sábado, 30 de mayo de 2020


30.05.2020 Homilía san Juan 21,19 Jesús dijo a Pedro: Tú, sígueme. 

Sergio E. Valdez Sauad: ¿ME AMAS? Juan 21,15-19.
                Estamos llegando al final del tiempo de Pascua y hoy la última Palabra que Jesús dice a Pedro según el Evangelio de Jn. es: “Tú, sígueme”.  Jesús, después de confirmar a Pedro como pastor y cuidador de las ovejas del Señor, de la Iglesia, ve que Juan, movido por el Espíritu ya lo sigue espontáneamente, le dice a Pedro: “Tú, sígueme”. Juan no necesita que se lo digan, ya le nacía de dentro. A Pedro, todavía algo más carnal, sí necesita que se lo recuerden.
                Y es que somos carne y espíritu. Y la carne es débil y necesita que continuamente se le recuerde su fragilidad. No para despreciarla, sino para que se sienta necesitada de que la misión, sólo se puede llevar adelante guiada por el Espíritu. La Misión de Pedro es importantísima, ser el pastor de la Iglesia, un gran honor, aunque también una enorme responsabilidad. Ser el Pastor de la Iglesia significa cuidarla, protegerla, orientarla, mantenerla unida, guiarla hacia los pastos saludables y abundantes para que tenga vida y Vida en abundancia, dar la vida por ella. Esa es la misión del Papa, porque Pedro es el primer Papa de la Historia. Jesús le predice: llevar adelante esa misión te costará la vida. Pedro murió crucificado, como Jesús, y como muchos papas después de Pedro que también terminaron su misión muriendo mártires. Una misión llena de peligros y dificultades, que no podrá llevar a cabo sin una asistencia especial del Espíritu Santo, una misión para la que necesitará el acompañamiento de todo el rebaño. Por eso nuestro actual Papa, Francisco, en sus discursos y orientaciones siempre nos pide: no se olviden de rezar por mí.
                El Papa es el Pastor supremo de la Iglesia y su misión principal es la de mantenerla unida. No es nada fácil esta tarea. Vemos que todos los que nos decimos Cristianos creemos en Jesús, y decimos que queremos seguirle, pero que de hecho, entre nosotros todavía hay muchas divisiones. La Iglesia Católica siempre ha permanecido unida, con una sola cabeza visible, el Papa. Y de ella se han ido desgajando otras ramas, que siempre se dicen que son fieles al Señor y a la Biblia, pero que no reconocen la misión que Jesús encomendó al papa. Que se autoproclaman la verdadera iglesia, pero que no paran de dividirse entre ellas, dando así un triste testimonio contrario a los deseos del Señor, cuando en la Última Cena repitió varias veces y de varios modos: “mi deseo es que sean uno, Padre, como Tú y Yo somos uno”. “Permanezcan en la unidad”.
                El Papa no es un ángel, un Espíritu puro. Es un hombre limitado y pecador como todos nosotros y como fue Pedro. Y ha habido papas que han tenido fallos, y a veces grandes, pero que después los han reconocido y se han arrepentido, con la ayuda del cuerpo de la Iglesia y del Espíritu que mora en ella, por voluntad del Señor. Por eso el papa necesita totalmente del Colegio Apostólico, los Obispos que unidos en Concilio o en Sínodo caminan junto con sus fieles guiados por el único Espíritu. Por eso el Papa necesita confesarse con otro sencillo sacerdote, como lo hace Francisco todas las semanas, para evitar que el mal espíritu le engañe y le desvíe al error. Por eso el papa es la cabeza visible de este cuerpo que es la Iglesia a la que el Señor prometió que las fuerzas del mal nunca la podrán vencer: “Yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el final de la Historia”. Las sectas son ramas desgajadas del árbol que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Hay mucho de bueno en ellas, por la misericordia del Señor, pero son ramas desgajadas, “hermanos separados”, que no celebran la Eucaristía, Sacramento de Unidad.
                Es este tiempo de crisis mundial es imprescindible nuestra misión de ser testigos de la unidad, del amor y la misericordia. Por eso no podemos dividirnos por intereses mezquinos o doctrinas discutibles. Hemos de ser agentes de unidad, de concordia, de unidad. Sacrificándonos unos por otros, como nos enseña el Señor, a fin de que lleguemos a ser un solo cuerpo, como el Señor tanto desea y nos recuerda muy especialmente cada vez que celebramos la Eucaristía. Un cuerpo en que la prioridad siempre es el servicio de unos a otros, buscando juntos el bien común. La Iglesia Católica es la única institución humana presente en todos los países y todas las culturas del mundo y nuestra misión es construir la paz y la concordia, aun a costa de la vida y el sacrificio.
                Mañana celebramos Pentecostés, el día en que los discípulos caen en la cuenta de que el Espíritu es el que les anima, el que les guía, el que les fortalece. Y abren puertas y ventanas para proclamar a todo el mundo que el Señor vive en ellos y que todos son amados por el Señor, que es fuente de paz, de vida y de alegría para todos. Pidámosle al Señor que en compañía de su Madre María y toda la Iglesia nos haga sentir esta presencia y nos libre de todo temor y angustia y así podamos ser fuente de esperanza, de salud y vida para todos.   Amén.

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