Jueves de la sexta semana de pascua, 23 de Mayo
Las lecturas de esta semana nos han
anunciado la fiesta de la Ascensión
del Señor que celebraremos mañana domingo, y el evangelio que hemos venido
siguiendo se enmarca en el discurso de despedida de Jesús que recoge Juan.
Frente a
la experiencia de la resurrección los discípulos y discípulas reconocen a Jesús
como Señor y Mesías. Ese es el relato que nos han ido contando los Hechos de
los Apóstoles estos días. Pablo, un fiel discípulo de Jesús resucitado, va por
pueblos y ciudades proclamando a paganos y judíos que Dios ha resucitado a
Jesús y lo ha constituido Señor de la historia.
Jesús es
Señor y como tal se reconoce su divinidad, es decir, su procedencia del Padre, o
sea que es Hijo de Dios y por tanto, Dios mismo también. Tal como afirmamos en
el Credo Jesús es “Dios de Dios… de la misma naturaleza que el Padre”, y por
eso Dios lo resucita y lo devuelve a su ser divino, lo hace Señor de todas las
cosas, por encima, incluso, de la muerte.
También
Jesús es el Mesías, es decir el Salvador, que nos libra del pecado que nos
esclaviza y nos conduce a la libertad de los hijos e hijas de Dios. Reconocer a
Jesús como Mesías era proclamar el cumplimiento de las promesas hechas por Dios
al pueblo de Israel, de darles un descendiente de David que sería el salvador
de su pueblo.
Por eso,
Jesús, en el Evangelio que hemos escuchado, habla en esos términos de pedir en
su nombre, es decir, reconocemos que él es el Señor y por tanto, podemos acudir
a él para que nos salve del pecado que nos esclaviza.
Reconocer
a Jesús como Señor y Mesías de nuestras vidas es saber con confianza que él
está con nosotros y nosotras, y desde nuestra humanidad nos comprende y porque
nos ama nos da su Espíritu que viene en ayuda nuestra. Por eso nos dice: pidan
al Padre en mi nombre y el Padre les dará cuanto le pidan porque les ama igual
que yo. Esta es una verdad tan cierta y tan profunda que debe ser motivo
suficiente para no perder la esperanza de que Dios nos acompaña, camina con
nosotras y nosotros en medio de esta crisis, y que precisamente esta es una
oportunidad para mirar nuestras vidas, nuestra sociedad, nuestras formas de
relacionarnos desde ese señorío que Jesús quiere en nuestras vidas para darnos
una vida en abundancia y que nosotros y nosotras podamos transmitir a los demás
esa vida que procede de Dios desde nuestra vivencia diaria.
Hoy
aparecen en la sociedad muchos que se pretenden señores de este mundo. Jesús es
muy claro y nos dice que nosotros no podemos actuar como ellos. Jesús se hace
Señor desde el servicio generoso que lo lleva hasta la cruz. Ese es el camino
que nos ofrece Jesús y el cual nos da vida plena.
Frente a
tanta gente que sufre por esta crisis y vive temerosa ante la enfermedad y la
muerte, se hace muy necesario hacernos testigos de la vida y de la esperanza.
No podemos rendirnos sin haber luchado antes, no podemos encerrarnos en el
miedo a la muerte cuando tenemos al alcance tratamientos que nos pueden ayudar
a superar la enfermedad. Tampoco podemos y debemos pretender regresar a la
nueva normalidad sin tener claridad en los procedimientos y tratamientos
adecuados para evitar un mayor contagio de la enfermedad, quienes pretenden eso
se creen señores de este mundo y no piensan con sensatez, pues ponen en riesgo
la seguridad y la vida de las personas.
Nosotras
y nosotros debemos asumir con responsabilidad el proceso de reapertura de
nuestras actividades, sabiendo cuidarnos y cuidar de los demás. Por eso,
debemos en todo momento dejar que la gracia del Espíritu del Resucitado ilumine
nuestro entendimiento para saber encontrar los caminos adecuados para construir
nuevas formas de relacionarnos y de proceder ante la vida y en sociedad.
Pidamos
al Señor la gracia de su Espíritu para que en todo momento nos acompañe en
nuestras decisiones y en nuestro ánimo. Amén.
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