lunes, 18 de mayo de 2020

Homilía: Domingo sexto de Pascua, 17 de Mayo
 Jn 14,15-21.wmv - YouTube

“El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama” (Jn 14,21). Jesús no da vueltas en su Palabra, para él lo más importante y el centro de toda su enseñanza es el amor. Un amor efectivo, sin límites más que el amor mismo, porque la medida del amor es el amor sin medidas; traducido en obras y no en palabras. Por eso nos pone como condición también a nosotras y nosotros a seguir su mandamiento, si en realidad decimos que le amamos, que somos cristianas y cristianos, amarnos los unos a las otras como él nos ha amado.
Amar a Jesús es guardar sus mandamientos y esto desencadena una relación personal con él desde el amor y con Dios-Padre en él. No hay otro camino para llegar a Dios, ya lo hemos escuchado el domingo pasado, Jesús es el camino. Y esa relación de amor en Jesús se construye desde el servicio entregado y generoso a los demás: se puso a lavarle los pies a sus discípulos y luego los invitó a hacer lo mismo unos con otros. Ese es el mandamiento de Jesús, ese es el amarse unos a otros como él nos amó, entregando la vida cotidianamente desde el servicio que pueda brindar a los demás.
La pascua que hemos vivido este año ha sido un tiempo muy propicio para servir una y otra vez a quien nos necesita. La vida cristiana ha dado un vuelco total, porque nos ha sacado de los templos y nos ha puesto frente a frente con Jesús resucitado presente en las necesidades de los hermanos y hermanas. Hemos visto al resucitado entre nosotras y nosotros caminando, recordándonos las Escrituras para mantener viva nuestra esperanza en medio de las angustias y sobre todo nos ha recordado su mandamiento del amor sin límites. Se ha partido y compartido en el pan cotidiano desde la pobreza y la generosidad que se ha mostrado en los hogares, en los barrios, en las aldeas, ayudando unos a otras, compartiendo los quehaceres, las labores de la casa, reinventando la vida y sobre todo uniendo los ánimos para salir adelante en esta crisis.
Pero el Señor resucitado nos anima a continuar la marcha. Encontramos aún mucho por hacer cuando la violencia sigue destruyendo la vida de las personas y de toda la creación de forma egoísta y poco compasiva. Cuando los niveles de violencia se han incrementado a lo interno de los hogares contra los niños y niñas, y los adultos mayores. Encontramos aún una necesidad urgente de vivir el mandamiento del amor de Jesús, que se la pasó haciendo el bien.
Este tiempo es propicio como nunca antes para hacer el bien, porque Jesús nos dice que quien pretenda guardar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Él y por el Evangelio la salvará. Hoy muchos hemos vivido alarmados y temerosos por guardarnos la vida, y es muy bueno que la cuidemos, pero cuidemos de no encerrarnos en nuestro egoísmo y nuestra indiferencia, cómodamente instalados en el internet y de espaldas al sufrimiento de los demás. No basta con decir Señor, Señor, es necesario, dice Jesús, cumplir sus mandamientos.
San Pedro nos dice hoy que Cristo murió para poder resucitar, entregó su vida plenamente, hasta el extremo de la cruz y por eso Dios lo resucitó también desde el amor: si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da frutos, pero si muere da frutos abundantes. Nosotros y nosotras ¿cómo hemos de asumir este mandamiento del amor en nuestras vidas?
Lucas nos invita a vivir desde la alegría que nos ha comunicado Cristo resucitado. Una alegría de brota desde las obras que realizaba Jesús por medio de sus discípulos, y toda la gente se llenaba de gozo al ver las maravillas que Dios hacía. Es esta una invitación para nosotras y nosotros que en medio de esta crisis demos a conocer a los demás que Cristo vive realmente, no porque lo creamos y digamos, sino porque nuestras obras así lo demuestran. Cuando se nos presenta el reto de la cuarentena y el autoaislamiento, necesitamos asumir ese mandamiento del amor para cuidar de aquellos hermanos y hermanas que puedan enfermar. Necesitamos continuar lavándonos los pies unos a otras como lo hizo Jesús.
Debemos, pues, dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza a quienes puedan estar con miedo y tristeza. Asumamos el compromiso de cuidarnos responsablemente, de acompañarnos y apoyarnos en medio de este caminar, de ayudarnos desde el trabajo que podemos realizar para salir adelante, cada uno, cada una. Dejemos de estar a la espera de milagros que caen del cielo y asumamos los compromisos con nosotros y nosotras para vencer este virus y esta pandemia, poniendo al servicio el conocimiento, la sabiduría, el esfuerzo y el ánimo, con la medicación adecuada para evitar más contagios y más muertes, y mostrarle al mundo con nuestro testimonio que la fe en realidad mueve montañas cuando se hace carne en nuestras acciones cotidianas. Solo así podremos realmente salir delante de esta crisis y darle un vuelco a nuestra vida cristiana. Compartamos, compartamos con generosidad; amemos, amemos desde el amor entregado y agradecido; vivamos, vivamos la vida con alegría, aquella que brota de la certeza del Resucitado en medio de nosotras y nosotros.
Que el Espíritu del Resucitado nos anime y mantenga en nosotras y nosotros la alegría que brota del amor pascual para que así nuestras obras muestren en todo momento la presencia de Jesús resucitado en nuestras vidas. Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario