jueves, 24 de diciembre de 2020

2020.12.25 - Hoy es Navidad. Hoy celebramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el Salvador, el Emmanuel.

                       

Navidad

Yoro – 2020.12.25


    Hoy es Navidad. Hoy celebramos el nacimiento de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el Salvador, el Emmanuel.

    Dios es amor (1Jn 4,8) y solo amor. Y esto es Jesús quien nos lo ha explicado con su vida y muerte: “A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación” (Jn 1,18).

    Jesús nos ha mostrado el amor de Dios. Así, en su concepción Dios se muestra como dialogante, le propone a María ser madre de Jesús, jamás se lo impone. Aquí Dios nos muestra que depende del “sí” de María para realizar su designio (Lc 1,38).

    En el nacimiento, la señal que los ángeles les dan a los pastores para reconocer a Jesús, el salvador es que encontrarán “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Dios envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre. Dios en nuestras manos, dependiendo totalmente de María y José, de la acogida que le den.

    Durante su vida Jesús muestra a Dios como un buen samaritano que se hace cercano, dialoga, se deja conmover, tiende la mano y se la deja estrechar (Lc 10,30-37; Mc 1,40-45).

    La visión de la gloria para el evangelio de Juan es Jesús crucificado de cuyo costado atravesado brotan sangre y agua (Jn 19,34). El Dios, crucificado y traspasado, del que brotan sangre apasionada y agua de vida.

    Podríamos continuar presentando más “misterios” de la vida de Jesús. Todos son íconos del amor de Dios. Eso es lo que Jesús nos muestra como Emmanuel, como Dios con nosotras y nosotros.

    La obra de este Dios y de su amor es que es capaz de suscitar nuestro amor. La traducción del Nuevo Testamento de Juan Mateos muestra claramente este dinamismo: “La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor” (Jn 1,16). Y esto es la experiencia del Espíritu Santo, la experiencia de Su amor que despierta el nuestro, la experiencia de nuestro amor que responde al Suyo.

    La manera de salvarnos de nuestros pecados que tiene el Dios que se nos revela en Jesús no es arrancándonoslos, sino colmándonos de su amor hasta que ya no hay lugar para ellos.

    Así, Jesús, el Dios con nosotras y nosotros, es el camino al Dios en nosotras y nosotros, cuando colmadas y colmados de su amor se haya despertado el nuestro. Y entonces también nosotras y nosotros nos convertiremos en íconos del amor de Dios, también nosotros nos reconoceremos como hijas e hijos entrañablemente amados de Dios porque amaremos como Él (Jn 1,12-13; Jn 15,12).

    Hoy a ese Dios vulnerable lo encontramos en nuestras hermanas y hermanos contagiadas, albergados, a la intemperie. Ahora, como entonces, Dios sigue estando envuelto en pañales y recostado sobre un pesebre, y, ahora como entonces, necesita que le demos calor.


    ¡Feliz Navidad!

domingo, 20 de diciembre de 2020

2020.12.20 - La promesa parece ser para el pueblo de Israel: el niño que va a nacer recibirá el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob.

 


2020.12.20 - Hoy estamos celebrando el 4º domingo de adviento. Las lecturas de este domingo nos permiten por un lado apreciar cómo la salvación que ofrece el Dios que se nos revela en Jesús es cada vez más universal, al tiempo que nos muestra en qué consiste dicha salvación.

En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 7,1-5.8-12.14.16) que escuchamos la promesa de salvación se le hace a David. Dios le promete por medio de Natán que le va a edificar una dinastía. En el evangelio de Lucas (Lc 1,26-38) la promesa parece ser para el pueblo de Israel: el niño que va a nacer recibirá el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob. En la Carta a los romanos (Rm 16-25-27) Pablo habla de la revelación del misterio para todas naciones. Así, queda claro que la salvación ofrecida por Dios es cada vez más universal.

¿En qué consiste esta “salvación”? Encontramos una respuesta en el anuncio del nacimiento de Jesús comparándolo con el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista. El nacimiento del Bautista se le hace a un varón, mayor, sacerdote, en el templo, en la capital Jerusalén, ejerciendo su función sacerdotal, desposado con una mujer de linaje sacerdotal. En cambio, el anuncio del nacimiento de Jesús se le hace a una mujer, jovencita, realizadora de oficios domésticos, en su casa, en un pueblo de mala fama nunca mencionado en el Antiguo Testamento, realizando sus oficios domésticos.

Una primera conclusión a la que podemos llegar es que, si la salvación ha de ser tal, ha de ser incluyente. La salvación que nos ofrece el Dios que se nos revela en Jesús es incluyente. Una salvación excluyente dejaría de ser salvación.

Dicho esto, podemos preguntarnos en qué consiste más concretamente la “salvación”. La escena de Gabriel con María lo ilustra bellamente. En primer lugar, se trata de un diálogo. Dios propone, jamás impone. La propuesta que le hace a María es ser madre de Jesús. María responde aceptando la propuesta de Gabriel. Así engendra, por obra del Espíritu Santo, al hijo de Dios.

La “salvación” consiste en el caso de María, en decirle sí a su embarazo, en reconocer en el fruto de sus entrañas, al Hijo de Dios. La “salvación” consiste, pues, en responder con amor al amor de Dios fruto de un diálogo, la “salvación” consiste en una entrega libre y generosa con la que se corresponde a la entrega de quien nos amó primero.

Esta “salvación” está abierta a todas y todos. Solo hace falta que reconozcamos y agradezcamos todos los dones con los que Dios constantemente nos colma para que “enteramente reconociendo tanto bien recibido, podamos en todo amar y servir”.

En esta Navidad que estamos prontos a celebrar, y que está marcada por el Covid19, Eta y Iota esto significa escuchar la necesidad de nuestras hermanas y hermanos contagiados y damnificados, confiando en la confianza que Dios ha depositado en nosotras y nosotros, sus hijas e hijos entrañablemente amados, y entonces acercarnos, dialogar, dejarnos conmover, tendernos las manos y dejárnoslas estrechar, construyendo desde nosotras y nosotros, desde aquí y desde ahora, la sociedad que nos ha sido prometida y con la que soñamos.

domingo, 6 de diciembre de 2020

2020.12.06 - Lo que afirma Juan Bautista que caracteriza a Jesús es que bautiza con Espíritu Santo.

2020.12.06 - En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 40,1-5.9-11) Dios llama a consolar a su pueblo porque el pueblo ya ha satisfecho por sus iniquidades, porque ya ha recibido castigo doble por todos sus pecados. Además, se invita a preparar el camino del Señor.

En la segunda carta de Pedro (2Pe 3,8-14) se nos habla del día del Señor tratando de explicar su aparente retraso y describiendo su llegada afirmando que desaparecerán los cielos consumidos por el fuego y se derretirán los elementos. De ahí surgirán un cielo nuevo y una tierra nueva.

En el evangelio de Marcos (Mc 1,1-8) se retoma el tema de la preparación del camino del Señor. Se presenta a Juan como preparando el camino a Jesús. Mientras que Juan bautiza con agua, Jesús lo hará con Espíritu Santo.

Cuando escuchamos la esperanza en una segunda venida de Jesús, la pregunta que surge espontánea es: ¿y no bastó con la primera? Además, pareciera que estará marcada por poder. Comencemos examinando esto segundo.

De Jesús se nos dice que nació en un establo, y la señal que los ángeles les dieron a los pastores para reconocerlo fue: “encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Si vemos a su muerte, murió como un maldito colgado de un madero (Dt 21,23). Durante su vida renunció a que lo proclamaran rey después de la comida compartida y abundante (Jn 6,15) y advierte expresamente a sus discípulos que entre ellos no ha de ser como entre los que gobiernan las naciones proponiendo el servicio como último a las y los últimos como nuevo modelo (Mc 10,43-45).

Jesús, pues, en su primera venida no llegó con “poder”. Si no lo hizo en la primera, pareciera poco probable que lo haga en la segunda. Lo que sí es claro, es que muchos no lo reconocieron en la primera venida como hijo de Dios porque él no pasaba de reconocerse como hijo del hombre, como un hijo de vecino.

Lo que afirma Juan Bautista que caracteriza a Jesús es que bautiza con Espíritu Santo. ¿Qué significa esto? Jesús es el dador del Espíritu. Según el evangelio de Juan, lo hace en la cruz, en su muerte, ahí entrega el Espíritu (Jn 19,30). La visión de la gloria posterior, cuando del costado traspasado de Jesús brotan sangre y agua (Jn 19,34) no hace sino confirmar esto. Y el Espíritu es la experiencia de un amor que nos permite responder con amor al amor de Dios (Jn 1,16). De ahí el mandamiento de Jesús de amarnos las unas a los otros como él nos ha amado (Jn 15,12). Ahora, por su propia naturaleza, el amor no es algo que se puede imponer ni exigir. El amor solo se puede dar, esperando que despierte amor en quien lo recibe.

