jueves, 14 de mayo de 2020


14.05.2020 Homilía Jn.15, 12  se amarán los unos a los otros como Yo los amo              C.S.             
 Navegar Mar Adentro: Evangelio según San Juan 15,9-17 - "El ...
                Ayer meditábamos sobre la parábola de la vid y los sarmientos, el árbol y las ramas. Hoy continuamos con los versículos siguientes, los frutos que el Señor espera de nosotros. El gran fruto que Él espera de nosotros es que nos amemos los unos a los otros como Él nos ha amado y nos sigue amando. Amando hasta dar la vida por nosotros, hasta por los enemigos.
                El ver. 12 habla del “mandamiento nuevo” la “nueva ley”. Pero, ¿pensándolo bien, acaso el amor se puede mandar?, ¿Se puede obligar a alguien amar a otra persona?  El amor verdadero nace de dentro, de lo más hondo de nuestro corazón. O nace de dentro o no es amor verdadero.  Por eso, yo creo, que esto del “mandamiento nuevo” hay que entenderlo más como una promesa para nosotros y el deseo más profundo del Corazón del Señor. Y los deseos del Señor, para nosotros, son como sus “mandamientos”.  No tiene nada que ver con las obligaciones que imponen las leyes, que si no se cumplen, le cae a uno el castigo. El deseo del Señor es, para los que lo aman, como su mandato, pero no como algo impuesto, sino como algo que brota de lo más profundo del corazón, así como los frutos brotan de las ramas cuando están sanas y bien unidas al árbol.
                El Señor ha venido a comunicarnos su Espíritu, su Vida. Así como las ramas reciben la vida del árbol por la savia que sale de las raíces, sube por el tronco y vivifica las ramas que producen los frutos, así es también con nosotros: el árbol es Cristo que comunica su Vida, su Espíritu, con todos nosotros y que produce en nosotros los Frutos del Espíritu: la Caridad, la Alegría, la Paz, la Bondad, la Generosidad, la Comprensión, la Paciencia, la Fidelidad, el Autodominio. A nadie se puede mandar que produzca esos frutos. Pero si estamos unidos al Señor, esos frutos nacerán espontáneamente de nuestro corazón en libertad, en paz, en alegría.
                Por eso el Señor nos insiste repetidamente: permanezcan en mi Amor. Permanecer en su Amor significa permanecer atentos a su Palabra, que no cesa de dirigirse a nosotros para orientarnos. Estar abiertos para escucharla y atender a ella con un corazón sensible, limpio de caprichos y mezquindades. Esa Palabra que toma cuerpo en los Sacramentos, esos símbolos sensibles de los que el Señor quiere servirse para comunicarnos su Gracia, su Vida. Y ello nos lleva a “producir Frutos” en la Comunidad, en la Iglesia y al servicio de toda la Humanidad, de toda la Creación. Si no producimos frutos, es señal de que no perseveramos unidos al Señor. “Sin mí, no pueden hacer nada”, nos dice Él.
                La vida en Gracia necesariamente nos hace vivir en alegría. La alegría que nace de un corazón agradecido, de un corazón que se siente amado sin condiciones. Aunque tenga debilidades y limitaciones, que se sienta frágil y débil, que necesita de alguien que le quiera. Dios ama especialmente a los humildes, a los que sienten su debilidad y la reconocen y les comunica su Gracia y su perdón. Y Dios ama también a los engreídos y arrogantes, pero ellos están cerrados y no pueden experimentar su amor y su misericordia. En un corazón duro y cerrado, Dios no puede entrar, porque Dios nos ha creado libres y nos respeta tanto que no nos obliga a abrirnos a su Amor.
                Estamos viviendo una crisis muy seria. Pero una crisis en la que van apareciendo también luces de esperanza. Los que creemos en la Resurrección, en el triunfo de la Vida sobre la muerte, sabemos que el Señor es el Señor de la Vida y de la Historia y de todo el mundo. Y que el Señor se manifiesta especialmente a los humildes, a los que son conscientes de su debilidad y se abren a su misericordia. Y que el Señor nunca nos abandona y especialmente en los momentos más difíciles.
                Decía que van apareciendo luces en medio de la tiniebla. Y una de ellas es que parece que se están encontrando remedios eficaces y asequibles para la gente que se infecta. Y que son muy efectivos si se aplican en los primeros días en que aparecen los síntomas: la tos seca, la fiebre, las dificultades respiratorias. Pero es muy importante tratar los síntomas lo antes posible. En El Salvador algunos doctores están teniendo mucho éxito con tratamientos sencillos a base de Ibuprofeno y antigripales. En realidad el corona-virus es bastante similar a la gripe y, si se enfrenta al principio, tiene remedio bastante sencillo. Y del mismo modo que una gripe, si no se cuida, puede llevar al paciente a una bronquitis grave y hasta a la muerte, algo así también ocurre con este virus. Por eso es tan importante no angustiarse y no ocultar los posibles síntomas y empezar rápido el tratamiento. Muchísima gente se está curando y no con tratamientos carísimos e inasequibles, sino con cosas bastante sencillas.  Aunque sigue siendo importante el tener las precauciones que nos mandan para no infectarnos unos a otros.
                Pidamos al Señor y a la Virgen María, que siempre están cerca de los humildes y sencillos, que nos sigan acompañando y mostrando su amor y misericordia, para que no demos lugar al pánico y la angustia y sepamos actuar con serenidad y confianza. Y que el Señor ilumine a nuestras autoridades y al personal sanitario para que actúen con sabiduría y sensatez.  Que así sea.

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