sábado, 30 de mayo de 2020


28.05.2020 Homilía san Juan 17, 22 Padre, que sean uno, como nosotros, así el mundo creerá
ParroquiaJesúsObrero در توییتر "🕯#Jueves06Junio2019🕯 "Lectura ...
                En esta última semana de Pascua estamos meditando la Oración Sacerdotal de Jesús en la Última Cena, los últimos deseos de Jesús confiados a sus discípulos. Y en ella repite 4 veces: que sean uno como nosotros (el Padre y Yo) somos Uno. Lo que más desea Jesús es que vivamos unidos, que seamos uno. Pero esa unidad no es que seamos idénticos, como hechos con el mismo molde, exteriormente, sino que seamos iguales como personas, es decir, la misma dignidad, pero personas diferentes como son el Padre y el Hijo. Esa unidad que es profundísima, lo más profundo del corazón, pero que respeta nuestra personalidad diferente. Cada quien con sus carismas y cualidades diferentes, pero todas al servicio del bien común. Ser unidos por el Amor, por el Espíritu.
                Esa unidad es la unidad que hay entre personas que se quieren de verdad, que el dolor del uno es el dolor del otro, que la alegría de uno es la alegría del otro, que el deseo del uno es el deseo del otro, que la vida de uno es la vida del otro. Una unidad que sólo experimentan dos personas que se quieren de corazón, cuyo amor es sincero y verdadero y que por eso les llena de alegría, de paz, de confianza, de vida. Esa unidad que todos deseamos, pero que casi siempre nos parece un sueño imposible de realizar. La buena noticia, el Evangelio, es que esa unidad es posible y realizable, y no sólo para personas muy especiales o privilegiadas, sino para todo aquel que se decida a creer en Jesús y siga su camino. Jesús no dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
                Todos deseamos la unidad, esa unidad que trae frutos de paz, de prosperidad, de seguridad, de abundancia. Y “el mundo” nos la ofrece por los caminos de la riqueza excluyente, el poder absoluto, el placer sin límites. Parece que esos caminos son más rápidos para conseguir la felicidad, más cómodos, sin esfuerzo. Pero Jesús nos dice que esos caminos son falsos, son mentira, no dan lo que ofrecen, sino lo contrario: guerras, injusticias, sufrimientos, muerte y destrucción. Y nos enseña el Camino Verdadero, el Camino que trae verdadera paz, y vida, y alegría. Ese camino es el camino de la entrega sincera, el sacrificio por los otros, la responsabilidad mutua, el servicio humilde. Un camino que no es cómodo, no es fácil. Un camino que a Él le llevó a encarnarse en María, vivir una vida humilde en Belén, en Nazaret, y a entregarse hasta la muerte en la Cruz. Pero que llegó a la plenitud en la Resurrección.
                Estamos recorriendo esta última semana de Pascua. En la Ascensión recordamos cómo el Señor, después de mostrar que había vencido a la muerte y estaba vivo, y por eso podía aparecerse aun de forma sensible, se despidió de ellos diciéndoles: ya saben el camino, ahora les toca a ustedes avanzar por él, que yo les acompaño. Y desapareció sensiblemente. Los discípulos quedaron esta semana reflexionando sobre lo que Jesús les había prometido y enseñado y el día de Pentecostés sintieron: pues es cierto, el Espíritu está en nosotros y se llenaron de luz, de fuego, de vida y alegría.
                En el Evangelio Jesús nos promete: Serán uno, vivirán unidos de corazón, y así el mundo creerá en Dios – Amor y vendrá a la Luz. A los cristianos, el Señor nos ha elegido para que experimentemos esa Vida, esa Luz, al avanzar como Iglesia por ese Camino. Y al avanzar, enfrentado problemas y sufrimientos, vamos descubriendo que ese Camino de verdad es el que sirve, porque uno va encontrando la paz en medio del sufrimiento, la luz en la oscuridad, la alegría en medio de las tribulaciones. Ese camino es el que lleva a la felicidad verdadera, la paz, la vida. Es testimonio del Amor de Dios por toda la Humanidad.
                Por eso es tan importante, para los cristianos, caminar por caminos de unidad. Porque, a la larga, es lo que puede convencer a los que todavía no se han abierto al Espíritu. Los discípulos enseguida lo empezaron a comprender y experimentar. Por eso nos recuerdan que en sus comunidades ya no había divisiones entre judíos y paganos, entre varones y mujeres, entre nobles y plebeyos, entre pobres y acomodados. Y por eso, a la comunidad de Corinto, donde empezaba a haber divisiones, Pablo les da una buena regañada, diciéndoles que los que dividen la comunidad y aparentan celebrar la Eucaristía, “se comen y se beben su propia condenación”.  Crear divisiones o sectas es un gran pecado y un grave antitestimonio.
                Siempre necesitamos caminar unidos en comunidad, pero especialmente cuando enfrentamos problemas graves, como en la presente crisis. Y esa unidad es fruto del Espíritu. Es el fruto que va madurando cuando avanzamos por caminos de responsabilidad compartida, de misericordia y perdón, de generosidad y sacrificio, de verdad y respeto mutuo. Un camino humilde, sencillo y asequible a todos y que produce frutos abundantes de paz, de vida, de alegría, de prosperidad verdadera. Pidámosle al Señor que nos ilumine con su Espíritu, y nos dé la fortaleza necesaria para seguirle y así avanzar por estos caminos, acompañados de nuestra Madre María como hicieron los discípulos en esta semana.  Amén.