Mientras sigamos esperando la llegada de Jesús con poder, no nos quedará más que seguir esperando, porque ese Jesús no ha venido y no tiene visos de venir. En cambio, si recocemos que ya vino porque hemos sentido cómo su amor ha despertado el nuestro ya no buscaremos seguirle preparando el camino, sino que lo acompañaremos en su camino.

domingo, 15 de noviembre de 2020

2020.11.15 - hoy Jesús compara el reinado de Dios a un hombre que al irse de viaje llamó a sus empleados y los dejó encargados se sus bienes.

2020.11.15 - En el evangelio de Mateo (Mt 25,14-30) que escuchamos hoy Jesús compara el reinado de Dios a un hombre que al irse de viaje llamó a sus empleados y los dejó encargados se sus bienes. A uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos y a otro uno. Luego se marchó. Cuando regresó el primero le entregó 10 talentos de plata, el segundo cuatro y el tercero le devolvió el talento de plata recibido. Se nos dice que lo enterró por miedo. Mientras que en la parábola que se aprueba la conducta de los primeros dos, se desaprueba la del tercero.

El gran talento que Dios nos da a todas y cada uno de nosotros es el don de la vida. La vida es un regalo. No nos preguntan si la queremos o no, ni qué tipo de vida deseamos. Dios nos regala una vida concreta.

Ahora, así como no nos preguntan si queremos vivir, niqué tipo de vida queremos recibir, la vida la tenemos que entregar. Así como la recibimos, nos toca que entregarla. Y la vida se entrega de dos maneras, en el día a día, y como conjunto en la muerte. La vida, pues, es un regalo que a su vez nos toca que entregar.

La vida la podemos vivir desde la ingratitud o desde la gratitud. Cuando hay ingratitud, hay desconfianza. Así, por ejemplo, la codicia quiere tener y acumular cada vez más, y nada es suficiente, porque no sabe reconocer ni agradecer todo lo que ya tiene. Además, se recurre a la violencia para defender y aumentar lo que se tiene. La ingratitud está preñada de miedo. No se confía en Dios, no se confía en la vida, no se confía en las y los demás. La persona ingrata en el sentido de desagradecida, se vuelve ingrata, en el sentido de mezquina, tacaña, miope (no ve muchas veces más allá de sus propios intereses). Pone su seguridad en la acumulación, que, por otro lado, nunca es suficiente y que cada vez hay que defender con más violencia.

Cuando hay gratitud, hay confianza. La confianza de sentirse abundantemente regalada, bendecido por la vida. Reconociendo que como se trata de regalos, no dependen de nosotras ni de nosotros. Y descubriendo la bondad del Regalador, no resulta necesario acumular, porque el Regalador seguirá proveyendo como lo ha hecho siempre. Entonces la vida se puede entregar, la vida se puede compartir libre y generosamente. La persona agradecida se vuelve generosa.

El Covid19 y Eta nos han dado la oportunidad de reconocer, por las crisis que han generado, que la vida es un regalo, y que, por ende, la mejor manera de vivirla es entregándola libre y generosamente. Así, por ejemplo, el lunes un hermano me llamó comunicándome que otro hermano quería hacer una donación. Me dijo que pasaría por mí a las 2 de la tarde para que fuéramos a recoger la donación. Nos dirigimos al barrio El Guanacaste. El solar donde estaba el hermano que iba a dar la donación solo tenía media casa. La otra mitad se la había llevado el río. El hermano nos dijo que se había enterado que la Iglesia estaba haciendo una campaña de recolección de víveres y que quería hacer una donación. Nos entregó tres sacos de maíz.

Aunque Iota ha cambiado levente su rumbo, vamos a sentir sus efectos muy probablemente el martes y el miércoles. En nuestras manos no está evitarla, pero sí, elegir cómo la queremos vivir: desde el miedo o desde la gratitud.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Homilía (Mt 25, 1-13) 32 Domingo TO A


 

Homilía (Mt 25, 1-13) 32 Domingo TO A

Yoro – 2020.11.08

En el evangelio de Mateo (Mt 25, 1-13) Jesús relata la parábola de 10 jóvenes que esperan con sus lámparas y su aceite al novio. Éste tarda en legar. Cuando finalmente llega, cinco jóvenes se dan cuenta que ya casi se ha consumido su aceite. Les piden a las otras cinco que les compartan del suyo, pero éstas se niegan y les dicen que vayan a comprar. En lo que los están comprando llega el novio y cierra las puertas. Cuando les piden que les abra la puerta les dice que no las conoce. El evangelio termina invitándonos a estar preparadas y preparados porque no sabemos ni el día ni la hora.

El “día” se refería inicialmente al de la segunda llegada de Jesús, luego se interpretó también como el día de nuestra muerte. Tanto el Covid19 como esta semana Eta, nos han puesto si no de cara al fin del mundo, si de cara a la muerte. La muerte presentada de manera sensacionalista por muchos medios de comunicación social ha generado mucho miedo. Este miedo ha generado en muchas personas una parálisis interna que las lleva a recluirse en sus casas, a distanciarse unas de otras por miedo al contagio, a otras a confiar ingenuamente en un milagro salvador, todavía a otras por miedo al contagio, a otras a confiar ingenuamente en un milagro salvador, todavía a otras las ha llevado a discriminar a las personas contagiadas o necesitadas. Con todo, la muerte es uno de los datos más seguros de nuestra existencia. Nacemos, vivimos y morimos, todas y todos, tarde o temprano. ¿De dónde entonces tanto miedo?

Pareciera, en primer lugar, que vivimos sin reconocer la realidad de la muerte, de nuestra muerte. Así, vivimos como si no fuéramos a morir. Esta actitud tiene dos consecuencias; en primer lugar, nos lleva a tomar la vida a la ligera y en segundo lugar, nos lleva a obviar la pregunta por el sentido de nuestras vidas.

Así, en segundo lugar pareciera que no sabemos para qué vivimos, y por ende tampoco, por qué estamos dispuestas y dispuestos a morir. Entonces, el miedo a la muerte, se revela realmente como un miedo a la vida. Como que nos diera miedo vivir de verdad. Y es que vivir de verdad implica saber qué vivo y por qué quiero morir.

Así, en tercer lugar, pasamos por alto el hecho de que la vida es para entregarla. Hay preguntas fundamentales que no podemos soslayar: ¿a quién quiero entregarme?, ¿a qué quiero entregarme?, ¿Por qué quiero entregarme?, ¿para qué quiero entregarme?

La vida, es pues, esencialmente entrega. Y la vida se entrega no solo al final, sino en cada momento de ella.

Hay personas que nos entregamos por un momento, hay otras cuya entrega dura un poco más, y hay otras que se entregan libre y generosamente toda la vida. ¿De qué depende esto? Retomando la imagen de la parábola de hoy de la lámpara y el aceite, si la lámpara es la entrega, esto es, el amor, el aceite es la gratitud.

En estos tiempos de Covid19 y de Eta que corten necesitamos mucho amor, lámparas bien encendidas, esto es, necesitamos muchas personas que hayamos superado el miedo a acercarnos que hayamos aprendido a dialogar, que nos dejemos conmover y que nos tendamos las manos unas a otros, dejándonoslas estrechar una vez tendidas.

Ahora, lo que va a mantener la llama de nuestras lámparas encendidas va a ser la gratitud, de ella va a depender tanto la calidad como la duración de nuestra entrega.

Tanto el Covid10 como Eta, así como la negligencia, la corrupción y la impunidad con que han sido muchas veces tratados requieren de nosotras y nosotros dosis enormes de gratitud, para no claudicar en el intento, y así poder amar hasta el final, confiado, eso sí, que independientemente de nuestra gratitud y eventualmente de nuestra entrega, de nuestro amor, el Dios en el que creemos siempre nos va a abrir las puertas, es más, nunca las va a cerrar, siendo esto último, un motivo más para alimentar nuestra gratitud.

domingo, 1 de noviembre de 2020

01-11-2020 - Hoy estamos celebrando la fiesta de todas las santas y de todos los santos.

01-11-2020 - Hoy estamos celebrando la fiesta de todas las santas y de todos los santos. Vamos a adentrarnos en el sentido de esta celebración a partir de las lecturas que nos propone hoy la liturgia.

En la primera lectura del libro del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), en su visión Juan ve primero a los servidores de Dios procedentes de las tribus de Israel en número de 144,000. Luego ve a una muchedumbre incontable procedente de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas. “Son los que han pasado por la gran persecución y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero” (Ap 7,14).

La segunda lectura de la primera carta de Juan (1Jn 3,1,3) nos recuerda que somos hijas e hijos de Dios, pero que aún no se nos ha manifestado lo que seremos.

El evangelio de Mateo (Mt 5,1-12) nos presenta las bienaventuranzas de Jesús. En ellas Jesús llama dichosos a quienes eligen ser pobres, a quienes lloran, a los sufridos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a quienes trabajan por la paz, a los perseguidos.

Tanto a los mártires, a quienes hace referencia el Apocalipsis, como aquéllos a quienes Jesús bienaventura son considerados malditos por el mundo, fracasados. Para Jesús y para su Dios, sin embargo, son benditos, bienaventurados. Y es que Jesús, el Hijo de Dios, muere como un maldito clavado en la cruz (Dt 21,23).

Si Jesús, el maldito, es el Hijo de Dios, todas y todos nosotros, por muy malditos que nos considere el mundo somos hijas e hijos de Dios como nos recuerda Juan en su primera carta. Y es que, para Dios, así como no hay malditos, tampoco hay santos, ni pecadores, ni triunfadores, ni perdedores, ni buenos, ni malos, ni justos ni injustos. Para Dios solo hay hijas e hijos entrañablemente amados de Dios. Y esto que puede parecer en un primer momento contradictorio, se nos aclara cuando los que somos padres o madres nos preguntamos por nuestras hijas e hijos. Hijos pequeños, problemas pequeños, dice el dicho; hijos grandes, problemas grandes. El comportamiento de nuestros hijos muchas veces nos causa dolor, pero a pesar de eso, si nos preguntaran si tenemos algún hijo malo, nadie lo tendría. Como nadie tendría un hijo feo. Y esto, no porque sean moneditas de oro, sino porque son nuestros hijos y los amamos. Si para nosotras y nosotros, nuestras hijas e hijos son todos bellos y buenos, cuánto más no será cierto esto para Dios.

Para Dios todas y todos somos sus hijas e hijos entrañablemente amados. En ese sentido, todas y todos nosotros somos santas y santos porque él nos ama. Y esto no significa que no nos causemos dolor unos a otras. Pero, con todo, no es sino hasta que nos experimentemos entrañablemente amadas y amados, hagamos lo que hagamos, que vamos a poder experimentar su amor, y eso, entonces, va a despertar el nuestro. Y entonces seremos semejantes a Dios, porque dejaremos de excluir y discriminar también nosotras y nosotros, dejando de distinguir entre santos y pecadores, buenos y malos, justos e injustos, pobres y ricos, agradecidos e ingratos, sanos y contagiados, porque todas y todos serán entonces nuestras hermanas y hermanos entrañablemente amados. Y entonces, dejaremos de celebrar la fiesta de todas las santas y santos, para celebrar la fiesta de todas santas y santos, la fiesta de todas hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, amando a todas y todos como hermanas y hermanos, también entrañablemente amados.

Y en tiempos de Covid19 esto significa tendernos las manos unas a otros, sin dejar a nadie por fuera, y eso desde ahora, desde aquí, desde abajo, desde nosotras y nosotros mismos.

domingo, 25 de octubre de 2020

2020.10.24 - un fariseo le pregunta a Jesús por el mandamiento más grande de la le

2020.10.24 - En el evangelio de Mateo (Mt 22,34-40) que escuchamos un fariseo  le pregunta a Jesús por el mandamiento más grande de la ley. Aunque fuera para ponerlo a prueba, la pregunta no estaba injustificada. Había 613 mandamientos, 248 preceptos y 365 prohibiciones. Jesús responde con dos citas de la Biblia hebrea: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Dt 6,5) y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv19,18).

El mandamiento más grande resultan ser dos, amar a Dios y amar al prójimo. El problema es que a veces nuestro amor es mezquino, y entonces así amamos tanto a Dios como al prójimo. Por eso, en el evangelio de Juan encontramos otra formulación del mandamiento principal: “ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Aquí en efecto se formula ya un único mandamiento y se pone como medida del amor no el nuestro sino el de Jesús, el de Dios. Aquí lo que aparece indisolublemente unido no es el amor a Dios y el amor al prójimo, sino el amor de Dios y el amor al prójimo. El mandamiento principal, es pues, amarnos unas a otros como somos amadas y amados por Dios.

Ahora, podríamos preguntarnos, si Dios nos ama con generosidad, ¿por qué nos cuesta tanto a nosotras y nosotros hacer lo mismo con las y los demás? La respuesta me parece que la encontramos en la ingratitud, en el desagradecimiento, en nuestra dificultad para reconocer y agradecer el amor de Dios. Así, nuestra capacidad de amar está en función de nuestra capacidad de agradecer. A mayor agradecimiento, mayor amor, a menor agradecimiento, menor amor como le señala Jesús al fariseo a propósito de la mujer que lo unge (Lc 7,47).

El amor no se puede exigir ni mandar. Al amor solo se puede invitar, y esto, amando. Así, el amor siempre es respuesta a otro amor. En eso está la grandeza y la vulnerabilidad del amor.

Para ilustrar esto quiero contar una experiencia personal. El primer día que salí de mi autoaislamiento de 20 días por considerar que había tenido Covid19 (aunque luego la prueba salió negativa), fui a visitar a un delegado de la palabra de Dios para entregarle los tratamientos a base de ibuprofeno de 400 mg y de antigripales para su comunidad que la Parroquia estaba facilitando. Normalmente me pasaba adelante y me invitaba a una taza de café que su esposa me preparaba. Ese día me recibió detrás del cerco, la familia guardada en la casa. Entendí que no quería que entrara. Le di los tratamientos detrás del cerco y me despedí. Dos fueron las cosas que experimenté en ese encuentro. En primer lugar, su discriminación. No quería que me le acercara ni a él ni a su familia. Y, en segundo lugar, su miedo. Su miedo al contagio hacía que me discriminara. Luego, fui a casa de una catequista. Al llegar salió a mi encuentro, me abrazó, me invitó a pasar a su casa y me dio de comer. Sentí su acogida, su amor, y como eso sanaba mi corazón. Me experimenté profundamente agradecido y me sentí invitado a ir y hacer lo mismo, como Jesús invita al letrado al que le cuenta la parábola del buen samaritano (Lc 10,37).

El Covid19 vino para quedarse y con la reapertura de la economía es de esperar que el número de contagios crezca todavía más. Como hemos experimentado en estos meses, lo que nos va a sacar adelante no va a ser la prometida ayuda gubernamental sino tendernos las manos las unos a los otros, y esto por pura gratitud.

domingo, 18 de octubre de 2020

2020.10.18 - fariseos y herodianos le preguntan a Jesús si es lícito pagar impuestos al César.

 2020.10.18 - En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 45,1.4-6) que escuchamos se nos dice que fuera de Dios no hay otro dios.

En el evangelio de Mateo Mt 22,15-21) que leímos hoy fariseos y herodianos le preguntan a Jesús si es lícito pagar impuestos al César. Jesús les pide que le presenten la moneda con la que se paga el impuesto y les pregunta de quién son la cara e inscripción que tiene grabadas. Le responden que del César. Entonces Jesús afirma que hay que devolverle al César lo suyo y a Dios lo suyo.

El Dios en el que creían Jesús y su pueblo era un Dios creador de todo, fuera del cual no había otros dioses. Ahora, si Dios es el creador de todo, ¿qué significa devolverle a Dios lo suyo? Si Dios es creador de todo, si Dios nos lo ha dado todo, devolverle lo suyo a Dios significa dárselo todo. Ahora, somos conscientes de la dificultad de dar a veces incluso un poco, no digamos ya de darlo todo. ¿Qué es lo que nos permite dar, darnos? A veces el miedo puede llevarnos a dar. El miedo al castigo, al infierno. También el interés puede llevarnos a dar, el premio de la vida eterna. Con todo, ni el miedo al castigo ni el interés en un premio nos permiten entregarlo todo. Lo único que nos permite entregarlo todo es reconocer que lo hemos recibido todo y agradecerlo. Sin gratitud, no hay verdadera entrega posible. Así, solo quien agradece por todas, por todos y por todo, es capaz de darlo todo, de entregarse todo. A esta entrega libre y generosa fruto de la gratitud es a lo que llamamos amor en sentido propio. Ahora, para evitar falsas espiritualizaciones conviene citar a Juan en su primera carta: “El que diga ‘Yo amo a Dios’ mientras odia a su hermano, es un mentiroso, porque quien no ama a su hermano a quien está viendo, a Dios, a quien no ve, no pude amarlo” (1Jn 4,20). Así, darle a Dios lo suyo significa amar a las hermanas y hermanos, a la creación entera, significa entregarse libre y generosamente en cuerpo y alma. O en palabras de san Ignacio: en todo amar y servir.

¿Y el César? Lo primero que da a entender Jesús con su respuesta es que por muy César que sea, es una criatura de Dios. Así, la respuesta de Jesús pone al César en su lugar, como una criatura de Dios entre otras muchas. Aquí, podemos citar un dicho popular: “Mal paga el diablo a quien bien le sirve”. Servir a una criatura como dios es lo que se llama idolatría y ésta lleva al miedo y a la sumisión puesta la esperanza en la promesa de un premio que no puede dar.

