lunes, 18 de mayo de 2020


16.05.2020 Homilía: Jn.15,25: Me odiaron sin causa alguna.                C.S.                                 870
 107 versículos bíblicos con imágenes para todas las ocasiones - Su ...
                Después de la promesa de Jesús, que nos asegura “me amarán como yo los amo”, Jesús nos habla de que los que crean en Él, los que sigan su Camino, serán “odiados”, rechazados por el mundo.  Nos habla del amor y también del odio, el rechazo. Y un odio, un rechazo, irracional, sin causa alguna.
                Seguir el camino de Jesús es algo que traerá mucha alegría, mucha paz, pero también mucha contradicción, mucho rechazo. ¿Por qué?. Y nos da la respuesta: Porque no son del mundo, porque viven “a contrapelo” de los criterios que guían “el mundo”. El mundo de que nos habla S. Jn. no es el mundo material, sensible, la Creación, sino el mundo organizado según los criterios del poder, la opulencia, el placer, el egoísmo, el mundo centrado en el interés propio. El mundo rechaza a los que siguen a Jesús porque no son del mundo, porque sus criterios no son el interés propio, sino el bien común, el bien de los demás. Porque su orientación no es la de servir al bien común, sino de dominar a los demás para obligarlos a servir al interés de los más fuertes, los más poderosos.
                Estamos acostumbrados a servir a los que más pagan, y “el que paga, manda”. Y normalmente los negocios más lucrativos son los más sucios. Buscamos desarrollar aquellas cualidades que más beneficios económicos nos van a procurar, sin importarnos si eso va a servir al bien común o por el contrario lo va a dañar. Así ocurre con las actividades extractivas, con la naturaleza que Dios nos ha dado para beneficio y goce de toda la familia humana. Pensamos que el mandato bíblico de “dominar la Creación” nos da derecho a explotarla a capricho de los “más vivos” los que mejor organizan las cosas según su interés privado, excluyente.
                El Papa nos ha dicho en estos días que quizá la crisis del coronavirus sea una reacción de la Naturaleza ante el abuso criminal que estamos haciendo de ella, el manipuleo sucio sin tener en cuenta los complejos equilibrios con que el Señor la ha ordenado y la gobierna. Hay un refrán que dice: “Dios perdona siempre; los hombres, a veces perdonamos; la Naturaleza nunca perdona”. En la encíclica “Laudato si”, Francisco nos lo ha recordado hace unos años: despreciar y abusar de las leyes naturales trae como consecuencia la destrucción de nuestra única casa común, que es la tierra. Hace siglos, los humanos no teníamos el poder suficiente como para trastornar gravemente el orden natural. Ahora sí lo tenemos. Poder que, orientado por el amor y la razón, nos abre a inmensas posibilidades de mejorarlo, embellecerlo y humanizarlo. Pero dominado por la codicia, el interés privado, el consumismo salvaje y la violencia, nos está llevando a destruir nuestra propia casa, nuestro hogar, y con ello destruirnos a nosotros mismos.
                Jesús nos enseña el camino de la Vida, que es vida para todos, y nos invita a seguirlo, para que todos tengamos vida en abundancia. Pero nos advierte también, “sin mi, no hay salvación”, no hay vida. No es, ni mucho menos, una amenaza, sino una advertencia, aunque muy seria. Su mayor deseo es que todos nos salvemos, y no se cansa de invitarnos a todos, pero, porque nos quiere inmensamente, no nos obliga, respeta nuestra libertad: podemos seguirle y vivir plenamente o perdernos para siempre.
                Hace pocos días, el papa Francisco, junto con algunos dirigentes supremos de las principales religiones mundiales, convocaron a una celebración universal para orar por la paz en toda la Humanidad. En realidad, todas las grandes religiones hablan del amor de Dios y en eso hemos de caminar todos juntos, en eso coincidimos. Pero Cristo fue el único que llegó a revelar el Amor de Dios en plenitud, dando la vida hasta por los enemigos, como lo hizo en la Cruz, para resucitar inmediatamente. Los cristianos lo conmemoramos y lo actualizamos cada vez que celebramos la Eucaristía. Sólo en la Iglesia Católica la celebramos. Es una gran responsabilidad para nosotros vivirlo en sinceridad, para así ser Luz del Mundo, como nos dice Jesús.
                Y esta responsabilidad nos toca a todos, como cristianos, y a cada uno personalmente, ya que todos podemos y debemos de aportar los dones, cualidades y bienes que el Señor nos da, para que, entre todos, demos pasos adelante en la construcción de ese mundo nuevo que todos soñamos. El mundo de la verdad y la justicia, el mundo del amor y la paz, el mundo de la fraternidad y la vida.  Jesús ha resucitado y nos comunica su Espíritu que es el que lo hace todo nuevo. De nuestra parte, sólo hemos de dejarnos iluminar por esa Luz y seguir ese camino. Sabemos que el Señor ha triunfado del mal y de la muerte. Y nos sigue acompañando. Por eso podemos mirar esta crisis sin pesimismo, sin derrotismo, sin conformismo, sino con esperanza, con ánimo, hasta con alegría, que nace del Amor de Dios que nos está invitando a avanzar por el camino de la paz, la fraternidad y la vida.   Que el Señor y su Madre María nos sigan haciendo sentir su ayuda y su compañía.   Amén.

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