16.05.2020 Homilía: Jn.15,25: Me odiaron sin causa
alguna. C.S. 870
Después de la promesa de Jesús,
que nos asegura “me amarán como yo los amo”, Jesús nos habla de que los que
crean en Él, los que sigan su Camino, serán “odiados”, rechazados por el
mundo. Nos habla del amor y también del
odio, el rechazo. Y un odio, un rechazo, irracional, sin causa alguna.
Seguir el camino de Jesús es
algo que traerá mucha alegría, mucha paz, pero también mucha contradicción,
mucho rechazo. ¿Por qué?. Y nos da la respuesta: Porque no son del mundo,
porque viven “a contrapelo” de los criterios que guían “el mundo”. El mundo de
que nos habla S. Jn. no es el mundo material, sensible, la Creación, sino el
mundo organizado según los criterios del poder, la opulencia, el placer, el
egoísmo, el mundo centrado en el interés propio. El mundo rechaza a los que
siguen a Jesús porque no son del mundo, porque sus criterios no son el interés
propio, sino el bien común, el bien de los demás. Porque su orientación no es
la de servir al bien común, sino de dominar a los demás para obligarlos a
servir al interés de los más fuertes, los más poderosos.
Estamos acostumbrados a servir a
los que más pagan, y “el que paga, manda”. Y normalmente los negocios más
lucrativos son los más sucios. Buscamos desarrollar aquellas cualidades que más
beneficios económicos nos van a procurar, sin importarnos si eso va a servir al
bien común o por el contrario lo va a dañar. Así ocurre con las actividades
extractivas, con la naturaleza que Dios nos ha dado para beneficio y goce de
toda la familia humana. Pensamos que el mandato bíblico de “dominar la
Creación” nos da derecho a explotarla a capricho de los “más vivos” los que
mejor organizan las cosas según su interés privado, excluyente.
El Papa nos ha dicho en estos
días que quizá la crisis del coronavirus sea una reacción de la Naturaleza ante
el abuso criminal que estamos haciendo de ella, el manipuleo sucio sin tener en
cuenta los complejos equilibrios con que el Señor la ha ordenado y la gobierna.
Hay un refrán que dice: “Dios perdona siempre; los hombres, a veces perdonamos;
la Naturaleza nunca perdona”. En la encíclica “Laudato si”, Francisco nos lo ha
recordado hace unos años: despreciar y abusar de las leyes naturales trae como
consecuencia la destrucción de nuestra única casa común, que es la tierra. Hace
siglos, los humanos no teníamos el poder suficiente como para trastornar gravemente
el orden natural. Ahora sí lo tenemos. Poder que, orientado por el amor y la
razón, nos abre a inmensas posibilidades de mejorarlo, embellecerlo y
humanizarlo. Pero dominado por la codicia, el interés privado, el consumismo
salvaje y la violencia, nos está llevando a destruir nuestra propia casa,
nuestro hogar, y con ello destruirnos a nosotros mismos.
Jesús nos enseña el camino de la
Vida, que es vida para todos, y nos invita a seguirlo, para que todos tengamos
vida en abundancia. Pero nos advierte también, “sin mi, no hay salvación”, no
hay vida. No es, ni mucho menos, una amenaza, sino una advertencia, aunque muy
seria. Su mayor deseo es que todos nos salvemos, y no se cansa de invitarnos a
todos, pero, porque nos quiere inmensamente, no nos obliga, respeta nuestra
libertad: podemos seguirle y vivir plenamente o perdernos para siempre.
Hace pocos días, el papa Francisco,
junto con algunos dirigentes supremos de las principales religiones mundiales,
convocaron a una celebración universal para orar por la paz en toda la
Humanidad. En realidad, todas las grandes religiones hablan del amor de Dios y
en eso hemos de caminar todos juntos, en eso coincidimos. Pero Cristo fue el
único que llegó a revelar el Amor de Dios en plenitud, dando la vida hasta por los
enemigos, como lo hizo en la Cruz, para resucitar inmediatamente. Los
cristianos lo conmemoramos y lo actualizamos cada vez que celebramos la
Eucaristía. Sólo en la Iglesia Católica la celebramos. Es una gran
responsabilidad para nosotros vivirlo en sinceridad, para así ser Luz del Mundo,
como nos dice Jesús.
Y esta responsabilidad nos toca
a todos, como cristianos, y a cada uno personalmente, ya que todos podemos y
debemos de aportar los dones, cualidades y bienes que el Señor nos da, para
que, entre todos, demos pasos adelante en la construcción de ese mundo nuevo
que todos soñamos. El mundo de la verdad y la justicia, el mundo del amor y la
paz, el mundo de la fraternidad y la vida.
Jesús ha resucitado y nos comunica su Espíritu que es el que lo hace
todo nuevo. De nuestra parte, sólo hemos de dejarnos iluminar por esa Luz y
seguir ese camino. Sabemos que el Señor ha triunfado del mal y de la muerte. Y
nos sigue acompañando. Por eso podemos mirar esta crisis sin pesimismo, sin
derrotismo, sin conformismo, sino con esperanza, con ánimo, hasta con alegría,
que nace del Amor de Dios que nos está invitando a avanzar por el camino de la
paz, la fraternidad y la vida. Que el
Señor y su Madre María nos sigan haciendo sentir su ayuda y su compañía. Amén.
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