora. Comencemos haciendo una radiografía de la sociedad que todavía hoy condena a muerte a las hijas e hijos de Dios. Ayer asesinaron en una calle del parque central de Yoro a Gerónimo George, un taxista. Es el segundo que asesinan en pocas semanas. El transporte público de Yoro a San Pedro está paralizado desde hace varios días. Es un secreto a voces que esto se debe a la extorsión con la que se está amenazando también a muchos negocios. Hace unos días apareció violada y estrangulada Julissa Abigail Cárcamo en las afuera de Yoro, una niña de 11 años que fue a dejar tortillas. Este asesinato y violación nos confrontan nuevamente con la dura realidad del machismo. Vivimos en sociedades abusivas en las que se recurre a la violencia y el miedo como instrumentos de coacción. Y esto se da también a nivel del estado: el caso de los hospitales móviles, de las casas contenedores, del hermano del expresidente condenado por narcotráfico en Estados Unidos, son algunos ejemplos de la corrupción e impunidad que reinan en Honduras. En estos últimos dos años hemos experimentado esta misma violencia y miedo a nivel mundial. So pretexto del Covid19 se nos encerró en nuestras casas, se cerró la economía con desastrosas consecuencias para los negocios pequeños y medianos, para el sistema escolar, y para el bienestar general de la población. Ahora nos encontramos en medio de una abusiva campaña de “vacunación” en la que se amenaza con pérdida de trabajo, con la imposibilidad de hacer uso del sistema bancario y del sistema de transporte público, con la negativa a ser tratados en los centros de salud, con la negativa a inscribir a los niños en el sistema educativo. Y todo esto, por unas inyecciones que no son seguras como lo muestra el impresionante rastro de eventos adversos que están dejando, ni efectivas, ya que no evitan el contagio propio ni ajeno – tanto así que tuvieron que cambiar la definición de “vacuna” ( de “un producto que estimula el sistema inmune de la persona para producir inmunidad a una enfermedad específica, protegiendo a la persona de esa enfermedad” a “una preparación que es usada para estimular la respuesta inmune del cuerpo en contra de enfermedades”, CDC). Además, estas inyecciones tienen una autorización de uso de emergencia que exime a las farmacéuticas de cualquier responsabilidad por eventos adversos y sus contratos son secretos.

Leída en este contexto de sociedades estructuralmente abusivas que recurren al miedo y a la violencia para coaccionar a la población, ¿qué nos dice el relato de la transfiguración? Lo que se dice de Jesús vale también de nosotras y nosotros. También nosotras y nosotros somos hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, una condición que depende de Dios y que por tanto es inalienable, nada ni nadie nos la pueden quitar. La voz del cielo invita a escuchar a Jesús por encima de cualquier otra autoridad. Para escucharlo tenemos que hacer a un lado el ruido de la propaganda manipuladora y poder así adentrarnos en lo hondo nuestro, en nuestro interior. Ahí en el silencio y la quietud seremos capaces de discernir la voz de Jesús y experimentar su Espíritu, ahí seremos capaces de sentir su amor, ahí seremos capaces de dejar que su amor despierte el nuestro. Y entonces desaparecerá el miedo, porque “en el amor no hay temor” (1Jn 4,8). Y entonces podremos alzar nuestras cabezas y erguir nuestros cuerpos y podremos hacerle frente a los abusos y a los abusadores movidas y movidos por una profunda gratitud.