lunes, 5 de octubre de 2020

2020.10.05 - un doctor de la ley le pregunta a Jesús qué debe de hacer para alcanzar la vida eterna.


2020.10.05 - En el evangelio de Lucas (Lc 10,25-37) que escuchamos hoy un doctor de la ley le pregunta a Jesús qué debe de hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le pregunta por lo que está escrito en la ley. El doctor de la ley le responde con el doble mandamiento: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Jesús le dice que si hace eso vivirá. Pero el doctor de la ley queriendo justificarse le pregunta quién es su prójimo. Entonces Jesús le cuenta una parábola. Un hombre cae en manos de unos ladrones en el camino y lo dejan medio muerto. Un sacerdote primero y un levita después lo ven y ambos pasan de largo. Un samaritano, lo ve, se compadece de él, se acerca, le unge las heridas, lo carga, lo lleva al mesón, cuida de él y paga por él. Jesús le pregunta al doctor de la ley cuál de estos tres se portó como prójimo del hombre asaltado. Le responde que el que tuvo compasión de él. Jesús le dice que vaya y haga lo mismo.

La pregunta que le hace el doctor de la ley a Jesús es muy parecida a la que le hace el joven rico a Jesús (Lc 18,18): ¿qué hacer para alcanzar la vida eterna? La vida eterna es la vida definitiva. La pregunta de ambos es la pregunta por la vida que vale la pena vivir.

Jesús le pregunta al doctor de la ley por lo que está escrito en la ley. El doctor le responde con el doble mandamiento: amar a Dios y al prójimo. Jesús le dice que si hace eso vivirá. Pero eso no le resulta suficiente al doctor de la ley, como no le resultó suficiente al joven rico el cumplimiento de los mandamientos (Lc 18,21). En el fondo, ninguno de los dos es feliz con la vida que está llevando, aunque esté cumpliendo la ley. Podríamos preguntarnos si este no es también el caso de muchas y de muchos de nosotros, que cumplimos los mandamientos, pero no somos felices.

Jesús le cuenta entonces al doctor de la ley la parábola del buen samaritano. Llama la atención que tanto el sacerdote, como el levita como el samaritano ven al hombre tendido en el camino, pero los dos primeros pasan de largo, mientras que el samaritano se acerca a él. Lo que hace la diferencia es que el samaritano, a diferencia del sacerdote y del levita, se compadeció de él. Esta compasión es la misma que siente Jesús cuando luego de hacerse cercano al leproso y escucharlo se compadece de él (Mc 1,41). Sentir compasión pareciera ser la clave para no pasar de largo, para acercarse, para hacerse prójimo. ¿De dónde viene esa compasión? Esa compasión proviene de haberla sentido antes dirigida hacia sí misma, hacia sí mismo, haberla acogido y haberla agradecido. Compasión, pues, siente quien ha agradecido la compasión que ha recibido.

Qué significa hacerse prójimo fruto de la compasión es lo que explica bellamente la parábola: sanar las heridas, cargar con la persona, cuidarla y pagar por ella. La parábola del buen samaritano es la parábola de la vida de Jesús. El relato de la curación del leproso (Mc 1,40-45) lo ejemplifica bellamente. Ahí Jesús se hace cercano al leproso, dialoga con él, se deja conmover, le tiene la mano y lo toca. Al decirle Jesús al joven rico que venda lo que tiene y lo acompañe, le está diciendo lo mismo que al doctor de la ley, que lleve una vida samaritana, como la suya. En esto consiste una vida plena, una vida que vale la pena vivir.

No nos confundamos, pues, ahora, en estos tiempos de Covid19 que corren, como antes, la vida que vale la pena vivir, la vida que da verdadera felicidad, la vida por la que vale la pena morir es una vida samaritana como la de Jesús fruto de la gratitud. Éste, y no otro, es el evangelio de Jesús.

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