martes, 12 de mayo de 2020


12.05.2020 Homilía: (Juan 14,27-31)
Yoro
esperanza | Movimiento Familiar Cristiano Zihuatanejo
  En el evangelio de Juan, Jesús se despide dejándonos su paz. Una paz que distingue de la del mundo. Nos invita a no acobardarnos ni tener miedo. Jesús se está despidiendo, la muerte está cercana, pero ésta será ocasión para que se manifieste la vida. Termina invitando a su comunidad a hacerse al camino.
  Ya comenzamos la novena semana de confinamiento. Tenemos 8 semanas, sobre todo en los centros urbanos, con trabajo escaso o nulo para muchas personas. La curva de contagios está creciendo exponencialmente. El gobierno está decretando la apertura gradual de la economía. Esto genera miedo, mucho miedo en muchas personas. Y este miedo se manifiesta fundamentalmente de tres maneras diversas.
  La primera manera en la que se manifiesta el miedo es huyendo. Son muchos los casos de personas contagiadas que se niegan a aceptar que están contagiadas, y por ende, se niegan también a auto aislarse. Se niega el contagio porque se teme que reconocerlo signifique la muerte. Y aunque es verdad que la muerte es una posibilidad por el contagio, también es verdad que no reconocer el contagio aumenta considerablemente la posibilidad de la muerte propia, porque no se recibe el tratamiento adecuado a tiempo, y de la muerte ajena, porque al no aislarse se convierte en foco de contagio para otras y otros, comenzando por sus seres más queridos, su propia familia, y siguiendo por los más cercanos, las vecinas y vecinos. Negar el contagio da una cierta paz, porque nos evita reconocer la realidad del contagio, pero es una paz falsa, porque no está fundada en la verdad y no nos permite hacernos responsables de nuestra salud ni de la de las personas que nos rodean. Es verdad que el Covid19 puede causar la muerte, como puede causarla un cuadro de vómito y diarrea, pero también es verdad que el Covid19, al igual que el vómito y la diarrea, pueden ser tratados y sanados con éxito, si las personas reciben el tratamiento adecuado – una combinación de anti inflamatorios, antibióticos y anti agregantes plaquetarios – a tiempo.
  Una segunda manera en la que se manifiesta el miedo es atacando. Esto lo hemos visto claramente en estos días en que los contagios han aumentado y nos han tocado más de cerca. El ataque se manifiesta en una discriminación visceral de las personas contagiadas. Demonizamos a las personas contagiadas y nos creemos con derecho de negarles su dignidad más profunda, ser hijas de Dios y hermanas nuestras. De ser posible desearíamos exterminarlas, acabar con ellas. Si nos comunicamos con ellas muchas veces no es para ofrecerles nuestro apoyo, sino para recriminarles su contagio por la amenaza que supone para nuestra salud. Discriminar a las personas nuevamente nos da una cierta paz, pero es una paz que se descubre como falsa cuando la persona contagiada somos nosotros mismos o un miembro de nuestra familia. Entonces reconocemos la necesidad de acogida y aceptación, y la urgencia de que nos tiendan la mano, porque solas y solos muchas veces no podemos. Aquí, nuevamente la paz proviene de reconocer la importancia de que la persona contagiada sea aislada, pero al mismo tiempo cuidada y atendida, y gozando de la solidaridad del resto de su familia, de sus vecinas y vecinos, y de la comunidad en general.
  Una tercera manera en que se manifiesta el miedo es paralizándonos. Nos encerramos en nuestras casas que convertimos muchas veces en cárceles de máxima seguridad. Nos da pavor salir o que nos visiten. Vemos con miedo como día a día nuestras reservas van disminuyendo, pero nos sentimos incapaces de hacer algo, víctimas del miedo paralizante. El miedo se ha vuelto nuestro cancerbero, se ha convertido en nuestro guardia penitenciario. Es verdad que paralizarnos quedándonos en una casa que hemos convertido en una cárcel nos puede dar una cierta paz creyendo que nos inmuniza del contagio, pero es una paz falsa, porque la verdad es que se va a necesitar mucho trabajo para salir delante de esta crisis sanitaria y económica en la que estamos, un trabajo que debemos realizar entre todas y todos, y que no siempre vamos a poder realizar quedándonos en casa. Es verdad que necesitamos cuidarnos y cuidar a las y los demás, y a nuestro medio ambiente – para el que las lluvias de estos días han supuesto un descanso de las quemas a los que han estado sometidos sus bosques desde abril –, pero es igualmente verdad que sin un trabajo serio y organizado no vamos a poder salir adelante, y que éste va a implicar muchas veces no quedarnos en casa.
  La paz que Jesús nos desea en el evangelio de hoy es, pues, una paz basada en la verdad que nos hace posible no dejarnos llevar por el miedo ni por sus principales manifestaciones: la huida – negación, el ataque – discriminación, y la parálisis – victimismo.
  Jesús termina el evangelio diciéndonos: “Levántese, vámonos de aquí”: de la tierra del miedo, de la desconfianza, de la negación, de la discriminación, de la parálisis, del victimismo” con la esperanza de que llenas, llenos de su paz, vamos a poder alzar nuestra voz con el poeta (Otto René Castillo) y exclamar: “Vámonos patria a caminar, yo te acompaño”.

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