24.05.2020 Homilía Mt. 28,20 Yo estaré en ustedes para
siempre
C.S. 976

Estamos llegando al final del
tiempo de Pascua, este tiempo en que Cristo resucitado nos va guiando para que
podamos descubrir cómo es esa presencia suya en la Iglesia, en la Comunidad de
los creyentes. Jesús vivió en un tiempo histórico concreto, hace unos 2000
años, en un lugar y una cultura determinadas, fue plenamente humano. Murió
crucificado, fue enterrado y desapareció físicamente de este mundo material. Todo
ello fue constatable históricamente. Pero resucitó. La Resurrección no fue volver a esta vida
biológica, sino entrar en una vida nueva, algo que es plenamente real pero ya
no con las limitaciones y debilidades de esta vida física. Esa Vida Verdadera
que ya vivía Jesús desde la Encarnación, pero que no se manifestó hasta pasar
por la Pasión y la Cruz.
Creer en esa Vida Verdadera y
eterna que todos deseamos pero que muchos no llegan a conocer y ni experimentar
no es algo fácil ni cómodo. Y el mayor deseo de Jesús es guiarnos por ese
camino, para que alcancemos la felicidad definitiva. Para ello Jesús nació en
este mundo y compartió, en todo, nuestra condición humana, hasta la muerte
física. Y en la resurrección mostró que todo aquel que cree y sigue su camino
puede llegar a vivir esa experiencia. La experiencia no es que podamos volver a
ver o a tocar a Jesús sensiblemente, sino que sintamos esa presencia de Dios en
nosotros como la experimentó Él. Es decir que nos sintamos hijos queridos de
Dios sin dejar de ser lo que cada uno somos.
El tiempo de Pascua es un
caminar para ir haciéndonos sensibles a esa realidad. Los primeros cristianos
no lo tuvieron más fácil que nosotros. Por eso Jesús, con enorme paciencia y
amor se manifestó de varios modos, incluso sensibles para ellos, para hacerles
entender que estaba vivo y que era el mismo que pasó por la Pasión y la Cruz.
Pero que ahora vivía la Vida en Plenitud. Y durante un tiempo razonable les fue
manifestando esa presencia. Hasta que llegó el momento de dejarles caminar a su
paso, ya como cristianos. Entonces, nos dice el Evangelio, dejó de aparecerse
de ese modo. “Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no acabarán de
creer que el Espíritu ya está en ustedes”, como les dijo en la Última Cena. Era
necesario dejar de aparecerse sensiblemente para que los primeros discípulos
creyeran y experimentaran esa presencia del Espíritu en ellos. Y los manda por
todo el mundo para anunciar la gran noticia: todo el que se decida a seguir el
Camino verá cómo el dolor y la muerte son vencidos, se transforman en paz y
alegría. Y los que fueron cristianos de la
segunda generación y después, empezaron a creer por el testimonio de los
primeros.
En tiempos antiguos la gente se
imaginaba el cielo como un lugar muy arriba, por encima de las nubes, y el
infierno como otro lugar en lo más profundo de la tierra donde había un fuego
terrible que a veces se manifestaba en las explosiones volcánicas. Y la Biblia
fue escrita en esos tiempos y nos revela verdades importantísimas pero
expresadas en el lenguaje de esos tiempos. Por eso es necesario interpretarla
para descubrir lo que Dios nos dice ahora, a nosotros. La Ascensión no nos la
podemos imaginar como un cohete que sube hasta perderse más arriba de las
nubes. Eso sería totalmente falso y también contrario a lo que el Señor nos
quiere revelar.
Más bien hay que entenderla como
un modo de hablar de esa experiencia de los primeros cristianos de que Jesús ya
no estaba físicamente con ellos, junto a ellos, fuera de ellos. Sino de otro
modo, en ellos, comunicándoles su vida, la Vida de Dios. El próximo domingo
celebraremos Pentecostés, es decir el momento en que los discípulos caen en la
cuenta que efectivamente el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, está en
ellos, en la Comunidad. El momento en que se cumple la promesa de Jesús cuando
les dijo: Yo estaré en ustedes todos los días y para siempre. Y los discípulos
se sienten llenos de alegría, paz y fortaleza.
Hoy celebramos esa última
aparición sensible de Jesús y esa despedida y la memoria de la Promesa de la
manifestación del Espíritu que se cumplirá el próximo domingo. Las despedidas
siempre tienen algo de tristeza. A todos nos cuesta despedirnos de nuestros
seres queridos. Pero es necesario para avanzar en nuestros caminos, para crecer
como personas, para descubrir que podemos valernos, sin estar siempre
dependientes de nuestra mamá. En la vida espiritual también es necesario que a
veces el Señor se nos oculte, para que descubramos que también en la oscuridad
y el dolor el Señor sigue con nosotros. Que para crecer como hijos de Dios es
necesario pasar por sufrimientos y penurias. Que la gloria no se alcanza si no
es pasando por los sinsabores de esta vida mortal. Pero que ahí es donde
experimentamos la vida y el consuelo del Señor. En la Iglesia es donde se nos
ofrece la compañía y la ayuda que necesitamos para no caer en la tentación, en
la prueba. Jesús nos promete que, unidos a Él, nuestra tristeza se convertirá
en alegría. Por eso un cristiano no se desespera en las pruebas y sufrimientos
y el Espíritu le ofrece la luz y la fortaleza para salir adelante.
Pidámosle al Señor que nos siga
dando su Espíritu en estos tiempos difíciles, para que sintamos cómo el nos
quiere y lo vivamos ayudándonos unos a otros con generosidad y alegría. Que su
Madre, la Virgen María nos ayude a sentir su amor y su ternura, como ayudó a
los discípulos en esta semana, y así también a nosotros y podamos descubrir la
presencia del Espíritu en nosotros.
Amén.
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