Homilía 04.05.2020: Jn.14, 6 Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida… C.S.
Ayer
celebramos la Fiesta del Buen Pastor, donde el Señor nos recordaba que Él ha
venido a este mundo para que nosotros alcancemos la Vida y la Vida en
abundancia, en plenitud. Ése es el sentido y la razón de ser de la Vida de
Jesús. Hoy Jesús nos insiste en el mismo
tema en este cap. 14 de S.Jn., el discurso de Jesús en la Última Cena.
Pero
hoy damos un paso más: Entrar a participar de la Vida verdadera requiere
avanzar por un Camino, el Camino que Jesús nos enseña en la Iglesia, el Camino
que siguieron los Apóstoles y nosotros hemos de seguir si queremos llegar donde
ellos llegaron y a nosotros se nos invita a llegar. El Camino consiste en
conocer la Vida del Padre viviendo al modo de Jesús. Creer y conocer que Dios
es Amor y sólo Amor, y que se manifestó de un modo pleno en Jesús. Quien conoce
y cree en Jesús, conoce al Padre, que es puro Amor por nosotros.
Pero
ese conocimiento no es sólo intelectual, como conocemos las cosas materiales,
corporales. El Amor no es sólo un sentimiento placentero, una atracción
cordial. Tiene también y muy esencialmente la dimensión de la entrega al otro,
de sacrificio, de compromiso por el bien del amado. Esto es lo principal. Y
esto se hace realidad solamente en el acto de entregarse. Si no hay esa
entrega, ese sacrificio, se queda vano, falso, sin contenido. El amor se hace
realidad en las obras, en el comportamiento real y concreto. No hay amor donde
no hay obras de entrega verdadera. Jesús nos revela el Amor que nos tiene dando
su vida en la Cruz, que es la consumación de su entrega que comienza con la
Encarnación, sigue en toda su vida en Belén, en Nazareth, el Galilea y culmina
en el Calvario.
Jesús
le dice a Felipe, a los Apóstoles y a nosotros: si no acaban de creer en mis
palabras, “créanlo por las obras”
que yo hago y sigo haciendo. Jesús manifestó su Amor verdadero y sincero por
nosotros naciendo en Belén, entre la gente pobre y despreciada, viviendo en
Nazareth, un pueblo despreciado, sin importancia, acogiendo a ciegos, cojos,
leprosos y prostitutas, los malditos de su tiempo, los despreciados por la
religión oficial. Y mostrando que el Amor del Padre es en la acogida a esas
personas donde más se manifiesta. Porque no se trata sólo de un acercamiento
físico, que también lo fue, sino de un acercamiento que comunica Vida y Vida en
plenitud: los ciegos empiezan a ver, los cojos empiezan a caminar, los leprosos
y las prostitutas son acogidos en una vida nueva, los hambrientos son saciados,
y a todos se les anuncia que el Reinado de Dios, el reinado de la paz, la vida,
la abundancia, la fraternidad, ya ha comenzado y a todos se nos invita a entrar
en Él.
El sufrimiento y especialmente el sufrimiento injusto no
son un castigo, una maldición, una desgracia, sino lo contrario, un serio
llamado a la conversión, a la vida, a la Gracia.
Y
para entrar en ese Reinado, sólo se necesita una decisión: seguir el Camino de
Jesús en la Iglesia. “El que crea y se
bautice se salvará, el que se resista a creer, él mismo se perderá”. Ese
camino necesariamente pasa por la Iglesia, la Comunidad que Él fundo
sirviéndose de los Apóstoles. Estamos celebrando la fiesta de Felipe y
Santiago, dos de los Apóstoles que aparecen en las lecturas de hoy. Los
Apóstoles son las bases de la Iglesia, hombres débiles y pecadores, pero
llamados por el Señor para ser testigos de que el Amor de Dios, donde más
resplandece, es precisamente en los débiles y marginados que humildemente se
reconocen como tales y confiando en el Señor siguen sus caminos y guiados por
su Espíritu procuran hacer las obras de la Fe, las obras de Jesús. Es Jesús
resucitado el que actúa en ellos. Jesús resucitado se hace presente a través de
nosotros cuando nos dejamos guiar por su Espíritu. Ya no es sólo Dios fuera de
nosotros, o junto a nosotros, o con nosotros, ya es Dios en nosotros.
Todos
nosotros, al ser bautizados en la Iglesia, recibimos ese mismo Espíritu del
Señor, que nos impulsa a vivir unidos como hermanos, como una sola familia. Y
el Señor nos comunica su Espíritu
para que se manifieste en nosotros a través de sus frutos: Bondad, Amor, Alegría, Paz, Generosidad, Paciencia,
Comprensión, Fidelidad, Autodominio, según nos dice Gal.5,22. Ese Espíritu, que
es el de Cristo resucitado, vive y crece
en nosotros cuando rechazamos los ídolos del mundo y aceptamos seguir el Camino
de Jesús y poco a poco nos va naciendo de dentro dar esos frutos en servicio de
los demás, en servicio del Reino.
Estamos
pasando una crisis muy seria. Pero que creemos que es un llamado de Dios, de
Jesús, el Buen Pastor, que nos está invitando a crear entre todos un mundo
nuevo. No hemos de volver a lo de antes, el mundo de la codicia, el interés
propio, el lucro egoísta, el capricho, el placer individualista, el consumismo
salvaje, la violencia contra los demás y contra la naturaleza, etc., sino a un
mundo nuevo de respeto mutuo, verdad sincera, bien común, atención por los más
débiles, inclusión, solidaridad, justicia y bien ser para todos, como nos
enseña el Papa Francisco en sus escritos y con sus ejemplos. Que el Señor y su
Madre María nos sigan bendiciendo, animando y protegiendo en este Camino. Amén.
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