Así, el evangelio nos invita a preguntarnos al servicio de quién estamos, ¿de Dios o de una criatura que hemos idolatrado? La respuesta a esta pregunta la encontraremos examinando cuánto nos mueve el miedo en nuestra vida, cuánto nos mueve el interés, cuánto nos mueve la gratitud, cuánta alegría verdadera en la que puedo reposar y no da goma hay en mi vida. Lo que hace a Dios Dios es que da vida. Ahora, la vida verdadera, la vida que vale la pena vivir es una vida entregada con gratitud.

Mientras tanto confiemos, Dios es paciente y está dispuesto a esperarnos una eternidad porque nos ama y está tercamente decidido a aguardarnos hasta que su amor despierte el nuestro.

O dicho con palabras de san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”.

domingo, 11 de octubre de 2020

2020.10.11 - Jesús compara el reino de Dios a un rey que organiza un banquete de bodas para su hijo.

2020.10. 11 - En la liturgia de hoy, tanto la primera lectura del libro del profeta Isaías (Is 25,6-10) como el evangelio de Mateo (Mt 22,1-14) nos hablan de un banquete. Isaías sitúa el banquete en un monte en un tiempo por venir. La comida será abundante y el vino delicioso. Arrancará la muerte para siempre, enjugará las lágrimas y borrará las afrentas de su pueblo.

En el evangelio de Mateo Jesús compara el reino de Dios a un rey que organiza un banquete de bodas para su hijo. Manda llamar a los invitados, pero estos aduciendo diversas razones se disculpan y maltratan e incluso matan a los mensajeros. El rey monta en cólera y manda matar a los asesinos y prender fuego a su ciudad. Luego manda a sus criados a los cruces de los caminos a convidar a todos los que encuentren, buenos y malos, al banquete. La sala se llena de invitados. Uno de ellos, con todo, no lleva traje de fiesta y es entonces echado fuera por el rey. Termina la parábola recordando que muchos son los llamados y pocos los escogidos.

La parábola que encontramos en Mateo parece que está influenciada por cuatro elementos. En primer lugar, está influenciada por las comidas de Jesús. Jesús parece haber comido con todo tipo de personas: fariseos (Lc 7,36), mujeres como Marta y María (Lc 10,38-29), sus discípulos (Mc 14-17), cobradores de impuestos (Mc 2,15), una prostituta (Lc 7,37), de manera que es acusado de ser comilón y borracho, amigo de cobradores de impuestos y pecadores (Mt 11,19).

En segundo lugar, la parábola está influenciada por el rechazo de Jesús por su pueblo y su crucifixión. Algo que resultaba especialmente incomprensible cuando Jesús fue un hombre que pasó haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el demonio (Hch 10,38).

En tercer lugar, la parábola está influenciada por la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. por los romanos. En esta parábola dicha destrucción es atribuida a Dios como castigo por el rechazo y crucifixión de Jesús por parte de su pueblo.

En cuarto lugar, la parábola está influenciada por personas que pertenecían a la comunidad de discípulos pero que no vivían de acuerdo al estilo de vida de Jesús. De ahí que se expulse al que no está vestido de fiesta.

Esto explica, como un banquete que comienza siendo inclusivo, para todos los pueblos dice Isaías, Jesús se sentaba a la mesa con todo tipo de personas, pasa a ser exclusivo – los invitados especiales del rey, el pueblo elegido -, a ser abiertamente excluyente – se extermina a los que no aceptaron la invitación y al que no está vestido de fiesta se le expulsa –.

La dinámica que vemos en la evolución de esta parábola refleja nuestra propia tendencia al exclusivismo y, por tanto, a la exclusión. Como que andamos buscando pretextos para decidir quién pertenece y quién no, asegurándonos, eso sí, siempre un lugar para nosotras y nosotros y las y los nuestros.

Nuestras comidas están llenas de exclusiones: los de nuestra condición social, y los de condición social “inferior”, los de nuestro partido y los de los otros partidos, los de nuestra religión y los de las otras religiones, con los que hago negocios y con los que no, los buenos y los malos, los honestos y los corruptos, los que comparten nuestra causa y los que se oponen a ella, entre otras muchas.

Jesús tiene razón, el reinado de Dios es como un banquete, en el que todas y todos tenemos un lugar, alrededor de mesas redondas, que nos permitan reconocernos, compartir la comida y la vida en una buena conversación, y todo esto con los corazones llenos de gratitud por tanto bien recibido. El reinado de Dios es “la cena que recrea y enamora” a la que todas y todos estamos invitados y que continuará hasta que todas y todos participemos de ella.

sábado, 10 de octubre de 2020

2020.10.10 - Escuchar su Palabra involucra acogerla con generosidad, dejarla penetrar en nuestro interior y hacerla vida en las actitudes y el modo de proceder nuestro de cada día, como Jesús lo hacía.

2020.10.10 - “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. Jesús inaugura una nueva forma de relación con sus discípulos y discípulas, por encima de los lazos de familia y/o de la ley, abriendo así para todas y todos, la posibilidad de ser incluidos en esta nueva relación de cercanía con Dios, como hijas e hijos de un mismo Padre, que se gesta desde el Reino.

La escucha de la Palabra hecha carne, es decir, de Jesús mismo, de su buena noticia de salvación, es la puerta de entrada a la participación de esta posibilidad de cercanía con Dios.

Escuchar su Palabra involucra acogerla con generosidad, dejarla penetrar en nuestro interior y hacerla vida en las actitudes y el modo de proceder nuestro de cada día, como Jesús lo hacía. Por eso, esta nueva relación de hijas e hijos de Dios se desarrolla a partir de la fe en Jesús, en su estilo de vida como realización del reinado de Dios en medio de nosotros, y no de normas de conducta o del cumplimiento de ritualismos vacíos y alejados de la vida que nos llevan a pretender la salvación y la cercanía a Dios como producto de nuestro esfuerzo personal y no como un don gratuito y generoso de Dios. 

San Pablo nos lo expresa desde esos mismos términos dándonos a entender cómo Jesús desde su vida y su mensaje nos abre la puerta de entrada a la gran familia de Dios, incorporándonos así a su proyecto de amor y de salvación plenos. Por eso, señala Pablo, en esta nueva relación han sido superadas las viejas diferencias establecidas desde la ley de Moisés entre judíos y no judíos, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, porque quienes están unidos a Cristo, por la fe, forman un solo cuerpo con él y es la fe en él la única que puede trazar el camino verdadero a la vida plena con él.

Ahora bien, en medio de las nuevas condiciones que hemos empezado a abrir nuestros encuentros comunitarios y celebraciones, el evangelio nos invita a saber mantener en nosotros las mismas actitudes de Jesús, ser cercanos, acoger al necesitado, levantar al caído y desanimado, animar al que tiene miedo a salir adelante, incluir al marginado, acompañar y sanar al violentado, ser compasivos como Dios lo ha sido con nosotros.  

Para lograr esas actitudes el evangelio nos sigue invitando a mantener la escucha activa y la puesta en práctica desde un compromiso serio con el cuidado personal y el de las demás personas. Pero sobre todo asumiendo el reto que conlleva mantener la vida desde el encuentro y las relaciones cotidianas, desde el respeto a la dignidad del ser humano, desde la transparencia en la administración de los fondos y recursos destinados para beneficio del pueblo, desde el esfuerzo por lograr una sociedad inclusiva y protectora de los más vulnerables, desde el respeto a las libertades de expresión y la defensa de la vida, desde la cuidado de la naturaleza. No desde el aislamiento y el miedo paralizantes, tampoco desde la indiferencia que se desentiende del dolor humano y las necesidades del pobre y marginado, mientras se acomoda en sus posibilidades. Menos aún desde las injusticias contra los más pobres quienes han sido los más sufridos en medio de esta crisis. Tampoco desde la vuelta a ritualismos vacíos y alejados del encuentro con Jesús en el pobre.

Porque recordemos esta Palabra hecha carne en Jesús nos dice que cada vez que hicimos o dejamos de hacer algo por esos hermanos y hermanas más pequeños, a Jesús mismo lo hicimos o también con él lo dejamos de hacer (Cfr. Mt 25,40.45). Abramos nuestros corazones a la gracia que nos viene de Dios.

viernes, 9 de octubre de 2020

2020.10.09 - Lo típico en el mundo son las relaciones de poder. El que tiene más poder domina al que tiene menos, lo asalta y lo saquea.

 

2020.10.09 - En la lectura del evangelio de Lucas (Lc 11,15-26) que escuchamos se acusa a Jesús de expulsar demonios con el poder de Satanás. Jesús les contesta que un reino dividido no puede prosperar y les pregunta con qué poder expulsan los suyos a los demonios. Y afirma que, si él expulsa a los demonios por el poder de Dios, el reinado de Dios ha llegado. Solo si se es más fuerte se puede asaltar y saquear a otro. Quien no está con Jesús está contra él. Si se expulsa un demonio éste busca regresar acompañado por otros siete.

