Homilía (Lc 13,1-9) 3 domingo de Cuaresma C
Yoro – 2022.03.20
Si en el relato de la creación se nos revela que Dios nos crea por amor, para que vivamos en plenitud y seamos felices, en el relato de la vocación de Moisés tomada del Éxodo (Ex 3,1-8.13-15) se nos recuerda que para poder ser felices y vivir en plenitud debemos liberarnos de la atadura de la opresión con que los poderes de este mundo nos quieren someter. La llamada que Dios le hace a Moisés nos las dirige también a cada una y cada uno de nosotros. La manera de liberar al mundo de la opresión es liberándonos nosotras y nosotros personalmente de ella.
La lectura de la primera carta a los Corintios (1Cor 1-6.10-12) nos recuerda sobre el trasfondo del salmo en el que repetimos que Dios es compasivo y misericordioso que no da lo mismo vivir de una o de otra manera. Que hay maneras que llevan a la vida plena y a la alegría verdadera, mientras que otras llevan a la muerte maquillada con mentiras.
El evangelio de Lucas (Lc 13,1-9) que escuchamos nos confronta con la realidad de la muerte: la muerte por el poder político, por un desastre social o por infecundidad.
Estos dos años de Covid19 nos han confrontado con la realidad de la muerte. Esto nos ha llenado de miedo, de mucho miedo, y esto porque muchas veces vivimos como que si no fuéramos a morir. Ahora si contemplamos la vida, tal y como es, reconocemos que la muerte es parte de ella, y que ineludiblemente moriremos, nos guste o no, queramos o no. Y entonces lo que se nos da a escoger es cómo queremos vivir, por qué tipo de vida vale la pena morir.
Con la muerte violenta nos amenazan los que nos exigen la extorsión, los que talan indiscriminadamente nuestros bosques, los que contaminan nuestros ríos con minas. Así en Yoro, hoy por hoy, manejar un taxi puede ser muy peligroso. Pero también nos amenazan la falta de agua que comunidades como la Guata padecen ya crónicamente, nos amenazan ríos contaminados como el Alao que hacen malparir a las vacas cuando toman de sus aguas y que dan picazón cuando nos bañamos en ellos. La infecundidad, nos recuerda el evangelio, también lleva a la muerte. Cuando el grano no da fruto porque no quiere morir (Jn 12,24.25).
Jesús no nos promete librarnos de la muerte – el primero que murió y además crucificado fue él –, sino liberarnos del miedo que le tenemos para que podamos vivir en plenitud, entregando la vida libre y generosamente con la certeza que una vida entregada así nada ni nadie nos la pueden quitar, por más que nos maten. Y tal vez eso significa convertirse hoy en Yoro, no dejarnos dominar por el miedo a la muerte con el que nos quieren someter. Ahora, este miedo, no se vence con una pistola a un lado del cinto y tres cargadores al otro lado, sino con el amor que brota de la gratitud. Hoy como nunca estamos necesitados de convertirnos, de liberarnos del miedo a la muerte para poder cuidar de nuestros bosques evitando que sean talados indiscriminadamente, para cuidar de nuestras montañas evitando que al quemar nuestras parcelas también nuestros bosques agarren fuego, para cuidar nuestras fuentes de ella evitando que sean contaminadas o destruidas, para cuidar nuestros ríos evitando que sean canales de muerte y enfermedad, para enfrentar con amor y firmeza a quienes nos quieren extorsionar.
No da lo mismo vivir de una o de otra manera. Hoy podemos elegir que la muerte nos encuentre de rodillas y sometidos, o erguidos y con las cabezas alzadas, entregándonos libre y generosamente.
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