Homilía 01.05.2020: (Jn 6,52-59),
Yoro
La
lectura de los Hechos de los apóstoles nos relata la conversión de San Pablo en
el camino de Damasco.
El
evangelio de Juan continúa con el discurso del pan de vida de Jesús que inició
con la comida compartida y abundante. Jesús afirma que la vida definitiva
depende de la comunión con él, con su cuerpo y con su sangre.
El
camino de esta cuarentena en medio de la crisis sanitaria y económica que
estamos viviendo nos da la oportunidad de convertirnos. La conversión que se
nos está pidiendo no es tanto una conversión parcial, de nuestros vicios,
defectos, debilidades, limitaciones, sino una conversión fundamental: abrirnos
al amor de Dios, confiar en él, reconocer su amor, agradecerlo. La conversión
que se nos está pidiendo es pasar de la ingratitud a la gratitud.
Pasar
de la ingratitud a la gratitud nos va a permitir pasar del maltrato al cuidado.
Nos va a permitir pasar del maltrato de nosotras y nosotros mismos, de las y de
los otros, y de nuestra casa común, a auto cuidado, al cuidado de las y los
demás, de nuestra casa común. El aprendizaje del verdadero cuidado fruto de la
gratitud es una de las grandes oportunidades que nos está brindando esta
crisis.
Pasar
de la ingratitud a la gratitud nos va a permitir pasar de la desconfianza a la
confianza. Porque Dios nos ama confía en nosotras y nosotros. Confía en que
nosotras y nosotros vamos a poder salir de la crisis. Pero para eso debemos de
dejar de poner nuestra esperanza en soluciones milagreras o en bolsas de comida,
y aplicarnos al trabajo, que será distinto del que estamos acostumbradas y
acostumbrados. No hay alternativa a trabajar dura y arduamente para salir
adelante en esta crisis. Trabajar también significa organizarnos, confiar en mí
y en las y los demás, pero no con los ojos cerrados e ingenuamente, sino
lucidamente, con los ojos bien abiertos. Un trabajo organizativo a nivel de
barrios, y más allá, va a ser fundamental. Tenemos que trabajar por reconstruir
la confianza social que ha sido sistemáticamente saboteada por años de
violencia, corrupción, impunidad, mentira, y negligencia, entre otras.
Pasar
de la ingratitud a la gratitud va a permitir, por último, pasar de la codicia a
la generosidad, de la acumulación al compartir, del egoísmo a la entrega, en
definitiva, de la muerte en vida a la vida más allá de la muerte. La vida
definitiva, la vida eterna, no es la supervivencia en esta vida, es más bien, la
vida a través de la muerte, es la vida que nada ni nadie me pueden quitar
porque yo la entrego libre y generosamente. Resucitar no es volver a la vida,
eso sería revivir, resucitar es vivir una vida por la que vale la pena morir,
porque esta es la vida que nos permite transcender la muerte, pero no
salteándonosla, sino atravesándola, esta es la vida a prueba de muerte, y esto
precisamente porque estamos dispuestas y dispuestos a morir por ella. En
definitiva, la vida eterna, la vida definitiva, la vida verdadera es la vida
que se entrega gratuitamente.
Y
de esto es precisamente de lo que nos está hablando el evangelio el día de hoy.
Comulgar con el cuerpo y la sangre de Jesús da vida porque significa hacernos
eucaristía. Comulgar con el cuerpo y la sangre de Jesús significa entregar
nuestra vida hasta la muerte, comulgar con el cuerpo y la sangre de Jesús
significa responder con amor a su amor, significa entregarnos con un amor leal que
atraviese la muerte con y como Jesús.
Y
hacer todo esto, dando gracias, agradeciendo el cáliz de la pasión.
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