    Lo típico en el mundo son las relaciones de poder. El que tiene más poder domina al que tiene menos, lo asalta y lo saquea. Esto lo vemos a diario en la vida cotidiana, lo leemos en los periódicos, lo miramos en la televisión, lo escuchamos por la radio. Vistas así las cosas, de lo que se trataría sería de tener el máximo poder posible para someter a todo el resto. De eso se trata muchas veces en política. Mucha gente se hace la ilusión de que una vez en el poder las cosas van a cambiar. Y aunque una y otra vez vemos que eso no pasa, seguimos buscando el poder porque cuando lo logremos, entonces sí va a cambiar todo. Desde esta perspectiva Jesús habría sido un hombre muy poderoso y por eso lograba someter a los demonios. Y a nosotras y nosotros como fieles seguidores suyos nos tocaría hacer otro tanto: acumular mucho poder para someter al mal.

    Este enfoque aparentemente lógico adolece, con todo, de graves problemas. En primer lugar, parecería que lo más importante en la vida sería entonces acumular poder. Pero si vemos la vida de Jesús, Jesús no se dedicó a acumular poder ni a formar un imperio. Lo que vemos es más bien todo lo contrario: Jesús es crucificado por el poder, por el imperio, por las autoridades religiosas y civiles de su tiempo.

    Un segundo problema del poder es que impone, somete, domina. Si volvemos nuevamente a la vida de Jesús observamos que éste no fue su camino. Más bien lo denuncia: “los que se consideran jefes de las naciones actúan como dictadores, y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Pero no será así entre ustedes” (Mc 10,42-43). El camino de Jesús no es el del poder, sino el del servicio. Por eso afirma a continuación: “Por el contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos” (Mc 10,43).

    Un tercer problema del poder es que suele corromper. Buena parte de las autoridades de nuestros países son un buen ejemplo de esto, y el Covid19 no ha hecho sino fomentar la corrupción apoyada en un autoritarismo cada vez mayor.

    Un cuarto problema del poder es que la libertad se limita a los que lo ejercen, no a los otros, que por definición son sometidos. Por supuesto que esto se puede hacer de formas muy sutiles por medio de la persuasión utilizando los medios de comunicación social, por ejemplo, como se ha hecho en este tiempo, haciéndonos creer que la solución a muchos de nuestros problemas va a ser una vacuna que nos haga inmunes al Covid19.

    El reinado de Dios que testimonia Jesús es muy otro. En primer lugar, no acumula poder ni ninguna otra cosa ya que reconoce y agradece la infinita generosidad de Dios. Por eso, en segundo lugar, Dios reina sirviendo, de ahí que Jesús no se canse de servir (Jn 13,1-16). En tercer lugar, en el reinado de Dios todo lo oculto va a ser descubierto (Mt 10,26), por eso en el reinado de Dios no hay lugar para los secretos, para la corrupción. En cuarto lugar, el reinado de Dios es un reinado en libertad, porque para ser libres nos liberó Cristo (Gal 5,1).

    Así, el camino para exorcizar los demonios de la codicia, la corrupción, la impunidad, la violencia, entre otros, que se ciernen sobre nuestro mundo no es, ni ha sido, someterlos a base de poder, sino reconocerlos, integrarlos y transformarlos a base de amor, y esto, como Jesús, muchas veces a costa de nuestras propias vidas que podemos entregar libre y generosamente porque el Dios revelado en él es un Dios de todas, todos y todo, que a nada ni a nadie deja por fuera de su amor.

jueves, 8 de octubre de 2020

2020.10.08 - Dios es rico en amor misericordioso y no se hace rogar para darnos a manos llenas su amor y su Espíritu que nos da vida.

2020.10.08 - Ser perseverantes en la oración, es la invitación que nos hace el Evangelio de hoy. Dios es rico en amor misericordioso y no se hace rogar para darnos a manos llenas su amor y su Espíritu que nos da vida. Basta pedirle con fe su gracia que nos basta. El Espíritu es el que mueve la vida del ser humano, al darle el aliento que viene de Dios y la fuerza y vitalidad para vivirla con entrega generosa y al servicio de los demás. 

Jesús nos propone un ejemplo de cómo con nuestra insistencia ante las personas podemos lograr de ellos su atención, si no por ser amigos, al menos por dejar de molestar. Aunque la comparación es fuerte, al referirse a Dios nos deja en claro que Él no necesita de nuestra insistencia ni necedad para darnos su Espíritu que es el amor mismo de Dios, porque Dios ante todo, es bueno y ya que nos ha creado, quiere lo mejor para cada una de sus hijas e hijos. 

El evangelio insiste en que todo el que pide, recibe; quien busca, encuentra y al que toca, se le abre. Muchas veces en la vida queremos obtener las cosas sin pedirlas, sin buscarlas, sin tocar puertas, medios o personas. Las cosas no caen del cielo, los cambios no vienen de arriba. Es necesario que empecemos por vivir de la manera como queremos que sea nuestra sociedad. Haciendo el bien que deseamos, promoviendo con nuestras vidas la justicia que queremos vivir, denunciando las injusticias y corrupción que hemos visto y oído, y ante todo, vivir a la manera de Jesús, para que el reinado de Dios sea una realidad en nuestras vidas y en la de las-los demás. 

Esa vida brota desde la presencia del Espíritu que da vida. La importancia del Espíritu en nuestras vidas brota del ser mismo de Dios, pues Jesús lo promete a sus discípulos como aquél que será el consolador, el defensor, el que ha de recordarnos sus palabras y nos animará a vivir la vida desde esa forma de proceder. 

Fue el Espíritu el que animó en todo momento la obra y vida de Jesús y le impulsó en su misión en el anuncio del Reino; fue el Espíritu el que dio fuerza por amor para vivir su Pasión, Muerte y Resurrección; fue el Espíritu el que acompañó a los discípulos cuando fueron enviados por Jesús a llevar la Buena Nueva del Reino; fue el Espíritu el que venció el miedo en los discípulos en Pentecostés, reunidos en oración; fue el Espíritu quien movió a Pablo en su búsqueda y conocimiento de Dios; y también, quien fue suscitando en las primeras comunidades cristianas el conocimiento y la vivencia de la vida de Jesús. Ese mismo Espíritu continúa impulsando la vida de quienes buscan a Dios de todo corazón y desean asumir su reinado en sus vidas. 

Dejarse mover por el Espíritu nos lleva a profundizar en el amor de Dios, en la generosidad que brota de él para nosotros y que nos ha de mover para hacer lo mismo con las demás personas. Es profundizar en el misterio de salvación de nuestras vidas como experiencia de una fuerza que nos impulsa cada día a querer construir una vida más digna e inclusiva para todas y todos sin excepción, empezando por comprometernos en lo que somos y hacemos cada día. 

Dejemos que el Espíritu nos mueva cada día para saber pedir lo que nos conviene y animarnos unos a otras en medio de la vida de cada día, sabiendo asumir el reto de vivir desde el estilo de vida de Jesús, que vivió amando y sirviendo a los demás.

miércoles, 7 de octubre de 2020

2020.10.07 - Según la tradición la Virgen María se le apareció a santo Domingo de Guzmán en 1208 en la capilla de un monasterio (Prouilhe) en Francia, con el rosario en las manos, el cual le enseñó a rezar y le dijo que predicara su rezo.

2020.10.07 - Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora, Virgen del Rosario. Para eso, la liturgia toma un texto de los Hechos de los apóstoles (Hch 1,12-14) en el que aparecen los 11 de regreso en Jerusalén orando en compañía de María y de los parientes de Jesús. La salmodia está tomada del Magníficat (Lc 1,46-56), del canto de alabanza y gratitud de María en compañía de Isabel. El evangelio es el relato de la anunciación del nacimiento de Jesús a María.

Según la tradición la Virgen María se le apareció a santo Domingo de Guzmán en 1208 en la capilla de un monasterio (Prouilhe) en Francia, con el rosario en las manos, el cual le enseñó a rezar y le dijo que predicara su rezo. Además, le ofreció diferentes promesas referidas al rosario. Santo Domingo se lo enseñó a algunos soldados que ganaron luego una batalla (Muret) cuya victoria se atribuyó a la Virgen María. Así se erigió la primera capilla a la Virgen del Rosario.

En la aparición la Virgen María invita a santo Domingo a contemplar la vida, la muerte y la gloria de Jesús unidos al rezo del Ave María, como una especie de salterio. Cuando santo Domingo lo propone en la catedral, hay una gran tormenta que llena de miedo a todos los asistentes. Luego de orar santo Domingo cede la tormenta y los fieles acogen el rezo del rosario.

El rosario es una oración muy sencilla al tiempo que muy profunda, porque permite contemplar los misterios de la encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesús acompañados por el rezo del Avemaría.

