sábado, 30 de mayo de 2020


28.05.2020 Homilía san Juan 17, 22 Padre, que sean uno, como nosotros, así el mundo creerá
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                En esta última semana de Pascua estamos meditando la Oración Sacerdotal de Jesús en la Última Cena, los últimos deseos de Jesús confiados a sus discípulos. Y en ella repite 4 veces: que sean uno como nosotros (el Padre y Yo) somos Uno. Lo que más desea Jesús es que vivamos unidos, que seamos uno. Pero esa unidad no es que seamos idénticos, como hechos con el mismo molde, exteriormente, sino que seamos iguales como personas, es decir, la misma dignidad, pero personas diferentes como son el Padre y el Hijo. Esa unidad que es profundísima, lo más profundo del corazón, pero que respeta nuestra personalidad diferente. Cada quien con sus carismas y cualidades diferentes, pero todas al servicio del bien común. Ser unidos por el Amor, por el Espíritu.
                Esa unidad es la unidad que hay entre personas que se quieren de verdad, que el dolor del uno es el dolor del otro, que la alegría de uno es la alegría del otro, que el deseo del uno es el deseo del otro, que la vida de uno es la vida del otro. Una unidad que sólo experimentan dos personas que se quieren de corazón, cuyo amor es sincero y verdadero y que por eso les llena de alegría, de paz, de confianza, de vida. Esa unidad que todos deseamos, pero que casi siempre nos parece un sueño imposible de realizar. La buena noticia, el Evangelio, es que esa unidad es posible y realizable, y no sólo para personas muy especiales o privilegiadas, sino para todo aquel que se decida a creer en Jesús y siga su camino. Jesús no dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
                Todos deseamos la unidad, esa unidad que trae frutos de paz, de prosperidad, de seguridad, de abundancia. Y “el mundo” nos la ofrece por los caminos de la riqueza excluyente, el poder absoluto, el placer sin límites. Parece que esos caminos son más rápidos para conseguir la felicidad, más cómodos, sin esfuerzo. Pero Jesús nos dice que esos caminos son falsos, son mentira, no dan lo que ofrecen, sino lo contrario: guerras, injusticias, sufrimientos, muerte y destrucción. Y nos enseña el Camino Verdadero, el Camino que trae verdadera paz, y vida, y alegría. Ese camino es el camino de la entrega sincera, el sacrificio por los otros, la responsabilidad mutua, el servicio humilde. Un camino que no es cómodo, no es fácil. Un camino que a Él le llevó a encarnarse en María, vivir una vida humilde en Belén, en Nazaret, y a entregarse hasta la muerte en la Cruz. Pero que llegó a la plenitud en la Resurrección.
                Estamos recorriendo esta última semana de Pascua. En la Ascensión recordamos cómo el Señor, después de mostrar que había vencido a la muerte y estaba vivo, y por eso podía aparecerse aun de forma sensible, se despidió de ellos diciéndoles: ya saben el camino, ahora les toca a ustedes avanzar por él, que yo les acompaño. Y desapareció sensiblemente. Los discípulos quedaron esta semana reflexionando sobre lo que Jesús les había prometido y enseñado y el día de Pentecostés sintieron: pues es cierto, el Espíritu está en nosotros y se llenaron de luz, de fuego, de vida y alegría.
                En el Evangelio Jesús nos promete: Serán uno, vivirán unidos de corazón, y así el mundo creerá en Dios – Amor y vendrá a la Luz. A los cristianos, el Señor nos ha elegido para que experimentemos esa Vida, esa Luz, al avanzar como Iglesia por ese Camino. Y al avanzar, enfrentado problemas y sufrimientos, vamos descubriendo que ese Camino de verdad es el que sirve, porque uno va encontrando la paz en medio del sufrimiento, la luz en la oscuridad, la alegría en medio de las tribulaciones. Ese camino es el que lleva a la felicidad verdadera, la paz, la vida. Es testimonio del Amor de Dios por toda la Humanidad.
                Por eso es tan importante, para los cristianos, caminar por caminos de unidad. Porque, a la larga, es lo que puede convencer a los que todavía no se han abierto al Espíritu. Los discípulos enseguida lo empezaron a comprender y experimentar. Por eso nos recuerdan que en sus comunidades ya no había divisiones entre judíos y paganos, entre varones y mujeres, entre nobles y plebeyos, entre pobres y acomodados. Y por eso, a la comunidad de Corinto, donde empezaba a haber divisiones, Pablo les da una buena regañada, diciéndoles que los que dividen la comunidad y aparentan celebrar la Eucaristía, “se comen y se beben su propia condenación”.  Crear divisiones o sectas es un gran pecado y un grave antitestimonio.
                Siempre necesitamos caminar unidos en comunidad, pero especialmente cuando enfrentamos problemas graves, como en la presente crisis. Y esa unidad es fruto del Espíritu. Es el fruto que va madurando cuando avanzamos por caminos de responsabilidad compartida, de misericordia y perdón, de generosidad y sacrificio, de verdad y respeto mutuo. Un camino humilde, sencillo y asequible a todos y que produce frutos abundantes de paz, de vida, de alegría, de prosperidad verdadera. Pidámosle al Señor que nos ilumine con su Espíritu, y nos dé la fortaleza necesaria para seguirle y así avanzar por estos caminos, acompañados de nuestra Madre María como hicieron los discípulos en esta semana.  Amén.

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