30.05.2020 Homilía san Juan 21,19 Jesús dijo a Pedro: Tú, sígueme. 

Sergio E. Valdez Sauad: ¿ME AMAS? Juan 21,15-19.
                Estamos llegando al final del tiempo de Pascua y hoy la última Palabra que Jesús dice a Pedro según el Evangelio de Jn. es: “Tú, sígueme”.  Jesús, después de confirmar a Pedro como pastor y cuidador de las ovejas del Señor, de la Iglesia, ve que Juan, movido por el Espíritu ya lo sigue espontáneamente, le dice a Pedro: “Tú, sígueme”. Juan no necesita que se lo digan, ya le nacía de dentro. A Pedro, todavía algo más carnal, sí necesita que se lo recuerden.
                Y es que somos carne y espíritu. Y la carne es débil y necesita que continuamente se le recuerde su fragilidad. No para despreciarla, sino para que se sienta necesitada de que la misión, sólo se puede llevar adelante guiada por el Espíritu. La Misión de Pedro es importantísima, ser el pastor de la Iglesia, un gran honor, aunque también una enorme responsabilidad. Ser el Pastor de la Iglesia significa cuidarla, protegerla, orientarla, mantenerla unida, guiarla hacia los pastos saludables y abundantes para que tenga vida y Vida en abundancia, dar la vida por ella. Esa es la misión del Papa, porque Pedro es el primer Papa de la Historia. Jesús le predice: llevar adelante esa misión te costará la vida. Pedro murió crucificado, como Jesús, y como muchos papas después de Pedro que también terminaron su misión muriendo mártires. Una misión llena de peligros y dificultades, que no podrá llevar a cabo sin una asistencia especial del Espíritu Santo, una misión para la que necesitará el acompañamiento de todo el rebaño. Por eso nuestro actual Papa, Francisco, en sus discursos y orientaciones siempre nos pide: no se olviden de rezar por mí.
                El Papa es el Pastor supremo de la Iglesia y su misión principal es la de mantenerla unida. No es nada fácil esta tarea. Vemos que todos los que nos decimos Cristianos creemos en Jesús, y decimos que queremos seguirle, pero que de hecho, entre nosotros todavía hay muchas divisiones. La Iglesia Católica siempre ha permanecido unida, con una sola cabeza visible, el Papa. Y de ella se han ido desgajando otras ramas, que siempre se dicen que son fieles al Señor y a la Biblia, pero que no reconocen la misión que Jesús encomendó al papa. Que se autoproclaman la verdadera iglesia, pero que no paran de dividirse entre ellas, dando así un triste testimonio contrario a los deseos del Señor, cuando en la Última Cena repitió varias veces y de varios modos: “mi deseo es que sean uno, Padre, como Tú y Yo somos uno”. “Permanezcan en la unidad”.
                El Papa no es un ángel, un Espíritu puro. Es un hombre limitado y pecador como todos nosotros y como fue Pedro. Y ha habido papas que han tenido fallos, y a veces grandes, pero que después los han reconocido y se han arrepentido, con la ayuda del cuerpo de la Iglesia y del Espíritu que mora en ella, por voluntad del Señor. Por eso el papa necesita totalmente del Colegio Apostólico, los Obispos que unidos en Concilio o en Sínodo caminan junto con sus fieles guiados por el único Espíritu. Por eso el Papa necesita confesarse con otro sencillo sacerdote, como lo hace Francisco todas las semanas, para evitar que el mal espíritu le engañe y le desvíe al error. Por eso el papa es la cabeza visible de este cuerpo que es la Iglesia a la que el Señor prometió que las fuerzas del mal nunca la podrán vencer: “Yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el final de la Historia”. Las sectas son ramas desgajadas del árbol que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Hay mucho de bueno en ellas, por la misericordia del Señor, pero son ramas desgajadas, “hermanos separados”, que no celebran la Eucaristía, Sacramento de Unidad.
                Es este tiempo de crisis mundial es imprescindible nuestra misión de ser testigos de la unidad, del amor y la misericordia. Por eso no podemos dividirnos por intereses mezquinos o doctrinas discutibles. Hemos de ser agentes de unidad, de concordia, de unidad. Sacrificándonos unos por otros, como nos enseña el Señor, a fin de que lleguemos a ser un solo cuerpo, como el Señor tanto desea y nos recuerda muy especialmente cada vez que celebramos la Eucaristía. Un cuerpo en que la prioridad siempre es el servicio de unos a otros, buscando juntos el bien común. La Iglesia Católica es la única institución humana presente en todos los países y todas las culturas del mundo y nuestra misión es construir la paz y la concordia, aun a costa de la vida y el sacrificio.
                Mañana celebramos Pentecostés, el día en que los discípulos caen en la cuenta de que el Espíritu es el que les anima, el que les guía, el que les fortalece. Y abren puertas y ventanas para proclamar a todo el mundo que el Señor vive en ellos y que todos son amados por el Señor, que es fuente de paz, de vida y de alegría para todos. Pidámosle al Señor que en compañía de su Madre María y toda la Iglesia nos haga sentir esta presencia y nos libre de todo temor y angustia y así podamos ser fuente de esperanza, de salud y vida para todos.   Amén.
29.05.2020 Homilía : Último viernes de pascua.
Los amigos de Jesús
“Al atardecer de la vida, seremos juzgados sobre el amor” (San Juan De La Cruz). Jesús no solo ama durante su vida hasta el extremo en la cruz, sino que aún después de su resurrección quiere enseñarles a sus discípulos que el amor es la única puerta de entrada a la comunión con Él y con el Padre en el Espíritu.
El evangelio de Juan coloca como colofón de su texto la triple pregunta sobre el amor hecha a Pedro, el que ha de pastorear a las ovejas de Jesús: ¿Me amas?, ¿alguna vez nos han hecho esta pregunta o se lo hemos preguntado a alguien?
Las respuestas a esta pregunta pueden ser muy rápidas y poco comprometidas, como las de Pedro con Jesús. El texto griego coloca en las dos primeras preguntas sobre el amor en Jesús la pregunta por el amor “ágape”: un amor sin límites, oblativo, entregado, apasionado, hasta el extremo de dar la vida. Pedro sin embargo, responde con un amor “filia”, es decir, fraterno, amigable, el amor de los amigos. Jesús invita a Pedro a un amor total, busca de él una respuesta comprometida con este proyecto del Reino de Dios cuyo fundamento es el amor sin medidas. Pedro por su parte aún no es capaz de asumir tal compromiso, prefiere mantener un amor de amigos, pero sin un compromiso total.
Ante las dos primeras respuestas de Pedro, Jesús entonces le interroga desde su misma posición, desde el amor de la amistad, pero una amistad profunda, verdadera, sin titubeos y sobre todo aquella que se muestra cuando más se necesita. Pedro se entristece porque se descubre desnudo frente al Señor; recuerda su triple negación en la Pasión y ahora se ve tres veces cuestionado desde el amor y solo amor de Jesús. Su respuesta expresa el total abandono y confianza en Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús conoce sus flaquezas, sus debilidades, sus miedos, y por encima de ello le demuestra que él le ama. También a nosotras y nosotros nos dice lo mismo, sin importar nuestras debilidades o egoísmos, también quiere hacernos partícipes de ese amor que sana y libera, y que nos hace más humanos y hermanos. Hoy en día ese amor se muestra en gestos concretos de solidaridad con los que más sufren en esta crisis: con los enfermos que son discriminados, con los adultos mayores a veces incomodados, con los pobres ignorados en su pobreza y en su total exclusión a las posibilidades de autoaislamiento frente a la enfermedad o utilizados burlescamente frente a sus necesidades alimentarias, con muchas y muchos que sufren esta crisis en soledad, desempleo, estrés, hambre. Ante todos ellos resuena la pregunta de Jesús para nosotras y nosotros: ¿me amas?
Por encima de la respuesta de Pedro, Jesús no deja de amarle y, porque le ama y le conoce tal como es, le encarga la misión de pastorear sus ovejas. Es necesario experimentar ese amor sanador de Jesús, pues solo quien se ha sabido amado-amada tal como es, puede dar a los demás ese mismo amor. De lo contrario se quedaría en un bonito cuento, o en corazoncitos flechados.
En este tiempo se nos ha puesto a prueba el amor que nos tenemos unos a otras, en las familias, entre los amigos, en las pequeñas comunidades, en la Iglesia. Frente a la enfermedad que se puede presentar resuena la pregunta de Jesús: ¿me amas?, la respuesta no puede ser a la ligera, para no quedar entristecidos, como Pedro, ante la realidad de nuestras acciones. Debemos dejar más bien hablar a nuestros gestos, a nuestras actitudes y así realmente podremos ser transparentes y responder a nuestras hermanas y hermanos como Pedro respondió a Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”.
Tanto Pablo en la primera lectura de hoy, como Pedro, supieron dejarse amar por Jesús, más que pretender ellos amarle y fue ese amor incondicional el que les empujó a ser verdaderos testigos del Resucitado en medio de las situaciones más difíciles, como Pablo frente a las autoridades romanas o como lo haría también Pedro ante su muerte.
Jesús termina su diálogo con Pedro confirmando su llamada a seguirle, a hacer vida esa experiencia de salvación y de amor que ha vivido con él, y partiendo de ese amor incondicional, a confirmar en la fe en el Dios amor, la vida cristiana de las pequeñas comunidades.
En las vísperas de la celebración de Pentecostés pidámosle al Señor que nos confirme en el amor de su Espíritu para saber responder frente a la necesidad de los cercanos y los lejanos que en este tiempo necesitan de nuestra cercanía y más que nunca de nuestra amistad.
Que María, nuestra madre nos acompañe como acompañó la vida de los dis

