Homilía 30.04.2020: Jn. 6,51 “Yo soy el Pan de Vida, el que da la Vida Eterna”

Estamos meditando estos días de
la 3ª semana de Pascua en el cap. 6 de S. Jn. el discurso del Pan de Vida, el
centro de la Fe Cristiana. El domingo
reflexionamos sobre el mensaje de Emaús, hoy S.Jn. nos invita a profundizar en
esta gran maravilla que es la Eucaristía.
La primera lectura, de Hechos nos habla del Bautismo y la de S. Jn.
sobre el Pan de Vida, los dos Sacramentos esenciales de nuestra Fe en el Señor
resucitado.
El cap. 6 comienza con el relato
de la Multiplicación de los Panes y de ahí S. Jn. nos va guiando para llevarnos
a atisbar un poco de esta magnífica realidad: lo que el Señor llega a hacer
para hacernos participar de su propia Vida.
Todos tenemos la experiencia de que para vivir es necesario comer cada día.
Sin comida no podemos vivir físicamente. El hambre es algo terrible, que nos
hace pregustar el fin de la vida, la muerte. Los israelitas lo habían
experimentado en el desierto, y la gente pobre a veces también pasa momentos de
hambruna, como ahora en esta pandemia algunos lo empiezan a sentir. Por
conseguir la comida básica a veces hay que renunciar a un montón de cosas
importantes y necesarias. Para Jesús, hombre como nosotros, también era así. Al
comer digerimos los alimentos, los consumimos, los incorporamos en nuestro
cuerpo y eso nos permite vivir biológicamente.
Pero él viene a decirnos que el
pan material, aun siendo muy necesario, no es suficiente para vivir una vida
humana de verdad. “No sólo de pan vive el hombre”. Los animales, con la comida
física tienen suficiente para desarrollar todo lo que pueden ser. Nosotros
necesitamos algo mucho más importante. Y Él viene a ofrecérnoslo. Pero
recibirlo no es posible sin comprometer en ello nuestra persona, nuestro ser
libre y responsable, sin decidirnos a seguir su camino de entrega, de servicio,
de amor efectivo. Y para ello instituye la Eucaristía. La Eucaristía es entrega libre y responsable a
personas libres y responsables. Es una realidad de amor y libertad que sólo es
posible cuando existen esas condiciones de ambas partes. De parte de Él nunca
falta la disposición, de nuestra parte, muchas veces es muy deficiente.
Participar en la Eucaristía es necesario para participar de la Vida verdadera.
Él nos dice: “el que no come mi Cuerpo y no bebe mi Sangre, no vive de verdad”,
vive como adormecido, sin desarrollar las capacidades de humanización, de plenitud,
de felicidad, que Él ha puesto en nuestro corazón. No podrá ser feliz, se
perderá esa posibilidad. Y tanto le
importamos a Él, tanto nos quiere, que ha arriesgado y entregado su vida en la
Cruz por nosotros, para despertarnos de nuestra oscuridad, nuestro “dormir
despiertos”.
Por eso, el que desprecia el
camino de Jesús, el que se deja deslumbrar por los “ídolos” de este mundo: la
codicia, el poder, el placer egoísta y por ello sigue los caminos de la
ambición criminal, la violencia, la corrupción, el odio y las venganzas, “no sabe lo que hace”. Buscando la felicidad
y la vida placentera y fácil, se aleja cada vez más de ella. Por eso es tan importante caminar en Comunidad,
en Iglesia, para no dejarnos engañar por esos caminos falsos que llevan a la
perdición, a la muerte.
Al celebrar la Eucaristía
vivenciamos esa presencia del Señor que se entrega y vence de la muerte y entramos
a compartir esa Vida Nueva. Ayudarnos a descubrir este increíble tesoro es el propósito
de cada Eucaristía que celebramos. Cada Eucaristía es un paso más a abrirnos a
esa Luz que poco a poco se nos va descubriendo. Si no lo descubrimos de un
solo, es porque somos demasiado “carnales” y todavía no nos hemos abierto
suficientemente a esa sensibilidad. Como ocurre a quien no ha despertado la
sensibilidad para la música o el arte, que aunque le muestren una maravilla, no
se da cuenta, no puede disfrutarla, porque “tiene ojos y no ve, tiene oídos y
no oye”.
La Eucaristía es una “Acción de
Gracias” que se celebra en comunidad. Sin comunidad no hay Eucaristía. No es un
espectáculo que “hace el cura” ante un montón de gente y dónde dicen que
ocurren cosas incomprensibles. Es necesaria la presencia y la participación de
un grupo de personas que haya despertado cierta sensibilidad a estas
realidades. Y cada Eucaristía que celebramos nos va afinando esa sensibilidad
para poder captar y disfrutar de esa maravilla. Y nos impulsa a crecer en ella
y disfrutar más de esa realidad. Y al participar de esa Vida divina, nos nacen
de dentro esos frutos del Espíritu que iluminan y embellecen nuestra vida: la
bondad, la paz, la fortaleza, la sabiduría, la alegría, la paciencia, el amor, …
y todo ello en libertad y tan necesarios para la vida como verdaderos seres
humanos, como hermanos. “Conocemos que hemos pasado de la muerte a la Vida
porque amamos a los hermanos” y a todos y a todo y de veras, no falsa o
aparentemente, nos dice S.Jn.
Por causa del coronavirus no estamos
celebrando Eucaristías presenciales en las ermitas e iglesias. Ojalá esta
cuarentena vaya cediendo, para que pronto podamos volver a la normalidad. Pero,
por mientras, intensifiquemos nuestra vida espiritual en las familias y en
nuestras casas, practicando la “comunión espiritual”, el rezo del Santo
Rosario, la lectura y meditación de la Palabra, la solidaridad y la atención a
los demás y otras devociones, para seguir creciendo en la Fe y en el Espíritu.
El Señor dispone de muchas formas de comunicarnos su Vida, y Él quiere y sabe
hacerlo. Dispongámonos de nuestra parte para seguir recibiendo su Gracia y sus
bendiciones. Que su Madre, la Virgen María, nos siga acompañando y ayudando a
ello. Amén
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