viernes, 9 de octubre de 2020

2020.10.09 - Lo típico en el mundo son las relaciones de poder. El que tiene más poder domina al que tiene menos, lo asalta y lo saquea.

 

2020.10.09 - En la lectura del evangelio de Lucas (Lc 11,15-26) que escuchamos se acusa a Jesús de expulsar demonios con el poder de Satanás. Jesús les contesta que un reino dividido no puede prosperar y les pregunta con qué poder expulsan los suyos a los demonios. Y afirma que, si él expulsa a los demonios por el poder de Dios, el reinado de Dios ha llegado. Solo si se es más fuerte se puede asaltar y saquear a otro. Quien no está con Jesús está contra él. Si se expulsa un demonio éste busca regresar acompañado por otros siete.

    Lo típico en el mundo son las relaciones de poder. El que tiene más poder domina al que tiene menos, lo asalta y lo saquea. Esto lo vemos a diario en la vida cotidiana, lo leemos en los periódicos, lo miramos en la televisión, lo escuchamos por la radio. Vistas así las cosas, de lo que se trataría sería de tener el máximo poder posible para someter a todo el resto. De eso se trata muchas veces en política. Mucha gente se hace la ilusión de que una vez en el poder las cosas van a cambiar. Y aunque una y otra vez vemos que eso no pasa, seguimos buscando el poder porque cuando lo logremos, entonces sí va a cambiar todo. Desde esta perspectiva Jesús habría sido un hombre muy poderoso y por eso lograba someter a los demonios. Y a nosotras y nosotros como fieles seguidores suyos nos tocaría hacer otro tanto: acumular mucho poder para someter al mal.

    Este enfoque aparentemente lógico adolece, con todo, de graves problemas. En primer lugar, parecería que lo más importante en la vida sería entonces acumular poder. Pero si vemos la vida de Jesús, Jesús no se dedicó a acumular poder ni a formar un imperio. Lo que vemos es más bien todo lo contrario: Jesús es crucificado por el poder, por el imperio, por las autoridades religiosas y civiles de su tiempo.

    Un segundo problema del poder es que impone, somete, domina. Si volvemos nuevamente a la vida de Jesús observamos que éste no fue su camino. Más bien lo denuncia: “los que se consideran jefes de las naciones actúan como dictadores, y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Pero no será así entre ustedes” (Mc 10,42-43). El camino de Jesús no es el del poder, sino el del servicio. Por eso afirma a continuación: “Por el contrario, el que quiera ser el más importante entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos” (Mc 10,43).

    Un tercer problema del poder es que suele corromper. Buena parte de las autoridades de nuestros países son un buen ejemplo de esto, y el Covid19 no ha hecho sino fomentar la corrupción apoyada en un autoritarismo cada vez mayor.

    Un cuarto problema del poder es que la libertad se limita a los que lo ejercen, no a los otros, que por definición son sometidos. Por supuesto que esto se puede hacer de formas muy sutiles por medio de la persuasión utilizando los medios de comunicación social, por ejemplo, como se ha hecho en este tiempo, haciéndonos creer que la solución a muchos de nuestros problemas va a ser una vacuna que nos haga inmunes al Covid19.

    El reinado de Dios que testimonia Jesús es muy otro. En primer lugar, no acumula poder ni ninguna otra cosa ya que reconoce y agradece la infinita generosidad de Dios. Por eso, en segundo lugar, Dios reina sirviendo, de ahí que Jesús no se canse de servir (Jn 13,1-16). En tercer lugar, en el reinado de Dios todo lo oculto va a ser descubierto (Mt 10,26), por eso en el reinado de Dios no hay lugar para los secretos, para la corrupción. En cuarto lugar, el reinado de Dios es un reinado en libertad, porque para ser libres nos liberó Cristo (Gal 5,1).

    Así, el camino para exorcizar los demonios de la codicia, la corrupción, la impunidad, la violencia, entre otros, que se ciernen sobre nuestro mundo no es, ni ha sido, someterlos a base de poder, sino reconocerlos, integrarlos y transformarlos a base de amor, y esto, como Jesús, muchas veces a costa de nuestras propias vidas que podemos entregar libre y generosamente porque el Dios revelado en él es un Dios de todas, todos y todo, que a nada ni a nadie deja por fuera de su amor.

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