Hay una larga lista de promesas relacionadas al rezo del rosario. Es indiscutible que el rezo del rosario hace bien, pero si se reza para alcanzar alguna promesa todavía no se ha descubierto su verdadero valor: experimentar el amor de Dios revelado en Jesús contemplando los misterios de su vida. Por eso, sería igualmente un error promover su rezo sembrando miedo. El miedo es un gran instrumento de control social como hemos experimentado en estos tiempos de Covid19, pero el Dios que se nos revela en Jesús no es un Dios que quiere que actuemos movidos por el miedo (Mc 5,36; Jn 6,20). Más bien quiere que seamos libres como afirma tan bellamente san Pablo: “Para que seamos libre snos liberó Cristo; conque manténganse firmes y no se dejen atar de nuevo al yugo de la esclavitud” (Gal 5,1).

Así, pues, el gran fruto del rezo del rosario es que experimentando el amor de Dios al contemplar la vida de Jesús el Espíritu despierta nuestro amor. Sintiéndonos amadas y amados, amamos. Y entonces acompañamos a María en su cántico de alabanza por todas las maravillas que Dios ha hecho y sigue haciendo, y descubrimos simultáneamente que no estamos solas ni solos, que oramos con y en comunidad, con y en Iglesia, como aquella primera comunidad de la que nos habló hoy la lectura de los Hechos de los apóstoles.

Gracias, María, por habernos enseñado el rezo del rosario, por habernos enseñado a contemplar la vida de tu hijo Jesús, confiando en que conocerlo es sentir su amor, y que al sentir su amor se despertará el nuestro, y que entonces experimentaremos que para “Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37).

martes, 6 de octubre de 2020

2020.10.06 - La experiencia con Jesús se hizo tan importante para sus seguidores que la escucha de su Palabra era muy importante.


2020.10.06 - El anuncio del Evangelio se convirtió en la tarea más apremiante para los seguidores, discípulos y discípulas de Jesús. Un anuncio que parte desde la experiencia personal que cada una-uno de ellos tuvo en esa cercanía con él, viéndole, escuchándole, siéndose amadas y amados por Jesús, y asumiendo en sus vidas esa buena noticia que más que un mensaje, se concretaba en un estilo de vida en el que todas y todos se sentían incluidos e invitadas. 

El Evangelio nos relata la experiencia de Marta y María, dos hermanas muy amigas de Jesús. Ambas lograron estar cerca de él, tenerlo en su casa, ser sus amigas, y sobre todo dejarse inquietar por aquella forma de hablar y de ser con los demás, a tal punto que para ellas era muy importante escucharle con atención cuando él estaba presente.

La experiencia con Jesús se hizo tan importante para sus seguidores que la escucha de su Palabra era muy importante. Gracias a esa escucha atenta se logró transmitir entre las primeras comunidades cristianas la vida de Jesús, el acontecimiento de la Pasión, Muerte y Resurrección que recogen el primer anuncio o Kerigma, lo cual expresaba esa vida en abundancia que habían vivido con él y que seguían viviendo en sus vidas de cada día desde la experiencia del Cristo Resucitado. 

Es por esa razón que el evangelio de hoy trata de resaltar la importancia que debemos tener ante la escucha de la Palabra de Jesús, que es Dios hecho humano y que viene a mostrarnos el amor misericordioso e incondicional que tiene por nosotras y nosotros, y a partir de ahí nos invita a vivirlo cada día en nuestras acciones y con aquellos que compartimos. 

La escucha de la Palabra está muy unida a la vida cotidiana, por eso encontramos a Marta afanada en los quehaceres mientras Jesús está en medio de ellas. Aunque el mensaje de Jesús pareciera reducir importancia a los quehaceres de Marta, no es así. En la vida es necesario ordenar las cosas y saber dar la importancia necesaria a la escucha de la Palabra y al resto de la vida, por la Palabra ha de iluminar nuestra vida y nos ha de conducir en nuestro caminar. 

Para san Pablo, Jesús fue un acontecimiento sumamente transformador en su vida. Aunque él no le conoció personalmente, su experiencia de conversión fue tan real y profunda que lo vive como si hubiese sido uno de quienes le escucharon y vivieron con él. La Palabra es tan importante que lo impulsa a ser apóstol, es decir, a asumir en su vida el compromiso de anunciar a los demás ese estilo de vida que ha volcado su vida y que puede hacer lo mismo con los demás, a cuidar de la fe de sus hermanas y hermanos.  

Esa misma Palabra hecha humanidad en Jesús nos sigue invitando hoy en día a asumir la misión de vivir desde un estilo de vida diferente al que hasta ahora hemos vivido, más humano, más cristiano, desde donde se respete la dignidad de las personas, reconociéndoles como hijas e hijos de Dios, como hermanas y hermanos nuestros. Un estilo de vida que convenza desde la praxis del amor entregado y generoso, cercano a quienes sufren y dispuesto a tender la mano a quien necesita levantarse.

La experiencia de san Pablo nos alecciona en cómo el Señor no condena al pecador, sino que lo que desea es su conversión, un cambio de vida que le lleve a asumir como propia la forma de proceder de Jesús, y aunque haya sido un perseguidor de la fe, como lo fue Pablo, al final logre descubrir y experimentar el profundo amor de Dios por la humanidad, y pueda así compartir esta experiencia con quienes están necesitados de conversión.

lunes, 5 de octubre de 2020

2020.10.05 - un doctor de la ley le pregunta a Jesús qué debe de hacer para alcanzar la vida eterna.


2020.10.05 - En el evangelio de Lucas (Lc 10,25-37) que escuchamos hoy un doctor de la ley le pregunta a Jesús qué debe de hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le pregunta por lo que está escrito en la ley. El doctor de la ley le responde con el doble mandamiento: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Jesús le dice que si hace eso vivirá. Pero el doctor de la ley queriendo justificarse le pregunta quién es su prójimo. Entonces Jesús le cuenta una parábola. Un hombre cae en manos de unos ladrones en el camino y lo dejan medio muerto. Un sacerdote primero y un levita después lo ven y ambos pasan de largo. Un samaritano, lo ve, se compadece de él, se acerca, le unge las heridas, lo carga, lo lleva al mesón, cuida de él y paga por él. Jesús le pregunta al doctor de la ley cuál de estos tres se portó como prójimo del hombre asaltado. Le responde que el que tuvo compasión de él. Jesús le dice que vaya y haga lo mismo.

La pregunta que le hace el doctor de la ley a Jesús es muy parecida a la que le hace el joven rico a Jesús (Lc 18,18): ¿qué hacer para alcanzar la vida eterna? La vida eterna es la vida definitiva. La pregunta de ambos es la pregunta por la vida que vale la pena vivir.

Jesús le pregunta al doctor de la ley por lo que está escrito en la ley. El doctor le responde con el doble mandamiento: amar a Dios y al prójimo. Jesús le dice que si hace eso vivirá. Pero eso no le resulta suficiente al doctor de la ley, como no le resultó suficiente al joven rico el cumplimiento de los mandamientos (Lc 18,21). En el fondo, ninguno de los dos es feliz con la vida que está llevando, aunque esté cumpliendo la ley. Podríamos preguntarnos si este no es también el caso de muchas y de muchos de nosotros, que cumplimos los mandamientos, pero no somos felices.

Jesús le cuenta entonces al doctor de la ley la parábola del buen samaritano. Llama la atención que tanto el sacerdote, como el levita como el samaritano ven al hombre tendido en el camino, pero los dos primeros pasan de largo, mientras que el samaritano se acerca a él. Lo que hace la diferencia es que el samaritano, a diferencia del sacerdote y del levita, se compadeció de él. Esta compasión es la misma que siente Jesús cuando luego de hacerse cercano al leproso y escucharlo se compadece de él (Mc 1,41). Sentir compasión pareciera ser la clave para no pasar de largo, para acercarse, para hacerse prójimo. ¿De dónde viene esa compasión? Esa compasión proviene de haberla sentido antes dirigida hacia sí misma, hacia sí mismo, haberla acogido y haberla agradecido. Compasión, pues, siente quien ha agradecido la compasión que ha recibido.

Qué significa hacerse prójimo fruto de la compasión es lo que explica bellamente la parábola: sanar las heridas, cargar con la persona, cuidarla y pagar por ella. La parábola del buen samaritano es la parábola de la vida de Jesús. El relato de la curación del leproso (Mc 1,40-45) lo ejemplifica bellamente. Ahí Jesús se hace cercano al leproso, dialoga con él, se deja conmover, le tiene la mano y lo toca. Al decirle Jesús al joven rico que venda lo que tiene y lo acompañe, le está diciendo lo mismo que al doctor de la ley, que lleve una vida samaritana, como la suya. En esto consiste una vida plena, una vida que vale la pena vivir.

