Homilía 21.04.2020: Evangelio Jn 3,7-15
El evangelio de Juan que acabamos de escuchar
comienza invitando a nacer de nuevo. Y termina diciendo que el que le dé su
adhesión al hijo del hombre levantado tendrá vida definitiva.
Para
interpretar este texto vamos a darle una mirada al contexto en el que lo
estamos leyendo. Nos encontramos desde hace más de cuatro semanas
fundamentalmente confinados en nuestros hogares para protegernos de la amenaza
real de un virus que va acercándose poco a poco y que no estamos preparados
para enfrentar. La necesidad creciente de muchas familias, especialmente en los
centros urbanos, que viven del diario y que se están viendo en dificultades
cada vez más grandes para satisfacer sus necesidades alimenticias básicas. El
descenso en un 42% de las remesas enviadas desde EEUU. El cierre de maquilas y
el consiguiente retorno de muchas personas a sus comunidades de origen. La
quema de nuestros bosques en estos días. Es algo que se nos impone por el humo
que respiramos y el horizonte gris-marrón que vemos. Miles de familias que
esperan la repartición de una bolsa de comida que muchas veces no llega, o que llega
tarde, y que es a todas luces insuficiente para satisfacer sus necesidades en
una cuarentena tan prolongada.
En este
contexto nacer de nuevo significa aprender a cuidar. A cuidar de nosotras y
nosotros mismos siguiendo las medidas de protección indicadas para esta crisis:
lavado frecuente de manos con agua y jabón; uso de mascarilla al salir de casa;
desinfección de superficies con agua con cloro (dos tapitas de cloro por litro
de agua); hacer enjuagues con sal tres veces al día, evitar el consumo de
azúcar que es caldo de cultivo para el virus. Y cuidando de nosotras y nosotros
mismos con estas prácticas también cuidamos a las y los demás, los más cercanos
y los más lejanos. Y, también tenemos que cuidar de nuestra casa común. Es un
sinsentido pedirle a Dios que nos cuide del virus mientras quemamos masivamente
nuestros bosques y los talamos inmisericordemente, sin decir nada, del
envenenamiento progresivo de la tierra y de nosotras y nosotros mismos – porque
al final también somos tierra-barro – con el uso indiscriminado de agro
tóxicos, cada uno más venenoso y mortal que el otro.
En este
contexto nacer de nuevo significa apostar a que lo que nos va a sacar adelante
va a ser un trabajo arduo, una entrega apasionada. No va a haber bolsa de
víveres que nos saque adelante de esta crisis, será nuestro trabajo productivo
y comprometido.
En este
contexto nacer de nuevo significa cambiar más que el modo de producción el modo
de distribución de los bienes que generamos. Es un reto a la hermandad, a
compartir lo que somos y tenemos con las familias más necesitadas, sin hacer
acepción de personas ni excluir a nadie. La formación de comunidades de
compartir agradecido será decisiva para salir adelante.
Ahora
podemos preguntarnos qué nos va a permitir nacer de nuevo. A eso apunta el
final del evangelio. Lo que nos va a permitir nacer de nuevo va a ser dejarnos
bautizar por la sangre y agua que brotan del costado atravesado de Jesús. Eso
es lo que confiere la vida definitiva. ¿Y cómo se hace eso? Reconociendo en el
crucificado al resucitado que nos entrega su Espíritu que es el que nos permite
nacer de nuevo cuando somos bautizadas y bautizados, cuando somos sumergidas y
sumergidos en su pasión (sangre y agua que brotan del costado traspasado). Y
esto se realiza estando al pie de la cruz de Jesús y de las personas que sufren
sumergiéndonos en su pasión, cuidándonos a nosotras y nosotros mismos y a los
demás, cuidando de nuestra casa común, trabajando ardua y apasionadamente en la
tarea que nos ha sido encomendada, y compartiendo con las y los demás los
bienes fruto de nuestro trabajo. En esta experiencia vamos a ir perdiendo el
miedo, nos vamos a ir haciendo cada vez más agradecidas y agradecidos y vamos a
ir experimentando una alegría que el mundo no nos puede dar, y por ende,
tampoco quitar. Y así, libres del miedo, llenas y llenos de gratitud y colmadas
y colmados de alegría vamos a poder ir experimentando un amor que responda al
del crucificado – resucitado en el que consiste la vida definitiva.
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