2020.10.03 - El evangelio de Lucas (Lc 10,17-24) que escuchamos nos relata el regreso de las y los 72 discípulos de la misión y su encuentro con Jesús. Estaban llenos de alegría porque hasta los demonios se les sometían en nombre de Jesús. Jesús les dice que vio a Satanás caer del cielo como un rayo, pero de lo que deben de alegrarse no es de que los demonios se les sometan, sino de que sus nombres estén inscritos en el cielo. Luego lleno de alegría Jesús alaba a Dios por haberle escondido el misterio del reinado de Dios a los sabios y entendidos y habérselo revelado a la gente sencilla. Termina bienaventurando a las y los discípulos por ver y oír lo que ven y oyen.
Las y los discípulos estaban llenos de alegría porque experimentaron el poder de someter demonios en el nombre de Jesús. Dicho poder no es poca cosa, pero Jesús los invita a alegrarse por algo distinto, por estar inscritos sus nombres en el cielo. ¿Qué puede significar esa expresión? El cielo en este contexto es el lugar donde está Dios. ¿Y dónde está Dios? Sabemos que Dios está donde hay amor, porque Dios es amor (1Jn 4,16). Sabemos además que donde hay amor colmado no hay temor (1Jn 4,18). Podemos amar nosotras y nosotros, porque él nos amó primero (1Jn 4,19). Así, pues, lo que debe de alegrar a las discípulas y discípulos no es la experiencia del poder, aunque sea de sometimiento de los demonios, sino la experiencia del amor, de un amor que responde al suyo.
Y por esto es que Jesús alaba a Dios, porque la experiencia del amor de Dios está abierta a todas y todos, solo se necesita un poco de gratitud, solo se necesita agradecer. Y esto es precisamente lo que a los sabios y entendidos se les dificulta porque confían en el poder, aunque sea en el de sus brillantes mentes. Y lo que salva nunca es el poder sino el amor. Y aquí, nuevamente, no es en primer lugar el nuestro, sino el de Dios. Es su amor, sentido y experimentado, esto es, acogido con gratitud, lo que nos libera porque despierta el nuestro. Y si es verdad que todo es posible para quien confía (Mc 9,23), tanta más verdad es que todo es posible para quien ama.
Así, pues, el Dios de Jesús es un Dios que alcanza para todas y todos, porque su amor a todas y todos alcanza, aunque no todas y todos lo reconozcamos, ya no digamos, lo agradezcamos (Lc 17,17-19). Unámonos a Jesús en su alabanza, porque su amor es parejo, y porque la felicidad está al alcance de todas y todos, solo es necesario reconocer y agradecer dicho amor. Porque la verdadera felicidad nunca está en el poder, aunque sea el de someter a los demonios, sino en el amor, en un amor que es respuesta a otro amor. Quien ha hecho esta experiencia puede decir con Job que ya no conoce a Dios solo de oídas, sino que lo han visto sus ojos (Job 42,5).
Refiriéndonos a la situación actual, lo que nos va a permitir superar esta pandemia del miedo orquestada en buena parte por los poderosos de este mundo nunca va a ser enfrentar su poder con el nuestro, por más popular que éste sea, sino con el amor de Dios, que despierta el nuestro.
Somos realmente bienaventuradas y bienaventurados porque en Jesús hemos visto, oído y palpado el amor de Dios (1Jn 4,1-4) que ha suscitado el nuestro.

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