2020.10.07 - Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora, Virgen del Rosario. Para eso, la liturgia toma un texto de los Hechos de los apóstoles (Hch 1,12-14) en el que aparecen los 11 de regreso en Jerusalén orando en compañía de María y de los parientes de Jesús. La salmodia está tomada del Magníficat (Lc 1,46-56), del canto de alabanza y gratitud de María en compañía de Isabel. El evangelio es el relato de la anunciación del nacimiento de Jesús a María.
Según la tradición la Virgen María se le apareció a santo Domingo de Guzmán en 1208 en la capilla de un monasterio (Prouilhe) en Francia, con el rosario en las manos, el cual le enseñó a rezar y le dijo que predicara su rezo. Además, le ofreció diferentes promesas referidas al rosario. Santo Domingo se lo enseñó a algunos soldados que ganaron luego una batalla (Muret) cuya victoria se atribuyó a la Virgen María. Así se erigió la primera capilla a la Virgen del Rosario.
En la aparición la Virgen María invita a santo Domingo a contemplar la vida, la muerte y la gloria de Jesús unidos al rezo del Ave María, como una especie de salterio. Cuando santo Domingo lo propone en la catedral, hay una gran tormenta que llena de miedo a todos los asistentes. Luego de orar santo Domingo cede la tormenta y los fieles acogen el rezo del rosario.
El rosario es una oración muy sencilla al tiempo que muy profunda, porque permite contemplar los misterios de la encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesús acompañados por el rezo del Avemaría.
Hay una larga lista de promesas relacionadas al rezo del rosario. Es indiscutible que el rezo del rosario hace bien, pero si se reza para alcanzar alguna promesa todavía no se ha descubierto su verdadero valor: experimentar el amor de Dios revelado en Jesús contemplando los misterios de su vida. Por eso, sería igualmente un error promover su rezo sembrando miedo. El miedo es un gran instrumento de control social como hemos experimentado en estos tiempos de Covid19, pero el Dios que se nos revela en Jesús no es un Dios que quiere que actuemos movidos por el miedo (Mc 5,36; Jn 6,20). Más bien quiere que seamos libres como afirma tan bellamente san Pablo: “Para que seamos libre snos liberó Cristo; conque manténganse firmes y no se dejen atar de nuevo al yugo de la esclavitud” (Gal 5,1).
Así, pues, el gran fruto del rezo del rosario es que experimentando el amor de Dios al contemplar la vida de Jesús el Espíritu despierta nuestro amor. Sintiéndonos amadas y amados, amamos. Y entonces acompañamos a María en su cántico de alabanza por todas las maravillas que Dios ha hecho y sigue haciendo, y descubrimos simultáneamente que no estamos solas ni solos, que oramos con y en comunidad, con y en Iglesia, como aquella primera comunidad de la que nos habló hoy la lectura de los Hechos de los apóstoles.
Gracias, María, por habernos enseñado el rezo del rosario, por habernos enseñado a contemplar la vida de tu hijo Jesús, confiando en que conocerlo es sentir su amor, y que al sentir su amor se despertará el nuestro, y que entonces experimentaremos que para “Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37).

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