domingo, 18 de octubre de 2020

2020.10.18 - fariseos y herodianos le preguntan a Jesús si es lícito pagar impuestos al César.

 2020.10.18 - En la lectura del libro del profeta Isaías (Is 45,1.4-6) que escuchamos se nos dice que fuera de Dios no hay otro dios.

En el evangelio de Mateo Mt 22,15-21) que leímos hoy fariseos y herodianos le preguntan a Jesús si es lícito pagar impuestos al César. Jesús les pide que le presenten la moneda con la que se paga el impuesto y les pregunta de quién son la cara e inscripción que tiene grabadas. Le responden que del César. Entonces Jesús afirma que hay que devolverle al César lo suyo y a Dios lo suyo.

El Dios en el que creían Jesús y su pueblo era un Dios creador de todo, fuera del cual no había otros dioses. Ahora, si Dios es el creador de todo, ¿qué significa devolverle a Dios lo suyo? Si Dios es creador de todo, si Dios nos lo ha dado todo, devolverle lo suyo a Dios significa dárselo todo. Ahora, somos conscientes de la dificultad de dar a veces incluso un poco, no digamos ya de darlo todo. ¿Qué es lo que nos permite dar, darnos? A veces el miedo puede llevarnos a dar. El miedo al castigo, al infierno. También el interés puede llevarnos a dar, el premio de la vida eterna. Con todo, ni el miedo al castigo ni el interés en un premio nos permiten entregarlo todo. Lo único que nos permite entregarlo todo es reconocer que lo hemos recibido todo y agradecerlo. Sin gratitud, no hay verdadera entrega posible. Así, solo quien agradece por todas, por todos y por todo, es capaz de darlo todo, de entregarse todo. A esta entrega libre y generosa fruto de la gratitud es a lo que llamamos amor en sentido propio. Ahora, para evitar falsas espiritualizaciones conviene citar a Juan en su primera carta: “El que diga ‘Yo amo a Dios’ mientras odia a su hermano, es un mentiroso, porque quien no ama a su hermano a quien está viendo, a Dios, a quien no ve, no pude amarlo” (1Jn 4,20). Así, darle a Dios lo suyo significa amar a las hermanas y hermanos, a la creación entera, significa entregarse libre y generosamente en cuerpo y alma. O en palabras de san Ignacio: en todo amar y servir.

¿Y el César? Lo primero que da a entender Jesús con su respuesta es que por muy César que sea, es una criatura de Dios. Así, la respuesta de Jesús pone al César en su lugar, como una criatura de Dios entre otras muchas. Aquí, podemos citar un dicho popular: “Mal paga el diablo a quien bien le sirve”. Servir a una criatura como dios es lo que se llama idolatría y ésta lleva al miedo y a la sumisión puesta la esperanza en la promesa de un premio que no puede dar.

Así, el evangelio nos invita a preguntarnos al servicio de quién estamos, ¿de Dios o de una criatura que hemos idolatrado? La respuesta a esta pregunta la encontraremos examinando cuánto nos mueve el miedo en nuestra vida, cuánto nos mueve el interés, cuánto nos mueve la gratitud, cuánta alegría verdadera en la que puedo reposar y no da goma hay en mi vida. Lo que hace a Dios Dios es que da vida. Ahora, la vida verdadera, la vida que vale la pena vivir es una vida entregada con gratitud.

Mientras tanto confiemos, Dios es paciente y está dispuesto a esperarnos una eternidad porque nos ama y está tercamente decidido a aguardarnos hasta que su amor despierte el nuestro.

O dicho con palabras de san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”.

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