2020.10.02 - Celebramos hoy la memoria de los Santos Ángeles Custodios, o los que conocemos como Ángeles de la Guarda. Esta memoria nos hace recordar la cercanía de Dios con nosotras y nosotros que destina estos seres celestiales que habitan en siempre en su presencia para nuestro cuidado y compañía. La tradición bíblica nos relata pasajes donde Dios envía sus mensajeros, “ángeles”, para caminar junto a nosotros o para comunicarnos sus proyectos de amor, e incluso para corregir nuestras acciones y nuestro caminar.
Esa cercanía de Dios que se muestra constantemente es cantada por el salmista, “Señor, tú me conoces profundamente; conoces todo de mí”. Por eso, porque nos conoce y sabe cómo somos, pues nos ha creado, por eso nos ama tal como somos, con un amor incondicional y para siempre.
El evangelio resalta que lo importante no está en saber quién es el más importante en el Reino de los cielos, sino en asumir en nuestras vidas una forma de proceder desde el servicio desinteresado y generoso para con los demás. Cuando los discípulos vivían atentos a la búsqueda de privilegios y reconocimientos, propios de nuestra vida cotidiana, Jesús propone un estilo de vida distinto, vivir desde el servicio que podamos brindar a los demás, haciéndose el último y el servidor de todos. Este era un oficio destinado paravos en la sociedad de Jesús. Por eso, en el relato de la última cena, cunado Jesús se pone a lavarles los pies a los discípulos, les resulta tan escandaloso y contradictorio con lo que ellos pretendían al estar cerca de Jesús, que Pedro se indigna y reniega de que Jesús le lave los pies. No es ese el camino que él desea seguir, sino el de los privilegios que da el sentarse a la derecha o izquierda en su reino, como lo habrían pedido Santiago y Juan en otro momento.
El reinado de Dios se desarrolla de forma sutil y silenciosa entre los pequeños, entre las pequeñas acciones de cada día, desde una forma casi imperceptible en medio de la vida que se gesta cada día. Solo los de corazón sencillo y humilde, como los niños y niñas, son capaces de advertirlo y desde su sencillez son capaces también de asumirlo en su práctica cotidiana, como forma de proceder que no surge de la premeditación, sino desde la espontaneidad de la vivencia diaria.
Desde ese sentido, el reinado de Dios se presenta totalmente contrario con la vida cotidiana actual, con nuestros modos de proceder que buscan los privilegios, los reconocimientos y las alabanzas en todo lo que hacemos y buscamos ser, llevándonos a vivir, en muchas ocasiones, desde una vida alienada y vacía que provoca el sinsentido y la frustración en algunos casos.
Jesús coloca como modelos a los niños y niñas, desde su sencillez por la vida, desde su transparencia en su actuar, afirmando que quien actúa y vive como uno de ellas y ellos, asume realmente el proyecto del Reino de Dios en sus vidas, y es esa humildad y sencillez en el actuar lo que hace verdaderamente grande al ser humano. Esto nos coloca de cara a nuestra humanidad, tan asumida por Dios, en Jesús, desde la Encarnación, que no hay otro camino por el cual podamos llegar a Dios, sino es desde la humanidad plena que cada uno-una tenemos y podemos compartir. De forma que el Evangelio nos invita a descubrir a Dios en nuestra humanidad herida y necesitada de nosotros y nosotras mismas, de un cambio en las formas como procedemos para con los más necesitados, para con nuestra tierra en general, para con los muchos niños y niñas que viven necesitados en las calles, porque “el que reciba a un niño como este en mi nombre, me recibe a mí”, nos dice Jesús.
Abramos nuestros ojos y oídos para ver y escuchar al Señor que nos llama desde la sencillez y vulnerabilidad de los más pequeños entre nosotros, de aquellos que son excluidos y muchas veces violentados en nuestra sociedad.

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