miércoles, 27 de mayo de 2020


26.05.2020 Homilía Jn.17, 3 La Vida Eterna es conocerte a Ti, único Dios verdadero           C.S.          920
 Manualidades 5-6

                Jesús nos dice: “La Vida Eterna es conocerte a Ti, único Dios verdadero”. Pero “conocer” hay que entenderlo al modo de S. Jn., es decir entenderlo como experiencia vivencial. Para el “mundo”, “conocer” equivale a tener unas ideas, unos conceptos sobre algo o alguien, algo que se consigue estudiando, explicando, analizando al otro. Para S. Jn. conocer verdaderamente a alguien, sólo es posible amando de corazón, compartiendo la vida con el otro de modo que el otro también comparte su vida con uno. Supone no sólo conocer la apariencia, lo que se manifiesta a través de los sentidos, sino, sobre todo, descubrir su corazón, lo que el otro vive, siente y desea. Conocer sus posibilidades, sus deseos, sus proyectos, su futuro; no sólo su pasado o su presente.
                Para conocer a Dios, por ello, no es suficiente conocer sus atributos, sus cualidades, la teología, sino, sobre todo es conocer su Amor. Y el Amor sólo se conoce cuando se experimenta, se vive. Conocer a Dios y que Dios es puro Amor y sólo Amor, sólo es posible cuando uno se deja amar por Él y corresponde a ese amor con agradecimiento, con gratitud. Es como el amor humano, que sólo se conoce cuando se experimenta, se vive. Y eso se realiza en la entrega, el servicio, el sacrificio gratuito y generoso, incondicional, como el amor verdadero entre esposos, o de unos padres por sus hijos. Y el amor verdadero despierta el amor en el amado. Cuando uno se reconoce amado, eso despierta el amor y da frutos de amor: paz, vida, alegría, amor.
                El amor verdadero necesita de gestos reales o simbólicos que lo encarnen, que lo manifiesten sensiblemente. “Obras son amores y no buenas razones” dice el refrán. Decir que uno ama mucho a su esposa o a sus hijos, si no se sacrifica seriamente por ellos, es mentira. El amor siempre va unido al sacrificio, al dolor. Donde no hay sacrificio, donde no hay dolor, ese amor es falso, es una mentira. El amor verdadero no es algo sólo sentimental. Los sentimientos suelen ser algo pasajero, bonito, pero superficial. O incluso estar ausentes. En la Pasión, Jesús seguro que no sentía placer o gozo por los que le torturaban. Pero sí los amaba hasta orar por el bien de ellos.
                Dios es puro Amor, puro Espíritu. Por eso sólo lo conocemos al aceptar agradecidamente y con respeto, sus dones, su creación. Y entre ellos, sus mejores creaturas, que somos nosotros las personas, la humanidad. Eso supone tratarnos con amor unos a otros y la creación entera. Sólo podemos vivir el amor a Dios si amamos a las personas con las que convivimos, si las miramos como Dios las mira, es decir con un amor incondicional. Para Dios nadie es “sobrante”, “descartable” “utilizable”, por eso, para un cristiano, debe ser lo mismo.
                “Quien no ama, no conoce a Dios” y por ello, se pierde, arruina su propia vida, no sabe lo que hace. Buscar la felicidad en el poder, en la riqueza, en el placer, en los “ídolos” del mundo, le lleva, al que lo hace, a su propia ruina y perdición.
                Jesús nos promete que el que le sigue, es decir el que vive amando a los que tiene alrededor, haciéndoles todo el bien que puede, empieza a vivir ya la Vida Eterna. Entra ya en el Reino del Padre. Y ese es su mayor deseo para todos nosotros. Pero hacer el bien a los hermanos, muchas veces no es satisfacer sus caprichos. Eso sería hacerles mal. Es más bien, ayudarles a desarrollar sus cualidades, sus posibilidades, corregir sus fallos y apoyarles en sus debilidades. Y eso supone disciplina, esfuerzo y sacrificio. “Quien bien te quiere, te hará llorar” dice un refrán. Y así muestra Dios su amor por nosotros.
                En momentos de apuro o de peligro le pedimos a Dios que nos resuelva el problema o la crisis. Y si no se resuelven, pensamos que “Dios no nos sirve” y es cierto, no podemos poner a Dios a nuestro servicio. Pero Él nos habla y nos indica el camino. Hemos de escucharle y dejarnos guiar por Él, porque Él quiere nuestro mayor bien y nos da la luz, pero hemos de abrir los ojos y los oídos. Y responder con nuestras acciones. Muchas veces quisiéramos una receta, un analgésico que nos alivie el dolor o la molestia, pero sin interesarnos por ir a las raíces. Y volver a la “normalidad”, lo que siempre se ha hecho. Hace 5 años, el Papa, junto con líderes de otras religiones, escribió la encíclica Laudato Si, advirtiendo que estamos destruyendo nuestra convivencia y nuestra Casa Común y que eso traería gravísimos problemas, y proponiendo caminos de vida. A muchos les pareció algo muy sabio, pero poco caso le hicieron. Un refrán nos dice: “No hay peor sordo que el que no quiere oír”. Ahora nos encontramos con esta crisis mundial. No podemos decir que es un castigo de Dios, pero sí parece que, una de sus raíces, es el “desorden mundial” que entre todos hemos organizado.
                Pidamos al Señor y a nuestra Madre María que nos iluminen la mente y el corazón para que avancemos por caminos de responsabilidad, de sabiduría, de fraternidad, de honestidad, de compartir con justicia y amor lo que somos y tenemos. Y que lo hagamos con generosidad y alegría, como Dios tanto desea. Y así tengamos Paz y Vida para todos.  Amén.

