Homilía 03.05.2020: 4º domingo de
Pascua (Jn 10,1-10)
Yoro


En la
lectura de los Hechos de los apóstoles se nos dice como Pedro anuncia a Jesús
como Señor y Mesías lo que está íntimamente unido a un cambio de vida y a la
experiencia del Espíritu Santo en ella.
En el salmo
repetimos como nada nos falta por ser Dios nuestro pastor.
La lectura
de la primera carta de Pedro es una invitación a vivir la fe en tiempos de
crisis subiendo al madero de la cruz.
En el
evangelio de Juan se nos dice que Jesús es la puerta a la vida en abundancia.
Como la
comunidad a la que Pedro le dirige su carta, también nosotras y nosotros
estamos en crisis, en una crisis sanitaria y económica cuyas dimensiones no
acabamos de percibir. Llama la atención que Pedro sin buscar la crisis, no la
ve como un obstáculo para proclamar la fe, sino como una oportunidad para
vivirla. La crisis actual que estamos atravesando nos da la oportunidad no solo
de profesar nuestra fe sino de vivirla con honda profundidad. “Ahora es el
tiempo propicio, hoy es el día de la salvación” (2Cor 6,2), como nos recuerda
Pablo. Porque si no podemos profesar y vivir nuestra fe en esta crisis, vana es
nuestra fe (1Cor 15,14).
Y es que
como dice Pedro en su predicación en Pentecostés esta crisis se puede convertir
en un momento de gracia para reorientar nuestras vidas según la experiencia del
Espíritu Santo. Poco a poco, algunos países van volviendo a la normalidad, algo
que también esperamos poder hacer nosotras y nosotros, aunque no en el corto
plazo. Y aunque ese retorno no esté a la vuelta de la esquina podemos
preguntarnos a qué normalidad queremos retornar. ¿Es acaso a la normalidad de
los elevados índices de asesinatos, de la corrupción e impunidad galopantes, de
los sistemas de salud fallidos, del autoritarismo dictatorial con vocación de
eternidad, de la convivencia marcada por el miedo y la desconfianza, de
familias desintegradas y de parejas maltratadas, de una brecha de desigualdad
cada vez mayor, del recalentamiento global, de la quema y tala de nuestros
bosques, del envenenamiento de nuestros suelos y sus fuentes de agua a la que
ansiamos regresar? Regresar a esa normalidad sería suicidio. De esta crisis no
hay vuelta a la normalidad pasada, sino creación de una nueva normalidad, que
será el producto de lo que vayamos normalizando en el día a día de esta crisis.
La nueva normalidad la vamos a ir creando en lo que elijamos vivir día a día
durante esta crisis.
En medio de
esta crisis marcada por la enfermedad, el confinamiento y la estrechez
económica es que podemos dar testimonio de nuestra fe en Jesús como la puerta
que conduce a la vida abundante. La abundancia no es primariamente cuestión de
cantidad (los casos descubiertos por la MACCIH pusieron de manifiesto que no
son precisamente pobres los que convierten al Estado en botín), sino de
actitud. Y la actitud vital a este respecto es la gratitud, el agradecimiento.
Mientras no nos convirtamos de la ingratitud al agradecimiento la política no
se ejercitará como servicio al pueblo, sino como oportunidad para robar
impunemente al pueblo sus bienes. Mientras no nos convirtamos de la ingratitud
al agradecimiento los seres humanos y la creación entera serán vistos como
mercancías cuyo destino es ser vendidas, compradas o desechadas. Mientras no
nos convirtamos de la ingratitud al agradecimiento la pareja será
instrumentalizada para la propia gratificación en lugar de ser la persona con
la que se quiere compartir la propia felicidad. Mientras no nos convirtamos de
la ingratitud al agradecimiento el mundo destinado a ser nuestro hogar se irá
convirtiendo en un lugar cada vez más inhóspito.
Pasar de la
ingratitud al agradecimiento nos va a permitir experimentar lo bendecidas y
bendecidos que somos, y esto no a pesar de la actual crisis, sino precisamente
en medio de ella. Y entonces vamos a poder hacer la maravillosa experiencia de
sentir el amor de Dios en cada detalle de nuestras vidas, y entonces se va a ir
despertando en nosotras y nosotros un amor que va a ir respondiendo al suyo, y
entonces vamos a poder compartir la riqueza de la cual hemos sido hecho
herederas y herederos desde toda la eternidad (Ef 1,11), y entonces podremos
desde nuestra abundancia remediar con alegría (2Cor 9,7) la falta de otros
(2Cor 8,13-14). Y entonces, podremos proclamar y vivir nuestra fe en Jesús como
el buen pastor en cuya compañía nada nos falta, como la puerta a la vida en
abundancia. Porque la vida abundante es aquella que se entrega libre y
generosamente, la que se entrega gratuitamente, la que se entrega con alegría,
y nos saca de la estrechez del redil de las ovejas y nos abre a la infinitud
del mundo de posibilidades de las hijas e hijos de Dios (1Jn 3,2), la que nos
permite vivir como hermanas y hermanos de todo lo creado (Francisco de Asís, Cántico a las criaturas), la que nos
permite descubrir en nuestro interior los manantiales de agua viva (Jn 4,14), y
la que, entonces, hace posible que vivamos como compañeras y compañeros amantes
traspasados de cuyos costados brotan sangre y agua (Jn 19,34).
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