
En el
Evangelio de Mateo que leímos escuchamos la pasión de Jesús. ¿Por qué la leemos
hoy si apenas estamos en domingo de Ramos? ¿Por qué no la reservamos para el
Viernes Santo?
Algún
estudioso de la Biblia ha descrito los Evangelios como relatos de la pasión
precedidos por una larga introducción. Como que el núcleo del evangelio, de la
buena noticia, fuera el relato de la pasión y muerte de Jesús. ¿Qué pueden
tener de bueno la pasión y muerte de Jesús?
En la
religiosidad popular el día más importante de la Semana Santa, el día más
celebrado no es el Domingo de Resurrección sino el Viernes Santo. ¿A qué apunta
esto? De la mano de estas constataciones
y preguntas vamos a irnos introduciendo a la pasión de Jesús.
Me parece
que, leyendo hoy, Domingo de Ramos, la pasión de Jesús la liturgia nos está
diciendo que la pasión no fue algo que se le “impuso” a Jesús, sino algo que él
asumió libremente. Esto lo confirma la introducción al relato de la pasión en
Mateo que no leímos hoy: “Cuando acabó este discurso, dijo Jesús a sus
discípulos: ‘Como saben, dentro de dos días se celebra la Pascua, y entregarán
al Hombre para que lo crucifiquen’” (Mt 26,1-2). Las palabras y gestos de Jesús en la última
cena sobre la copa confirman la libertad con la que Jesús asume su pasión: la
agradece (Mt 26,27).
Jesús aparece en la última cena prediciendo
tanto la traición de Judas, como el abandono del resto de sus discípulos y la
negación de Pedro. Jesús sabe lo que le espera.
En el relato de la oración en el huerto de Getsemaní, Jesús siente lo
que le espera: por eso experimenta tristeza y angustia y le pide a Dios que lo
libre de beber de la copa (Mt 26-39). Siente la debilidad de la carne, de su
carne (Mt 26,41).
Así, Jesús anticipa su pasión y la acepta.
Ahora pasamos a la segunda constatación: el
núcleo del evangelio, de la buena noticia es el relato de la pasión de Jesús.
¿Qué tiene de bueno la pasión de Jesús? ¿Cuál es su evangelio?
En la pasión de Jesús se nos muestra que el
sentido de la vida no es ni el triunfo ni el éxito porque vista desde ese
aspecto la de Jesús fue un fracaso que de evangelio no tendría nada. Uno de los
suyos lo traiciona, el resto lo abandona y otro todavía lo niega. Con sus discípulos
no parece que haya tenido mucho éxito. Su vida culmina en la cruz, muriendo
como un maldito (Dt 21,23). Un fuerte grito es su última palabra (Mt
27,50). Si el triunfo y el éxito no son
el sentido de la vida, ¿cuál entonces en su sentido? ¿Qué tiene de evangelio,
de buena noticia, la pasión de Jesús? Para
descubrir el evangelio de la pasión de Jesús es necesario contemplarla como la
historia de un gran amor, mejor, de varios amores. Es la historia del amor de
Jesús por los suyos a los que amó con lealtad en medio de la traición, el
abandono y la negación compartiendo con ellos su última cena. Es la historia
del amor de Jesús con ese Dios a quien experimentó como Padre y de quien se fio
hasta el final asintiendo a la muerte en cruz. Es la historia del amor de Dios
por su Hijo entrañablemente amado a quien no libro de la muerte en cruz. Es la
historia de un amor que despertó el nuestro, y por eso estamos ahora aquí
celebrándolo.
La buena
noticia de la pasión de Jesús no es entonces que hay una manera de evadir la
muerte, ni siquiera que hay una vida después de la muerte, sino que la vida
plena, la vida que nada ni nadie nos pueden quitar, la vida eterna, es la que
entregamos libremente. La religiosidad
popular tiene razón en darle tanta importancia al viernes santo porque ahí es
que Jesús, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo, como nos dice
Juan en el inicio de su relato de la pasión de Jesús (Jn 13,1). Porque la
visión de la gloria no es otra que Jesús crucificado de cuyo costado traspasado
brotan sangre y agua (Jn 19,34). ¿A qué
nos invita el evangelio de la pasión de Jesús en plena cuarentena por el Covid
19? En primer lugar, nos invita a vivir
intensamente este momento de pasión ajena y propia que nos está tocando vivir.
Esto supone no desviar nuestra atención del presente, fijar nuestra mirada en
lo que nos está tocando vivir, no caer en la tentación de descuidar el presente
por fantasear con el futuro que esperamos, ni con el pasado que añoramos. Se
nos invita, pues, a vivir este hoy de pasión y muerte como día de gracia, como
día de salvación (2Cor 6,2).
En segundo lugar, nos invita a experimentar
que el sentido de la vida, que lo que la colma y la hace plena no son ni el
triunfo ni el éxito, sino entregarla libre y generosamente, compartir lo que
somos y tenemos, servir desinteresadamente, hacernos cercanas y cercanos,
hacernos prójimos de las personas necesitadas, dialogar, conocernos, abrirnos,
acogernos, escucharnos, pronunciar nuestra palabra, dejarnos conmover, tender
la mano y tomar la que se nos tiende. Pocos tiempos son tan propicios para todo
esto, como el que nos está tocando vivir hoy. Así, este tiempo de pasión y
muerte nos invita a descubrir para qué queremos vivir, por qué queremos morir,
cómo queremos entregar nuestras vidas.
En tercer lugar,
nos invita a asumir nuestra propia pasión y muerte, y esto con libertad. Nos
invita a asentir a nuestro destino colectivo y personal, sean cuales sean. Nos
invita a agradecer la copa que nos está tocando tomar. Nos invita a decir con y
como Jesús: “Nadie me quita la vida, yo la entrego por decisión propia” (Jn
10,18). Este tiempo de pasión y muerte, pues, nos está invitando a dejar que el
amor apasionado, crucificado, traspasado de Jesús despierte el nuestro.
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