27.05.2020. Miércoles
de la séptima semana de pascua.
La primera lectura de los Hechos de
los Apóstoles nos relata la relación cercana que se logra forjar entre Pablo y
los primeros discípulos y discípulas que van creando comunidad. Es la
experiencia propia de aquellos que caminan unidos desde la experiencia gozosa
del Resucitado.
Pablo es consciente de la realidad de
este mundo y de cómo siempre hay lobos con piel de ovejas que buscan
aprovecharse del rebaño, para confundirlo, crear divisiones y destruir la obra
de Dios. Sin embargo, es importante notar que la obra por ser de Dios permanece
a pesar de las malas intenciones de muchos y también que todas esas situaciones
de lucha y conflicto se dan a lo interno de las mismas comunidades, porque
siempre permanece en nuestras vidas los deseos de poder y también el apego a
viejas tradiciones y costumbres alejadas de Dios, y a las cuales nos hemos
aferrado.
Pablo advierte sobre tres cosas:
primero, hemos de velar por el rebaño que Dios adquirió con la sangre de su
Hijo. No pertenece a nadie el rebaño, la comunidad cristiana, la Iglesia. Le
pertenece a Dios, es él quien la ha ganado a precio de la sangre de Jesús,
nuestro Señor. Nosotros y nosotras estamos llamados a cuidar unos de otras.
Por eso, señala Pablo, hay muchos y
muchas que se pretenden dueños, dueñas de las comunidades, de la Iglesia, al
punto de guiar por caminos equivocados a ese rebaño, dejando de lado el
Evangelio y con ello toda la vivencia de Jesús, por mantener tradiciones y
costumbres totalmente alienadas y alejadas del Evangelio.
Ante estas situaciones Pablo nos
recomienda mantenernos en la palabra que salva y da fuerza para crecer en el
Espíritu de Dios. Mantenerse en la Palabra no solo es leerla o escucharla,
sobre todo, mantenerse en la Palabra de Dios es poner en práctica un estilo de
vida a ejemplo de Jesús que cuidaba de los más necesitados, sanaba a los
enfermos desde su cercanía y su ternura; es también vivir en relación de
respeto y reciprocidad con las personas y con el ambiente. Así dice Jesús,
seremos santificados en la verdad que viene de la Palabra de Dios, porque nos
llevará a la plenitud de nuestra vida humana, tal como la asumió Jesús.
En estos momentos de crisis que
vivimos, mantenerse en la Palabra nos reta a socorrer al necesitado,
enferma-enfermo de coronavirus, desde nuestras posibilidades y con total
cuidado, animándoles, no discriminándoles, sabiendo hacerles sentir apoyados y
sobre todo humanos y hermanos, todas y todos.
Pablo también nos invita hoy a
trabajar para salir adelante y ayudar a los necesitados. En este tiempo de
crisis no podemos mantener una actitud pasiva esperando recibir todo de los
demás, dispongámonos a trabajar desde el cultivo de huertos caseros, o desde el
siembro de lo que podamos en este tiempo en que el tiempo nos ha sido favorable
con la lluvia. Compartamos unos con otras nuestro conocimiento y recursos, pues
como señala san Pablo: “Hay más felicidad en dar que en recibir”. Promovamos
pues el compartir fraterno desde nuestras posibilidades, sabiendo ser
agradecidas y agradecidos con los bienes que Dios nos ha dado y con las
posibilidades que nos coloca en frente para saber aprovecharlas.
Busquemos lo que nos une y no la
división. Jesús desde su oración pide al Padre por mantenernos unidos como Él y
el Padre son uno. Sepamos pues mantener esa unidad en medio de esta crisis. No
demos la espalda a los enfermos, no cerremos las puertas a quienes nos
necesitan, recordemos que lo que hagamos o dejemos de hacer por los más
pequeños, con Jesús lo hacemos o lo dejamos de hacer. Seamos pues verdaderos
hermanos y hermanas en Jesús, así realmente estaremos viviendo la unidad de la
Palabra que nos salva cuando se hace vida en nuestras vidas.
En estos días en que nos preparamos para
la celebración de Pentecostés debemos dejar notar en nuestras obras de caridad
fraterna ese Espíritu del Resucitado que nos mueve a vivir amando y
compartiendo. Que María, nuestra madre, nos ayude a saber esperar activamente
esa fuerza del Espíritu en nuestras vidas. Amén.
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