jueves, 8 de octubre de 2020

2020.10.08 - Dios es rico en amor misericordioso y no se hace rogar para darnos a manos llenas su amor y su Espíritu que nos da vida.

2020.10.08 - Ser perseverantes en la oración, es la invitación que nos hace el Evangelio de hoy. Dios es rico en amor misericordioso y no se hace rogar para darnos a manos llenas su amor y su Espíritu que nos da vida. Basta pedirle con fe su gracia que nos basta. El Espíritu es el que mueve la vida del ser humano, al darle el aliento que viene de Dios y la fuerza y vitalidad para vivirla con entrega generosa y al servicio de los demás. 

Jesús nos propone un ejemplo de cómo con nuestra insistencia ante las personas podemos lograr de ellos su atención, si no por ser amigos, al menos por dejar de molestar. Aunque la comparación es fuerte, al referirse a Dios nos deja en claro que Él no necesita de nuestra insistencia ni necedad para darnos su Espíritu que es el amor mismo de Dios, porque Dios ante todo, es bueno y ya que nos ha creado, quiere lo mejor para cada una de sus hijas e hijos. 

El evangelio insiste en que todo el que pide, recibe; quien busca, encuentra y al que toca, se le abre. Muchas veces en la vida queremos obtener las cosas sin pedirlas, sin buscarlas, sin tocar puertas, medios o personas. Las cosas no caen del cielo, los cambios no vienen de arriba. Es necesario que empecemos por vivir de la manera como queremos que sea nuestra sociedad. Haciendo el bien que deseamos, promoviendo con nuestras vidas la justicia que queremos vivir, denunciando las injusticias y corrupción que hemos visto y oído, y ante todo, vivir a la manera de Jesús, para que el reinado de Dios sea una realidad en nuestras vidas y en la de las-los demás. 

Esa vida brota desde la presencia del Espíritu que da vida. La importancia del Espíritu en nuestras vidas brota del ser mismo de Dios, pues Jesús lo promete a sus discípulos como aquél que será el consolador, el defensor, el que ha de recordarnos sus palabras y nos animará a vivir la vida desde esa forma de proceder. 

Fue el Espíritu el que animó en todo momento la obra y vida de Jesús y le impulsó en su misión en el anuncio del Reino; fue el Espíritu el que dio fuerza por amor para vivir su Pasión, Muerte y Resurrección; fue el Espíritu el que acompañó a los discípulos cuando fueron enviados por Jesús a llevar la Buena Nueva del Reino; fue el Espíritu el que venció el miedo en los discípulos en Pentecostés, reunidos en oración; fue el Espíritu quien movió a Pablo en su búsqueda y conocimiento de Dios; y también, quien fue suscitando en las primeras comunidades cristianas el conocimiento y la vivencia de la vida de Jesús. Ese mismo Espíritu continúa impulsando la vida de quienes buscan a Dios de todo corazón y desean asumir su reinado en sus vidas. 

Dejarse mover por el Espíritu nos lleva a profundizar en el amor de Dios, en la generosidad que brota de él para nosotros y que nos ha de mover para hacer lo mismo con las demás personas. Es profundizar en el misterio de salvación de nuestras vidas como experiencia de una fuerza que nos impulsa cada día a querer construir una vida más digna e inclusiva para todas y todos sin excepción, empezando por comprometernos en lo que somos y hacemos cada día. 

Dejemos que el Espíritu nos mueva cada día para saber pedir lo que nos conviene y animarnos unos a otras en medio de la vida de cada día, sabiendo asumir el reto de vivir desde el estilo de vida de Jesús, que vivió amando y sirviendo a los demás.

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