“El que acepta
mis mandamientos y los cumple, ése me ama” (Jn 14,21). Jesús no da vueltas en
su Palabra, para él lo más importante y el centro de toda su enseñanza es el
amor. Un amor efectivo, sin límites más que el amor mismo, porque la medida del
amor es el amor sin medidas; traducido en obras y no en palabras. Por eso nos
pone como condición también a nosotras y nosotros a seguir su mandamiento, si
en realidad decimos que le amamos, que somos cristianas y cristianos, amarnos
los unos a las otras como él nos ha amado.
Amar a Jesús es
guardar sus mandamientos y esto desencadena una relación personal con él desde
el amor y con Dios-Padre en él. No hay otro camino para llegar a Dios, ya lo
hemos escuchado el domingo pasado, Jesús es el camino. Y esa relación de amor
en Jesús se construye desde el servicio entregado y generoso a los demás: se
puso a lavarle los pies a sus discípulos y luego los invitó a hacer lo mismo
unos con otros. Ese es el mandamiento de Jesús, ese es el amarse unos a otros
como él nos amó, entregando la vida cotidianamente desde el servicio que pueda
brindar a los demás.
La pascua que
hemos vivido este año ha sido un tiempo muy propicio para servir una y otra vez
a quien nos necesita. La vida cristiana ha dado un vuelco total, porque nos ha
sacado de los templos y nos ha puesto frente a frente con Jesús resucitado
presente en las necesidades de los hermanos y hermanas. Hemos visto al
resucitado entre nosotras y nosotros caminando, recordándonos las Escrituras para
mantener viva nuestra esperanza en medio de las angustias y sobre todo nos ha
recordado su mandamiento del amor sin límites. Se ha partido y compartido en el
pan cotidiano desde la pobreza y la generosidad que se ha mostrado en los
hogares, en los barrios, en las aldeas, ayudando unos a otras, compartiendo los
quehaceres, las labores de la casa, reinventando la vida y sobre todo uniendo
los ánimos para salir adelante en esta crisis.
Pero el Señor
resucitado nos anima a continuar la marcha. Encontramos aún mucho por hacer
cuando la violencia sigue destruyendo la vida de las personas y de toda la
creación de forma egoísta y poco compasiva. Cuando los niveles de violencia se
han incrementado a lo interno de los hogares contra los niños y niñas, y los
adultos mayores. Encontramos aún una necesidad urgente de vivir el mandamiento
del amor de Jesús, que se la pasó haciendo el bien.
Este tiempo es
propicio como nunca antes para hacer el bien, porque Jesús nos dice que quien
pretenda guardar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Él y por el
Evangelio la salvará. Hoy muchos hemos vivido alarmados y temerosos por guardarnos
la vida, y es muy bueno que la cuidemos, pero cuidemos de no encerrarnos en
nuestro egoísmo y nuestra indiferencia, cómodamente instalados en el internet y
de espaldas al sufrimiento de los demás. No basta con decir Señor, Señor, es
necesario, dice Jesús, cumplir sus mandamientos.
San Pedro nos
dice hoy que Cristo murió para poder resucitar, entregó su vida plenamente,
hasta el extremo de la cruz y por eso Dios lo resucitó también desde el amor:
si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da frutos, pero si muere da
frutos abundantes. Nosotros y nosotras ¿cómo hemos de asumir este mandamiento
del amor en nuestras vidas?
Lucas nos invita
a vivir desde la alegría que nos ha comunicado Cristo resucitado. Una alegría
de brota desde las obras que realizaba Jesús por medio de sus discípulos, y
toda la gente se llenaba de gozo al ver las maravillas que Dios hacía. Es esta
una invitación para nosotras y nosotros que en medio de esta crisis demos a
conocer a los demás que Cristo vive realmente, no porque lo creamos y digamos,
sino porque nuestras obras así lo demuestran. Cuando se nos presenta el reto de
la cuarentena y el autoaislamiento, necesitamos asumir ese mandamiento del amor
para cuidar de aquellos hermanos y hermanas que puedan enfermar. Necesitamos
continuar lavándonos los pies unos a otras como lo hizo Jesús.
Debemos, pues,
dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza a quienes puedan estar con miedo y
tristeza. Asumamos el compromiso de cuidarnos responsablemente, de acompañarnos
y apoyarnos en medio de este caminar, de ayudarnos desde el trabajo que podemos
realizar para salir adelante, cada uno, cada una. Dejemos de estar a la espera
de milagros que caen del cielo y asumamos los compromisos con nosotros y
nosotras para vencer este virus y esta pandemia, poniendo al servicio el
conocimiento, la sabiduría, el esfuerzo y el ánimo, con la medicación adecuada
para evitar más contagios y más muertes, y mostrarle al mundo con nuestro
testimonio que la fe en realidad mueve montañas cuando se hace carne en
nuestras acciones cotidianas. Solo así podremos realmente salir delante de esta
crisis y darle un vuelco a nuestra vida cristiana. Compartamos, compartamos con
generosidad; amemos, amemos desde el amor entregado y agradecido; vivamos,
vivamos la vida con alegría, aquella que brota de la certeza del Resucitado en
medio de nosotras y nosotros.
Que el Espíritu
del Resucitado nos anime y mantenga en nosotras y nosotros la alegría que brota
del amor pascual para que así nuestras obras muestren en todo momento la
presencia de Jesús resucitado en nuestras vidas. Amén.
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