24.05.2020 Homilía Mt. 28,20 Yo estaré en ustedes para siempre                            C.S.              976
 Evangelio según san Mateo (15,21-28), del domingo, 20 de agosto de ...
                Estamos llegando al final del tiempo de Pascua, este tiempo en que Cristo resucitado nos va guiando para que podamos descubrir cómo es esa presencia suya en la Iglesia, en la Comunidad de los creyentes. Jesús vivió en un tiempo histórico concreto, hace unos 2000 años, en un lugar y una cultura determinadas, fue plenamente humano. Murió crucificado, fue enterrado y desapareció físicamente de este mundo material. Todo ello fue constatable históricamente. Pero resucitó.  La Resurrección no fue volver a esta vida biológica, sino entrar en una vida nueva, algo que es plenamente real pero ya no con las limitaciones y debilidades de esta vida física. Esa Vida Verdadera que ya vivía Jesús desde la Encarnación, pero que no se manifestó hasta pasar por la Pasión y la Cruz.
                Creer en esa Vida Verdadera y eterna que todos deseamos pero que muchos no llegan a conocer y ni experimentar no es algo fácil ni cómodo. Y el mayor deseo de Jesús es guiarnos por ese camino, para que alcancemos la felicidad definitiva. Para ello Jesús nació en este mundo y compartió, en todo, nuestra condición humana, hasta la muerte física. Y en la resurrección mostró que todo aquel que cree y sigue su camino puede llegar a vivir esa experiencia. La experiencia no es que podamos volver a ver o a tocar a Jesús sensiblemente, sino que sintamos esa presencia de Dios en nosotros como la experimentó Él. Es decir que nos sintamos hijos queridos de Dios sin dejar de ser lo que cada uno somos.
                El tiempo de Pascua es un caminar para ir haciéndonos sensibles a esa realidad. Los primeros cristianos no lo tuvieron más fácil que nosotros. Por eso Jesús, con enorme paciencia y amor se manifestó de varios modos, incluso sensibles para ellos, para hacerles entender que estaba vivo y que era el mismo que pasó por la Pasión y la Cruz. Pero que ahora vivía la Vida en Plenitud. Y durante un tiempo razonable les fue manifestando esa presencia. Hasta que llegó el momento de dejarles caminar a su paso, ya como cristianos. Entonces, nos dice el Evangelio, dejó de aparecerse de ese modo. “Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no acabarán de creer que el Espíritu ya está en ustedes”, como les dijo en la Última Cena. Era necesario dejar de aparecerse sensiblemente para que los primeros discípulos creyeran y experimentaran esa presencia del Espíritu en ellos. Y los manda por todo el mundo para anunciar la gran noticia: todo el que se decida a seguir el Camino verá cómo el dolor y la muerte son vencidos, se transforman en paz y alegría.  Y los que fueron cristianos de la segunda generación y después, empezaron a creer por el testimonio de los primeros.
                En tiempos antiguos la gente se imaginaba el cielo como un lugar muy arriba, por encima de las nubes, y el infierno como otro lugar en lo más profundo de la tierra donde había un fuego terrible que a veces se manifestaba en las explosiones volcánicas. Y la Biblia fue escrita en esos tiempos y nos revela verdades importantísimas pero expresadas en el lenguaje de esos tiempos. Por eso es necesario interpretarla para descubrir lo que Dios nos dice ahora, a nosotros. La Ascensión no nos la podemos imaginar como un cohete que sube hasta perderse más arriba de las nubes. Eso sería totalmente falso y también contrario a lo que el Señor nos quiere revelar.
                Más bien hay que entenderla como un modo de hablar de esa experiencia de los primeros cristianos de que Jesús ya no estaba físicamente con ellos, junto a ellos, fuera de ellos. Sino de otro modo, en ellos, comunicándoles su vida, la Vida de Dios. El próximo domingo celebraremos Pentecostés, es decir el momento en que los discípulos caen en la cuenta que efectivamente el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, está en ellos, en la Comunidad. El momento en que se cumple la promesa de Jesús cuando les dijo: Yo estaré en ustedes todos los días y para siempre. Y los discípulos se sienten llenos de alegría, paz y fortaleza.
                Hoy celebramos esa última aparición sensible de Jesús y esa despedida y la memoria de la Promesa de la manifestación del Espíritu que se cumplirá el próximo domingo. Las despedidas siempre tienen algo de tristeza. A todos nos cuesta despedirnos de nuestros seres queridos. Pero es necesario para avanzar en nuestros caminos, para crecer como personas, para descubrir que podemos valernos, sin estar siempre dependientes de nuestra mamá. En la vida espiritual también es necesario que a veces el Señor se nos oculte, para que descubramos que también en la oscuridad y el dolor el Señor sigue con nosotros. Que para crecer como hijos de Dios es necesario pasar por sufrimientos y penurias. Que la gloria no se alcanza si no es pasando por los sinsabores de esta vida mortal. Pero que ahí es donde experimentamos la vida y el consuelo del Señor. En la Iglesia es donde se nos ofrece la compañía y la ayuda que necesitamos para no caer en la tentación, en la prueba. Jesús nos promete que, unidos a Él, nuestra tristeza se convertirá en alegría. Por eso un cristiano no se desespera en las pruebas y sufrimientos y el Espíritu le ofrece la luz y la fortaleza para salir adelante.
                Pidámosle al Señor que nos siga dando su Espíritu en estos tiempos difíciles, para que sintamos cómo el nos quiere y lo vivamos ayudándonos unos a otros con generosidad y alegría. Que su Madre, la Virgen María nos ayude a sentir su amor y su ternura, como ayudó a los discípulos en esta semana, y así también a nosotros y podamos descubrir la presencia del Espíritu en nosotros.   Amén.
25.05.2020 Lunes de la séptima semana de pascua.
Juan 16, 29-33 | Misioneros Digitales Católicos MDC
Queridas hermanas y hermanos, hemos entrado en la última semana de la pascua y con la fiesta de la Ascensión celebrada ayer domingo las lecturas de esta semana nos preparan para la gran solemnidad de Pentecostés: la venida del Espíritu Santo que celebraremos el próximo domingo.
Las lecturas de esta semana en los Hechos de los apóstoles nos irán relatando como esa presencia del Espíritu del resucitado se hace presente en las nuevas comunidades cristianas que van conformando la Iglesia. Jesús continúa cerca a sus discípulos y discípulas en esa presencia-ausencia que es reafirmada y confirmada por el Espíritu del Padre que consuela, defiende, anima y va gestando las comunidades de las cristianas y cristianos, seguidoras y seguidores del Señor.
Por tanto, las lecturas que escucharemos esta semana nos estarán preparando para celebrar con alegría la presencia del Espíritu de Dios en nuestras vidas.
Jesús parte de la realidad cristiana de que ser verdaderos discípulos y discípulas de Jesús es asumir un camino de testimonio y por ende su traducción en martirio. Por eso nos advierte que los verdaderos discípulos y discípulas hemos de tener tribulaciones en el mundo, porque Él también las tuvo y porque su proyecto del Reino de Dios se enmarca en realidades de justicia, paz, solidaridad y fraternidad, y esos no son valores que promueva el mundo. El mundo por su parte promueve la exclusión, la comodidad, el aislamiento y el individualismo egoísta; eso lo hemos podido observar con total claridad en esta crisis. Las indicaciones que en todo momento se nos dan es aíslese, mantenga la distancia, evite todo contacto, el virus mata. No son esos mensajes totalmente contrarios a la presencia-ausencia de Jesús y de su Espíritu en nosotras y nosotros. ¿Acaso no es mejor hablar en términos positivos a las gente, desde la responsabilidad y el cuidado que cada uno-una debemos tener y de esa manera saber afrontar la enfermedad apoyándonos unos a otros?
Jesús tuvo esa misma experiencia en su pasión, y por eso en el Evangelio de hoy les dice con total claridad a sus discípulos y discípulas, y nos lo dice a nosotras y nosotros también: “Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre estará conmigo” (Jn 16,32). ¿Cuántos hermanos y hermanas se han sentido discriminados por los miembros de la misma comunidad cristiana al saber que están infectados?, ¿hemos sido nosotros-nosotras de esos que les encanta señalar a los demás? El Espíritu de Jesús viene a denunciar y a corregir ese tipo de actitudes, de lo contrario no hemos de ser verdaderas cristianas y cristianos ni el Espíritu de Dios habita en nosotras y nosotros.
Ante quienes sufren Jesús nos dice: “Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí (…) tengan valor, porque yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). El mensaje de Jesús resucitado en todo momento es el deseo de la paz, paz en nuestras vidas, paz en medio de nosotras y nosotros; y la paz es fruto de la justicia (Gaudium et spes #78). Por eso les animo en todo momento a mantener la paz que brota de la presencia de Jesús resucitado junto a nosotras y nosotros mediante la fuerza de su Espíritu.
Esa fuerza del Espíritu es la que estuvo presente en los primeros relatos de los cristianos y cristianas y les movió al arrepentimiento de sus malas conductas y a creer en Jesús y querer vivir desde los valores del reinado de Dios. Por eso el Espíritu les inspira a hablar nuevas lenguas y a profetizar. También nosotras y nosotros estamos llamadas y llamados a hablar en ese nuevo lenguaje del Espíritu que se traduce en amor, desde nuestra actitud para con todas y todos, sobre todo los que están sufriendo más en medio de esta crisis. Debemos profetizar nuevos tiempos construidos sobre las actitudes antes citadas de cuidado y responsabilidad entre unos y otras, y sobre todo desde la cercanía en medio de esa presencia-ausencia, cercanía-distancia que debemos vivir.
Hermanas y hermanos, la preparación para la solemnidad de Pentecostés nos reta a continuar impulsando una nueva vida con nuevas actitudes y nuevas acciones que nos lleven a vivir más responsablemente y comprometido nuestro ser cristiano. El mundo necesita de testigos, como nos dice un canto: “Somos testigos de la resurrección, Él está aquí, está presente es vida y es verdad. Somos testigos de la resurrección, él está aquí, su Espíritu nos mueve para amar”.
Dejemos que ese amor puesto es obras sea el motor que nos ayude a prepararnos adecuadamente para seguir haciendo presente entre nosotras y

