Homilía 15.04.2020. Miércoles de la Octava de Pascua.

Queridas
hermanas y hermanos, las lecturas de hoy colocan al Resucitado en el camino de
la vida. La resurrección es un acontecimiento que se descubre desde las
realidades que vivimos cotidianamente. Él se nos hace el encontradizo, se
acerca a nosotras y nosotros en medio de nuestras incomprensiones y angustias y
camina a nuestro lado, nos dice el Evangelio de Lucas.
La escena del
evangelio es muy llena de detalles significativos. Inicia diciendo que el mismo día de la resurrección los dos
discípulos van de camino, tristes, a Emaús. Habían perdido sus esperanzas ante
la muerte trágica de Jesús. No solo no había comprendido lo de la resurrección,
sino que ante el dolor de la muerte sienten que no hay nada más que hacer que
volver a la cotidianeidad y a las viejas costumbres. Con la muerte de Jesús
ellos también habían muerto. El resucitado se acerca a ellos y entable
conversación, les ayuda a expresar lo que sienten, los interroga sobre aquellos
sentimientos que están agobiando sus vidas, realiza con ellos un proceso de
sanación que los llevará de la muerte a la vida, como hemos visto en otros
pasajes.
Jesús siempre
parte de la realidad de la vida de cada persona, de aquello que le impide vivir
plenamente, y con palabras y gestos hace renacer la esperanza en el ser humano.
También en nuestras vidas, en medio de estas circunstancias que estamos
viviendo, el Señor resucitado camina con nosotras y nosotros y también nos
interroga sobre nuestras angustias y temores, para que podamos sacarlos afuera.
Como dice Mercedes Sosa en una de sus canciones: “Hay que sacarlo todo afuera como la primavera, para que adentro nazcan
cosas nuevas”.
El camino de los
discípulos avanza en la compañía de Jesús, quien va aclarando sus dudas desde
la Palabra de Dios. No va atemorizando, como hacen los charlatanes, va
instruyendo, va afianzando la seguridad en las promesas que Dios nos hace en su
Palabra, que es necesario padecer, sufrir el dolor de la Pasión para poder
llegar a la gloria de la resurrección, ese es el proceso de la vida en Dios, no
aquella que desea eludir la muerte con apariciones místicas o espiritualidades
desencarnadas. Jesús resucita desde la muerte para darnos la vida en
abundancia.
El caminar con
Jesús, la escucha atenta de su Palabra, toca nuestras vidas, por eso a los
discípulos les hace arder el corazón y les motiva a querer permanecer con
Jesús. Por eso lo invitan a quedarse con ellos, a hacer comunidad como habían
aprendido del Señor y es en ese gesto tan cotidiano para ellos y ellas, como
son capaces de reconocer la presencia del Señor resucitado cercano: “Te conocimos, Señor, al partir el pan; Tú
nos conoces, Señor, al partir el pan”, cantamos con alegría, porque esa es
la forma como Jesús quiere ser reconocido, en medio de nuestro compartir
agradecido desde donde cada una-uno comparte de lo que tiene con quienes tienen
menos. Ese es el mejor signo del Señor resucitado en esta pascua de
resurrección. En esos gestos de generosidad y solidaridad Jesús se hace
presente y camina con nosotros.
La tristeza
inicial del relato es cambiada ahora por una inmensa alegría. Esa es la
característica de quienes saben reconocer la presencia del resucitado en medio
de ellos. Por encima del dolor de la muerte prevalece la alegría de la vida que
viene de Dios y por eso se sienten animados y animadas a volver con los demás
discípulos para dar testimonio del encuentro que han tenido en el camino de la
vida con el Señor resucitado.
Nosotras y
nosotros también estamos llamados a ser testigos de la resurrección del Señor
desde estas realidades tan adversas que estamos viviendo. Solo sabiéndolo
reconocer verdaderamente presente en nosotras y nosotros sabremos salir
adelante a pesar de lo complejo que se pueda tornar la realidad. Y solo desde el
gesto del partir y compartir nuestro pan es que podemos realmente reconocer su
presencia resucitada en nuestras vidas.
Pidámosle al
Señor Jesús que nos ayude a reconocerle en el camino de nuestra vida, en medio
de la angustia y el dolor de esta cuarentena, y que podamos invitarle siempre a
quedarse con nosotros cada día. Amén.
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