28.05.2020 Homilía san Juan 17, 22 Padre, que sean uno,
como nosotros, así el mundo creerá
En esta última semana de Pascua
estamos meditando la Oración Sacerdotal de Jesús en la Última Cena, los últimos
deseos de Jesús confiados a sus discípulos. Y en ella repite 4 veces: que sean
uno como nosotros (el Padre y Yo) somos Uno. Lo que más desea Jesús es que
vivamos unidos, que seamos uno. Pero esa unidad no es que seamos idénticos,
como hechos con el mismo molde, exteriormente, sino que seamos iguales como
personas, es decir, la misma dignidad, pero personas diferentes como son el
Padre y el Hijo. Esa unidad que es profundísima, lo más profundo del corazón, pero
que respeta nuestra personalidad diferente. Cada quien con sus carismas y
cualidades diferentes, pero todas al servicio del bien común. Ser unidos por el
Amor, por el Espíritu.
Esa unidad es la unidad que hay
entre personas que se quieren de verdad, que el dolor del uno es el dolor del
otro, que la alegría de uno es la alegría del otro, que el deseo del uno es el
deseo del otro, que la vida de uno es la vida del otro. Una unidad que sólo
experimentan dos personas que se quieren de corazón, cuyo amor es sincero y
verdadero y que por eso les llena de alegría, de paz, de confianza, de vida.
Esa unidad que todos deseamos, pero que casi siempre nos parece un sueño
imposible de realizar. La buena noticia, el Evangelio, es que esa unidad es
posible y realizable, y no sólo para personas muy especiales o privilegiadas,
sino para todo aquel que se decida a creer en Jesús y siga su camino. Jesús no
dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Todos deseamos la unidad, esa
unidad que trae frutos de paz, de prosperidad, de seguridad, de abundancia. Y
“el mundo” nos la ofrece por los caminos de la riqueza excluyente, el poder
absoluto, el placer sin límites. Parece que esos caminos son más rápidos para
conseguir la felicidad, más cómodos, sin esfuerzo. Pero Jesús nos dice que esos
caminos son falsos, son mentira, no dan lo que ofrecen, sino lo contrario:
guerras, injusticias, sufrimientos, muerte y destrucción. Y nos enseña el
Camino Verdadero, el Camino que trae verdadera paz, y vida, y alegría. Ese
camino es el camino de la entrega sincera, el sacrificio por los otros, la
responsabilidad mutua, el servicio humilde. Un camino que no es cómodo, no es
fácil. Un camino que a Él le llevó a encarnarse en María, vivir una vida
humilde en Belén, en Nazaret, y a entregarse hasta la muerte en la Cruz. Pero
que llegó a la plenitud en la Resurrección.
Estamos recorriendo esta última
semana de Pascua. En la Ascensión recordamos cómo el Señor, después de mostrar
que había vencido a la muerte y estaba vivo, y por eso podía aparecerse aun de
forma sensible, se despidió de ellos diciéndoles: ya saben el camino, ahora les
toca a ustedes avanzar por él, que yo les acompaño. Y desapareció
sensiblemente. Los discípulos quedaron esta semana reflexionando sobre lo que
Jesús les había prometido y enseñado y el día de Pentecostés sintieron: pues es
cierto, el Espíritu está en nosotros y se llenaron de luz, de fuego, de vida y
alegría.
En el Evangelio Jesús nos
promete: Serán uno, vivirán unidos de corazón, y así el mundo creerá en Dios –
Amor y vendrá a la Luz. A los cristianos, el Señor nos ha elegido para que
experimentemos esa Vida, esa Luz, al avanzar como Iglesia por ese Camino. Y al
avanzar, enfrentado problemas y sufrimientos, vamos descubriendo que ese Camino
de verdad es el que sirve, porque uno va encontrando la paz en medio del
sufrimiento, la luz en la oscuridad, la alegría en medio de las tribulaciones.
Ese camino es el que lleva a la felicidad verdadera, la paz, la vida. Es
testimonio del Amor de Dios por toda la Humanidad.
Por eso es tan importante, para
los cristianos, caminar por caminos de unidad. Porque, a la larga, es lo que
puede convencer a los que todavía no se han abierto al Espíritu. Los discípulos
enseguida lo empezaron a comprender y experimentar. Por eso nos recuerdan que
en sus comunidades ya no había divisiones entre judíos y paganos, entre varones
y mujeres, entre nobles y plebeyos, entre pobres y acomodados. Y por eso, a la
comunidad de Corinto, donde empezaba a haber divisiones, Pablo les da una buena
regañada, diciéndoles que los que dividen la comunidad y aparentan celebrar la
Eucaristía, “se comen y se beben su propia condenación”. Crear divisiones o sectas es un gran pecado y
un grave antitestimonio.
Siempre necesitamos caminar
unidos en comunidad, pero especialmente cuando enfrentamos problemas graves,
como en la presente crisis. Y esa unidad es fruto del Espíritu. Es el fruto que
va madurando cuando avanzamos por caminos de responsabilidad compartida, de
misericordia y perdón, de generosidad y sacrificio, de verdad y respeto mutuo.
Un camino humilde, sencillo y asequible a todos y que produce frutos abundantes
de paz, de vida, de alegría, de prosperidad verdadera. Pidámosle al Señor que
nos ilumine con su Espíritu, y nos dé la fortaleza necesaria para seguirle y
así avanzar por estos caminos, acompañados de nuestra Madre María como hicieron
los discípulos en esta semana. Amén.
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