2020.10.10 - “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”. Jesús inaugura una nueva forma de relación con sus discípulos y discípulas, por encima de los lazos de familia y/o de la ley, abriendo así para todas y todos, la posibilidad de ser incluidos en esta nueva relación de cercanía con Dios, como hijas e hijos de un mismo Padre, que se gesta desde el Reino.
La escucha de la Palabra hecha carne, es decir, de Jesús mismo, de su buena noticia de salvación, es la puerta de entrada a la participación de esta posibilidad de cercanía con Dios.
Escuchar su Palabra involucra acogerla con generosidad, dejarla penetrar en nuestro interior y hacerla vida en las actitudes y el modo de proceder nuestro de cada día, como Jesús lo hacía. Por eso, esta nueva relación de hijas e hijos de Dios se desarrolla a partir de la fe en Jesús, en su estilo de vida como realización del reinado de Dios en medio de nosotros, y no de normas de conducta o del cumplimiento de ritualismos vacíos y alejados de la vida que nos llevan a pretender la salvación y la cercanía a Dios como producto de nuestro esfuerzo personal y no como un don gratuito y generoso de Dios.
San Pablo nos lo expresa desde esos mismos términos dándonos a entender cómo Jesús desde su vida y su mensaje nos abre la puerta de entrada a la gran familia de Dios, incorporándonos así a su proyecto de amor y de salvación plenos. Por eso, señala Pablo, en esta nueva relación han sido superadas las viejas diferencias establecidas desde la ley de Moisés entre judíos y no judíos, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, porque quienes están unidos a Cristo, por la fe, forman un solo cuerpo con él y es la fe en él la única que puede trazar el camino verdadero a la vida plena con él.
Ahora bien, en medio de las nuevas condiciones que hemos empezado a abrir nuestros encuentros comunitarios y celebraciones, el evangelio nos invita a saber mantener en nosotros las mismas actitudes de Jesús, ser cercanos, acoger al necesitado, levantar al caído y desanimado, animar al que tiene miedo a salir adelante, incluir al marginado, acompañar y sanar al violentado, ser compasivos como Dios lo ha sido con nosotros.
Para lograr esas actitudes el evangelio nos sigue invitando a mantener la escucha activa y la puesta en práctica desde un compromiso serio con el cuidado personal y el de las demás personas. Pero sobre todo asumiendo el reto que conlleva mantener la vida desde el encuentro y las relaciones cotidianas, desde el respeto a la dignidad del ser humano, desde la transparencia en la administración de los fondos y recursos destinados para beneficio del pueblo, desde el esfuerzo por lograr una sociedad inclusiva y protectora de los más vulnerables, desde el respeto a las libertades de expresión y la defensa de la vida, desde la cuidado de la naturaleza. No desde el aislamiento y el miedo paralizantes, tampoco desde la indiferencia que se desentiende del dolor humano y las necesidades del pobre y marginado, mientras se acomoda en sus posibilidades. Menos aún desde las injusticias contra los más pobres quienes han sido los más sufridos en medio de esta crisis. Tampoco desde la vuelta a ritualismos vacíos y alejados del encuentro con Jesús en el pobre.
Porque recordemos esta Palabra hecha carne en Jesús nos dice que cada vez que hicimos o dejamos de hacer algo por esos hermanos y hermanas más pequeños, a Jesús mismo lo hicimos o también con él lo dejamos de hacer (Cfr. Mt 25,40.45). Abramos nuestros corazones a la gracia que nos viene de Dios.

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