Homilía 07.04.2020. Martes Santo

Hermanas y
hermanos, nos encontramos ya en el Martes Santo y avanzamos en nuestro caminar
acompañando a Jesús hacia el Misterio Pascual, un camino que no es fácil recorrer
como se lo hace ver Jesús a Pedro en el Evangelio de hoy: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”.
Sin embargo, al enfrentarse Pedro con la posibilidad de la muerte, titubeó y negó
tres veces a Jesús.
Acaso nosotras y
nosotros no vivimos en muchas ocasiones fervores indiscretos prometiendo al
Señor serle fieles y entregarle totalmente nuestras vidas, sin embargo, cuando
se nos presentan situaciones difíciles de la vida fácilmente titubeamos e
incluso podemos llegar a negar al Señor con nuestras acciones.
El misterio de
la Pasión-Muerte-Resurrección del Señor pone al descubierto la verdad de las
discípulas y discípulos suyos y nos devela el verdadero ser de un discípulo.
Judas tampoco pudo soportar la paciencia con que Jesús anunciaba el reinado de
Dios. Él quería otro reino: el del poder de las armas, el de la opresión de los
enemigos, el de la guerra, el de las expresiones maravillosas. Jesús, en
cambio, predica un Reino de justicia y paz verdaderas, que brotan desde la
misericordia y el amor de un Dios que es padre-madre de todas y todos, sin
exclusión, sin rechazos, sino que restaura, libera, invita a seguirle y a ser
sus siervos siendo luz para las naciones.
Esa invitación
la encontramos plasmada en la primera lectura de hoy, del profeta Isaías. Dios
nos ha llamado desde antes de ser creados para ser imagen y semejanza suya, y
de esa manera mostrar su gloria. Pero esa gloria no es pasajera y angelical
como la hemos concebido en muchas ocasiones. “La gloria de Dios está en que el ser humano viva” nos decía san
Ireneo de Lion y san Óscar Romero la retomaba y señalaba que “la gloria de Dios es que el pobre viva”.
De ahí que nosotras y nosotros hemos sido llamados por Dios para hacer
manifestar su gloria desde el compromiso profundo con la vida de los pobres, de
los desposeídos, de los excluidos y de los marginados de la sociedad, aquellos
que muchas veces incomodan, pero es en su “vida digna” donde se nos ha de
manifestar la verdadera gloria de Dios.
Más aún, señala
el profeta: “Es poco que seas mi siervo,
(…); te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue
hasta los últimos rincones de la tierra” (Is 49,6). Y he aquí que la luz se
enciende para alumbrar a todas y todos los de la casa. Por eso, no puedo ser
luz de la calle y oscuridad de mi casa; la luz que viene de Dios debe
resplandecer en mi vida y sobre todo en mis acciones cotidianas con las demás
personas. Es decir, se refiere a asumir el modo de proceder propio de Jesús
como nuestro y de esa forma mostrar a los demás la cercanía de Dios junto a
quien lo necesita.
Este tiempo de
cuarentena es un tiempo propicio para mostrar la gloria de Dios en medio de
nosotras y nosotros y para ser luz para quienes nos necesitan. Y esto inicia
con un compromiso concreto: frente a esta epidemia no se puede continuar por las
calles de forma irresponsable, sin cuidarme ni cuidar, por tanto, de los demás,
hacer eso, nos decía el Papa Francisco en la bendición Urbi et Orbi, es un
pecado contra el amor al prójimo y en relación con las lecturas de hoy, sería
rechazar el mandato de Dios de ser luz para los demás y convertirme en
oscuridad.
La Semana Santa
de este año no la vamos a vivir con expresiones propias de la religiosidad
popular, ni siquiera con la participación asidua en las celebraciones, como en
los años anteriores. Pero sí la hemos de vivir comprometidas y comprometidos a
cuidarnos responsablemente y a cuidar de los demás, sobre todo de los más
débiles: los adultos mayores, las niñas y niños, y también de los más pobres
que en esta cuarentena empiezan a tener hambre porque sus pocas posibilidades
ya llegaron al límite.
Si queremos
vivir una Semana Santa responsable este año debemos preguntarnos de qué manera
puedo ayudar a quien esté necesitado de mí en este momento, de lo contrario
podríamos estar negando tres veces o más a Jesús como lo hicieron Pedro y los
demás discípulos, ante su muerte.
Hermanas y
hermanos pidamos al Señor la gracia de asumir el compromiso que conlleva
mostrar la gloria de Dios y ser luz para los demás, en medio de esta cuarentena
en Semana Santa que estamos viviendo. Que la cercanía amorosa de Dios nos
acompañe en todo momento. Amén.
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