27.05.2020. Miércoles de la séptima semana de pascua.
Catholic.net - Señor, si hubieras estado aquí

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos relata la relación cercana que se logra forjar entre Pablo y los primeros discípulos y discípulas que van creando comunidad. Es la experiencia propia de aquellos que caminan unidos desde la experiencia gozosa del Resucitado.
Pablo es consciente de la realidad de este mundo y de cómo siempre hay lobos con piel de ovejas que buscan aprovecharse del rebaño, para confundirlo, crear divisiones y destruir la obra de Dios. Sin embargo, es importante notar que la obra por ser de Dios permanece a pesar de las malas intenciones de muchos y también que todas esas situaciones de lucha y conflicto se dan a lo interno de las mismas comunidades, porque siempre permanece en nuestras vidas los deseos de poder y también el apego a viejas tradiciones y costumbres alejadas de Dios, y a las cuales nos hemos aferrado.
Pablo advierte sobre tres cosas: primero, hemos de velar por el rebaño que Dios adquirió con la sangre de su Hijo. No pertenece a nadie el rebaño, la comunidad cristiana, la Iglesia. Le pertenece a Dios, es él quien la ha ganado a precio de la sangre de Jesús, nuestro Señor. Nosotros y nosotras estamos llamados a cuidar unos de otras.
Por eso, señala Pablo, hay muchos y muchas que se pretenden dueños, dueñas de las comunidades, de la Iglesia, al punto de guiar por caminos equivocados a ese rebaño, dejando de lado el Evangelio y con ello toda la vivencia de Jesús, por mantener tradiciones y costumbres totalmente alienadas y alejadas del Evangelio.
Ante estas situaciones Pablo nos recomienda mantenernos en la palabra que salva y da fuerza para crecer en el Espíritu de Dios. Mantenerse en la Palabra no solo es leerla o escucharla, sobre todo, mantenerse en la Palabra de Dios es poner en práctica un estilo de vida a ejemplo de Jesús que cuidaba de los más necesitados, sanaba a los enfermos desde su cercanía y su ternura; es también vivir en relación de respeto y reciprocidad con las personas y con el ambiente. Así dice Jesús, seremos santificados en la verdad que viene de la Palabra de Dios, porque nos llevará a la plenitud de nuestra vida humana, tal como la asumió Jesús.
En estos momentos de crisis que vivimos, mantenerse en la Palabra nos reta a socorrer al necesitado, enferma-enfermo de coronavirus, desde nuestras posibilidades y con total cuidado, animándoles, no discriminándoles, sabiendo hacerles sentir apoyados y sobre todo humanos y hermanos, todas y todos.
Pablo también nos invita hoy a trabajar para salir adelante y ayudar a los necesitados. En este tiempo de crisis no podemos mantener una actitud pasiva esperando recibir todo de los demás, dispongámonos a trabajar desde el cultivo de huertos caseros, o desde el siembro de lo que podamos en este tiempo en que el tiempo nos ha sido favorable con la lluvia. Compartamos unos con otras nuestro conocimiento y recursos, pues como señala san Pablo: “Hay más felicidad en dar que en recibir”. Promovamos pues el compartir fraterno desde nuestras posibilidades, sabiendo ser agradecidas y agradecidos con los bienes que Dios nos ha dado y con las posibilidades que nos coloca en frente para saber aprovecharlas.
Busquemos lo que nos une y no la división. Jesús desde su oración pide al Padre por mantenernos unidos como Él y el Padre son uno. Sepamos pues mantener esa unidad en medio de esta crisis. No demos la espalda a los enfermos, no cerremos las puertas a quienes nos necesitan, recordemos que lo que hagamos o dejemos de hacer por los más pequeños, con Jesús lo hacemos o lo dejamos de hacer. Seamos pues verdaderos hermanos y hermanas en Jesús, así realmente estaremos viviendo la unidad de la Palabra que nos salva cuando se hace vida en nuestras vidas.
En estos días en que nos preparamos para la celebración de Pentecostés debemos dejar notar en nuestras obras de caridad fraterna ese Espíritu del Resucitado que nos mueve a vivir amando y compartiendo. Que María, nuestra madre, nos ayude a saber esperar activamente esa fuerza del Espíritu en nuestras vidas. Amén.