No nos confundamos, pues, ahora, en estos tiempos de Covid19 que corren, como antes, la vida que vale la pena vivir, la vida que da verdadera felicidad, la vida por la que vale la pena morir es una vida samaritana como la de Jesús fruto de la gratitud. Éste, y no otro, es el evangelio de Jesús.

domingo, 4 de octubre de 2020

2020.10.04 - Jesús narra otra parábola también sobre una viña, sobre otra parcela, pero un poco distinta.



2020.10.04 - El profeta Isaías (Is 5,1-7) nos cuenta hoy una parábola de un hombre que tenía una viña, hoy diríamos, que tenía una parcela de tierra. La prepara con esmero y siembra en ella maíz. La cuida, la fertiliza, la limpia, la calza. Pero al final la parcela da maíz picado de mala calidad. Isaías le pregunta al pueblo qué va a ser este hombre con la parcela. Dice que le va a quitar la cerca para que las vacas la pisen y se coman el maizal. Además, dice que la va a secar, porque va a impedir que las nubes lluevan sobre ella. Termina diciendo que el pueblo es esa parcela, que esperaba de él justicia y cosecha injusticia.
En el evangelio de Mateo (Mt 21,33-43) Jesús narra otra parábola también sobre una viña, sobre otra parcela, pero un poco distinta. Así dice que cercó la parcela y la aró. Luego la alquiló. Llegado el tiempo de la cosecha mandó a pedir su parte. Los arrendatarios maltrataron y mataron a los enviados a recoger su parte. Matan incluso al hijo del dueño de la parcela, creyendo que así se podrían quedar con la parcela. Jesús pregunta qué hará el dueño de la parcela con los arrendatarios. La respuesta obvia es que matará a los arrendatarios y entregará su parcela a otros arrendatarios.
Luego cambia de imagen. Pasa de la parcela de tierra a la construcción de una casa. Dice que la piedra que desecharon los constructores se ha convertido ahora en piedra angular. Y termina diciendo que el reino de Dios les será quitado a los sumos sacerdotes y ancianos y le será dado a un pueblo que produzca sus frutos.
De la parábola de Isaías llama la atención que lo que Dios pide no es culto ni cumplimiento de la ley, sino justicia entre los seres humanos. Hoy añadiríamos, el cuidado de nuestra casa común, el cuidado del medio ambiente. En estos tiempos del Covid19 en que nuestros templos estuvieron cerrados y a penas empiezan a reabrirse, lo que a Dios le interesa ayer como hoy, no es tanto el culto, sino el trato entre nosotras y nosotros. Hoy podríamos preguntarnos, ¿discriminamos fruto del miedo a las personas contagiadas o fuimos samaritanas y samaritanos visitándolas y llevándoles alguna provisión? Y con respecto a nuestra casa común, ¿seguimos envenenando y quemando nuestras parcelas o estamos buscando formas menos tóxicas de cultivarlas? La profecía de Isaías pronunciada alrededor del año 735 a.C. se vio cumplida primero en 720 a.C. cuando luego de ser invadido Israel por Asiria, sus habitantes son deportados, y luego en 587 a.C. el templo es destruido y los judíos deportados a Babilonia. En nuestros tiempos más que deportaciones lo que tenemos son migraciones masivas de los pobladores de nuestras tierras que ponen de manifiesto la inclemencia de las condiciones de vida en nuestros países para buena parte de su población. Aunque estamos en invierno, la escasez creciente de las fuentes de agua y su contaminación son testigos silenciosos de la progresiva destrucción de nuestras parcelas.
La parábola de Jesús más que al pueblo en general está dirigida a sus autoridades. En su tiempo esta parábola luego de la destrucción del templo por los romanos en el año 70 d.C. pudo ser entendida en el sentido de que la Iglesia sustituía y ocupaba el lugar que había sido ocupado hasta entonces por el pueblo de Israel. Pero esta parábola goza también de una gran actualidad hoy cuando la crisis que estamos viviendo ha sido generada más que por el Covid19 por la manera negligente de tratarlo por parte de muchas de nuestras autoridades. Los hospitales móviles siguen siendo un ejemplo clamoroso: se pagó por los dos que llegaron ya al país U$7.4 millones de dólares por cada uno cuando su precio de fábrica es de U$2.5 millones por cada uno. Además, los hospitales no son nuevos, sino contienen muchos elementos usados, y algunos inservibles como los respiradores. Y para colmo de males, luego de más de dos meses de haber llegado al país los hospitales móviles aduciendo siempre nuevas razones todavía no han entrado en funcionamiento. Los otros cinco hospitales móviles también exageradamente sobrevalorados ni siquiera han llegado al país. Así, la manera de enfrentar al Covid19 ha dejado al descubierto además de la negligencia de muchas de nuestras autoridades, su corrupción e impunidad descaradas. Según la lógica de la parábola, unas autoridades así merecen ser reemplazadas por otras menos negligentes y corruptas, cuando no ser enjuiciadas con la misma determinación que ellas mismas han mostrado por juzgar a los defensores del medio ambiente la comunidad de Guapinol, por ejemplo.
El evangelio termina con la parábola de la piedra desechada por los constructores que se ha convertido en piedra angular. Esta parábola hace clara referencia a Jesús que hace posible un nuevo modelo de sociedad. Ahora, lo típico de Jesús como piedra desechada es que se convierte en piedra angular de una sociedad en la que todas, todos y todo tienen un lugar. No es una piedra desechada que excluye, sino todo lo contrario, una piedra que por saber lo que es haber sido desechada es incluyente, no dejando a nadie ni a nada por fuera, ni a la parcela ingrata ni a los arrendatarios asesinos. Ahora, el cemento, el vínculo que va a hacer posible la construcción de esta nueva sociedad no va a ser la justicia sea esta retributiva, distributiva o restaurativa, sino el amor, que responde a otro amor, al amor de aquél que lejos de acabar con la parcela y sus arrendatarios entrega a su Hijo para que tengamos vida y vida en abundancia (Jn 10,10).

sábado, 3 de octubre de 2020

2020.10.03 - Las y los discípulos estaban llenos de alegría porque experimentaron el poder de someter demonios en el nombre de Jesús

2020.10.03 - El evangelio de Lucas (Lc 10,17-24) que escuchamos nos relata el regreso de las y los 72 discípulos de la misión y su encuentro con Jesús. Estaban llenos de alegría porque hasta los demonios se les sometían en nombre de Jesús. Jesús les dice que vio a Satanás caer del cielo como un rayo, pero de lo que deben de alegrarse no es de que los demonios se les sometan, sino de que sus nombres estén inscritos en el cielo. Luego lleno de alegría Jesús alaba a Dios por haberle escondido el misterio del reinado de Dios a los sabios y entendidos y habérselo revelado a la gente sencilla. Termina bienaventurando a las y los discípulos por ver y oír lo que ven y oyen. 

Las y los discípulos estaban llenos de alegría porque experimentaron el poder de someter demonios en el nombre de Jesús. Dicho poder no es poca cosa, pero Jesús los invita a alegrarse por algo distinto, por estar inscritos sus nombres en el cielo. ¿Qué puede significar esa expresión? El cielo en este contexto es el lugar donde está Dios. ¿Y dónde está Dios? Sabemos que Dios está donde hay amor, porque Dios es amor (1Jn 4,16). Sabemos además que donde hay amor colmado no hay temor (1Jn 4,18). Podemos amar nosotras y nosotros, porque él nos amó primero (1Jn 4,19). Así, pues, lo que debe de alegrar a las discípulas y discípulos no es la experiencia del poder, aunque sea de sometimiento de los demonios, sino la experiencia del amor, de un amor que responde al suyo.

Y por esto es que Jesús alaba a Dios, porque la experiencia del amor de Dios está abierta a todas y todos, solo se necesita un poco de gratitud, solo se necesita agradecer. Y esto es precisamente lo que a los sabios y entendidos se les dificulta porque confían en el poder, aunque sea en el de sus brillantes mentes. Y lo que salva nunca es el poder sino el amor. Y aquí, nuevamente, no es en primer lugar el nuestro, sino el de Dios. Es su amor, sentido y experimentado, esto es, acogido con gratitud, lo que nos libera porque despierta el nuestro. Y si es verdad que todo es posible para quien confía (Mc 9,23), tanta más verdad es que todo es posible para quien ama.

Así, pues, el Dios de Jesús es un Dios que alcanza para todas y todos, porque su amor a todas y todos alcanza, aunque no todas y todos lo reconozcamos, ya no digamos, lo agradezcamos (Lc 17,17-19). Unámonos a Jesús en su alabanza, porque su amor es parejo, y porque la felicidad está al alcance de todas y todos, solo es necesario reconocer y agradecer dicho amor. Porque la verdadera felicidad nunca está en el poder, aunque sea el de someter a los demonios, sino en el amor, en un amor que es respuesta a otro amor. Quien ha hecho esta experiencia puede decir con Job que ya no conoce a Dios solo de oídas, sino que lo han visto sus ojos (Job 42,5).

