domingo, 25 de octubre de 2020

2020.10.24 - un fariseo le pregunta a Jesús por el mandamiento más grande de la le

2020.10.24 - En el evangelio de Mateo (Mt 22,34-40) que escuchamos un fariseo  le pregunta a Jesús por el mandamiento más grande de la ley. Aunque fuera para ponerlo a prueba, la pregunta no estaba injustificada. Había 613 mandamientos, 248 preceptos y 365 prohibiciones. Jesús responde con dos citas de la Biblia hebrea: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Dt 6,5) y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv19,18).

El mandamiento más grande resultan ser dos, amar a Dios y amar al prójimo. El problema es que a veces nuestro amor es mezquino, y entonces así amamos tanto a Dios como al prójimo. Por eso, en el evangelio de Juan encontramos otra formulación del mandamiento principal: “ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Aquí en efecto se formula ya un único mandamiento y se pone como medida del amor no el nuestro sino el de Jesús, el de Dios. Aquí lo que aparece indisolublemente unido no es el amor a Dios y el amor al prójimo, sino el amor de Dios y el amor al prójimo. El mandamiento principal, es pues, amarnos unas a otros como somos amadas y amados por Dios.

Ahora, podríamos preguntarnos, si Dios nos ama con generosidad, ¿por qué nos cuesta tanto a nosotras y nosotros hacer lo mismo con las y los demás? La respuesta me parece que la encontramos en la ingratitud, en el desagradecimiento, en nuestra dificultad para reconocer y agradecer el amor de Dios. Así, nuestra capacidad de amar está en función de nuestra capacidad de agradecer. A mayor agradecimiento, mayor amor, a menor agradecimiento, menor amor como le señala Jesús al fariseo a propósito de la mujer que lo unge (Lc 7,47).

El amor no se puede exigir ni mandar. Al amor solo se puede invitar, y esto, amando. Así, el amor siempre es respuesta a otro amor. En eso está la grandeza y la vulnerabilidad del amor.

Para ilustrar esto quiero contar una experiencia personal. El primer día que salí de mi autoaislamiento de 20 días por considerar que había tenido Covid19 (aunque luego la prueba salió negativa), fui a visitar a un delegado de la palabra de Dios para entregarle los tratamientos a base de ibuprofeno de 400 mg y de antigripales para su comunidad que la Parroquia estaba facilitando. Normalmente me pasaba adelante y me invitaba a una taza de café que su esposa me preparaba. Ese día me recibió detrás del cerco, la familia guardada en la casa. Entendí que no quería que entrara. Le di los tratamientos detrás del cerco y me despedí. Dos fueron las cosas que experimenté en ese encuentro. En primer lugar, su discriminación. No quería que me le acercara ni a él ni a su familia. Y, en segundo lugar, su miedo. Su miedo al contagio hacía que me discriminara. Luego, fui a casa de una catequista. Al llegar salió a mi encuentro, me abrazó, me invitó a pasar a su casa y me dio de comer. Sentí su acogida, su amor, y como eso sanaba mi corazón. Me experimenté profundamente agradecido y me sentí invitado a ir y hacer lo mismo, como Jesús invita al letrado al que le cuenta la parábola del buen samaritano (Lc 10,37).

El Covid19 vino para quedarse y con la reapertura de la economía es de esperar que el número de contagios crezca todavía más. Como hemos experimentado en estos meses, lo que nos va a sacar adelante no va a ser la prometida ayuda gubernamental sino tendernos las manos las unos a los otros, y esto por pura gratitud.

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