sábado, 23 de mayo de 2020

Jueves de la sexta semana de pascua, 23 de Mayo

Evangelio del día 23 de mayo de 2020 y comentario - dominicos



Las lecturas de esta semana nos han anunciado la fiesta de la Ascensión del Señor que celebraremos mañana domingo, y el evangelio que hemos venido siguiendo se enmarca en el discurso de despedida de Jesús que recoge Juan.
Frente a la experiencia de la resurrección los discípulos y discípulas reconocen a Jesús como Señor y Mesías. Ese es el relato que nos han ido contando los Hechos de los Apóstoles estos días. Pablo, un fiel discípulo de Jesús resucitado, va por pueblos y ciudades proclamando a paganos y judíos que Dios ha resucitado a Jesús y lo ha constituido Señor de la historia.
Jesús es Señor y como tal se reconoce su divinidad, es decir, su procedencia del Padre, o sea que es Hijo de Dios y por tanto, Dios mismo también. Tal como afirmamos en el Credo Jesús es “Dios de Dios… de la misma naturaleza que el Padre”, y por eso Dios lo resucita y lo devuelve a su ser divino, lo hace Señor de todas las cosas, por encima, incluso, de la muerte.
También Jesús es el Mesías, es decir el Salvador, que nos libra del pecado que nos esclaviza y nos conduce a la libertad de los hijos e hijas de Dios. Reconocer a Jesús como Mesías era proclamar el cumplimiento de las promesas hechas por Dios al pueblo de Israel, de darles un descendiente de David que sería el salvador de su pueblo.
Por eso, Jesús, en el Evangelio que hemos escuchado, habla en esos términos de pedir en su nombre, es decir, reconocemos que él es el Señor y por tanto, podemos acudir a él para que nos salve del pecado que nos esclaviza.
Reconocer a Jesús como Señor y Mesías de nuestras vidas es saber con confianza que él está con nosotros y nosotras, y desde nuestra humanidad nos comprende y porque nos ama nos da su Espíritu que viene en ayuda nuestra. Por eso nos dice: pidan al Padre en mi nombre y el Padre les dará cuanto le pidan porque les ama igual que yo. Esta es una verdad tan cierta y tan profunda que debe ser motivo suficiente para no perder la esperanza de que Dios nos acompaña, camina con nosotras y nosotros en medio de esta crisis, y que precisamente esta es una oportunidad para mirar nuestras vidas, nuestra sociedad, nuestras formas de relacionarnos desde ese señorío que Jesús quiere en nuestras vidas para darnos una vida en abundancia y que nosotros y nosotras podamos transmitir a los demás esa vida que procede de Dios desde nuestra vivencia diaria.
Hoy aparecen en la sociedad muchos que se pretenden señores de este mundo. Jesús es muy claro y nos dice que nosotros no podemos actuar como ellos. Jesús se hace Señor desde el servicio generoso que lo lleva hasta la cruz. Ese es el camino que nos ofrece Jesús y el cual nos da vida plena.
Frente a tanta gente que sufre por esta crisis y vive temerosa ante la enfermedad y la muerte, se hace muy necesario hacernos testigos de la vida y de la esperanza. No podemos rendirnos sin haber luchado antes, no podemos encerrarnos en el miedo a la muerte cuando tenemos al alcance tratamientos que nos pueden ayudar a superar la enfermedad. Tampoco podemos y debemos pretender regresar a la nueva normalidad sin tener claridad en los procedimientos y tratamientos adecuados para evitar un mayor contagio de la enfermedad, quienes pretenden eso se creen señores de este mundo y no piensan con sensatez, pues ponen en riesgo la seguridad y la vida de las personas.
Nosotras y nosotros debemos asumir con responsabilidad el proceso de reapertura de nuestras actividades, sabiendo cuidarnos y cuidar de los demás. Por eso, debemos en todo momento dejar que la gracia del Espíritu del Resucitado ilumine nuestro entendimiento para saber encontrar los caminos adecuados para construir nuevas formas de relacionarnos y de proceder ante la vida y en sociedad.
Pidamos al Señor la gracia de su Espíritu para que en todo momento nos acompañe en nuestras decisiones y en nuestro ánimo. Amén.

viernes, 22 de mayo de 2020


22.05.2020 Homilía Jn. 16, 21 Su tristeza se transformará en alegría             C.S.                         912
JUAN 16, 20-23 |
 Seguimos meditando las Palabras que Jesús dirigió a los discípulos durante la Última Cena, el testamento de Jesús. Y hoy se nos dice muy claramente que el Camino del cristiano no es un camino cómodo, fácil, sino que necesariamente pasa por el dolor, por las dificultades, aunque no para quedarse en ellas, sino para experimentar que “la tristeza se transformará en alegría”.