Refiriéndonos a la situación actual, lo que nos va a permitir superar esta pandemia del miedo orquestada en buena parte por los poderosos de este mundo nunca va a ser enfrentar su poder con el nuestro, por más popular que éste sea, sino con el amor de Dios, que despierta el nuestro.

Somos realmente bienaventuradas y bienaventurados porque en Jesús hemos visto, oído y palpado el amor de Dios (1Jn 4,1-4) que ha suscitado el nuestro.

viernes, 2 de octubre de 2020

2020.10.02 - El evangelio resalta que lo importante no está en saber quién es el más importante en el Reino de los cielos, sino en asumir en nuestras vidas una forma de proceder desde el servicio desinteresado y generoso para con los demás.

2020.10.02 - Celebramos hoy la memoria de los Santos Ángeles Custodios, o los que conocemos como Ángeles de la Guarda. Esta memoria nos hace recordar la cercanía de Dios con nosotras y nosotros que destina estos seres celestiales que habitan en siempre en su presencia para nuestro cuidado y compañía. La tradición bíblica nos relata pasajes donde Dios envía sus mensajeros, “ángeles”, para caminar junto a nosotros o para comunicarnos sus proyectos de amor, e incluso para corregir nuestras acciones y nuestro caminar. 

Esa cercanía de Dios que se muestra constantemente es cantada por el salmista, “Señor, tú me conoces profundamente; conoces todo de mí”. Por eso, porque nos conoce y sabe cómo somos, pues nos ha creado, por eso nos ama tal como somos, con un amor incondicional y para siempre. 

El evangelio resalta que lo importante no está en saber quién es el más importante en el Reino de los cielos, sino en asumir en nuestras vidas una forma de proceder desde el servicio desinteresado y generoso para con los demás. Cuando los discípulos vivían atentos a la búsqueda de privilegios y reconocimientos, propios de nuestra vida cotidiana, Jesús propone un estilo de vida distinto, vivir desde el servicio que podamos brindar a los demás, haciéndose el último y el servidor de todos. Este era un oficio destinado paravos en la sociedad de Jesús. Por eso, en el relato de la última cena, cunado Jesús se pone a lavarles los pies a los discípulos, les resulta tan escandaloso y contradictorio con lo que ellos pretendían al estar cerca de Jesús, que Pedro se indigna y reniega de que Jesús le lave los pies. No es ese el camino que él desea seguir, sino el de los privilegios que da el sentarse a la derecha o izquierda en su reino, como lo habrían pedido Santiago y Juan en otro momento. 

El reinado de Dios se desarrolla de forma sutil y silenciosa entre los pequeños, entre las pequeñas acciones de cada día, desde una forma casi imperceptible en medio de la vida que se gesta cada día. Solo los de corazón sencillo y humilde, como los niños y niñas, son capaces de advertirlo y desde su sencillez son capaces también de asumirlo en su práctica cotidiana, como forma de proceder que no surge de la premeditación, sino desde la espontaneidad de la vivencia diaria. 

Desde ese sentido, el reinado de Dios se presenta totalmente contrario con la vida cotidiana actual, con nuestros modos de proceder que buscan los privilegios, los reconocimientos y las alabanzas en todo lo que hacemos y buscamos ser, llevándonos a vivir, en muchas ocasiones, desde una vida alienada y vacía que provoca el sinsentido y la frustración en algunos casos. 

Jesús coloca como modelos a los niños y niñas, desde su sencillez por la vida, desde su transparencia en su actuar, afirmando que quien actúa y vive como uno de ellas y ellos, asume realmente el proyecto del Reino de Dios en sus vidas, y es esa humildad y sencillez en el actuar lo que hace verdaderamente grande al ser humano. Esto nos coloca de cara a nuestra humanidad, tan asumida por Dios, en Jesús, desde la Encarnación, que no hay otro camino por el cual podamos llegar a Dios, sino es desde la humanidad plena que cada uno-una tenemos y podemos compartir. De forma que el Evangelio nos invita a descubrir a Dios en nuestra humanidad herida y necesitada de nosotros y nosotras mismas, de un cambio en las formas como procedemos para con los más necesitados, para con nuestra tierra en general, para con los muchos niños y niñas que viven necesitados en las calles, porque “el que reciba a un niño como este en mi nombre, me recibe a mí”, nos dice Jesús.

Abramos nuestros ojos y oídos para ver y escuchar al Señor que nos llama desde la sencillez y vulnerabilidad de los más pequeños entre nosotros, de aquellos que son excluidos y muchas veces violentados en nuestra sociedad.

jueves, 1 de octubre de 2020

2020.10.01 - En el Evangelio de hoy se nos relata la urgencia del anuncio de Reino de Dios; Dios quiere habitar en medio nuestro y dignificar nuestra vida.

 

2020.10.01 - En el Evangelio de hoy se nos relata la urgencia del anuncio de Reino de Dios; Dios quiere habitar en medio nuestro y dignificar nuestra vida. Ayer escuchábamos la invitación que hacía Jesús a asumir esta tarea, siendo capaces de desapegarnos con tal de colocar como más importante el anuncio y la vivencia del reinado de Dios en medio de nosotras y nosotros. 

Hoy Jesús envía a setenta y dos discípulos, un grupo numeroso que decide asumir en sus vidas ese compromiso de vivir desde un estilo de vida distinto, más humano y digno de las hijas e hijos de Dios. Anunciar la Buena Noticia del Reino involucra una vivencia cotidiana de sus valores, es decir, llevarlos a la práctica desde nuestra vida cotidiana. Solo se puede anunciar esa Buena Noticia de Dios cuando se es parte de ella, o sea, cuando la experimentamos y la vivimos como una realidad tan cercana y familiar que me impulsa a querer compartirla con los demás, querer anunciarla. 

El anuncio de esa Buena Noticia involucra hacerse una Buena Noticia. Cuando Jesús llama a las gentes a la conversión y a una vida distinta, cuando llama bienaventurados a los pobres, a los que sufren, a los perseguidos, a los que lloran, a los sedientos de justicia, es porque Él mismo asumió en su vida, de tal forma, esa vivencia, que le permitía poder anunciarlo a los demás como una forma de vida posible, en la cual Dios se hacía presente. Por eso llama a muchas personas a seguirle, asumiendo ellas y ellas tal estilo de vida. 

En su invitación para las discípulas y discípulos, Jesús es consciente de la realidad en medio de la cual se quiere anunciar esta Buena Nueva, es una realidad de contradicciones, de conflictos, de crisis humanas, que están sedientas y necesitadas de salvación. Y por tanto, necesitan de personas que hayan experimentado en sus vidas un estilo de vida diferente, más humano. 

Son pocos los que se deciden en asumir este reto, porque conlleva un compromiso de vida y de acción. Recordemos en el evangelio de ayer que ante la invitación de Jesús a seguirle aparecen los pretextos, de familia, de trabajo, de proyectos, inclusive de muertos. Pero ante todo eso, Jesús es claro en decir que es más apremiante asumir el compromiso de gestar un cambio en nuestras vidas desde la experiencia de un amor agradecido, mostrado por Dios desde la humanidad de Jesús. 

Quienes se comprometen con la misión deben saber que su realización se lleva a cabo en medio de contradicciones, de momentos de crisis y de otros muchos que viven buscando destruir y engañar, como lobos con piel de ovejas, para evitar la realización de ese reinado de Dios en medio nuestro. Ante todo, hemos de saber que la obra es de Dios y no nuestra, por eso su realización se lleva a cabo en medio de esas circunstancias y aún en contra de quienes se levantan en contra de ello. 

La invitación de Jesús es clara, “pónganse en camino”. Quien anuncia el Reino debe mantenerse en camino, es decir, constantemente creciendo en esa cercanía con Dios desde las hermanas y hermanos que necesitan una vida diferente y a la cual nosotras y nosotros estamos llamados a vivirla y compartirla con ellas y ellos. En ese camino se ha de mantener la confianza en Dios, poniendo todo el esfuerzo posible de nuestra parte, pero sabiendo confiar totalmente en que al final todo depende de Dios y que él nunca nos deja desamparados. 

La paz es el signo más profundo de este mensaje, una paz que proviene de Dios, desde la práctica de la justicia con los excluidos, los marginados y los pobres, pero que también anuncia el Reino a quienes no desean escucharlo. Los seguidores y seguidoras de Jesús deben ser portadores de esa paz práctica desde sus formas de proceder en la vida cotidiana, capaces de impregnar la sociedad de un matiz distinto, de otra forma posible de vivir. 

La llamada de Jesús continúa resonando en nuestras vidas de hoy en día, en medio de la crisis económica, sanitaria y social que vivimos. Como seguidoras y seguidores de Jesús, pensemos si hemos de asumir su invitación en nuestras vidas, cada día, de vivir y comunicar la Buena Nueva del Reino, o queremos que las cosas sigan como están. Tenemos la posibilidad de elegir, el Señor nos sigue enviando.