200509 Jn.14,12 el que crea en mí, hará las misma cosas que
yo hago

Seguimos
leyendo en el Evangelio de S.Jn. el discurso de Jesús en la Última Cena, como
el Testamento de Jesús, el resumen de toda su Vida, los deseos más profundos y
sinceros que nacen de su Corazón: Comunicarnos su propia Vida, la Vida Eterna,
la Vida en el Espíritu.
Lo
que cada uno de nosotros somos, lo manifestamos por lo que hacemos. Normalmente
los profesionales cuelgan en el lugar donde trabajan un cuadro o diploma que
les acredita los títulos que tienen, la carrera profesional que realizaron, los
estudios que culminaron. Es como decir: estoy preparado para trabajar
profesionalmente en tal o cual rama del saber y la ciencia. Y si es una
Universidad o un Centro de prestigio es una garantía que los trabajos que se le
encomiendan van a culminar con el éxito.
Jesús
manifestó quién era realizando las “obras del Amor” y un Amor sin condiciones
ni limitaciones que el llevó a dar la vida hasta por sus mismos enemigos. En el
AT. la meta de la vida justa se nos presenta en el dicho: “Amar al prójimo como
a uno mismo”. El justo es el que ama de ese modo. Por eso era tan importante
tener claro “quién es mi prójimo”, como le preguntan a Jesús en la parábola del
Buen Samaritano. Y Jesús responde: tu prójimo es todo aquel que tiene necesidad
de ti, toda persona a la que puedes hacer algún bien, aunque sea un
desconocido, un contrario. El ideal ya no es amar al prójimo como a uno mismo,
sino amar como Jesús nos ama, es decir, hasta dar la vida por los demás, por
los enemigos.
Un
amor así ya no es algo que se pueda mandar, no puede ser el objeto de una ley,
como aparece en el AT. Un Amor así sólo es realizable si nace del corazón, del
Espíritu Santo. En realidad, el amar como Él nos ama, ya no es un mandamiento,
es una Promesa. Sólo puede nacer de nuestro corazón si nos dejamos iluminar y
fortalecer por el Espíritu de Dios. La Vida Espiritual es algo libre y
espontáneo que nace de nosotros cuando nos dejamos llenar por el Espíritu.
Jesús, en la Cruz, nos entregó su Espíritu, su Vida. Y sólo espera y desea que
nos abramos a Él para que lo recibamos. El Espíritu no es algo que podamos
conseguir con nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestros estudios, es un don,
un regalo, una promesa que Dios nos hace y que se cumple en Jesús. Y se
manifiesta en sus frutos, sus dones: Caridad, Alegría, Paz, Bondad,
Generosidad, Paciencia, Fidelidad, Compromiso, Autodominio, …
Pero
el Espíritu entra en nuestro corazón sólo si desde dentro nos abrimos a Él. Él quiere
comunicárnoslo a todos, es su mayor deseo, pero nos ha creado libres y lo
terrible es que podemos cerrarnos a Él, cerrándonos a la Vida, cerrándonos a
los demás. Jesús no ha venido a juzgar o
a castigar a nadie, sino a invitarnos a seguir un Camino por el que se nos vaya
abriendo el corazón y el Espíritu nos vaya vivificando. Y cuando lo seguimos
vamos sintiendo cómo nuestro espíritu se va abriendo, se va ensanchando, se va
haciendo más capaz de recibirlo, no como una cosa material, sino como una vida
que va creciendo en nosotros y nos va haciendo sentirnos cada vez más felices.
Nos vamos humanizando, haciéndonos más semejantes a Él, el hombre perfecto.
La
vida de Jesús es el Camino que Él siguió: vivir sirviendo, acompañando a los
débiles, a los marginados, a los pobres, de modo que nos vayamos haciendo
capaces de amor y misericordia. Acercarnos a los que sufren, como lo hizo
Jesús, siempre ayudando, acompañando, consolando, confortando, es el modo como
nuestro corazón se va haciendo más sensible y capaz de amor y misericordia. El
dolor y el sufrimiento de los pobres nos capacita para crecer en el Espíritu,
en la Vida Divina. Los pobres, los que sufren, son un llamado a todos a la
conversión, a cambiar nuestro modo de vivir. La Iglesia, la Comunidad de los que queremos
creer en el Señor y seguir su camino es un modo privilegiado de ayudarnos unos
a otros a avanzar por esta senda. Y nos ofrece las magníficas ayudas de la
Palabra y los Sacramentos entendidos y vividos en la Comunidad, que es camino
seguro para avanzar y no dejarnos encandilar y engañar por los ídolos de la
perdición y la muerte que tanto dolor causan entre nosotros.
Los
momentos de crisis y sufrimientos, vividos en Comunidad de Fe, son ocasión para
convertirnos y crecer en la Caridad y en el Espíritu. Estamos inmersos en la
situación actual. Mirémosla como un reto, un llamado que el Señor nos esta
haciendo para convertirnos un poco más a Él. A despertar nuestra sensibilidad
por los que sufren, por los marginados. Y que ese despertar nos impulse a
encontrar formas de ayuda mutua, de solidaridad, de respeto y aprecio de unos
por otros. A hacernos más humanos y así más felices. Que sepamos responder con
generosidad y sabiduría a estos llamados. Y que el Señor y su Madre, la Virgen
María, Madre de Misericordia, nos sigan acompañando en nuestro sendero y nos
den el consuelo y la luz que tanto necesitamos.
Amén.
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