Y el Señor nos pone una comparación que toda persona puede fácilmente entender: La experiencia que todas las madres han tenido, una o varias veces: el dar a luz. Es una experiencia universal, una experiencia de dolor que se transforma en alegría. Todo nacimiento siempre va precedido por un período de gestación. La gestación empieza en un acto de amor entre los esposos que normalmente va acompañado de mucha alegría y gozo, aunque también hay dolor y sufrimiento. Después, durante los nueve meses en que la criatura se va formando en el seno de su madre, no faltan las alegrías en lo profundo del corazón, pero acompañadas por molestias y dolores. Una madre gestante debe privarse de algunas cosas, tiene que sacrificar caprichos, debe cuidarse. Pero el esposo, normalmente, le dedica especial cariño y ternura. En todas las culturas del mundo siempre hay costumbres de especial respeto y atención por las madres gestantes: cederles el asiento, darles prioridad en las filas, ayudarlas con mil detalles, etc. En la lengua alemana hay una expresión muy bonita para decir que una mujer está embarazada: se dice que lleva un niño bajo el corazón. El tiempo de gestación llega a su fin en el momento de dar a luz. Momento de dolor, de peligro, de angustia, pero que normalmente desemboca en un nacimiento feliz, que llena de alegría y gozo a los padres y a toda la familia, cuando el niño ha sido querido y deseado, como debe ser.
  
Esa experiencia que todos hemos compartido o realizado, Jesús la toma para explicarnos lo que es la vida cristiana, que comienza con un Sacramento, el Bautismo. El Bautismo siempre debe ser precedido por un período de evangelización inicial, un tiempo en que el catecúmeno es iniciado en los misterios de la Fe, en que se le anuncia la Buena Noticia del Amor personal de Dios por él en concreto y la Vida nueva que Dios quiere comunicarle. Dios nos crea a todos como personas libres y dignas de todo respeto, y desde el principio respeta nuestra libertad y nuestra personalidad. Esa evangelización inicial se realiza en la Comunidad, en la Iglesia, principalmente por el testimonio de personas que ya van caminando y experimentando esa vida del Espíritu en sí mismas. El Bautismo es como el nacimiento en la vida del Espíritu. Por eso el Papa Francisco nos recomienda recordar y celebrar el aniversario de nuestro Bautismo. Porque para un cristiano consciente la fecha de nuestro Bautismo debería ser más importante que la fecha de nacimiento.

 Un niño, cuando nace, es la cosa más frágil y débil que podemos imaginar: en todo depende de su madre o sus familiares. De ella recibe el alimento, el calor, la protección, el aseo, el cariño, etc. Sin su madre es casi imposible sobrevivir. Pero, a medida que va creciendo, va avanzando en autonomía: empieza a caminar, a hablar, aprende muchas cosas, y luego ya podrá trabajar y asumir cada vez más responsabilidades.  En la vida cristiana también es así: al principio la familia y la comunidad le van dando todo lo que necesita, pero con el tiempo va creciendo y cada vez va desarrollando los carismas que Dios ha puesto como un germen en su corazón. Y uno va descubriendo que las contrariedades y sufrimientos de la vida no son desgracias, castigos o maldades que le hacen a uno, sino más bien retos y oportunidades de crecimiento para ser, después, más felices, más plenos, más humanos.

 La persona humana crece en humanidad, en sabiduría, en inteligencia, en sensibilidad, en amor y en misericordia, cuando enfrenta los retos que la vida le va poniendo delante. Retos que siempre suponen una dosis de esfuerzo y dolor. En este sentido, el mundo moderno nos ofrece cantidad de analgésicos y terapias para aminorar el dolor físico y sicológico. Que muchas veces no son algo que nos ayuda a crecer, sino solamente nos alivian los síntomas pero no sanan la enfermedad o dolencia. La crisis del coronavirus es ejemplo de ello: la verdadera sanación es fortalecer nuestro sistema inmunológico y crear anticuerpos que nos defiendan. Y eso se nos da cuando llevamos una vida sana en lo físico, lo síquico y lo espiritual. Lo cual supone cierto esfuerzo, disciplina y capacidad de sacrificio por los demás. Como nos enseña Jesús a través de la Iglesia. Queremos combatir la crisis a base de dinero y eso está resultando bastante ineficaz e inútil. Cierto que la investigación médica es necesaria e importantísima. Pero más importante es construir un mundo sobre la fraternidad, la solidaridad, la misericordia, el amor y la sabiduría profunda. Creo que, a través de esta crisis el Señor nos está llamando a una conversión profunda, a abandonar los ídolos de la codicia del dinero, el poder y el placer y dejarnos guiar por su Espíritu de la verdad, el bien y la fraternidad.

 Pidámosle al Señor y a su Madre María que nos sigan acompañando y fortaleciendo en nuestro caminar hacia un mundo más justo, más fraternal, más solidario, más humano.   Amén.