21.05.2020 Homilìa: Jueves de la
sexta semana de Pascua. 21 de Mayo
“Ustedes estarán tristes, pero su
tristeza se transformará en alegría” (Jn 16,20). Jesús conoce al ser humano,
sabe que es fácil apegarse a las realidades, las personas y las cosas. También
conoce a sus discípulos y discípulas, porque ha compartido con ellos y ellas
mucho tiempo. También él ha creado ese vínculo afectivo muy humano y fraterno
con ellas y ellos. Sin embargo, Jesús es plenamente libre y muy consciente de
que por encima de sus afectos está la misión para la que ha sido enviado al
mundo: para darnos a conocer el verdadero rostro del Padre, y esto para él
tiene una mayor importancia, por encima del amor propio está el amor al prójimo
y en él, el amor a Dios.
En medio de la tristeza de sus discípulos
trata de darles ánimo, de ayudarles a creer en la vida en Dios que va más allá
de la muerte y que por tanto, la muerte no tiene la última palabra, no es lo
último en la vida del ser humano, sino la vida en Dios desde la resurrección en
Jesús. Asumir esto en la vida cambia totalmente el sentido de nuestras vidas.
Por eso Jesús es capaz de decir: “Nadie
me quita la vida, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de
recobrarla” (Jn 10,18). Desde esa libertad total, sin ningún apego, es capaz de
entregar la vida totalmente y de amar hasta el extremo de donar su vida.
Nosotras
y nosotros que creemos en Jesús y en Dios, estamos llamadas y llamados a vivir
desde la libertad, una libertad que no se somete al miedo, sino que en medio
del dolor y del sufrimiento sabe decir como Jesús: “no se haga mi voluntad,
sino la tuya”. Asumir eso en nuestras vidas conlleva esa total entrega a Dios y
desde ahí poder vivir plenamente, sin miedo a las realidades que nos hacen
sufrir.
Eso no
significa que debamos ser fanáticos y exponer nuestra vida. Jesús mismo en
algunas ocasiones se apartó de donde se encontraba el peligro expreso, pero
también supo afrontar con total determinación la realidad que conllevaba
mostrarle al mundo que la vida no se acaba con la muerte, sino que prevalece
desde el amor en Dios.
Pablo y
los demás discípulos y discípulas se llenaron de esa alegría prometida por el
Señor al comprender y experimentar a Jesús resucitado, al punto que fue esa
alegría la que los acompañó a comunicar con determinación a los demás el
señorío de Jesús sobre la muerte y, por tanto, esa vida abundante que brota de
Él y de quienes se encuentren verdaderamente con él.
Por eso,
frente a las realidades de muerte, es necesario vivir desde las realidades de
vida. El Papa Francisco nos ha invitado reiteradamente a vivir desde una
cultura del encuentro, de la cercanía, del cuidado de los otros y del medio
ambiente. Sin embargo, nos encontramos con esta pandemia y con las medidas
sanitarias y restrictivas que nos empujan al aislamiento, a encerrarnos, a
alejarnos. Frente a esta crisis sanitaria, humana y ambiental, estamos llamadas
y llamados a mantener la alegría en medio de la tristeza, a buscar los medios
para mantenernos cercanos, cercanas, utilizar los recursos que tenemos a
nuestro alcance para llevar razones de esperanza y vida a quienes hayan perdido
la paciencia, la paz y la alegría.
Estamos
llamados y llamadas para mantener en nuestras vidas la certeza de que Jesús
resucitado camina con nosotras y nosotros, y que la muerte no tiene la última
palabra. Que hay salida a esta crisis, que hay remedios efectivos a nuestro
alcance que nos permiten mirar ese virus como una gripe seria, a la que debemos
afrontar y a la que podemos medicar y sanar, evitando así que el temor nos
encierre, nos desanime y nos arrebate nuestra vida.
“Dentro
de poco tiempo ya no me verán; y dentro de otro poco me volverán a ver” (Jn
16,16). Jesús advierte a sus discípulos y discípulas la necesidad de saber
mirarle desde una realidad más profunda y trascendente, desde el amor a los
hermanos y hermanas. Esa es la respuesta para saber encontrarle presente
también en medio de esta crisis que nos han hecho creer como el fin del mundo,
cuando como cristianas y cristianos creemos que Jesús es el Señor de la Vida y
que cantamos y proclamamos: No está entre los muertos, ha resucitado.
Vivamos,
pues, cada día desde la alegría de la resurrección que nos apremia a no
desfallecer, sino a saber buscar caminos para salir adelante de esta crisis, y
sacando de ella provecho para nuestra sociedad necesitada de la realidad
palpable y cotidiana del amor.
Que el Señor Jesús
resucitado de entre la muerte anime nuestra alegría y nos ilumine en la
búsqueda.
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