miércoles, 27 de mayo de 2020


24.05.2020 Homilía Mt. 28,20 Yo estaré en ustedes para siempre                            C.S.              976
 Evangelio según san Mateo (15,21-28), del domingo, 20 de agosto de ...
                Estamos llegando al final del tiempo de Pascua, este tiempo en que Cristo resucitado nos va guiando para que podamos descubrir cómo es esa presencia suya en la Iglesia, en la Comunidad de los creyentes. Jesús vivió en un tiempo histórico concreto, hace unos 2000 años, en un lugar y una cultura determinadas, fue plenamente humano. Murió crucificado, fue enterrado y desapareció físicamente de este mundo material. Todo ello fue constatable históricamente. Pero resucitó.  La Resurrección no fue volver a esta vida biológica, sino entrar en una vida nueva, algo que es plenamente real pero ya no con las limitaciones y debilidades de esta vida física. Esa Vida Verdadera que ya vivía Jesús desde la Encarnación, pero que no se manifestó hasta pasar por la Pasión y la Cruz.
                Creer en esa Vida Verdadera y eterna que todos deseamos pero que muchos no llegan a conocer y ni experimentar no es algo fácil ni cómodo. Y el mayor deseo de Jesús es guiarnos por ese camino, para que alcancemos la felicidad definitiva. Para ello Jesús nació en este mundo y compartió, en todo, nuestra condición humana, hasta la muerte física. Y en la resurrección mostró que todo aquel que cree y sigue su camino puede llegar a vivir esa experiencia. La experiencia no es que podamos volver a ver o a tocar a Jesús sensiblemente, sino que sintamos esa presencia de Dios en nosotros como la experimentó Él. Es decir que nos sintamos hijos queridos de Dios sin dejar de ser lo que cada uno somos.
                El tiempo de Pascua es un caminar para ir haciéndonos sensibles a esa realidad. Los primeros cristianos no lo tuvieron más fácil que nosotros. Por eso Jesús, con enorme paciencia y amor se manifestó de varios modos, incluso sensibles para ellos, para hacerles entender que estaba vivo y que era el mismo que pasó por la Pasión y la Cruz. Pero que ahora vivía la Vida en Plenitud. Y durante un tiempo razonable les fue manifestando esa presencia. Hasta que llegó el momento de dejarles caminar a su paso, ya como cristianos. Entonces, nos dice el Evangelio, dejó de aparecerse de ese modo. “Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no acabarán de creer que el Espíritu ya está en ustedes”, como les dijo en la Última Cena. Era necesario dejar de aparecerse sensiblemente para que los primeros discípulos creyeran y experimentaran esa presencia del Espíritu en ellos. Y los manda por todo el mundo para anunciar la gran noticia: todo el que se decida a seguir el Camino verá cómo el dolor y la muerte son vencidos, se transforman en paz y alegría.  Y los que fueron cristianos de la segunda generación y después, empezaron a creer por el testimonio de los primeros.
                En tiempos antiguos la gente se imaginaba el cielo como un lugar muy arriba, por encima de las nubes, y el infierno como otro lugar en lo más profundo de la tierra donde había un fuego terrible que a veces se manifestaba en las explosiones volcánicas. Y la Biblia fue escrita en esos tiempos y nos revela verdades importantísimas pero expresadas en el lenguaje de esos tiempos. Por eso es necesario interpretarla para descubrir lo que Dios nos dice ahora, a nosotros. La Ascensión no nos la podemos imaginar como un cohete que sube hasta perderse más arriba de las nubes. Eso sería totalmente falso y también contrario a lo que el Señor nos quiere revelar.
                Más bien hay que entenderla como un modo de hablar de esa experiencia de los primeros cristianos de que Jesús ya no estaba físicamente con ellos, junto a ellos, fuera de ellos. Sino de otro modo, en ellos, comunicándoles su vida, la Vida de Dios. El próximo domingo celebraremos Pentecostés, es decir el momento en que los discípulos caen en la cuenta que efectivamente el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, está en ellos, en la Comunidad. El momento en que se cumple la promesa de Jesús cuando les dijo: Yo estaré en ustedes todos los días y para siempre. Y los discípulos se sienten llenos de alegría, paz y fortaleza.
                Hoy celebramos esa última aparición sensible de Jesús y esa despedida y la memoria de la Promesa de la manifestación del Espíritu que se cumplirá el próximo domingo. Las despedidas siempre tienen algo de tristeza. A todos nos cuesta despedirnos de nuestros seres queridos. Pero es necesario para avanzar en nuestros caminos, para crecer como personas, para descubrir que podemos valernos, sin estar siempre dependientes de nuestra mamá. En la vida espiritual también es necesario que a veces el Señor se nos oculte, para que descubramos que también en la oscuridad y el dolor el Señor sigue con nosotros. Que para crecer como hijos de Dios es necesario pasar por sufrimientos y penurias. Que la gloria no se alcanza si no es pasando por los sinsabores de esta vida mortal. Pero que ahí es donde experimentamos la vida y el consuelo del Señor. En la Iglesia es donde se nos ofrece la compañía y la ayuda que necesitamos para no caer en la tentación, en la prueba. Jesús nos promete que, unidos a Él, nuestra tristeza se convertirá en alegría. Por eso un cristiano no se desespera en las pruebas y sufrimientos y el Espíritu le ofrece la luz y la fortaleza para salir adelante.
                Pidámosle al Señor que nos siga dando su Espíritu en estos tiempos difíciles, para que sintamos cómo el nos quiere y lo vivamos ayudándonos unos a otros con generosidad y alegría. Que su Madre, la Virgen María nos ayude a sentir su amor y su ternura, como ayudó a los discípulos en esta semana, y así también a nosotros y podamos descubrir la presencia del Espíritu en nosotros.   Amén.

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