domingo, 1 de noviembre de 2020

01-11-2020 - Hoy estamos celebrando la fiesta de todas las santas y de todos los santos.

01-11-2020 - Hoy estamos celebrando la fiesta de todas las santas y de todos los santos. Vamos a adentrarnos en el sentido de esta celebración a partir de las lecturas que nos propone hoy la liturgia.

En la primera lectura del libro del Apocalipsis (Ap 7,2-4.9-14), en su visión Juan ve primero a los servidores de Dios procedentes de las tribus de Israel en número de 144,000. Luego ve a una muchedumbre incontable procedente de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas. “Son los que han pasado por la gran persecución y han lavado y blanqueado su túnica con la sangre del Cordero” (Ap 7,14).

La segunda lectura de la primera carta de Juan (1Jn 3,1,3) nos recuerda que somos hijas e hijos de Dios, pero que aún no se nos ha manifestado lo que seremos.

El evangelio de Mateo (Mt 5,1-12) nos presenta las bienaventuranzas de Jesús. En ellas Jesús llama dichosos a quienes eligen ser pobres, a quienes lloran, a los sufridos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a quienes trabajan por la paz, a los perseguidos.

Tanto a los mártires, a quienes hace referencia el Apocalipsis, como aquéllos a quienes Jesús bienaventura son considerados malditos por el mundo, fracasados. Para Jesús y para su Dios, sin embargo, son benditos, bienaventurados. Y es que Jesús, el Hijo de Dios, muere como un maldito clavado en la cruz (Dt 21,23).

Si Jesús, el maldito, es el Hijo de Dios, todas y todos nosotros, por muy malditos que nos considere el mundo somos hijas e hijos de Dios como nos recuerda Juan en su primera carta. Y es que, para Dios, así como no hay malditos, tampoco hay santos, ni pecadores, ni triunfadores, ni perdedores, ni buenos, ni malos, ni justos ni injustos. Para Dios solo hay hijas e hijos entrañablemente amados de Dios. Y esto que puede parecer en un primer momento contradictorio, se nos aclara cuando los que somos padres o madres nos preguntamos por nuestras hijas e hijos. Hijos pequeños, problemas pequeños, dice el dicho; hijos grandes, problemas grandes. El comportamiento de nuestros hijos muchas veces nos causa dolor, pero a pesar de eso, si nos preguntaran si tenemos algún hijo malo, nadie lo tendría. Como nadie tendría un hijo feo. Y esto, no porque sean moneditas de oro, sino porque son nuestros hijos y los amamos. Si para nosotras y nosotros, nuestras hijas e hijos son todos bellos y buenos, cuánto más no será cierto esto para Dios.

Para Dios todas y todos somos sus hijas e hijos entrañablemente amados. En ese sentido, todas y todos nosotros somos santas y santos porque él nos ama. Y esto no significa que no nos causemos dolor unos a otras. Pero, con todo, no es sino hasta que nos experimentemos entrañablemente amadas y amados, hagamos lo que hagamos, que vamos a poder experimentar su amor, y eso, entonces, va a despertar el nuestro. Y entonces seremos semejantes a Dios, porque dejaremos de excluir y discriminar también nosotras y nosotros, dejando de distinguir entre santos y pecadores, buenos y malos, justos e injustos, pobres y ricos, agradecidos e ingratos, sanos y contagiados, porque todas y todos serán entonces nuestras hermanas y hermanos entrañablemente amados. Y entonces, dejaremos de celebrar la fiesta de todas las santas y santos, para celebrar la fiesta de todas santas y santos, la fiesta de todas hijas e hijos entrañablemente amados de Dios, amando a todas y todos como hermanas y hermanos, también entrañablemente amados.

Y en tiempos de Covid19 esto significa tendernos las manos unas a otros, sin dejar a nadie por fuera, y eso desde ahora, desde aquí, desde abajo, desde nosotras y nosotros mismos.

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